Juan Carlos Galván Vela
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Derrotados

 

 

Sí, todo lo recordaba pero no quiso tocar el tema, no quiso presentar una disculpa, ni siquiera para justificarse por el estado de embriaguez en que se encontraba, la manera como había llegado después de la media noche y aquella pretendida acción, valía más quedar en el secreto de ambos para toda la vida, no hacer referencia alguna para no complicarse la existencia, aún cuando meses más tarde, Consuelo de Todos los Males lo confesó a la madre de Jacinto.

Jacinto casi ebrio, crudo al día siguiente y desvelado por la parranda corrida desde toda la mañana y la tarde y noche del día anterior, ahí sentado en la sillita de madera y tule, volteada con el respaldo hacia el frente, contempla a Consuelo de Todos los Males que mueve la cuchara de palo, mientras hace olas, surca en el cazo el atole hirviente que se cocina sobre el fuego lento, de olotes, con el humo que asciende hasta el tejado y le acumula aún más ese hollín que tiene años, desde antes que Jovita falleciera de cáncer en los pulmones, la única herencia que le dejó la venta del atole durante los últimos años de su vida, sólo para allegarse unos centavos que a final de cuentas, no resolvieron su existencia.

Con la resaca que le aflora en la boca, Jacinto trata de hilvanar las pocas imágenes que le quedan de lo sucedido la noche anterior, sus desvaríos cuando desnudo, quiso llegar hasta la cama de Consuelo de Todos los Males, sólo para satisfacer su urgencia de hombre, sin importar quien fuera la mujer a la que hubiera de entrar.

Llegó pasada la media noche entre vaivenes, tropiezos, apoyado contra la pared, erguido de pronto tratando de mantener el control, pero imposibilitado por el exceso de alcohol consumido, sin comer todo el día anterior, más que las cervezas que han constituido las últimas semanas su único alimento. Parado frente a la puerta vieja de madera, que siempre se ha mantenido sólo emparejadas sus dos hojas, sin llave alguna, sin tranca por la parte interior, así como le dijo Consuelo un día, para cuando quisiera quedarse en su casa, así entre ambos se acompañarían para mitigar no sólo el frío, no sólo la soledad, sino también para calmar sus ansias de hombre y mujer, que con alguien tenían que apaciguar. Y si todo queda en familia, si no tienen la bendición de Dios, ya los juzgaría el diablo.

Jacinto empujó las dos hojas de la puerta e ingresó, volvió a cerrarla dejándola únicamente sujeta con parte de la cerradura de hierro, que le permite dar la apariencia de toda seguridad, que al fin y al cabo nadie sabe si en el interior hay o no una llave, un candado, aquella tranca de palo que dejó de colocarse cuando hubo hombre en la casa, aunque fuera Jacinto, estuviera o no, anduviera ebrio o no, ya había presencia de un varón en el lugar y eso era suficiente.

Entró al cuarto donde dormía Consuelo de Todos los Males.

Parado junto a la cama inmediata a la puerta, contra la ventana, se desnudó completamente, sabiendo que en la oscuridad, el contraste de la luz exterior que provenía del farol de la calle, las cortinas delgadas y casi transparentes permitirían a Consuelo ver a cabalidad su cuerpo desnudo, sin la camisa que aventó sobre la cama, sin los pantalones que dejó caer a un costado, sobre el piso, los calzones que lento, parsimonioso, se fue quitando como para deleitar a la mujer cuyos ojos y respiración se agitaba en la oscuridad del cuarto.

Consciente pero ebrio, Jacinto se desliza en la cama, desnudo, hace la cobija a un lado, quiere deleitarse en aquel frescor y humedad de cuarto viejo, alto, de adobe y no de ladrillo como las nuevas construcciones. Porque aquella casa de altos muros y techos de madera con tierra y tejas de barro cocido, ahí donde se tejieron las historias de dinero enterrado en las paredes, o en el suelo a ras de piso, ahí en donde las matanzas de la revolución obligaron a esconder en vasijas, en cueros de chivo zurcidos con mecates, era la única salida para ocultar los centenarios, las grandes monedas de plata de ley, los crucifijos de oro y piedras que la familia heredó de generaciones anteriores, era la forma posible de salvaguardarlas de las manos del intruso, del ladrón, del revolucionario que de cualquier manera buscaba una forma de enriquecerse, so pretexto de seguir con su lucha de antemano perdida. Ahí, en ese cuarto, Jacinto quería disfrutar a cabalidad de su humedad, de su frialdad y acaso así disminuir un poco la borrachera que le diera la erección suficiente, para subirse al cuerpo de Consuelo.

Respiró profundo, sintió la humedad, el frío, la noche que avanzaba lenta. Se puso de pie y despacio se encaminó hacia la cama de Consuelo. Así desnudo, quiso inclinarse para ya no permitir que la sombra de su cuerpo se fuera elevando con la luz que procedía de la calle y la engrandeciera hasta llegar a la cama. Consuelo lo atajó:

-¿A dónde vas?

Jacinto se detuvo, frenado entre las sombras por aquella voz que cortó sus pretensiones, su imaginación que ya se adentraba despacio entre las sábanas, comenzando por la parte de los pies, para luego subir hacia las piernas y deleitarse como deseaba, como se iba fortaleciendo aquella caricia en su imaginación y más se avivaba con la embriaguez.

-A ninguna parte... –dijo-, y se regresó a su cama, a seguir soportando el frío, a dejar que la humedad del cuarto ascendiera por todo su ser y calmarle las ansias de hombre, a dolerse en su fracaso porque aquella cama le quedaba distante, porque Consuelo quería dormir, o se justificaba y la justificaba él mismo, por lo avanzado de la noche, o porque junto a Consuelo permanecía acurrucada, guareciéndose del frío, su pequeña hija.

Quiso odiarla, pensó en odiarla, ansiaba odiarla para con ello evitar sentir aquel deseo que le quemaba entre las piernas, buscar los argumentos posibles para encontrar una razón por la cual, aquella pequeña, la hija de Consuelo de Todos los Males, no era de él sino de Ramiro, su propio cuñado, porque a nadie iban a engañar con la historia de que la niña se la regalaron en uno de sus viajes a México. Gente inmisericorde, sin alma, que acostumbra embarazarse y tirar o regalar a los menores, para así esconder su entrega por amor, no la inmoralidad y la sentencia de aquellos que podían juzgar a Consuelo, por haberse entregado a un hombre, que no era el de ella, sino el de su hermana Concha, porque en una de sus ausencias, de Concepción, bajo el pretexto de aquella cuarentena, Ramiro la había acorralado en el pasillo de la casa y ahí detrás de aquella puerta de madera, con sus dos hojas que aparentaban seguridad, ahí la poseyó Ramiro y la dejó preñada.

Como todas las mujeres de antaño, Consuelo hubo de soportar arrinconada y en silencio, pero deseosa, los embates que le diera aquel hombre prohibido, pero no sólo eso, vinieron luego los malestares, cómo esconder a su padre y madre las nauseas, los dolores de cabeza, el hambre voraz que le obligaba a atenderse bien y las incomodidades que le produjeron el embarazo, sólo para ocultar su pecado, ceñida hasta lo imposible con vendas, usar ropa y fajas y faldas holgadas y así irse a trabajar al taller de ropa, a la única maquiladora en la que se le fueron sus años y sus sueños y sus ansias de mujer, porque no encontraba hombre que le calmara sus urgencias y ella soñaba también en ser poseída como seguramente lo era su hermana Concha, todas las noches, por aquel hombre, el de ojos azul profundo y que le echaba una mirada cada vez que iban de visita a la casa.

Sí lo consiguió, pudo sobre llevar durante los meses de embarazo su preñez y malestares escondiéndose, tomando té de manzanilla, de hierbabuena, de eucalipto y de todo lo que le recetaran, con el pretexto de estar enferma, agripada, con el vientre inflamado porque los ovarios no le funcionan del todo bien. Argumentos que su madre habría adivinado si no fueran tan estrictas en esconder cada mes las toallas femeninas, ensangrentadas, porque el pudor así lo marca y la madre de Consuelo, lo habría notado porque hacía meses que ya no reglaba.

Jacinto, hocicón como era y más cuando andaba borracho, se lo podía jugar en una apuesta a su hermano Matías, se lo jugaba por una botella de tequila a su primo José Inés, porque, contra ambos Jacinto podía apostar a que Consuelo de Todos los Males se había entregado a Ramiro y eso no lo sabía nadie, más que la misma Consuelo y él, porque así lo había visto en los ojos de ella cuando le demandó silencio, al descubrirla ciñéndose las vendas en el vientre, luego de ir al baño allá en la parte trasera de casa, único sitio en donde podía esconderse Consuelo sin que pudiera ser descubierta, para a partir de ahí, chantajeada por Jacinto, también tuvo que entregarse a él para callarlo.

-Cuanto vas a que la niña es de Consuelo... –le dice Jacinto a Matías y a José Inés, parados a media calle, abrazados, con la botella en una mano que se van turnando para beber directamente.

A la una de la mañana, los tres hombres siguen la juerga de días sin que haya manera de ponerle fin, sin ninguna intención de concluirla porque, qué más se puede hacer en un pinche pueblito donde no hay más a donde ir que cantinas, y si estas están cerradas, en todas partes venden alcohol, cerveza, lo que sea a la hora que sea.

-Estás loco cabrón... –le reta Matías-, y no andes diciendo bobosadas, que si te escuchan, te vas a meter en un lío más grande, más contra Ramiro que no se anda por las ramas y con todo y que sea pariente, de un tiro te calma tus bravatas.

-Pos que güey eres si no te has dado cuenta, bien que han sabido esconder su travesura, pero tampoco presumas de pendejo porque, si te fijas bien, de dónde sacó los ojos azules la niña, si no son de Ramiro, tal cual. Que se la regalaron en México, ni madres, la vieja tuvo al crío en una de esas salidas, sí, allá, pero no fue un regalo ni que la manga del muerto, se embarazó porque ya le hacía falta hombre y porque no quería pasarse sus años sola, envidiando a la Concha porque ella si consiguió viejo. Yo no se porque, pero pos si no está fea Consuelo, lo mismo podía haber hecho, no tenía que andarse metiendo con su mismo cuñado, conseguirse aunque fuera un briago en vez de andar con sus exigencias de un príncipe azul, que nada de desvestir borrachos, que mejor quedarse a vestir santos como tantas veces dijo. Pero le ganaron las ansias. Peor fue su pecado aunque haya calmado su tentación.

Matías lo dudó y José Inés lo dudó, ninguno aceptó la apuesta porque no eran más que habladurías de Jacinto, quien borracho como era, ya se imaginaba cosas que sólo en su mente podían ser realidad. Pero ni modo, que bueno para todos a final de cuentas porque Jacinto, como lo había hecho con Consuelo, ganarle la partida y obligarla a que se le entregara también, a cambio de su silencio, la misma apuesta podía ganarla contra Matías y José Inés, porque ese par de pendejos no saben ver en los ojos de las mujeres lo que quieren, lo que esconden, lo que buscan.

-Vámonos a dormir, ya son las dos de la mañana... –propuso José Inés.

-Tú también estás loco güey, tanto trabajo que me costó ponerme pedo para que se me quite dormido, ni madres, yo le sigo hasta que salga el sol, hasta que las calles se llenen de gente, aunque me encuentren aquí tirado, que no será ni la primera ni la última vez. Me cai que no será la última y eso pueden apostarlo.

No, no sería aquella la última vez que encontraran a Jacinto tirado, cuando no a la mitad del campo deportivo, en la madrugada, rodeado de hormigas que le huyen por la pestilencia a alcohol, a cigarro barato, a cerveza, a orines porque moja todo el pantalón ya inconsciente, sin saber dónde está, cuánto tiempo lleva tirado en el pasto, en el camino, en las bancas donde duerme, en el frío concreto que le ha servido de refugio en el jardín principal, junto a la caseta de la bomba que eleva el agua al tinaco y que suministra a todo el pueblo. En eso tenía razón, no sería la primera ni la última vez que estuviera borracho, tirado en cualquier parte del pueblo.

José Inés y Matías se pierden en la calle oscura, abrazados, caminando lentos, haciendo eses porque también a ellos alcanzó la borrachera y no hay quien le aguante a Jacinto, que ha sido capaz, así como es de hocicón, para todo apostarle y echarse en una tarde un cartón completo de cerveza, cosa que nadie más le había aguantado por tanta agua y la vueltas a mear. De eso se ufanaba Jacinto.

-¡Lárguense...! Par de jotos, si creen que no puedo seguir yo solo la parranda, se equivocan, con ustedes y sin ustedes me queda media noche y media botella, ya lo verán méndigos, les hace falta una madriza para que aprendan.

Jacinto les grita pero su voz, sus reclamos se pierden a lo largo de la calle que va en descenso y adentrándose en la distancia en una mayor oscuridad. No hay nadie, no hay eco, el silencio lo invade todo y ahí, parado a madia calle, sólo recuerda el ridículo que hizo por agarrarse a patadas en el campo deportivo contra su hermano, nomás por medir fuerzas, porque en la borrachera no le pudo ganar y Jacinto se las puede todas, amo y señor hasta de las patadas que en la primera que le asestó a su hermano, cayó de espaldas, ebrio, avergonzado por reñir con él y recobrar la conciencia en ese instante, en un momento de lucidez para prometerse a sí mismo y prometerle a él, que nunca jamás se repitiera algo así, porque entre hermanos eso no va.

Tal vez no haya querido Jacinto ser el vencedor ni reconocer tampoco que había perdido en esa confrontación, pero si lo cumplió, nunca más repetir una riña contra su hermano. Podían seguir la parranda con quien fuera, en donde lo permitiera la noche o la tarde, pero no entre ellos, sino más bien, abrazarse como hermanos y ponerse un alto, cuidarse, protegerse, porque pelear no estaba bien.

Matías caminando por la carretera, a la espera de un raite que les llevara de regreso a casa, ¿qué carajos hacían en aquel pueblo que ya no les daba nada? Con amigos que sólo sirvieron para inculcarles el vicio del alcohol, los que si no traían dinero, ellos pagaban; que si no había recursos, en cualquier parte les daban fiado. Pedir prestado, empeñar la chamarra, el reloj, la camisa, lo que fuera, que para el alcohol en todas partes hay un compañero y amigo. Si a aquello se le podía llamar amigo. Otro cabrón más que como Jacinto o Matías o José Inés, sólo los hundía a todos juntos para que nadie se escapara del vicio, dado que la marihuana llegó después, apenas unos cuantos años atrás, pero no a tal grado de enviciamiento.

Contra todos los vicios habían luchado, contra todos los amigos que les seguían acompañando en cada parranda, contra todo, hasta contra ellos mismos lucharon Jacinto y Matías y José Inés, cada cual a su manera y de nada había servido ir a jurar al templo que no repetirían la historia, ya que a los pocos días la promesa era rota. De nada sirvieron los acercamientos con el Padre Miguel, el sacerdote del pueblo que les abría una y otra vez la mano para darles una esperanza, la fe que les hacía falta, voluntad y mucha que les hacía falta, para poner un freno a esos vicios.

Hasta el Padre Miguel había pagado los platos rotos en muchas de esas parrandas, que significaron horas y días a lo largo de la semana, no de noche, no de viernes o sábado, sino de todos los días, a cualquier hora.

- Ya muchachos, vayan a sus casas, confíen en la palabra del Señor y que esto mejore, que sus vidas cambien... –les decía el sacerdote-, vean que hay mucha vigilancia, hay policías que llegaron de la ciudad para investigar la balacera de la tarde en el campo de baseball, no se los vayan a llevar a ustedes también...

El párroco hacía el esfuerzo porque sus palabras se quedaran en el corazón de alguno de aquellos muchachos que ahí, apostados todos en la esquina, de pie o sentados a la orilla de la banqueta, se reparten y turnan botellas y refrescos, licor, cervezas, cigarros, marihuana que inunda con su aroma las calles y no hay quien se meta contra una docena de hombres que cada noche se dan cita en esa esquina, muy cerca del jardín, porque ya en la plazuela o en el jardín mismo, donde hay mayor vigilancia, no le entran, no para evitar que la policía los detenga, sino para no volver a pelear contra ellos y que hagan el ridículo, porque ya varias veces se dieron de madrazos y los policías resultaron desarmados y huyendo.

-Háganme caso muchachos... –insiste el Padre Miguel.

-Mire padrecito, ya párele, es mejor que se vaya a predicar a otra parte, ¿sí?, aquí pura onda, o si quiere irse a dormir, hágalo, pero ya, ya estuvo suave de sermoneo, aquí estamos en la calle y ni madres, si la vía es pública, así se queda...

Jacinto con todo y la embriaguez y medio toque de marihuana metido en los pulmones, enfrenta al párroco. El sacerdote guarda silencio, comprende el estado en que se encuentra Jacinto, pero cumple con su labor, se empeña en rescatar aquella oveja descarriada que el Señor quiere dentro de su rebaño. Sabe que es un alma desorientada, que requiere ser oída, antes que perderse en el fuego del infierno. Cumple su labor de humillarse ante el pecador, lo escucha, guarda silencio y no se mueve un ápice de la calle.

- Qué onda padre, deje el sermón para cuando esté en misa, total, si nos han de cargar, aquí los esperamos, ya sabe que esos tiras son re coyotes, rajan, no crea que por andar armados tiene huevos más grandes, ni madres padrecito, ya encamínese pa’ su casa, total, ahí rece porque un día salgamos de estas broncas y que nos cuide el Señor, que bastante descuidados nos ha tenido, mírenos como estamos por esperar tanto y no recibir nada...

-Ya cállate, no le faltes al respeto al padre... -Matías trata de calmar a Jacinto quien pierde la calma, se exaspera, deja escapar un odio profundo de su mirada, que refleja al mismo tiempo el alcohol que hay en su cuerpo, la marihuana que ha fumado.

-Mejor váyase padre, vaya a predicar a otra parte y cuando quiera venir con nosotros, quítese el vestidito, no vayan a pensar mal de usted, o de nosotros, hay se lo pone cuando vaya a la parroquia...-insiste Jacinto en su pugna contra el sacerdote.

-¡Que te calles cabrón...! Deja en paz al padre... –enfrenta Matías a Jacinto-. Mejor váyase padre, no le haga caso, mire como anda borracho y "moto", ya se le pasara...

El sacerdote se aleja, agobiado, con una cierta frustración por no haber conseguido su objetivo.

Las patrullas de la policía judicial dan vueltas a gran velocidad, pasan una, dos, tres unidades, una dos tres veces y no se detienen, miran al grupo de hombres en la esquina, pero no se detienen, concentrados en una peliculesca persecución de policías y asesinos, porque en la tarde, tres muertos hubo a la mitad del partido de baseball y de los homicidas, ni sus luces.

No era la primera vez que se daban esas balaceras, con uno dos o mas muertos, tampoco era la primera ocasión que los judiciales le hacían al pendejo, porque a la hora de los tiros, coyotes, ir y venir era lo único a que se aventaban cuando los asesinos andaban armados, a la caza del que los siguiera, del que se aventara a ir tras ellos para también enfrentarse a pistolazos.

Judiciales habían quedado muertos afuera de la inspección de policía misma, en las calles contra la pared, descalzos porque a todos los muerto se les salen los zapatos y luego son acompañados por veladoras encendidas, aunque sea de día, y después de levantar al difunto, cal, una pinta de cal para alejar los espíritus que andan en el aire y no vaya a ser que se repitan los hechos de sangre, en el mismo lugar, si no se santigua de esta manera y con unos rezos, pedirle al Señor que al difuntito lo tenga en su santa gloria.

Policías muertos en todos los tiempos, porque ahí la gente no se anda con cosas, si hay que matar lo hace y por eso los judiciales cumplen con el ritual único y de todos conocidos, de jugar a ser la ley trepados en las patrullas, dando vueltas y vueltas por el pueblo en busca de los homicidas, cuando bien saben que estos, no es que se hayan metido a sus casas, sino que ya se largaron desde la tarde y no los volverán a ver, ni ellos ni su familia ni en el pueblo.

 

Lanzamiento de "La Metralleta" Ramírez. Una "jorobita" parte del lado del brazo de Chón. Es la racha más importante y pueden ser cuatro. La coloca, bailotea y la atrapa. El viento le juega una mala pasada. José Amador lleva dos home room’s en dos veces al bat. Llega Héctor Estrada con un ponche tirándolo en la primera entrada y en la segunda un sencillo a jardín izquierdo...

 

Tres muertos nomás por no saber perder. Tres familias ensombrecidas por el luto, porque en un partido de baseball jodido, donde no hay ni siquiera un trofeo para el ganador, ni una bolsa económica para el que alcance la victoria, derrotados todos porque el encuentro se suspendió, porque a la mitad de la carrera que casi conseguía el Chano, el jardinero central lo empuja para que no pise base y éste se impacta contra la tierra, de bruces. Casa llena y furia entre los espectadores, con el marcador cuatro carreras a dos y van perdiendo –la paciencia-, todos.

 

En el terreno, Ray Ramírez en el pecado lleva la penitencia. La pelota rebota en el suelo y escapa de la manopla del jardinero, para Ray sería el segundo, pero como dicen: "Si están así las cosas, mejor ataquen..." porque en un rebote lo más probable es hacer el ridículo y no tener una intervención acertada...

 

Ebrios en las tribunas, los seguidores de los Rebeldes abuchean al jardinero que comete por vacilada aquella falta contra el corredor. Nadie que controle la gritería, nadie que vigile el exceso de cerveza que ya se ha vendido durante toda la tarde en el deportivo, nadie que les ponga freno a las botellas de brandy que dieron la vuelta una y otra vez entre las manos de la concurrencia, para llenar vasos y vaciarlos casi al instante, o beber a bocajarro, como hacen los hombres y como acostumbran muchos en el pueblo. Nadie.

 

Oficialmente es error. Cede terreno y en el pecado lleva la penitencia el jugador. "Haz tú con la pelota lo que quieras, no dejes que ella juegue contigo. Pero claro, "al mejor cazador se le va la liebre..." y estar en el terreno de juego no es tan sencillo, es fácil decirlo, pero hay que ver si es fácil jugarlo...

 

Una botella de cerveza, vacía, surca los aires ni siquiera siguiendo la ruta que han dejado los home room’s marcados por los Corsarios. No hay bateador a la expectativa, no hay pitcher de donde haya surgido aquella botella que se impacta en la cabeza del jardinero que cometió la falta. Un hilo de sangre surge de la cabeza del hombre que se tambalea, que se desploma luego de dar traspiés y cuyo líquido, rojo, se mezcla con el polvo hasta convertirlo en una masa sanguinolenta.

 

Melvin gusta el derecho en la segunda entrada y en la tercera "pasaporte". Está pareja con una bola y un strike. Héctor es custodiado por Cornelio García. Se toma su tiempo. La Metralleta Ramírez, lanzamiento y segundo strike. 86 millas lleva el jugador ganadas en la temporada. Melvin es de bastante respeto.

 

-¡Quiobo cabrones...! ¿qué no saben jugar? orita les enseñaremos quienes son sus padres aquí y si no saben como se agarra un bat, aquí hay de donde agarrarse... -Grita un hombre que erguido en el otro extremo del campo, empuña miembro y testículos para hacerles referencia de dónde se pueden agarrar los perdedores.

 

Aparece Daniel que no tiene suerte esa tarde. La Metralleta lanza uno de "Quítate que ahí te voy", un imparable y es el que ha mantenido estable la pelea con dos jugadas de reacción extraordinaria en la tercera entrada, pero no tiene suerte pues en la segunda entrada, el bateador pagó doble play. Ruta 1 6-3 por contacto sabroso y allá va el pelotazo por la puerta de atrás, a Melvin, quien se lo traga de un bocado para sentenciar el cuarto chocolate en la labor de La Metralleta...

 

-¡Has de tener muchos huevos cabrón..! ¡¡¡pinche puto...!!!! ¡ya veremos si es cierto....! -le responde otro en el ángulo de donde surgiera la botella. De pie, saca una pistola y comienza a disparar, la gritería se incrementa, los cuerpos que se escabullen en todas direcciones tratando de escapar, de salir del campo porque el silvido de las balas cruzan por encima, a un lado, sobre la cabeza de todos, a diestra y siniestra.

Un cuerpo cae, sangrante, una cabeza destrozada, una mano que se guía al corazón, adolorido, con la muerte que se refleja en los ojos del que se desploma sin decir nada, sin haber sido culpable de la confrontación, sin decir adiós, sin saber qué allá en casa, la esposa se sobresalta presintiendo que algo ha pasado. Botellas, balas de un lado a otro del deportivo que se ha convertido ahora en campo de batalla, en tierra de escape y fuga y persecución delos que despavoridos intentan, no ser parte de ese momento de angustia.

Otro cuerpo cae, las cabezas se agachan, los asistentes que se refugian tras los árboles, detrás de las mismas hieleras que suministraron al por mayor, durante toda la tarde, las bebidas que provocaron aquella confrontación. Algo hubo en el ambiente vespertino que alejaron a Jacinto y a Matías y a José Inés, al lado de un grupo de compañeros, de aquel partido de pelota, y los condujo hasta el otro campo donde había más cerveza, pero se jugaba fútbol entre chiquillos, y ahí no era necesario cargar pistolas, salvo las botellas vacías para volverlas a llenar y los cigarros de marihuana que acompañaron a todo el grupo, durante aquella tarde.

Derrotado se alejó el Padre Miguel porque no podría dialogar con los muchachos, andando drogados y ebrios; derrotado quedó el equipo de los Rebeldes porque las pérdidas no se cuantificaron en carreras ni en jonrones, sino en hombres caídos, muertos y que ni siquiera habían sido sus propios jugadores.

Derrotado se quedó Jacinto que no pudo apaciguar sus ansias de hombre aquella madrugada, metido entre las sábanas, entre el cuerpo de Consuelo de Todos los Males, quien lo frenó preguntando:

-¿A dónde vas...?

Sí, había coraje en Jacinto que se mira las manos, parado a la mitad de la calle por donde se pierden los cuerpos abrazados de José Inés y Matías, que se los traga la noche, que se alejan para ir a dormir, porque el amanecer se acerca y ellos no quieren estar ahí, pasando fríos, sintiendo la angustia que inunda el alma de Jacinto, que contempla avergonzado sus manos, la botella de alcohol, la soledad que nunca podrá hacer de él un perdedor., y eso se lo apostará a cualquiera, que él jamás será un derrotado.

 

 

 

© Juan Carlos Galván Vela

 

 

 

 

 

 

Juan Carlos Galván Vela. (Pueblo Nuevo, Gto. México 1960) Periodista, Narrador y Poeta, Docente. Fue Becario de la Universidad Quetzalcoatl en Irapuato, durante el periodo 2002-2003. Premio Nacional de Cuento "Francisco J. Mújica" 1988, otorgado por el desaparecido Consejo de Recursos para la Atención de la Juventud (CREA). Obtuvo además el Premio al Mérito Periodístico 1999, por su trayectoria, otorgado por la administración municipal de Irapuato. Reconocido como el periodista del Año 1999 por la misma Universidad Quetzalcoatl que tres años más tarde le otorgaría la beca en mención, a manera de año sabático y de donde nacieron ocho libros diversos. Cuenta en la actualidad con tres poemarios Puerto de Águilas, Horizontes, y El Desierto del Mar; en cuanto a narrativa se refiere, es autor de la novela inédita Silencio, y dos volúmenes de cuentos: La luna creció en el tecolote, e Itinerario de la desolación. Reunió dos libros con temas de motivación personal, cuyo título es Mapa del tesoro que guardé para mis hijos, y finalmente una recopilación de los mejores textos periodístico, crónicas, reportajes y entrevistas, realizados a lo largo de 21 años de periodismo. Durante los veintiún años de esta actividad informativa, acumuló veintiún preseas diversas que van desde menciones honoríficas, premios de cuento, crónica, entrevista, poesía, leyenda, ensayo, tanto en lo periodístico como lo literario, preseas tanto en el ámbito municipal, estatal y nacional.

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