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Slavko
Zupcic |
REGUETÓN DEL MOTOTAXISTA
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—No es fácil venir al psiquiatra, ¿verdad? —preguntó Vicente, el chofer de la ambulancia, luego de que la enfermera acompañase a Latina al interior de la emergencia. —¿No me digas que pretendes hacerme una consulta aquí, en esta sala de espera? —respondió Héctor inmediatamente mientras retiraba de sus hombros las manos de Vicente y registraba con la mirada todo lo que sucedía o simplemente estaba en las afueras de la casa de madera. Los pacientes y sus familiares sentados en las sillas metálicas del corredor. Las revistas, viejas y mohosas, sobre una mesita destartalada en medio de ellos. Las margaritas creciendo en la franja de tierra que separaba el corredor y el estacionamiento de las ambulancias. Los perros distribuidos sobre el asfalto del patio como dentro de un reloj solar. Y, ya muy lejos, hacia la verja inundada milagrosamente de hojas de orégano, los ancianos discutiendo el turno de la consulta de geriatría.
Mototaxista. Pienso y actúo. Pienso. Como pienso actúo. Así conoció al Doctor T. Dos cascos: uno para ti, a ver si sabes parrillear. Le ofreció un servicio. En la puerta de la clínica: «Mototaxista». Él dijo que no: «Ya soy muy viejo». Mototaxista. Nortesur, Este o éste. Oeste. Sobre las ruedas de mi vespa. «Pero aquí te va a resultar difícil conseguir clientes». Mototaxista. «Todos tienen carro». Pienso y actúo. «¿Cómo te llamas?». Como pienso actúo. «Héctor, ¿por qué?». El Dr. T, con un maletín en la mano derecha. Mototaxista. «Deberías ir al hospital psiquiátrico, hay muchos pacientes». Mototaxista. «¿Tan mal me ve, doctor?». Mototaxista. «No, chico, estoy hablando de trabajo». Mototaxista, sin hablar actúo. «¿Usted cree?». Cuidado con las rodillas. Que allí voy, voy volando. «Claro, desde el metro a la casa de madera son casi tres kilómetros y los pacientes caminan». Mototaxista. Cuidado con las teticas. Que me están taladrando. «Lo pensaré». Y con las manos apretando. Tocando, tocando. Sintiendo miedo y apretando.
Vicente, seguramente, sólo pretendía ayudarlo y, en medio de todo, tenía razón: no era fácil venir al psiquiatra, mucho menos si estaba allí acompañando a Latina. Pero Héctor también la tenía: después de tantos meses trayendo pacientes al psiquiátrico con la moto, ahora era él quien estaba en el pasillo de la casa de madera, frente a la emergencia. Rodeado de pacientes y ambulancias, se sentía como si apenas hubiese despertado de un sueño. Peor aún, como si la última parte de su vida hubiese sido un sueño. Pero, ¿un sueño desde cuándo? ¿Desde el día en que, siguiendo las sugerencias del Dr. T, se había convertido en el mototaxista del psiquiátrico? ¿Desde la muerte de su padre, cinco o seis años atrás? ¿O desde el sorbo de café de la semana pasada en que, luego de escuchar a su madre gritar y repetir los versos del libro de bachillerato, había creído darse cuenta de su locura? —Que vuelen los besos que penden de un hilo entre nuestros labios. —¿Qué está diciendo, Latina? —Que giren volando alrededor de nuestros cuellos. Que hagan parada en tus rodillas. Que nos coman las uñas. —Cállese, coño. —Que nos rocen el tímpano. —He dicho que se calle. —Que susurren para nuestro goce ... —¿Se ha vuelto loca o es que se hace? —... conjugado en la primera persona del plural... —Cállese, coño. —... las cuatro letras del verbo amar.
Mototaxista. Sin hablar, actúo. Actúo. Desde el primer día. Mototaxista. Gracias a un letrero pequeñito: «Sólo al psiquiátrico». Me muevo y actúo. El primer cliente. Mototaxista. Una rubia triste. Mototaxista. Cuidado con las rodillas que aquí voy, voy volando. No se lo dije pero igual lo pensé. Mototaxista. «¿Qué te pasa?». Mototaxista. Ella lo dijo. Proporcionada. Mototaxista. «Todos me dejan». Mototaxista. No la dejaría nunca. Mototaxista. No se lo dije pero igual lo pensé. Mototaxista. «Vengo a que me hagan psicoterapia». Mototaxista. «¿Psicoqué?». Mototaxista. No se lo dije pero igual lo pensé. Mototaxista. «Que una habla con los doctores y les cuenta sus cosas». Mototaxista.
—Héctor, ¿estás trabajando? Necesito que me lleves al metro —el anciano que vestía de rojo le estaba pidiendo un servicio. —No —le respondió. No podía. Por si acaso, Vicente lo apartó e intentó darle una explicación. —¿Qué pasa, Héctor? ¿Te sientes mal? —no entendía cómo, pero la voz del anciano sonaba en su cabeza como si se estuviera fundiendo con la de Latina. —Coge este rosario, te lo regalo. Me impregnas. Como una dulce perfusión, sanguínea eres: boca, arteria y vena en un único segundo. Te queremos mucho, Héctor. Un rosario. El anciano, en efecto, intentaba entregarle un rosario de madera pero, como los brazos de Vicente no le permitían acercarse, lo había arrojado a sus pies. Un rosario pequeño, de un único misterio, cuyas cuentas —tiradas en el barro, entre los pacientes y las ambulancias— hicieron que Héctor recordase el tumor en la garganta de su padre y la forma en que éste —cinco años atrás, apenas conocido el diagnóstico— le había pedido que vigilase la integridad de su barba. —Nunca permitas que me quiten la barba, mi rey. Bajo ninguna condición. Latina, entonces, los miraba con lágrimas en los ojos y, a partir de ese momento, Héctor dejó de consumir y se dedicó por semanas a preservar la barba de la quimioterapia. Nunca había sido tan bella aquella barba. Nunca, nunca. Héctor la peinaba, la untaba con cayena, la lamía con los ojos. Y la barba resistió. Incluso, cuando fue necesario operarlo y los médicos anunciaron que debían rasurarlo, a Héctor se le ocurrió: —¿Por qué no le hacemos unas crinejas y las subimos hasta las mejillas y, si es necesario, hasta las orejas? Ellos inicialmente lo miraron con incredulidad, pero luego el cirujano más anciano le dio la razón: —Es verdad. Con las crinejas hechas, el campo de operación estará estéril —Así perfundes —parecía responderle Latina. —Chorro y gota por minuto. Así me impregnas, sin que ya tenga sentido exanguinar, en una despedida imposible, este cuerpo que permanentemente te sueña.
Mototaxista. Cliente y paciente, pacliente. Mototaxista. Cliente y doctor, pacliente también. Mototaxista. Paclientes pacientes. Mototaxista. Hablan más en las curvas hacia la derecha. Mototaxista. Pacliente doctor. Mototaxista. Calla pero sabe que la moto lo acompaña. Para llegar más rápido. Para hacerte llegar. El Dr. T lo veía. Volando, volando. Siempre desde lejos. Aquí estoy porque voy volando. Una vez se lo dijo. Mototaxista. «Estás prestando un servicio invalorable». Cuidado con los espejos que aquí voy, voy volando. Él aprovechó para preguntarle. Volando, volando. «Dr. T, la mamá de un amigo comenzó a hablar raro desde hace unos meses». Y con las manos apretando. «¿Eso es normal?». Tocando, tocando. «Depende del motivo». Sintiendo miedo y apretando.
—Héctor, ¿qué pasa? Necesito que me lleves al centro. Todavía eres el mototaxista del hospital, ¿no? —le gritó airada la chica de los piercings que, como todos los días a las nueve y media de la mañana, salía del consultorio de adolescentes y quería ser llevada al instituto en que estudiaba administración. —Erika, ahora no puedo —comenzó a decirle Héctor, pero Vicente la apartó y ella no pudo escuchar completamente la disculpa de Héctor. —Es que tengo un problema gravísimo con Latina, creo que la van a hospitalizar. Héctor suspiró profundamente y pensó en lo mucho que le hubiese gustado conversar largamente con Erika: si ella lo hubiese abordado de una manera menos violenta y si Vicente no la hubiese apartado. Erika, sí, claro que la conocía: ¿acaso no la escuchaba todos los días hablar de sus padres? Sobre la moto, detrás de él, ella hablaba y hablaba. Y Héctor la escuchaba mientras intentaba verla a través de los espejos. O de los cristales alzados de algún carro: Erika sujetando el casco con la mano izquierda mientras con la derecha se aferraba a su cintura. Incluso en una ocasión en que la moto se detuvo de manera inexorable y fue necesario llamar a otro mototaxista para que completara el servicio, había sido la voz de Héctor la que se había escuchado fundamentalmente en el hombrillo de la autopista. —Pero el viejo se murió, chica, igualito se murió a pesar de las crinejas. —¿Y tú qué hiciste, Héctor? —Erika miraba el reloj, deseosa de que llegase el relevo. —Nada, me perdí, me hundí. Inmediatamente volví a consumir. Me puse hasta el fondo, hasta los tequeteques, y me olvidé del viejo. —¿Y entonces? —Cuando me di cuenta, me vestí como pude y salí corriendo rumbo a la funeraria. No acepté los pésames, empujé a las tías y me acerqué a la urna. Lo que medio vi, a través del cristal empañado y en medio de las personas y la sombra de las coronas, bastó para demostrarme que la vida era una mierda. —No digas eso, Héctor. ¿Por qué? —Es que se le veía la cara lisita, sin barba ni nada. —Ahí llegó la moto. Otro día, si quieres, me sigues contando la historia. Un besote. Chau —Erika se marchaba, se había marchado ya, y Héctor no pudo decirle, al menos no en aquella ocasión, que mientras lloraba sobre la urna había abierto los ojos y, adheridos a las mejillas, había logrado ver los pelos más bellos y largos que habían adornado algún rostro. —¿Y qué era lo que había pasado? —le preguntó Vicente alguna vez. —Que los de la funeraria le habían dejado las crinejitas. «Como se veía tan bien», así mismito me dijeron, se las habían dejado.
No es mi fuerte, no es mi fuerte. Mototaxista. No sólo pacientes y médicos. Pienso y actúo. Clientes de todo tipo. Pienso. Había uno. Como pienso actúo. Que siempre venía con una cámara. Mototaxista. De hacer películas. Sin hablar, actúo. Y filmaba a los pacientes Actúo. Los de hospitalización. Me muevo y actúo. Pagaba bien. Cuidado con las rodillas que aquí voy, voy volando. Una vez le pidió. Volando, volando. Que fuese su ayudante. Aquí estoy porque voy volando. El fijo no había venido. Cuidado con la cabeza que aquí voy, voy volando. Porque tenía diarrea. Volando, volando.«¿Es para un reportaje?». Aquí estoy porque voy volando. «Casi, casi». Y con las manos apretando. «¿Pero tú eres periodista?». Tocando, tocando. «Casi, es un trabajo más bien artístico». Sintiendo miedo y apretando. «Entonces es que eres artista». Cuidado con los hombros que aquí voy, voy volando. Lo ayudó con la cámara. Volando, volando. Filmaron a los pacientes. Aquí estoy porque voy volando. Que jugaban con gatos de goma. Mototaxista. Grandes y pequeños. Mototaxista. Rojos y negros. Giro de izquierda y derecha. Uno de los pacientes se puso malo. Giro de arriba y abajo. Comenzó a insultar. Mototaxista. A pegar. Digo poco porque hablar no es mi fuerte. A correr hacia la puerta. No es mi fuerte, no es mi fuerte. Gritaba. Mototaxista. «Los gatos me quieren matar». Para llegar más rápido. Los enfermeros se lo llevaron. Para hacerte llegar. Menos mal. Hacia atrás jamás. Y el artista se lo pidió. Cuidado con los espejos que aquí voy, voy volando. «¿Me vas a seguir ayudando?» Volando, volando. «Sí, vale». Aquí estoy porque voy volando. «¿Qué quieres que haga?». Cuidado con la sonrisa que aquí voy, voy volando. «Ponte allá, con los pacientes». Volando, volando. «Sustituye al que se fue». Aquí estoy porque voy volando. Él no le respondió. Y con las manos apretando. No inmediatamente. Tocando, tocando. Se quedó mirándolo. Sintiendo miedo y apretando. Fijamente. Cuidado con las teticas que me están taladrando. «Tú lo que estás es loco». Volando y volando. «Mamahuevo». Aquí estoy porque voy volando.
Junto a la mesa de las revistas, dos mujeres conversaban. La más alta vestía un mono quirúrgico y, aunque Héctor no lograba descifrar qué le sucedía, lucía inmensamente preocupada, quizás más que el propio Héctor. —Me va a raspar, Herminia. Ese viejo del coño me va a raspar. No entiendo cómo puede ser tan psicópata —le decía a la compañera que, baja y gordita, tenía un libro abierto sobre las piernas. —Es un trastorno de personalidad, Cristina, pero no creo que sea psicópata. Quizás más bien narcisista. —Lo que es es un mamahuevo. —Ni que en las noches gritara el nombre de Freud. —Lo estás defendiendo mucho. ¿No será que te estás enamorando de él? —El amor no es una ilusión, es una alucinación con percepto —le respondió Herminia antes de continuar leyendo. —Aripiprazol, risperidona, olanzapina ... —No leas en voz alta, que nos están mirando —Cristina bajó el tono de voz mientras con un codo golpeaba suave y repetidamente el hombro izquierdo de su compañera. —¿De quién hablas? —Del muchacho con la chaqueta de bluyín que está al lado de Vicente. Por cierto, ¿qué estará haciendo Vicente allí? ¿Lo has visto? —Realmente no, pero deja que me aprenda los antipsicóticos atípicos —Herminia regresó a la lectura del libro, sin que se escuchara su voz, aunque todavía moviendo los labios. Esos labios. Héctor hubiera preferido no haberlos visto porque, aunque no sabía cómo, ahora sentía que en sus mucosas nacía la voz de Latina. —Cabe y no cabe el amor en las palabras. Así en la vida, quizás incluso en los mismos sentimientos. Dos o tres letras bastan. Si es tuyo, la mitad de un gesto, este momento pensando en tus labios, el grito de un pájaro, dos pares de zapatos al borde de una cama. Pero siempre quedaré insatisfecho, como si no nos hubieran nombrado. —No sigas hablando. Cállate, por favor —empezó a decir Héctor en voz baja, pero en dirección a los labios de Herminia. —¿Es que no te das cuenta que si sigues hablando Latina terminará encerrada? Cállate, por favor —le estaba diciendo sin que Herminia pudiera oírle y hubiera seguido haciéndolo si Vicente no lo hubiera interrumpido. —¿Qué pasa, Héctor? Son las residente de primer año. ¿Las conoces? —No, nunca se han venido conmigo en la moto. Seguramente tienen carro.
Mototaxista. Una vez encontró una libreta. Mototaxista. De un residente. Mototaxista. Tirada, oxidada, junto al pipote de la basura. Mototaxista. De psicopatología. Mototaxista. Con ella y lo que decían los paclientes. Mototaxista. Fue aprendiendo. Para llegar más rápido. A distinguir las enfermedades. Para hacerte llegar. Si escuchas voces, psicosis. Volando, volando. Si crees cosas que no son ciertas, psicosis también. Aquí estoy porque voy volando. La misma cosa machacándote la cabeza todo el tiempo, obsesiones. Volando, volando. Tener que hacer las mismas cosas siempre. Mototaxista. Como el tipo de la película. Mototaxista. Compulsiones. Cuidado con los espejos que aquí voy, voy volando. Triste, flaco y sin dormir: depresión. Volando, volando. Triste, gordo y muriéndose de sueño: depresión también. Y con las manos apretando. Manía. Tocando, tocando. Ansiedad. Sintiendo miedo y apretando.
—Vicente, tengo mucho miedo. —¿De qué, hijo? —De lo que le pueda suceder a Latina. Es mi madre, Vicente. Imagínatela aquí encerrada, sin poder hablar con nadie. Debe ser terrible. —No te preocupes, Héctor. —Es que preferiría estar yo, que me hospitalizaran a mí y no a ella. —No digas eso: que ingresen al que lo necesite. No te preocupes por ninguna otra cosa. Te lo digo por experiencia. —¿Y cómo es todo esto por dentro? —Es duro, Héctor, pero los pacientes mejoran. —Yo he escuchado unos casos terribles. —Bueno, no todos mejoran. —¿Tú crees que ése sea el caso de Latina? —No lo sé, Héctor. Hay que esperar a ver qué dicen los doctores.
Mototaxista. Sin hablar, actúo. Actúo. El pacliente venía con maletín y corbata. Mototaxista. Pidió un servicio urgente. Me muevo y actúo. «Es que tengo que ir a buscar mis pastillas». Mototaxista. Quizás se repetía un poco. Mototaxista. «Mis pastillas, mis pastillas, mis pastillas». Cuidado con las rodillas que aquí voy, voy volando. «Tengo que ir a buscar mis pastillas». Mototaxista. «Mis pastillas, mis pastillas, mis pastillas». Mototaxista. Después del túnel. Mototaxista. Empezó a moverse raro. Mototaxista. La moto temblaba. Mototaxista. «Quédate quieto, mi pana». Mototaxista. Se movía más. Mototaxista. La moto casi se estrella contra un poste. Mototaxista. «Que no te muevas tanto, coño». Mototaxista. «Que nos vamos a matar». Mototaxista. Menos mal que logró detener la moto. Cuidado con la cabeza que aquí voy, voy volando. «¿Qué es lo que está pasando aquí?». Volando, volando. «Igual me tienes que pagar la carrera». Y con las manos apretando. Luego se dio cuenta de que el pacliente convulsionaba. No es mi fuerte, no es mi fuerte. Pobre pacliente. Tocando, tocando. Menos mal que pasó la ambulancia. Sintiendo miedo y apretando. La ambulancia de verdad. Volando, volando. Con Vicente manejándola. Mototaxista. Montaron al paciente. Pienso y actúo. La ambulancia zumbada, andando. Mototaxista. La moto de escolta. Giro de izquierda y derecha. No se movió del estacionamiento. Volando, volando. Hasta que el paciente salió. Aquí estoy porque voy volando. Y dijo que ya estaba mejor. Pienso. Como pienso actúo. «Llévame al metro, mi pana». Actúo. «¿Estás seguro?». Me muevo y actúo. «Sí, chico, ya me tomé las pastillas». Mototaxista. «Okey, yo te llevo». Cuidado con las rodillas que aquí voy, voy volando. «Si quieres, me puedes cobrar la otra carrera». Volando, volando. «Déjalo así, no te preocupes». Aquí estoy porque voy volando.
—¿Familiares de Latina Centeno? —gritó el enfermero. Héctor inmediatamente se alzó de la silla. —Sí, ¿por qué? ¿Se puso mala otra vez? —No, pero es necesario hacerle algunas preguntas. Cosas de los doctores —respondió el enfermero, intentando tranquilizarlo. Héctor se alzó de la silla y comenzó a caminar junto al enfermero. Bajo sus zapatos, el linóleo descascarado cubriendo el piso de madera. Quizás era por eso que sus pasos retumbaban y los metros recorridos se hacían tan largos. O porque se sentía demasiado solo sin la compañía de Vicente. —Disculpa, ¿mi amigo puede venir con nosotros? —le preguntó al enfermero. —Si él quiere, sí —le respondió éste sin siquiera mirar. —Le dices a los doctores que es un familiar. —Vicente, ven, acompáñame —Héctor había deshecho el camino e insistía ante Vicente, que no parecía dispuesto a complacerlo. —Héctor, no puedo. Tengo que estar pendiente de la ambulancia. —Te lo pido, Vicente, por favor. No me dejes solo. Haz hecho ya tanto por mí. —Está bien, voy a hacer una excepción porque se trata de ti —Vicente se alzó y los tres comenzaron a caminar hacia la puerta de la emergencia. Una vez adentro, las paredes estaban decoradas con fotos de un ex–Presidente. Héctor casi ni las miraba. El enfermero sí. —Es que ésta fue su residencia de verano. Hasta el golpe de estado. Luego la convirtieron en hospital psiquiátrico —decía. Héctor pensó que el enfermero le decía eso a todos —pacientes y familiares— con la finalidad de tranquilizarlos, que quizás se lo acababa de decir a Latina y que, de hecho, le funcionaba porque cuando estaba a punto de responderle, de comentarle lo extraño que le resultaba que con el golpe de estado no hubiesen desaparecido las fotos, ya estaban en el consultorio principal de la emergencia y los ojos de Latina lo miraban fijamente. —Cabe y no cabe el amor en las palabras —gritaba su boca invitándolo a sentarse en una de las tres sillas plásticas que estaban vacías a su lado. Héctor se sentó en la que estaba más cerca de ella e inmediatamente —mientras Vicente dudaba y el enfermero, que finalmente lo había reconocido, procuraba situarse detrás de él— comenzó a contar las personas que estaban sentadas frente a ellos, apenas separadas por un escritorio gigantesco, de fórmica blanca. Parecían una multitud, muchísimos. Eran al menos ocho entre psiquiatras, psicólogos y las dos mujeres que había visto estudiando afuera, Cristina y Herminia.
Mototaxista. Pienso y actúo. Mototaxista. Cuando pasa por la hospitalización de mujeres. Pienso. Como pienso actúo. Las pacientes gritan. Dos cascos: uno para ti, a ver si sabes parrillear. «Mototaxista, mototaxista». Nortesur, Este o éste. Oeste. Sobre las ruedas de mi vespa. «Te quiero mucho». Pienso y actúo. «Yo te amo». Hablar no es mi fuerte. «Eres lo máximo». Me muevo y actúo. «Dame un beso». Como pienso actúo. «Cógeme, por favor». Mototaxista. «Tráeme una chupeta de colores». Mototaxista. «Cógenos a todas». Sin hablar actúo. Cuando pasa por la de hombres. Mototaxista. «Hijo de puta». Cuidado con las rodillas. Que allí voy, voy volando. «Métete aquí para que veas lo que es bueno». Mototaxista. «El coño de tu madre». Cuidado con las orejas. «Mamahuevo». Que me estás fastidiando. «Tráenos cigarrillos». Y con las manos apretando. «Cabrón». Tocando, tocando. «Cónsul o Marlboro». Sintiendo miedo y apretando. «No traigas Rumba».
El más anciano de todos, cuya bata lo identificaba como jefe del servicio, era el Dr. T. Se limitó a parpadear y a retirar las manos del escritorio. Luego de mirarle, Cristina comenzó a preguntar: —¿Por qué decidiste traer a Latina al hospital? —Es que ahora cada vez que habla parece que estuviera recitando poesía —respondió Héctor luego de mirar a Latina y Vicente. —¿Y eso te moles...? —Cristina no había terminado de formular la pregunta porque sentía sobre ella la mirada desaprobatoria del Dr. T. —¿Y a quién no le molestaría? —Héctor inicialmente se dirigía a Cristina y a las otras personas que estaban del otro lado del escritorio. Luego, más suavemente y en dirección a Latina: —Mamita, hábleles un poquito, para que escuchen. —¿Cómo? —Que les hable un poquito para que nos digan de qué se tra... —susurró Héctor junto al oído izquierdo de Latina —Ella ya ha hablado con nosotros, Héctor —lo interrumpió el jefe del servicio colocando las manos sobre el escritorio, por lo que se suponía que asumiría el resto de la entrevista. —Hablemos mejor de ti. Cuál es tu nombre completo, a qué te dedicas, esas cosas. Estas preguntas, que habían sido dirigidas a Héctor, propiciaron un cruce de miradas entre Cristina y Herminia. Héctor se tomó su tu tiempo para responder. Tenía miedo y sentía que, al comenzar a hablar, algo se liberaría en su interior. A su izquierda, Latina percibía su desesperación y comenzó a llorar. Vicente y el enfermero, de quienes Héctor había pensado que lo animarían a responder, habían desaparecido o al menos no estaban al alcance de sus ojos. —Yo soy Héctor Zafir Goncálvez Centeno, mototaxista de este hospital.
Mototaxista. «Latina, tenemos que hablar». Mototaxista. «Si en las noches fuera necesario». Mototaxista. «No me venga con eso, Latina. Estoy hablando en serio». Mototaxista. «Y de tu boca no salieran peces sino hormigas». Mototaxista. «Ya yo tengo varios meses trabajando en el psiquiátrico». Mototaxista. «Los amantes cocinan y dicen que sueñan». Mototaxista. «Sé distinguir lo normal de lo que no». Mototaxista. «Friegan y secan vigorosamente los platos». Mototaxista. «Y esto que le está pasando a usted no puede ser normal». Mototaxista. «Colocan los platos invertidos para que el agua se escurra como si fuera sudor». Mototaxista. «Yo mejor voy a llevarla al psiquiátrico». Mototaxista. «Limpian las manchas del piso con la fregona». Mototaxista. «Para que la vean los doctores». Mototaxista. «Nunca se olvidan de pasar el antigrasa». Mototaxista. «Si es necesario, que la hospitalicen». Mototaxista. «Y, apenas se llena la cesta de la ropa sucia, hacen una lavadora». Mototaxista. «La próxima vez que vea a Vicente le digo que nos lleve en la ambulancia al hospital». Mototaxista. «Se les ha visto bailar mientras barren». Mototaxista. «No se preocupe, mamita, yo la voy a ayudar». Mototaxista. «Alguna comadre dice que cambian de sábanas dos veces a la semana». Mototaxista. «Y, en las tardes de lluvia, toman chocolate caliente en la sala mientras hablan de sus proyectos». Mototaxista.
—¿Piensas que es peligroso? —el Dr. T, que se refería al trabajo de Héctor, alzó la voz para que sus palabras se escucharan por encima del bullicio que comenzaba a generarse en el consultorio contiguo. —A mí me gusta. Conozco bastante gente y las ayudo. Todos miraban hacia la puerta del consultorio del que salían los gritos y Héctor tenía la impresión de que nadie había escuchado su respuesta. Estaba a punto de repetirla, pero el enfermero, sudando, abrió la puerta del consultorio. —¿Fue necesario inmovilizarlo? —le preguntó el jefe de servicio y, como el enfermero asintiera, continuó hablando con Héctor. —Por ahí dicen que mototaxista trabaja pa’ lapa. —Ese grafiti lo escribió un pana en el centro. Pero —Héctor dejó de mirar al Dr. T y giró la cabeza hacia Latina—, ¿qué pasa con ella? ¿La escucharon hablar así, todo raro? —¿Te refieres a esto? —el jefe de servicio alzó el cuello de su bata y, con voz engolada, dirigiéndose al ángulo de la mesa donde estaban Cristina y Herminia, comenzó a recitar: —Los amantes cocinan y dicen que sueñan. Friegan y secan vigorosamente los ... —Claro, de eso estoy hablando. ¿Es normal? —Lo que pasa es que ella nos ha contado que lo hace por ti. —¿Por mí? ¿Qué es eso? —preguntó Héctor con inquietud. —Que se lo diga Herminia. O Cristina —dijo el jefe de servicio señalando las residentes con la mano derecha. —A ver, Héctor —Herminia asumió el mandato. —Latina cree que tu trabajo es muy duro y peligroso. Además, dice que te la pasas escuchando reguetón. Y habla así como para compensar esas durezas. —O sea, que está bien y no la van a hospitalizar —intentó resumir Héctor, con alivio. —Nada de hospitalización. Quizás tú y ella tengan que hacer un poco de psicoterapia familiar, pero más nada —le respondió el Dr. T, otra vez con las manos sobre el escritorio. —¿Y nos podemos ir? —Por hoy sí. —Pero, ¿nos llevará Vicente? —preguntó Héctor con la intención de que alguien le explicara la desaparición de su amigo. —Vicente no, no puede. —¿Por qué? No lo habrán hospitalizado, ¿verdad? —Claro que sí, es uno de nuestros pacientes —dijo el Dr. T con voz engolada mientras, riendo francamente, se alzaba nuevamente el cuello de la bata. —Cada vez que lo hospitalizamos se fuga en la ambulancia.
Mototaxista. Hospitalizar en el servicio de hombres. Mototaxista. Dieta completa. Mototaxista. Haloperidol. Mototaxista. Ampollas de cinco miligramos. Mototaxista. Tres veces al día. Mototaxista. Levomepromazina. Mototaxista. Una ampolla de veinticinco miligramos. Mototaxista. Hora sueño. Mototaxista. Laboratorio pendiente. Mototaxista. Electroencefalograma pendiente. Mototaxista. No se permiten visitas de familiares hasta nuevo aviso. Mototaxista. Riesgo de fuga. Mototaxista. Avisar eventualidad. Mototaxista. A psiquiatra tratante. Mototaxista. O al médico de guardia. Mototaxista.
© Slavko Zupcic
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Slavko Zupcic. Psiquiatra y escritor, Slavko Zupcic nació en Valencia (Venezuela) en 1970. Ha publicado tres libros de relatos —Dragi Sol (1989), Vinko Spolovtiva, ¿quién te mató? (1990), 583104: pizzas pizzas pìzzas (1995)—, una novela para niños, Giuliana Labolita: el caso de Pepe Toledo (2006) y Tres novelas (2006). Ha ganado varios premios —Bienal de Literatura Infantil Luis Bouquet (1987), Bienal José Rafael Pocaterra (1988), Premio Municipal Ciudad de Valencia (1991), Premio al mejor artículo de humor de El Nacional (2006)— y en el año 2001 fue finalista del XIX Premio Herralde de novela. Actualmente reside en Valencia (España). |
Revista Literaria Remolinos