Antonio Otero García-Tornel
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PERCEVAL O LAS DECLINACIONES

 

 

No olía a nada. El aire era absolutamente neutro. Perceval eructó como un chino, en su puesto, entumecido. Se frotó los ojos aplicadamente y consultó el reloj que le había vendido un buhonero desgarbado de Nigeria: las agujas se habían movido poco, mucho menos de lo esperado, casi nada en realidad. ¿Ya estaba estropeado? Si mantuviera la vista en el círculo comprobaría que el avance del minutero era normal.

 

El trabajo podía definirse como de centinela, vigilante, celador, cancerbero y lo desempeñaba ostentando en la chaqueta una insignia grande y brillante de color rojo. Utilizaba la calculadora encontrada en un cajón para matar el tiempo y averiguar el número de días que había vivido, o la cantidad de horas, oyendo los ruidos de su propia respiración. Había dejado de leer libros porque se le habían vuelto ininteligibles, así como de elaborar las complicadas justificaciones que atañían a la política, a los demás mortales o a los astros.

 

Era un hombre de fisonomía blanda y hombros vencidos, de mirada más bien apagada. Los días y las horas le habían conducido como escalones descendentes al cubículo en que ahora se encontraba y sabía ya con certidumbre y resignación cristiana que en su porvenir no habría más que cansancio, aburrimiento, cuando no mugre y un sudor de lo más oleoso. Se restregó un lado del rostro con la mano. O se estiró los dedos, uno tras otro, hasta que las articulaciones chasquearon.

 

Perceval cada vez pensaba menos aunque todavía, a ratos, lamentaba con un resto de lucidez su noche cerebral, la degradación de su lenguaje, la aridez de un destino cuya máxima emoción se cifraba en participar por teléfono en un concurso radiofónico tirando a hortera. En el pasado que no se regodeaba en rememorar, unos tres mil días antes, era dueño de contenidos mentales más ricos, hablaba mucho mejor consigo mismo y hasta fabulaba con ironía. Era capaz de fijar su atención en las cosas que le rodeaban, de describirlas con ingenio, de compararlas con otras. Podía analizar un conflicto, inventar una metáfora asombrosa de la luna en cuarto menguante, penetrar en el sentido de las cosas.

 

Pero éste no era uno de los extraños lapsos en que era consciente de su futilidad interior. No. La temperatura no favorecía la inspiración, todo hay que decirlo.

 

Una polilla entró y revoloteó alrededor de la luz. Perceval estuvo largo tiempo acechándola con una libreta vieja de contabilidad en alto. No consiguió golpearla, pero el viento provocado por su gesto hostil la ahuyentó. Si se atrevía a volver, a entrar en sus dominios, sería ajusticiada sin piedad, no volvería a fallar, eso seguro.

 

Desde donde estaba podía ver el eclipse parcial, la dudosa claridad de unas farolas. Todo se había vuelto lívido y lo que brillaba tenía un aspecto muy fúnebre. ¿No era un buen momento para imaginar una historia profundamente humana? Sí, es probable, pero carecía de la energía necesaria. Murmuro una frase despectiva en lenguaje argótico. Se dejaba ganar por una insistente fuerza trivializadora y se le hundían los ojos de mala manera. Suspiró y volvió a eructar. Su mente se había hecho más roma, más grosera. Las normas se borraban, lo que hacía imposible que pudiera corregir los fallos lingüísticos en que caía, graves, como los de un paleto integral. Y al tiempo que su idioma iba perdiendo matices, la grasa crecía bajo la barbilla confiriendo un aspecto de abotargamiento a su braco rostro.

 

Volvió a frotarse los ojos concienzudamente y consultó el reloj: era el momento en que salían las ratas y los otros practicaban la lujuria con gañidos de escándalo. Cogió el teclado añorando su bata guateada y después calculó, apretando botoncitos, el número de minutos, que llevaba en la Tierra. Cada vez sufría más irreflexivamente, lo que quizá era una suerte. Oía rechinamientos, ladridos rítmicos, obsesivos.

 

Dio una vuelta con la vieja linterna de aluminio, cuya lente de plástico se había rajado sin que él supiera cómo. Paseaba a su alrededor el haz de luz no sin cierto estilo. Miró con expresión vacua el muro sombrío, la hierba rala, una alcantarilla obstruida. Luego podría rascarse la espalda con una regla y sacarse cerumen de las orejas.

 

 

 

Varias horas con la mente en blanco. Después la franja rosácea marchitó la luz artificial. Faltaba muy poco. Se limpió las uñas, evocó brevemente las formas rectilíneas de una universidad, ¿arquitectura racionalista, lo llamaban?, algún proyecto borroso, el azar, bonus, bona, bonum, los chascos que vienen después de los alientos, una sensación de provisionalidad. No dejaba de resultarle raro. Huyó de la casa paterna porque deseaba que en su vida hubiera mayor movimiento y nuevos parajes. No había tiempo que perder. Tenía que aprovechar cada instante, uno podía morirse en cualquier momento, basta que se rompa una arteria o la viga que sujeta la polea de un ascensor. Por el camino de la insurrección pensaba adquirir conocimientos y madurez. Lanzó una corta risotada a la que siguió un acceso de tos.

 

Se pasó una mano por el pelo. Bostezó. Chirriaron unos frenos y se levantó asustado pensando que podría ser su jefe, sintiendo algo parecido a un vahído. Con las piernas dormidas por haber estado sentado mucho tiempo en la misma posición, comprobó que, afortunadamente, no lo era. Y es que a éste le gustaba aparecer por sorpresa, con la esperanza de encontrarlo dormido y así poder pegarle unos cuantos gritos en presencia de alguna zorra ocasional empapada de martini. Perceval respondía siempre a ese individuo sin entereza, con una voz apagada, debilitado por la autoridad.

 

Unos animales todavía no extinguidos se movían entre las ramas de los árboles, no sabía si ardillas o buitres ratoneros. Veía mal de lejos, incluso de día. Se encogió de hombros. Cuando se acercaba el final solía anudar el cordón de un zapato que se había aflojado y sacudirse la caspa de los hombros. Era como un rito.

 

 

 

Ya estaba. Su tarea había terminado, sin percances. Qué ganas tenía de comer algo, oír un poco la radio, acostarse. En el lavabo minguitó cantando retazos de una canción verbenera, soltando gallos. De su cuerpo emanaba un olor amargo, un olor a quemado. Contestó con un gruñido a su relevo, que había abandonado el aprendizaje antes que él, y tras sonarse con tanta fuerza que se le taponaron los oídos, empezó a subir por la empinada calle con un andar cansino y esa buena conciencia que da el trabajo cumplido. Los brazos parecían más largos y oscilaban sin glamour. Su estatura había disminuido. El perro que antes oía ladrar estuvo a punto de morderle en una pierna.

 

Frente a la inexpresiva fachada de su casa rió un chascarrillo que en otra época habría encontrado absolutamente detestable. Dentro de su mal ventilado habitáculo observó un pato de porcelana y un choque de colores con benevolencia. El pan estaba duro como una esponja deshidratada y ahora no iba a ponerse a recalentarlo en el horno. Arrebujado en su bata y bajo una tira de papel cazamoscas le dio un mordisco brusco a una butifarra del país que oliscaba y luego a un salchichón repleto de gurullos grasientos. Realizó la operación con tanto afán, que perdió uno de sus dientes amarillos, menuda sonrisa iba a tener ahora. La radio no funcionaba, las pilas no daban más de sí. Carajo, dijo. Se rascó una axila y se metió entre las caóticas sábanas que le protegían del mundo, del tumulto de la competición.

 

Sobre la mesilla de material sintético que imitaba a la madera había unas gafas rotas y el manoseado ejemplar de una publicación infantil ilustrada. Se advirtió que no debía olvidar la misa del sábado. Había vuelto al seno de la iglesia, atraído por la luz velada, uniforme y débil del templo, y por las homilía pronunciadas por el padre Ribó en las que siempre venía a decir (un pico de oro) que los cristianos deben pensar en la alegría de la resurrección y no en el dinero o los senos de Sharon Stone.

 

Miraba al techo con aire ausente, patituerto, inerte como un saco terrero. Dentro de pocas horas tendría que volver al cuarto silencioso y la silla de respaldo recto. La vida, verdaderamente, era mucho más larga de lo que había creído. ¿Cuándo había empezado su negra cabellera a ralear en las sienes y volverse gris?

 

-El que cree en mí, aunque esté muerto vivirá- masculló.

 

Encima de la cómoda, un macaco disecado con ojos de cristal se columpiaba sobre una rama de árbol indefinido. Parecía ver realmente a ese personaje poco amigo del subjuntivo, encandilado por las loas al redentor de un coro desafinado, y que tenía un sueño de respiración fuerte acompañado de ronquidos incesantes.

 

¿Soñaba con su colega? No se dirigían la palabra. Algún día tendrán que iniciar maniobras de aproximación, hacer las paces. Se enzarzaron en un agreste debate sobre fútbol que acabó agolpes de termo y atávico frenesí.

 

Había olvidado de nuevo bajar la persiana, por lo que pronto el sol lo inundaría todo, alterando su sistema invertido, impidiéndole seguir durmiendo. Entonces Perceval haría sombras chinescas en la pared iluminada por la luz caliginosa, porque era muy entretenido. Habían aparecido unas manchas oscuras en el dorso de ambas manos. Las cruzaría y formaría un ave negra que bate las alas lentamente. No le salía nada mal, aunque a veces unas lágrimas rodaban por sus mejillas como si no estuviera satisfecho o escuchara un folletín desmelenado.

 

La tarde duraría eternamente. Para disipar el tedio cruel pasaría un trapo por las superficies, lavaría calcetines, barrería el suelo y sacaría la basura. Hoy no dejaría de hacer la cama. Luego esperaría, que remedio, en lo confines de la habitación, a que llegara el momento de salir, abstrayéndose en la pura nada, en una inane ataraxia, sacudiendo de vez en cuando en transistor que le había tocado, eso es tener potra, en una tómbola, por si había dejado de funcionar sólo a causa de una mala conexión.

 

Cuando llegó la hora, se metió los faldones de la camisa, abrió la puerta y salió tranquilamente al exterior. Ya estaba obscuro. Empezó a cruzarse con gente que había reservado mesa en alguna parte, deslumbraba con sus faros y le obligaba a bajar por el terraplén. Perceval no tenía dinero para comprarse un coche ni conocimientos en materia de legislación laboral. No sabía que le pagaban mucho menos de lo estipulado en el convenio colectivo vigente. Entornó los ojos y bostezó: inhalación, vagido. Intuía de manera confusa que deberían haberle hecho un contrato pero no se quejaba, no quería meterse en berenjenales, se imaginaba la resurrección. Tampoco le importaba la falta de coche. De todas formas no sería extraño que su coordinación fuera un desastre y no pudiera conducir ni una bicicleta con ruedecillas a los lados. Le pesaban los párpados. Tenía que inventar algún truco para engañar al tiempo. Podía haberse llevado la vieja publicación infantil ilustrada. Los diálogos estaban escritos con alentadora simplicidad y podían leerse con un solo anteojo.

 

Faltaba mucho para que el cielo empezara a clarear. Perceval lucía su insignia roja y brillante como si fuera una medalla.

 

Seguían pasando coches que le deslumbraban, parecía que iban a precipitarse sobre él pero le rozaban simplemente. Los faros eran cegadoras lunas llenas que descubrían su timidez. Era fácil, tan fácil dejar de oír a los que a menudo se ponían paternalistas, a los que, teniendo veinte años menos que él, le llamaban chaval...

 

Bastaba un gesto, un paso a la derecha.

 

 

 

© Antonio Otero García-Tornel

 

 

 

 

Antonio Otero García-Tornel, nació en Barcelona en 1952, unos días antes del Congreso Eucarístico. Cursó estudios de Derecho. Fue uno de los padres fundadores de Ajo Blanco, aunque se descolgó pronto. Cercano a Carlos Barral, desempeñó varios trabajos relacionados con el mundo del libro. Vivió siete años en Venezuela. Ganó en el País Vasco, lugar en el que ahora reside, el primer premio del VI Certamen Geoda de narrativa (1991). Ha publicado artículos y poemas en revistas de España y América. Ejerce de columnista en el suplemento cultural de un periódico bilbaíno.

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