Blequer Alarcón Silvera
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CALLÍ ESTÁN EL PABLO, EL TRINIDAD, 
EL MARCELINO, EL …

 

 

 

PARA:

Los artistas folclóricos que con sus voces tejen túnicas de los huaynos serranos

 

"Como tu, mujer, como tú, sobre el lecho de los vientos 
sin tu almohada de ilusiones, hasta que una forma de
 hombre se aparee a tu sonrisa, en tu silencio, en tu nada."
B.V.A.S.

 

La sierra, donde los cerros más elevados parecen formar papeles arrugados, está plagada de moles de ese barro arcilloso que se utiliza para hacer las ollas de los campesinos. Las aguas de los riachuelos forman siluetas de mujeres, bajando desde las alturas hasta las pampas. En nuestras chacras sonríen las cosechas deambulando por sobre nuestras penurias. Pero lo que vi es reír el dolor ajeno subiendo en remolino, igual que un sueño encañonado lo hace con un placer de tierno cadáver de hace siglos.

Somos como los arbustos cuando cae la helada. Sus hojas se queman hasta parecen muertas. Al poco tiempo hacen renacer sus capullos y continúan viviendo.

Mis padres no quisieron que continúe con mis estudios. Lo decían en su brutal ignorancia. Lo que querían es que trabajase en las chacras desde la seis de la mañana, hasta la hora en que los eucaliptos se encienden con el color del ocaso. O sea, desde que se oía el primer canto de los pichinkus hasta que se escuche el chirrido de las cigarras. Mientras, ellos perdíanse ahogados en las botellas de aguardiente. A mi madre, mi padre le enseñó a sorber ese líquido penurioso. Ella se llamaba María, cómo esas flores que se pierden en las desgracias. Ellos ya no son de este mundo, sino de un lugar que se llama cementerio. Así es la vida en la sierra. El hombre para olvidar pesares se aferra a los sorbos de esa bebida maloliente.

Son las seis de la tarde, deben de ser las seis. Es que el sol ya se escondió hace unos minutos en las cumbres de la cordillera que se ven al fondo del cañón. A lo lejos, el aire tiende a un color morado. Será por la distancia, de seguro.

Todos los viajeros que pasan por estos lugares creen que en medio de estos cerros sin nacimiento no hay nada. Pues aquí donde hay chacras y arroyos hay algo y son las casas de adobes y tejas, además de las almas de los cholos.

Llego al recodo del camino donde crece un Quishuar, desde aquí empieza a empinarse la cuesta. Se escucha el ladrido de los perros, el balido de las ovejas que vuelven a sus rediles. Se siente el aire con su olor a humo.

Soy un indio. Por mis venas está corriendo sangre mestiza. A mi vida el destino la trajo en sus dolores y pasó por mi lado como si no me viera. Tal vez los cerros fueron mis cunas. Testigos son el San Pedro y Santa Catalina, moles de las más altas por donde el sol se despide de Talavera. Con mi andar dejé muy atrás a mis compañeros. Con ellos pasé un puñado de horas entre las hojas de los carrizos, en Rumichaca, a orillas del Chumbao. En ese río que se va del valle por entre las cañadas, recogiendo los huaynos del pueblo. Contagiados de entusiasmo fuimos a cortar las cañas, duro con los machetes. En el intervalo de sorbos de chicha y sudor, decapitamos cientos de ellos. Es que queremos que nuestra escuela sea igual a las que aparecen en los libros.

Escondiéndose de las correrías del tiempo, nuestros hijos estudiarán allí. Estudiará el mío que ya vendrá. Debe llegar cuando las chacras estén listan a ser cosechadas, o sea cuando Dios se olvide de su nombre y se vista con mi alegría de hombre mundano. A veces pienso que soy el único que está alegre en este mundo. Pero allí están: el Pablo, el Trinidad, el Marcelino, el…, aquí estamos los hombres que formamos este pequeño pueblo.

Mis pasos se pierden en las piedras del camino o en las ramas de las chillkas. Mi casa,

ahora ya lo veo, está allá arriba casi en la cima del cerro al cual estoy ascendiendo. Prefiriendo esconder su luz, la tarde se diluye en el vuelo de los bullangueros loros. Miro atrás. Ya no hay nadie. Uno a uno de mis compañeros fueron perdiéndose por los caminillos que se ramifican del camino grande. Son cristianos espantados que no dañan a nadie, sino que buscan en sus terrenos sus nombres enterrados por sus abuelos.

El último en despedirse fue Epifanio. Poco antes de perderse tras un aliso gritó: ¡salúdala a Paulina! Ese Epifanio, un grupo de nervios, compañero de escuela y aula. Eso que nuestra carpeta eran dos piedras de esas que nuestros abuelos usaban para tallar las paredes de las casas. Sobre ellas un pedazo de madera, sobre ésta nuestros cuadernos. Escribíamos nuestras penurias con lápiz negro y duro que mi padre compraba cuando viajaba al pueblo. Paulina es mi esposa, la que está preñada. La que se está hinchando como los globos que sueltan al aire los alferados en las fiestas patronales.

Como atado al cuello de los árboles, corre el viento. También algunos arbustos a ambas riveras del camino, hacen volar moscas que buscan un lugar para pernoctar. Nubes negras aparecen debajo de la cañada. Río abajo, los pueblos reciben del cielo baldazos de agua, formando una cortina blanca, casi oscura. Mis paisanos estarán maldiciendo a "papa diosito."

No hay con quién parlar. En la subida, las palabras se acaloran como la lengua que pierde saliva y no puede maldecir al cansancio. Entonces troto por entre las piedras. El murmullo quedo del Chumbao está en las peñas. Lejos del camino que subo. De este sendero que sube y sube buscando la unión del cielo con la tierra.

De pronto sobre Piscobamba se ve un latigueo fosforescente. El ruido del trueno llegó. Al alejarse se escucha el estruendo quemando las luces de la tarde. Siéntome en una caliza, en esta roca que por vieja está desmembrando sus entrañas para formar un asiento donde descansan los viajeros.

Pensé que esta cuesta daría alegrías. Acaso en las sombras de los eucaliptos y de las chachas, no canté con los jilgueros y a veces con los chihuillos. Paulina lo sabe, desde muy niños corrimos por entre las cabuyas, jugando al amor Como se hace en la sierra.

Aumentó el llanto del cielo. Póngome en camino. Encuéntrome con una anciana. Ella vive en la casa que da al alero trasero de mi hogar. Me mira con sus ojos de águila rendida al tiempo. Se aleja con su medroso caminar. Porongo con agua en su cadera, se pierde en la puerta de su casa. Veo sobre el barro del camino huellas de botas militares, encojo los hombros y continúo mi camino.

Mi casa parece estar en el silencio. No se ve la columna de humo que siempre escapa por el techo. Hecho a correr. Brinco de roca en roca sin notar la aspereza de los matorrales que van quedando atrás. Los charcos de agua al ser profanados por mis pies saltan a las veras del camino. Alcanzan a ensuciar mis pantalones gastados por el tiempo y el trabajo. A trancos llego a la puerta. Hay tristeza. Hay un moscardón que vuela por entre las vigas del techo.

Por la parte interna del techo una leve capa de humo está buscando un hoyo por donde escapar. Alguien estuvo cocinando e hizo revivir las cenizas. Por debajo de una olla de barro un cuy asoma la peluda cabeza, luego huye a la base de una vasija. Me parece haber ingresado a la capilla del barrio en los meses cuando no hay fiestas patronales.

Es tanta la prisa que no sé donde pongo los pies. Solo mi perro blanco y lanudo en quien tropecé veo a mi lado. Tiene en su mirada el color de la muerte, Siéntome al lado suyo. Por uno de sus costados a la altura de las costillas hay un orificio de donde mana abundante sangre. Póngome en pie, recién descubro sobre el montón de estiércol: cabezas y plumas de gallinas, más allá las patas y el cuero de cerdo.

Por la puerta que lleva a la chacra entra el viento arrebolando con su ulular. Está abierta, algo que no solemos hacer por las tardes. Me encamino. Desde el umbral de la puerta veo a mi Paulina sentada sobre un pedrón, a unos metros de la casa. Ese pedrón donde acostumbramos a descansar nuestras fatigas y a mirar a los cerros del otro lado.

Acércome lentamente. Ella está buscando mis besos para injertarlos en sus labios. Ella se percata de mi presencia. Su mirada se prende de mi rostro. Sus lindos ojos, para mi lo son, están anegados en lágrimas. La llovizna, que no amaina, está mojando sus cabellos recogidos en unas trenzas donde marchita una margarita. Su chompa canela, su falda verde, están empapadas con ese líquido que forman las lágrimas y la lluvia.

Mi Paulina dobla la cabeza, donde sus brazos están formando un hueco continúa en sus llantos. Me olvido del tiempo y del dolor. Me olvido que mi cuerpo continúa viviendo. Recorro con una dulce mirada su cuerpo de diosa. Doyme cuenta que en sus mejillas hay rasguños donde la sangre está coagulándose. Su blusa y su falda están rotas, en jirones que se pierden en la piel morena. Sus piernas, por ellas corren hilillos de sangre.

Mi Paulina como quien explica lo acaecido levanta la vista. La posa en la lejanía, abajo donde los cerros abrazan al Chumbao. Mi mirada la persigue y apareja allí donde la de ella termina.

- ¡Malditos, ¿por qué lo hicieron? Era mi primer hijo! malditos!

Tomo un pedrusco y lo arrojo con todas mis fuerzas, aún sabiendo que no llegará a media pendiente. Que no podrá borrar las huellas de esas botas militares que van por la carretera que sigue la silueta del Chumbao.

La columna de Los Sinchis iba río arriba, rumbo a Talavera.

 

 

 

Talavera, junio de 1984.

Del libro "Y el camino no termina"

 

- Quishuar- Árbol de hojas blancas.

-Rumichaca- Voz quechua, puente de piedra. Puente sobre el río Chumbao.

-Porongo- Vasija para llevar agua.

-Chachas- Árbol serrano.

-Chihuillo- Ave negra parecida al zorzal.

-Sinchis- Cuerpo antisubversibo de la entonces Guardia Civil.

-Piscobamba- Voz quechua, lugar donde abundan pájaros.

 

© Blequer Alarcón Silvera

 

 

 

Blequer Alarcón Silvera. Nació en el Barrio de Accoscca Grande, en el Distrito de Talavera de la Reina, Provincia de Andahuaylas, Región del Apurìmac,(1960). Sus padres el Sr. Víctor Alarcón Peceros y la Sra. Olga Silvera Montaño. Su infancia lo pasó mayormente en el lugar de su nacimiento. Estudia la Primaria en el entonces Escuela Primaria Nº655,(hoy I.E.I Nº 54177 "El Buen Pastor).Estudia la Secundaria completa en el Colegio Secundario Mixto "Gregorio Martinelli",(hoy Institución Educativa Integrada).Estudiando en la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, (Ingeniería de Minas),cae preso en dos oportunidades. En la más larga llegó a estar en un Centro Penitenciario muy conocido en la Capital. El motivo fue el escribir cuentos y poemas de protesta, publicados en revistas literarias de entonces. Estaba en el poder el Gobierno Militar de facto. En estos avatares nació el poemario "Cárcel o Sueño". Deja de estudiar en la UNSCH ,para ya no ser asediado por las fuerzas del orden.Continua estudios en la Universidad de Educación "Enrique Guzmán y Valle",(La Cantuta), la especialidad de Matemática-Física.  Laborando en el Colegio Mixto "Dos de Mayo" de Huancaray, escribe cuentos, que los reunió en el libro: "Y el camino no termina" Ejerciendo la profesión de profesor en el Colegio Secundario "Ricardo Palma" de Chihuampata-Talavera,(1983),lo apresan nuevamente .Fue un agosto cuando fuerzas combinadas del entonces Policía de Investigaciones,(PIP) lo secuestran de su hogar. Se pierden escritos como: novelas, cuentos y poemarios, no se supo del paradero de esas obras. El año 1995 encuentra fortuitamente manuscritos, parte de las obras perdidas.Logra publicar :"Y el camino no termina",grupo de cuentos con los cuales inicia la brega de ser escritor.Hoy continua escribiendo versos y cuentos lo mismo está iniciando escribir una novela. Es articulista de un diario de un país del Caribe. Está afiliado al Circulo de Periodistas Deportivos del Perú.

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Revista Literaria Remolinos