Jonathan Hernandez
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Semáforos y otras luces

 

 

¿Has notado cómo nos irritan aquellos que en algún momento consideramos inferiores a nosotros? No porque hayan superado los problemas de los que alcanzamos a enterarnos, sino porque son muy felices a pesar de ellos. Porque un tercio de la miseria en la que están hundidos bastaría para terminar con nuestra autoestima. Los detestamos porque son fuertes. Quisiéramos verlos llorando todo el tiempo, que nos pidieran nuestra ayuda para poder negársela con elegancia y autosatisfacción. Sin embargo, ahí suelen estar, celebrando por una secuencia de "victorias" tan circunstanciales e inmerecidas. Y antes de que nos diéramos cuenta, aquí estamos; a lo que se referían los romanos cuando se les ocurrió el término potator strenuus. Como si el mundo hubiera dado un giro de 180º y ahora nosotros fuéramos aquello en lo que nadie quiere convertirse. Pero eso no importa, estamos hablando de ellos (de seguro ya tienes en mente a uno de estos repugnantes personajes). Malditos. Miserables. Mierdas. No hay que ser como un borrego camino al matadero, hay que ser todo un intelectual camino al matadero. Lo intelectual no nos salva del destino de los borregos, pero ¿acaso no son los sucesos premortales los que cuentan? No había tenido la "suerte" de vivir como uno de ellos hasta hace unos días.

Era un día frío, gris y húmedo; había estado sobreviviendo a uno de esos episodios de locura animal insaciable que cada vez se presentan con más frecuencia (no me digno a denominarlo "ataque de ansiedad generalizada" como esa estúpida psiquiatra, lo hace sonar tan simple, minimizando el apasionado sufrimiento inherente al término "locura animal insaciable"). Lo mismo de cada día hacía que todo pareciera estar bajo el control de algún ser cruel de gran poder. El sadismo del altísimo ha sido conocido desde remotos tiempos, hasta existe una frase popular que dice algo como: "Dios aprieta pero no ahorca", donde se manifiesta lo mucho que este supuesto "Dios" disfruta al apretar y apretar y apretar y no dejar que el descanso final llegue, nos deja lo suficientemente bien como para que resistamos otra sesión de apretar y apretar y apretar y apretar…

Estaba contemplándolos desde mi trono imaginario con altivez. Uno que otro descerebrado aquí y allá utilizaba videojuegos portátiles, completamente desconectados del lúgubre mundo que los rechazaba y lastimaba a cada oportunidad. Cerca de la cafetería, un montón de manteca se esforzaba por tener un índice de masa corporal superior a 30 y parecía que lo lograría en unos meses más de ingesta. Alguna pareja de amigas simbióticas llenaban el estereotipo obligatorio cerca de los bebederos: una muy fea e insegura como para tener amigos populares por su propia cuenta y la otra utilizando a la fea para verse más bonita e interesante. Un pequeño grupo de mujeres-cascarón estaba bajo la sombra de un gran árbol, estudiando varias revistas con títulos como: "Moda para fatuas huecas" y "La belleza que nunca tendrás", donde pululaban encabezados como: "Tests: ¿Qué tan pusilánime eres?", "Qué usar y qué no usar para tu suicidio navideño", "Las celebridades están actuando con remarcable cretinismo este año, ¿Qué esperas para empezar a imitarles?", "Tips: ¿Cómo esconderle a tu príncipe azul lo gran meretriz que fuiste/sigues siendo?", "Horóscopos: ¡Encuentra aquí cuántas de tus "amigas" te apuñalarán en la espalda este fin de año!", "Cómo hacerle para que piense que soy virgen", "¡Los famosos nos revelan si haber vendido su alma al diablo valió la pena!", "El teorema de Fermat: ¡Jajajaja! Bromeábamos, sabemos que no comprendes las matemáticas más simples", "El maquillaje perfecto: Cómo esconder tu verdadero yo", etc. Sin embargo, a pesar de mi poderosa crítica, todos contraían sus músculos faciales con inquietante continuidad (como de costumbre, abusando de las sonrisas, riéndose hasta de la inmundicia más vil), bulliciosos y sucios desde mi particular y privilegiado punto de vista. Estaba asqueado y me desvivía por regresar a mi solitario palacio para seguir gobernando con puño de hierro a mis inexistentes súbditos, ordenar comida para cuatro y comer las cuatro porciones a pesar de las repercusiones que se reflejarían en mi enorme trasero en el futuro cercano. Sin embargo, mi agenda no pudo ser seguida con el apego al que ya está acostumbrada por culpa de un evento que podría llamar "desastre natural", dados los resultados de "universo derrumbándose a mi alrededor". Pero a veces los desastres sirven para reconstruir pueblos enteros…

Era el último periodo de clase, ellos se despedían de sus semejantes, yo y la elite planeamos vernos por la noche en el café cultural menos conocido; en esa ocasión se hablaría acerca de surrealismo y esperaba que alguno de ellos disertara acerca de Breton, de cómo había estudiado medicina, de cómo no estaba tan perdido después de todo. Mi noche "social" estaba planeada con la precisión que un astrofísico alcanza después de años de esfuerzo, hasta tenía preparadas pequeñas intervenciones que me harían ver como el gran pensador de pocas palabras que llegó a poderosas conclusiones en tan poco tiempo. Sin embargo, en un entorno tan presuntuoso como el del café cultural, hay que ser cuidadoso con lo que se dice, no quieres dejar entrever que tienes bien ensayados tus argumentos, por lo que un poco de titubeo aquí y allá convence a la mayoría.

El acceso de locura animal insaciable estaba atenuándose y me di cuenta que me estaba cansando de la falsedad en la que estaba hundido; por unos minutos decidí contemplar la pantalla vacía sobre la que usualmente se proyectaban diapositivas didácticas y, en ese trance de estoicidad, imaginé que se proyectaba una enorme puerta entreabierta a través de la cual yo podía salir, despertar finalmente y darme cuenta que este sueño-vida había terminado y que tenía una vida real del otro lado, donde mi labor era más importante que estas estulticias a las que últimamente me dedicaba. La fuerte voz de un varón con probable retraso mental se escuchó cerca de la puerta de acceso, después dicha puerta se azotó y la cerradura giró para no dejarnos volver a salir ese día. La líder de las mujeres-cascarón gritó algo mientras aporreaba la sólida puerta, la simbionte fea sacó su celular e hizo llamadas de auxilio que nadie contestó (probablemente porque sólo la soportaban mientras orbitaba cerca de la estrella de los más impresionables), el videojugador no se inmutó e inicialmente, yo los veía con incredulidad. ¿En serio estaba pasando esto?

Cuatro desafortunados individuos que se habían tardado unos segundos de más estaban sellados en el estómago de esa bestia educativa por el resto del día. Después de haber abollado ligeramente la puerta de metal, Mujer-cascarón regresó al lugar que habitualmente ocupaba por pura costumbre. Pude ver que los ojos de Simbionte fea se llenaron de algo cristalino y se volteó al notar mi escudriño. La batería del artilugio eclipsa-realidades murió a los pocos minutos y Videojugador fue traído de regreso a nuestro plano astral, el cual parpadeó un par de veces antes de preguntar qué estábamos esperando para irnos. Mujer-cascarón reaccionó violentamente, desesperada por la lentitud e ingenuidad con la que Videojugador enunció su pregunta. Algo dentro de mi enorme y globoso abdomen rugió al sospechar que no iba a recibir el aperitivo vespertino al que ya estaba habituado, y la discusión que estaba por hacer erupción cesó de existir, mis estruendosos intestinos se convirtieron en el centro de atención. Suspiré y miré en dirección de la pantalla con la esperanza de que la puerta que había imaginado unos minutos antes hubiera aparecido para sacarme de esa situación tan incómoda. Sin embargo, estaba ahí con todo y mi peristaltismo aumentado y nada me salvaría, mi propio artefacto eclipsa-realidades no era lo suficientemente creativo como para sacarme de esta. Pasaron 10 minutos más antes de sospechar que no era el único con definiciones negativas de los otros presos, creí ver en los ojos de cada uno de ellos el mismo desprecio con el que seguramente los había estado viendo. No había sido el único haciendo despectivas notas mentales acerca de aquellos que no estaban completamente de acuerdo con mis ideales, bajo esa luz éramos idénticos. Prejuiciosos y, más específicamente, horribles excusas de humanidad.

Mujer-cascarón esclareció su garganta, como si estuviera a punto de iniciar un discurso que yo ya había calificado como aburrido e ininteligible antes de que empezara.

"Nadie va a venir a sacarnos, así que si vamos a pernoctar aquí, podemos hacer que el tiempo vuele si nos la pasamos bien".

Me sorprendió que hubiera utilizado la palabra ‘pernoctar’ apropiadamente, lo más seguro es que había tenido un golpe de suerte, una persona como Mujer-cascarón no podía emplear el vocabulario de "alto nivel" del cual me enorgullecía, el cual creía que me pertenecía. Inmediatamente Simbionte Fea encontró otra estrella alrededor de la cual orbitar y se puso a sus pies al menor tris.

"¡Me parece una idea genial!" – dijo Simbionte Fea, haciendo lo posible por caerle bien a Mujer-cascarón, la cual empezaba a parecer atractiva en cuanto Simbionte Fea se le acercó. Videojugador las observó con ojos letárgicos, contestando escuetamente a las preguntas típicas de un primer encuentro social entre un determinado número de individuos previamente desconocidos. Esperaba que no volvieran a dirigirme la atención, conservar mi posición de juez que se lava las manos al final del día, pero Mujer-cascarón fijó sus terribles ojos azules directamente en mí mientras preguntaba mi nombre. Tardé en responder, he contestado preguntas de mayor complejidad en un cuarto del tiempo que me tomó enunciar el sustantivo propio que sirve para identificarme. Sonrió y repitió su nombre una vez más, en caso de que hubiera estado distraído cuando lo dijo la primera ocasión. Cinco sílabas que no quiero dilacerar con mi estilo narrativo ni con mi voz, quiero sentir que ese nombre lo dijo especialmente para mis oídos, para conservarlo por toda la eternidad.

"Acérquense más, no vamos a estar gritando todo el tiempo" – dijo Cinco Sílabas (antes "Mujer-cascarón").

Simbionte Fea fue la primera en descender hasta la primera fila del aula. Videojugador bajó desde el lado derecho sin problema alguno. La distancia que tenía que recorrer para llegar hasta el lugar donde Cinco Sílabas nos había invocado me parecía de una gran magnitud, una distancia que sólo podría recorrer montado en un vehículo. Llegué lo suficientemente rápido como para darme cuenta que había hecho una grave exageración al estimar el tamaño del trecho. Videojugador se había situado junto a Simbionte Fea, lo que convenientemente me permitió sentarme al lado de Cinco Sílabas.

Sentados con la vista hacia el frente, empezaron a hacer cuestionamientos acerca de hábitos y hobbies cuando decidí interrumpir comentando acerca de la enorme puerta que imaginé que se proyectaba en la pantalla. Se las describí justo como la había imaginado. No hablaron por un rato, probablemente por incomodidad o porque estaban en el mismo trance en el que yo había estado momentos antes. Cinco Sílabas rompió el hielo con su exuberante incandescencia.

"Veo un semáforo con todas las luces prendidas y parpadeando, un semáforo que no tiene ganas de detenerte y sólo te aconseja que seas cuidadoso. También veo varios carros poniendo direccionales que no indican nada, los que girarán a la derecha ponen la izquierda y los que seguirán derecho ponen las dos. No sé que pueda significar"

"Estos aparatos me han robado el alma y la imaginación, sólo puedo ver interruptores comunes y descompuestos. Tampoco sé que signifique, es lo que veo" – dijo Videojugador rendido, sabiendo que si no cooperaba, el tiempo pasaría con dolorosa lentitud. Simbionte Fea permaneció inmóvil y silente, esforzándose por ver algo donde no había nada sin conseguir generar imagen alguna. Después de varios minutos, empezó a hablar:

"Sus visiones tienen algo interesante en común, el de la puerta quiere atreverse a renunciar a esta realidad y salir del rol de adorador del diablo que tiene. La del semáforo quiere creer que las luces de tránsito no tienen porqué dictar el comportamiento de los conductores, que no hay nada en la vida lo suficientemente importante como para evitar que alcances tu destino… los interruptores tienen la misma esencia, que los botones dejen de servir, que seguirá habiendo iluminación aunque todos los inventos humanos se descompongan".

Videojugador fue el primero en manifestar su escepticismo, su timidez estaba menguando. Intérprete de lo Obvio (antes Simbionte Fea) pareció avergonzada, pero Cinco Sílabas la defendió y consiguió que Videojugador se retractara.

"¿Y tú que ves?" – le pregunté a Intérprete de lo Obvio, la cual movió su cabeza de lado a lado y después se encogió de hombros. Escuchamos a alguien aproximarse, probablemente se trataba del velador, pero nadie hizo nada por llamar su atención, nuestras respiraciones se detuvieron cuando escuchamos el llavero cerca de la puerta, pero reanudamos nuestra oxigenación cuando escuchamos que se alejaban las pisadas. Ni siquiera Intérprete de lo Obvio hizo comentarios acerca de lo mucho que estábamos disfrutando esa velada sin máscaras, estaba en el ambiente ese sentimiento de bienestar y lo aceptamos sin arruinarlo con boberías lingüísticas. Después de ese "susto", tuve la conversación más sensata que había tenido en meses. No estaba analizando las oraciones que enunciaban mis interlocutores esperando encontrar errores que pudiera utilizar para ridiculizarlos, me estaba comunicando con ellos con fluidez y sin tanta pomposidad asfixiante. Eventualmente Videojugador se levantó de su lugar junto a Intérprete de lo Obvio y caminó hacia el escritorio, donde empezó:

"Siempre he querido hacer esto…" – dijo mientras se acomodaba un sombrero imaginario de copa y reía nerviosamente.

"¡Ríndete McKenzie, el éxito no llegará para ti en este mundo olvidado!". El nerviosismo se había borrado de su rostro, pudimos ver mucha seriedad. Entonces cambió de perfil y se asió de las cuerdas de un puente colgante ficticio mientras se balanceaba en él.

"Hay una razón por la cual los dioses no revelan sus secretos a cualquieras como tú, Karpinski. No te estoy obligando a seguirme". Cambió de perfil una vez más y ahora entrecerraba los ojos y sujetaba el sombrero firmemente contra su cabeza con una mano mientras la otra se seguía asiendo de las cuerdas del puente colgante. Tuve la sensación de que en realidad estaba haciendo mucho viento y creo que no fui el único que sintió el vértigo.

"¡Piensa en tu esposa e hija! ¡Piensa en todo lo que estás arriesgando al entrar a esa tumba!". Después de haber hecho esa exclamación, se convirtió en McKenzie una vez más y frunció el ceño.

"¡Tú piensa en todo lo que se arriesga al dejar que estos pseudo-arqueólogos se salgan con la suya!" – Karpinski resintió la reprensión y siguió titubeante los pasos que McKenzie había dado. Cuando Karpinski alcanzó a McKenzie, éste abrió la gran puerta que esperaba al final del puente de una patada y tomó la antorcha restante de una de las bases que flanqueaban la entrada.

"Hazme el honor de decir el lema, valiente compañero" – dijo McKenzie, con una sonrisa ansiosa.

"¡Abandone toda esperanza quien entre aquí!" – exclamó Karpinski con orgullo.

Ambos descendieron por unas escaleras antiquísimas, el pasillo era estrecho, pero en unos minutos llegaron hasta el corazón de la montaña. Se creía que los antiguos arquitectos habían construido esta serie de tumbas ceremoniales aprovechando los ductos creados por un volcán que había hecho su última erupción fogosa miles de años atrás.

"¡No puede ser!" – dijo McKenzie, deteniendo a Karpinski súbitamente.

"De hecho, ya es, siempre ha sido" – dijo una mujer desde el centro del corazón de la montaña, la cual sostenía otra antorcha, pareja de la que había tomado McKenzie.

"Maura… veo que no has cambiado en absoluto" – dijo McKenzie, conservando el tono que un caballero utiliza al dirigirse a una dama.

"El juego ha terminado para ustedes, pues la reliquia está en mi poder. Sin embargo, la derrota es toda suya" – comentó Maura casualmente, evitando la mirada de McKenzie.

McKenzie y Karpinski descendieron a la explanada en el corazón de la montaña y ahí vieron con mayor claridad a la mujer que acababa de presumir la reliquia. No se acercaron a más de 30 pasos cuando fueron sitiados por un pequeño batallón de nativos que sostenían lanzas y demás piezas de armamento rudimentario.

"Mis escoltas los llevarán a la aldea más cercana. No se meterán con ellos si es que valoran sus vid..."

Las nueve milímetros de Karpinski reverberaron a lo largo del cono del titán muerto. Un cántico de guerra empezó a ser entonado por los nativos, no empaparían sus nombres con la orina de los caracteres humanos: cobardía. La visibilidad no era nada buena, pero Karpinski consiguió exterminarlos conforme se acercaban; si alcanzaban a ser bañados por las flamas de la antorcha de McKenzie, alcanzaban a recibir una perforación en algún órgano vital. Maura se alejó del centro de repartición de muerte en el que se había convertido la explanada principal. McKenzie plantó la antorcha en el suelo, sabiendo que Karpinski se las arreglaría solo e inició la persecución de la otra incandescencia, la cual se alejaba a gran velocidad.

McKenzie llegó al salón donde había entrado Maura; gracias a sus expediciones anteriores supo instantáneamente que se trataba del altar mayor. Maura sostenía la antorcha por encima de su cabeza mientras acomodaba la reliquia en un orificio en la pared. McKenzie hizo lo posible por darle a su marcha la cualidad de silente, pero Maura lo reconocía por su olor.

"Si hubiera sabido que tenía que atentar contra tu vida para obligarte a seguirme, lo hubiera hecho hace muchos años" – señaló Maura, sin distraerse de su tarea en la pared.

"No sigas con esto" – espetó McKenzie, perdiendo el tono de caballero que había empleado en la explanada, su voz tembló casi imperceptiblemente, pero Maura alcanzó a darse cuenta.

"Seguiré con esto tanto como quiera, tu opinión ya no importa más" – arrojó una Maura llena de coraje, había lágrimas acumulándose en sus ojos, pero era mejor actriz que el ingenuo McKenzie.

"Los descubrimientos hechos por la civilización Beé-Aút-E no tienen que caer en las manos de esos burgueses que sólo se interesan por el beneficio propio ¡La humanidad entera podría aprender de los errores del pasado! Considera…" – McKenzie había empezado a sudar y no sabía si se debía a la importancia del descubrimiento arqueológico o debido a haber vuelto a ver a Maura, idéntica a la que había abandonado en una selva años atrás.

"La humanidad me importa un cerote" – interrumpió Maura, ya sin lágrimas; seguía entretenida descifrando una inscripción localizada alrededor del hueco en la pared.

Mientras McKenzie y Maura hablaban en el altar mayor, Karpinski seguía mandando aborígenes a infiernos lejanos y desconocidos aún.

"No te atreviste a seguirme" – dijo Maura, haciendo contacto visual con McKenzie por primera vez en años.

"¿No entiendes que te hubiera perdido?" – reparó McKenzie, la fuerza de sus músculos parecía estar siendo drenada por su presencia.

"Me perdiste de todas formas. Eres justo como el escultor de las runas escandinavas" – Maura sonrió desganadamente al decir esto. Juntos habían traducido las runas, cuando apenas eran aprendices.

McKenzie sufrió en silencio la verdad que Maura le acababa de lanzar. Alguna vez había escuchado que, cuando la verdad lastimaba, era posible que estuviera mintiendo. Ahora sabía que esa declaración había sido enunciada por un inexperto, por una mente romántica y estúpida. Cuando la verdad no lastima, está mintiendo.

La historia que relataban las runas escandinavas decía que había habido un escultor que pasó varios años de su vida buscando el bloque de mármol perfecto, quería realizar su obra maestra en un material digno de ella. Había visitado todas las canteras de la región y ninguno lo convencía. Un día, justo cuando estaba listo para rendirse, regresó a su taller y se dio cuenta que el bloque soñado lo estaba esperando cerca de su cincel y su martillo, algún amigo lo habría encontrado y se lo había dejado ahí. Tenía todas las características que él había idealizado. Pasó una gran cantidad de tiempo pensando cómo empezar a esculpir su sueño. El terror lo invadió, había pasado tanto tiempo buscando al bloque, que cuando finalmente estuvo en su poder no pudo empezar. Arruinar el bloque era un riesgo que tenía que correr, pero no quiso. Guardó su bloque intacto en una bodega y esculpió estatuas de calidad por el resto de su vida, pero murió con la duda de "¿cómo hubiera sido mi obra maestra?".

El escultor de las runas no había abandonado la mente de McKenzie en el tiempo que había pasado lejos de ella, era todo lo que había estado buscando y, justo como el escultor, prefirió perderla antes de destruirla. Se había lamentado profundamente, pero simplemente no se atrevería, jamás. De repente se escucharon más balazos; probablemente porque había vuelto en sí, o porque una nueva oleada de salvajes acababa de ingresar a la explanada.

"Sabes que si hubiera una forma…" – McKenzie había acortado la distancia entre Maura y él.

"No tiene caso tenerte tan presente si eres tan del pasado" – Maura dijo mientras permitía que McKenzie se acercara.

Ya no se sentía igual abrazarla. Antes, cuando la rodeaba con sus brazos, felicidad y relajación invadían su interior; ahora sólo sentía que se desgarraba alguna parte dentro de su tórax. Eran cargas magnéticas iguales. No era sensato aceptar que las leyes de la física pudieran gobernar el universo metafísico, pero era la manera más sencilla de explicarlo. Se habían repelido a pesar de sus esfuerzos.

McKenzie alcanzó a Karpinski en la explanada, sacó su revólver y lo asistió en su misión exterminadora. La cantidad de cuerpos era impresionante, le hubiera gustado saber cómo había conseguido Maura un ejército tan leal de ese tamaño, pero no había tenido tiempo de hablar con ella de esas trivialidades.

Una vez llegaron al puente colgante por el que habían entrado, Karpinski comentó, sujetándose de su sombrero de copa alta:

"Regresar con las manos vacías no es mi idea de una aventura exitosa"

"¿Quién dijo que llevamos las manos vacías?" – McKenzie había estado esperando con ansias ver la expresión que Karpinski haría cuando le enseñara la reliquia.

"¡¿La mataste?!" – Karpinski parecía alarmado, hacía mucho tiempo había escuchado la historia que había entre McKenzie y Maura.

"Sabes que no es mi estilo" – dijo McKenzie, sonriendo para su interior, pensando que Maura y él estarían juntos, en un universo paralelo quizá.

Empezó a llover cuando llegaron al otro lado del puente. Maura los vio alejarse desde la punta del volcán y permaneció ahí varios minutos después de que desaparecieron de su campo visual, a pesar de la lluvia.

Cuando Videojugador dejó de hablar me di cuenta que todos estábamos en diferentes posiciones; cuando la historia dio inicio Videojugador estaba parado sobre el escritorio y nosotros estábamos sentados, pero ahora que había terminado, él estaba sentado en una de las butacas, Cinco Sílabas e Intérprete de lo Obvio estaban cerca de la puerta y yo estaba encima de una silla que estaba encima del escritorio.

"Tienen talentos naturales de los cuales no deberían estar avergonzados" – dijo Videojugador.

"¿Y que pasa después?" – Le pregunté a Videojugador, haciendo caso omiso del hecho de que de alguna manera habíamos vivido esa corta historia, sólo quería escuchar que Maura y McKenzie habían hecho una vida juntos, que todo se resolvía al final, que ese tipo de cosas no pasan nunca. Cinco sílabas e Intérprete de lo Obvio también estaban volteando a verlo, tan desasosegadas como yo.

"Supongo que McKenzie vuelve con su familia y Maura encuentra a alguien más" – dijo Videojugador con tranquilidad.

Sentí una opresión en el pecho, empecé a sentir resentimiento en contra de Revienta Burbujas (antes Videojugador), si a él se le había ocurrido el cuento, ¿porqué no darle el final que todos queríamos? El final que todos necesitábamos escuchar. Pareció haber leído mi mente (y también las de las 2 chicas que estaban descendiendo hasta la primera fila, donde había empezado todo) y contestó con amabilidad:

"Porque siento que las multitudes ya no hacen cosas heroicas o atrevidas porque obtienen su dosis diaria de valentía en cine y televisión. La gente osada escasea, porque cuando ven al personaje principal arriesgarlo todo y ganar, sienten que esa victoria les pertenece de alguna forma. Y no es así. Estoy seguro que si las personas no obtuvieran su ración de heroísmo en historias ficticias, serían heroicos en sus vidas reales, sólo por sentirse satisfechos y victoriosos, pero estas victorias sí las merecerían. Se atreverían a renunciar a la versión tétrica de la realidad que los medios estarían publicando y tomarían las riendas de sus vidas, contradiciendo lo que las fábulas de la infancia les habrían enseñado dogmáticamente. Si la tendencia en el mundo de la ficción fuera "el héroe nunca es héroe", "si arriesgas algo, terminarás perdiéndolo" o "todos te traicionarán al final", se provocaría la creación de nuevas mentalidades, de rebeldes que escupieran en la cara de los preceptos y dijeran ‘yo no soy como la gente de los cuentos, soy mejor’. Así que si pudiera, todas las obras teatrales, libros y películas serían como un buen film noir donde la victoria es siempre inalcanzable".

Suspiró una vez y nuestro pasmo terminó. Entonces me di cuenta que seguía parado encima de la silla encima del escritorio y bajé algo apenado. Miré a las 3 personas con las que había pasado la noche y supe que nuestra demora no había sido casualidad, que a veces, el destino te grita con la fuerte voz de un varón con probable retraso mental.

Un conserje abrió la puerta y al vernos dentro del aula con iluminación mortecina, preguntó:

"¿Porqué no pidieron ayuda?"

"No teníamos tantas ganas de salir" – contestó uno de nosotros, talvez fui yo, talvez no.

"No es la primera vez que pasa y tampoco es la primera vez que deciden no pedir ayuda; extraño ¿no creen?"

Asentimos en silencio y salimos a inhalar un poco del frío aire del amanecer, no se sentía como si no hubiéramos dormido, parecíamos revitalizados de cierta forma. Formamos un pequeño círculo e Intérprete de lo Obvio hizo lo suyo:

"Hoy no vamos a entrar a clases"

"Obviamente no, *****" – no quise utilizar el sobrenombre que le había puesto.

Nos despedimos, sabiendo que nos seguiríamos reuniendo de vez en cuando para pasar más veladas juntos, desenmascarados. Cinco Sílabas se había estacionado cerca de mi automóvil y, cuando puse el mío en marcha, noté que estábamos yendo al mismo rumbo. Sonreí cuando puso la direccional izquierda y dio vuelta a la derecha. Un día antes hubiera dicho "típico de una mujer al volante", pero ese día dije "típico de una mujer auténtica". Estaba manejando sin saber qué rumbo tomar, lo último que Revienta Burbujas había dicho me seguía dando vueltas en la cabeza. Un semáforo tras otro, indicándome cuándo tener precaución, cuándo era prudente avanzar, cuándo tenía que detenerme porque se me había cerrado la compuerta carmesí. Entonces me dije a mí mismo: "No soy el cobarde de McKenzie o el escultor de las putas runas escandinavas, soy mejor" y aceleré, atravesando la puerta que el semáforo había erigido para detenerme. No me detuvo. Nada me volvería a detener.

 

 

© Jonathan Hernandez

 

 

 

 

 

Jonathan Hernandez. Naci en Guadalajara, Jalisco, Mexico en 1986. Estudio medicina en la UAG y la escritura es lo que me mantiene alejado del area de atencion psiquiatrica. No tengo 'trayectoria', simplemente un dia estaba viendo una telenovela y dije "maldita sea, yo podria escribir un guion mas emocionante que no agrediera tanto a la inteligencia del publico". Pero hasta la fecha solo he escrito estas cosas que mando (y muchas mas, pero estas son las que considero 'menos malas').

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