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Sergio
I. Torres Suavita |
Retroceso
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Para Liza María
Zamudio habría visto irse aquella mañana como todas las recientes de no haber escuchado la voz al otro lado de la línea, una voz desconocida y un poco infantil que pedía con evidente urgencia hablar con él. Saludó, escuchó atento y asintió lentamente y sin la menor cordialidad; parecía un negocio más. Arregló una suma favorable, fijó el lugar del encuentro y colgó la bocina. «Lita», había dicho la voz. «Soy Lita y necesito que me ayudes tan pronto como puedas; fíjate, ya estamos a marzo». «Linda voz», se dijo Zamudio cuando acabó la conversación, pasándose una mano por la cabeza y preguntándose qué tenía que ver marzo con todo el asunto. Caminó hacia el baúl de las armas para adivinar la más conveniente; un ritual al que se había acostumbrado hacía años por el gusto simple de examinar su intuición.
Después de haber apurado el café sentado frente al revólver elegido, volvió a oír timbrar el aparato, cosa que lo ponía a rezongar y mirar al techo sobre todo si lo querían a él. «Nené» escuchó que gritaban, «otra vez para ti». Arrojó lejos la taza y puteando se paró y pateó la mesa. Esta vez era Dimar que un poco lacrimosamente buscaba de nuevo consejo para lidiar con otro macho casi tan canalla como él. Zamudio alargó la cara todavía más, y con el tedio hasta el cogote resolvió virar la conversación para cortarla cuanto antes.
–Ya vi que no quieres hablar conmigo, –le dijo Dimar– esos son los amigos.
–Estaba leyendo, vieja –mintió Zamudio–. Tú sabes que me encrespa que me interrumpan; ya me conoces –dijo, pensando que no sabía por qué se disculpaba–. Pero si quieres sígueme contando lo de Ruiz.
–No importa, rata. Me enteré de que te llamaron otra vez para lo mismo.
–Cómo haces para saberlo todo tan a prisa, vieja...– dijo Zamudio asombrado.
–Ten cuidado. En esa gente no se confía –dijo Dimar con una voz demasiado resentida en opinión de Zamudio– Ya te dejo en paz, si quieres.
Zamudio escuchó el golpe al otro lado y apretó la boca, quiso devolverle la llamada a Dimar pero pensó que ya se le pasaría la rabia y que un par de horas más tarde ella iba a estar agobiándolo nuevamente y él respondiéndole a cada cosa de muy mala gana. Realmente divertido se acordó del consejo de Dimar –siempre se reía de esa paranoia ridícula–, y pasadas las doce fue a buscar a Lita en el lugar acordado, un restaurante de hamburguesas gourmet que siempre estaba de moda. Le costó encontrarla entre la gente, entre la hora del almuerzo, entre los que escampaban la llovizna de afuera. Para peor se la había imaginado distinta (nunca acertaba cuando trataba de figurarse a alguien guiado por la voz), y cuando pudo distinguirla en una mesa del fondo gracias a las indicaciones que le había dado (trenza, saco rojo, pelo negro, más bien bajita) le pareció de lo más corriente, con la trenza colgándole en la mitad de la espalda y la sonrisa entre avergonzada y amable. «Cuando vas a dejar de joder con eso», se dijo Zamudio reprochándose por fijarse demasiado en lo que no le incumbía, o sea el aspecto de Lita. La miró largo, no se dijo nada más y luego la invitó a que salieran de ese lugar que olía a ensalada y a mayonesa para terminar de acordarlo todo entre un aire menos gastronómico. Asunto sencillo, hombre soltero de no más de treinta años sin escolta, ni esposa ni hijos, inmejorable recompensa.
–Con la experiencia que dicen que tienes –le había dicho Lita– seguramente va a ser el trabajo más fácil del mundo.
No iba a ser difícil la cosa, eso era seguro. Francamente satisfecho se subió a un bus y se durmió a medias; rato después almorzó, se paró de la mesa sin dar las gracias y completó la siesta pensando en Dimar y sus miedos desmedidos, un poco asombrado también porque esa intuición suya había vuelto a dar con el arma perfecta para el caso.
«Una tarde horrenda», pensó Zamudio horas después, mientras se subía el cuello del sobretodo y salía caminando de casa, acariciando el arma mientras se repetía que no había podido escoger otra mejor y que pronto estaría terminada la tarea. Súbitamente se acordó de Lita y se reprochó porque su función consistía estrictamente en lo contrario, en olvidarlo todo salvo la encomienda, en recibir el dinero, hacer el trabajo y borrarse para siempre, para eso le pagaban. «Te dije que dejaras de joder con eso, hombre», volvió a decirse. Caminó durante algo más de una hora antes de reconocer el perfil del hombre que comenzaba a asomarse a solas por la callejuela silenciosa, sin escolta visible, acercándose con pasos largos y zapatos italianos. «Si el tipo se imaginara» pensó burlándose. «Qué día para morirse».
Y todo tan insólitamente fácil, imposible pedir más; sólo que cuando vio al hombre con la pistola demasiado veloz y sorpresiva apuntándole al corazón antes de que él pudiera hacer nada lo comprendió todo y supo que ya era muy tarde, se acordó de los dos seguros del Gutt Mittüns alemán 41’ que había elegido (regular y de emergencia), se acordó de que había planeado engrasar el gatillo al llegar a casa esa noche, se acordó de que evitando dejar cualquier pista había elegido un revólver fabricado durante la Segunda Guerra Mundial con cartuchos irreconocibles y sin marcas, se acordó del martillo lento, se acordó del estúpido miedo de Dimar. Quiso retroceder pero entonces siguieron los destellos, las detonaciones, el calor insoportable, la sangre, las piernas que se doblaban bajo su propio peso, el suelo frío bajo la espalda, Lita diciéndole que nada podía ser más simple, su mano horas antes acariciando ceremoniosamente cada arma del baúl para escoger la más apropiada, Lita sonriéndole, era marzo, qué joven era Lita de cuyo nombre no debía acordarse, nada debía ser retenido por la memoria salvo la encomienda, su deber era recibir el dinero, cumplir y borrarse para siempre porque para eso era que le pagaban.
© Sergio I. Torres Suavita
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Sergio I. Torres Suavita (Bogotá): Autor irreconocido. Los amores con resultados lamentables favorecen su trabajo, pero otras razones de tipo extraordinario pueden ayudarlo también. Historias frívolas, casi siempre con abaleados al final. Ojalá alguien pueda disfrutarlo, aparte de su mejor crítico y amigo, Camilo Rojas, cuyo culo debe estar congelándose ahorita mismo en Alberta, Canadá, a kilómetro y pico del Polo Norte. |
Revista Literaria Remolinos