Harol Gastelú Palomino
[email protected] 

Volver a Narrativa

 

 

 

PROMOCIÓN

 

Pensando en mi pueblo, / en ti, / en los días que me quita el enemigo, /

marcharé a combatir, / por el pan, / por el amor y la alegría.

Edgardo Tello (guerrillero, muerto en La Mar, Ayacucho, 1965),

Montañas de Tinco

 

A Hernán Méndez y Jorge Chinchay

 

 

 

El teniente apartó la mata de cabellos que cubría el rostro del prisionero. ¿Agustín? ¿Era posible? ¿Agustín en Ayacucho? ¿Agustín terruco?

–¡Agustín!

El prisionero levantó el rostro y le clavó la mirada. Había odio en esos oscuros ojos que él conocía muy bien. Sí, era Agustín. Lo reconoció a pesar de la espesa barba y los cabellos largos que llevaba ahora. Sí, era Agustín, el chanconcito de la promoción, el engreído de los profesores del Felipe Santiago Estenós de Chaclacayo. Agustín, el número uno de la Promoción César Vallejo. Agustín, el que ingresó a La Cantuta para estudiar educación. Agustín, el que un día desapareció sin despedirse de nadie. Decían que estaba en Cuba, en China, en Nicaragua. Decían que se había ganado una beca para estudiar en Rusia.

Estaba aquí, en Ayacucho.

Agustín, el chanconcito de la promoción, matando campesinos y soldados en Ayacucho. Entonces era cierto que era terruco. Era para no creerlo. Todo delicadito él y ahora parecía una fiera rabiosa con las manos fuertemente atadas. Cuántas veces lo había defendido de Chinga, Archie, Suavo, del chato Huayta, los matoncitos del colegio. Él le brindaba protección y Agustín le permitía copiar en los exámenes, le prestaba sus cuadernos para que se pusiera al día, le hacía las asignaciones, lo incluía en su grupo para las exposiciones, le resolvía los difíciles problemas de matemáticas que les dejaba Tenorio, ¿por qué serás tan bruto, chino Méndez?, dos por dos son cuatro, no cinco…

Agustín estaba en Ayacucho.

–Agustín…

–Mátame de una vez, perro guardián del podrido Estado –esa voz, ese rugido era el mismo que declamaba Canto coral a Túpac Amaru que es la libertad en todas las actuaciones del Estenós. Esa voz llena de rencor era la misma que antes le cantaba con dulzura canciones de amor a Paulina Sarmiento, la chica más bonita de la promoción. ¿Cómo así se habría vuelto comunista? ¿Por decepción amorosa?: Paulina había preferido a Suavo. ¿De tanto leer libros?: Agustín paraba en la biblioteca nomás. Decían que Cachaco loco, el bibliotecario, era terruco…

–Agustín, soy el chino Méndez del Estenós, ¿no me reconoces?

–¿Chino Méndez? –el prisionero lo miró con atención–. ¡Méndez! ¿Qué haces acá?

–Eso mismo te pregunto a ti, huevón.

–Ya lo ves: estoy luchando por la libertad de los campesinos.

–¿Eres terruco?

–¿Terruco? Claro que no, amigo. Soy revolucionario. Re-vo-lu-cio-na-rio. No confundas.

–Es lo mismo.

–Lo de terruco suena feo, chino Méndez. No hay poesía en esa palabra. ¿Y tú?

–Ya lo ves: soy soldado.

–¿Soldado? No, chino Méndez. Tú no eres soldado. ¿Quién te dijo que tú eres soldado? Tú eres un perro guardián del viejo y podrido Estado.

Así hablaban los terrucos. Se sabían de memoria esas peroratas.

–Pero no importa lo que seamos ahora, hemos sido promoción, desátame para darte un abrazo, viejo amigo.

–¿Desatarte? No seas pendejo, Agustín. ¿Desatarte? ¿Para que te fugues o me mates?

–¿Acaso no confías en tu antiguo amigo del alma? ¿No confías en tu pata, en tu choche, en tu yunta, chino Méndez? –preguntó Agustín. Botó la bola de coca que había estado chacchando. Tenía la dentadura verde e incompleta. ¿Dónde estarían sus blanquísimos dientes como perlas? Seguía estando flaco, pero ahora se notaba que sus brazos eran fuertes. Llevaba un viejo jean que alguna vez fue negro. Tenía puestas unas viejas ojotas. Tenía los pies sucios, las uñas negras y largas como garras. Por lo visto, vivir a salto de mata en las serranías era penoso–. ¿Me vas a matar, promoción?

–Estamos en guerra, ¿no?

–Y no te equivocas. Sí, estamos en guerra. Desde el diecisiete de mayo de 1980 estamos en guerra. Una guerra dirigida por el glorioso Presidente Gonzalo. Una guerra de las masas contra los terratenientes, de los pobres contra los ricos, de los explotados contra los explotadores, de las colonias contra el imperialismo, de los campesinos contra los mistis. ¿En cuál bando estás tú, chino Méndez?

¿En cuál bando estaba él? Él solo era un soldado que servía a su patria. Él solo era un peruano que cumplía con su deber.

–Yo solo sirvo a mi patria.

Agustín soltó una sonora carcajada.

–¿Quién chucha te dijo que sirves a tu patria, promoción? Tú sirves a los ricos, a los gamonales, a los oligarcas –escupió Agustín–. A nadie más. ¿Me oíste?: eres un sirviente de los que tienen plata.

–No me vengas con huevadas, Agustín.

–No son huevadas. Es la verdad, chino Méndez. Lástima que tú no lo puedas entender.

–Claro, yo no leo libros. Yo no he ido a la universidad.

–A propósito, ¿aprobaste matemática?

El soldado hizo un gesto de asentimiento.

–¿Cómo así?

–Ya que no estabas para ayudarme, le tuve que romper la mano al profe Tenorio.

–Tú siempre tan pendejo. ¿Te acuerdas cuando jugábamos a Sankoukay?

Claro que se acordaba. Se ponían las blancas camisas sobre las chompas plomas. Él era Ayato y Agustín Ryu. Chinchay era Simón. Los primos Vitor eran los gabanas, sus "enemigos".

–Le sacábamos la mugre a Juan Pablo y a Abilio, ¿no?

–Ah. Dónde estarán esos tiempos. Estar en el colegio era piola.

–Si miss Huayanca viese a su alumno favorito convertido en terruco, se moriría de cólera.

–Al contrario. Se alegraría de verme convertido en un combatiente del pueblo, en un luchador antiimperialista.

Esta vez el que rió fue chino Méndez. ¿Agustín se creía el Che Guevara? Por lo visto, estaba delirando.

–La Huayanca qué se va a imaginar que estás aquí matando campesinos. Pensará que te estás ganando los frijoles como caficho en Caylloma.

–Explotando a la Ponce, a Paulina, a Pilar, a la Carrera, a la Villalobos, a Tuti.

Los viejos amigos rieron.

Habían comprado un SPH (Solo Para Hombres) y llevado al colegio. Era la edad de la curiosidad sexual, de la exploración manual. Lo habían alquilado al Perro Márquez. Alguien le chismosearía a la Huayanca. Ésta cayó de sorpresa en el baño y encontró al Perro con las manos en la masa. Márquez dijo que la revista era de Agustín. Poco más y lo botan del colegio por corromper a sus compañeros. Lo salvaron sus buenas notas.

–Si hubiera dicho que también era de Méndez, te cagabas.

–Gracias por salvarme.

–De nada. ¿Qué sabes de la promoción?

–El año pasado tuvimos un reencuentro.

–¿Y fue Karem Geraldine?

–No. Dicen que está en Europa… de puta.

–Esa huevona llevaba la putería en la sangre. ¿Y Paulina?

–Está en los Estados Unidos.

–En el corazón del imperialismo. ¿También de puta?

–Eso no lo sé. Hace dos años le hicimos su despedida. Se acordaba que le cantabas Esta cobardía y Querida mía.

Hubo un asomo de alegría en el sombrío rostro del prisionero.

–¿Y qué es de la Ponce?

–Está casada. Igual Viacaba, Lupita, Salazar, Pilar. Márquez, Suavo y Delgado también están casados.

–Vaya, vaya, ¿y tú, chino Méndez?

–Ando de novio.

–Supongo que invitarás a la boda, ¿no?

–De todas maneras. Si es que llegas vivo hasta esa fecha, claro.

–No seas pendejo, chino Méndez.

–Estamos en guerra, no lo olvides.

–Claro que no lo olvido. ¿Te acuerdas que una vez le sacamos su serena a la Viacaba y lo estuvimos exhibiendo como bandera?

–Claro que me acuerdo. Pobre Tuti. Peor le hacíamos a la Ponce.

–¿Sigue teniendo sus tetazas de vaca?

–Ya no. Con la maternidad se le achicaron.

–Lástima. Esas tetas eran la obsesión de todos los pajeros del salón.

Los antiguos amigos rieron.

–¿Te acuerdas de la gran fuga de tercer año?

Chino Méndez hizo un gesto de asentimiento. Claro que se acordaba. Medio salón saltó la pared detrás de ellos dos. Solo se quedaron las mujeres y los más monses. Hasta Chinchay, otro de los chancones del salón, tiró pared. Justo ese día se le ocurrió a la Mona Guerrero entrar al salón a hacer una charla de OBE. Al verla media vacía, sospechó algo. Mandó a buscarlos con Pilar, la brigadier. Ni sombra de ellos en el colegio. El lunes, a primera hora, los llevaron a la dirección. La Marina Gutiérrez y el director querían que los expulsen, sobre todo a Agustín y Méndez, los cabecillas de la evasión. Los mandaron una semana a sus casas. Esa vez no llevaron a sus padres al colegio. Él llevó a su prima haciéndola pasar como su hermana mayor. Agustín a Viejo Miguel. Esa semana se fueron al río, a Ricardo Palma, a Santa Eulalia.

Qué no habían hecho los dos. Desde tirarse la pera para irse al cine a ver una porno, hasta mirarles el calzón a las chicas utilizando un espejito, pasando por tocar los timbres de las casas para salir huyendo como una bala. Chino Méndez recordó esa vez que estaban dando un examen con la Pariachi: como siempre, Agustín terminaba primero y le pedía el suyo para resolverlo. Chino Méndez se puso a copiar por gusto. La Pariachi lo agarró con las manos en la masa y le tachó el examen de Agustín. Agustín se amargó y tachó a su vez su examen. Los dos salieron desaprobados.

–Teniente Lobo, ¿qué hacemos con los prisioneros? –preguntó un soldado.

–Que canten, y después los despachan.

–¿A todos, mi teniente?

–Sí, a todos. No quiero presos hoy.

–¿Y al jefe, mi teniente? –el soldado señaló al prisionero.

–De éste me encargo yo.

El soldado se cuadró y se marchó corriendo hacia el otro extremo del campamento.

–¿De qué te ríes, huevón?

–Teniente Lobo. ¿Ese es tu nombre de guerra?

–Sí. ¿Qué tiene?

–¿Como el director del Estenós?

–Ajá. Tampoco me iba a llamar teniente Huayanca, ¿no?

–Bonito homenaje que le haces al tío.

–Peor es estar en el bando opuesto.

–Sí pues, peor. Con que tú eres el famoso teniente Lobo, ¿no?, el que exterminó a toda una columna guerrillera en Vizcatán.

–Estamos en guerra, no lo olvides.

–Te felicito, huevón. Has hecho enojar al Presidente Gonzalo. Tu cabeza vale oro.

El militar rió.

–Lástima que tú no puedas hacerte rico a costa mía –dijo, acariciando la cacha de su pistola.

–¿Me vas a matar?

–Estamos en guerra, ¿no?

–¿Serías capaz de mancharte las manos con la sangre de tu mejor amigo? ¿Qué dirían los de la promoción?

–Seguro que se alegrarían que termine con quien nos dejó a oscuras durante el reencuentro para despedir a Paulina.

El prisionero rió.

–El Partido le está dando duro a la orgullosa Lima. Se acerca el día en que la tomemos a sangre y fuego.

–Lástima que tú no puedas verlo.

El prisionero se quedó callado.

–¿Sabías que el loco Montes, Lazo y Molina fallecieron?

–Ni idea. Pobres muchachos. Así es la vida.

–Pilar tiene su salón de belleza. Márquez, Alva y Delgado son policías.

–¿El Perro policía?

–Para que veas las vueltas que da la vida. Chinchay y Gastelú son profesores.

–Eso sí sé. ¿Y la Carrera?

–También tiene marido.

–Todo el mundo tiene marido.

–Menos nosotros.

Los antiguos amigos volvieron a reír.

–Siempre me acuerdo que le cantabas a Paulina. ¿Por qué cambiaste las baladas por los cánticos rojos?

–Es una larga historia. Algún día te la contaré.

–Si es que nos encontramos en el infierno.

Más allá los soldados se ensañaban con los prisioneros.

–Sus hombres son unos animales, teniente Lobo.

–¿Qué quieres que hagan si ustedes no colaboran?

–¿Qué quiere saber, teniente Lobo?

–¿Dónde está Abimael?

–¿No han buscado en las alturas de Huanta?

–Hay patrullas por allá.

–¿Y por qué no lo encuentran, ah?

Eso es lo que no sabía el soldado. ¿Estaría vivo el jefe de los rojos?

–Ya lo encontraremos.

–¿Qué harás conmigo, promoción?

–No sé…

–¿Me vas a matar?

–Quizá. ¿Para eso ingresaste a la universidad, Agustín? ¿Para terminar convertido en terrorista?

–Tus sermones me llegan al pincho, chino Méndez. Hablando no se cambia el mundo.

–La única vía es la del fusil, ¿no?

–Así es. Hay que destruir este miserable Estado para construir una sociedad más justa donde no haya explotados ni explotadores.

El militar se río.

–No te rías, huevón. ¿O estás orgulloso de ser sirviente de los ricos, ah?

–Yo estoy sirviendo a la patria.

–A los ricos, huevón. Sirves a la gente que tiene plata. No sirves al pueblo.

–¡Cállate o te mato, terruco conchadetumadre!

Más allá los prisioneros eran ejecutados con tiros en la nuca.

–¿También me vas a matar como a un perro?

–Estamos en guerra, no lo olvides.

–No, no lo olvido. ¿Me puedes dar un poco de agua? Tengo reseca la garganta.

El teniente le dio de beber de su cantimplora.

–Pareces mi viejita.

–¿No piensas en ella?

–Pienso en el pueblo, en la humanidad entera. Solo los egoístas piensan en sí mismos. ¿Tú en quién piensas, chino Méndez?

–Pienso en el Perú.

Agustín soltó otra carcajada.

–No, chino Méndez. Tú piensas en los dueños del Perú, en los ricos, en los hacendados, en los explotadores del pueblo, en los empresarios. El Partido es el único que piensa en el pueblo. Por eso se ha levantado en armas: para terminar de raíz con esa lacra. Hay que destruir esta sociedad podrida para construir una nueva.

–¿Matando campesinos, alcaldes, soldados?

–Toda guerra tiene su costo humano, no lo olvides.

–Sí, tiene su costo humano –repitió el teniente, mirando fijamente al prisionero.

–¿Qué harás conmigo, promoción?

–Supongo que por ser el jefe tendrás el privilegio de ser llevado a Los Cabitos.

–¿A Los Cabitos? No seas malo, chino Méndez. Ahí me van a matar de todas maneras.

–Ese será tu destino.

–¿No podrías hacer una excepción conmigo?

–Me gustaría, pero no puedo.

Se escucharon más tiros. Los prisioneros ya ni se quejaban, resignados a su suerte.

–Aunque llevarte hasta Huamanga implica mucho riesgo. Mejor aquí nomás liquidamos este asunto.

–¿Me vas a matar?

–¿El Partido no les exige su cuota de sangre? ¿Ustedes no llevan la vida en la punta de los dedos, ah?

El prisionero se quedó en silencio.

–¿No te gustaría ser un héroe popular como la compañera Edith Lagos?

El prisionero no dijo nada. El teniente sacó su pistola, una pistola de reluciente cañón.

–¿Dónde te gustaría que te meta el tiro para que no te duela tanto, ah?

–No seas ingrato, chino Méndez.

–No soy ingrato, Agustín. Estamos en guerra.

–Acuérdate de todo lo que hice por ti en el colegio. Sin mí, dudo que hubieras terminado la secundaria. Al menos dame una oportunidad por eso.

–Me gustaría, Agustín, pero no puedo. Estamos en guerra, no lo olvides.

Más allá los soldados arrastraban a los muertos fuera del campamento.

–¿Los van a enterrar?

–A quemar nomás. Aquí la tierra es muy dura como para hacer un hueco.

–A tu promoción al menos le darás cristiana sepultura, ¿no?

–¿Un comunista pidiendo cristiana sepultura? No me hagas reír, huevón.

–¿A ti te gustaría que te coman las alimañas o los perros?

–Nadie te va a comer. Te vamos a incinerar.

–En ese caso, llévale mis cenizas a mi viejita.

Chino Méndez sonrió. Una oscura estela de humo se elevaba hacia las alturas.

–Allá van tus compañeros a visitar a San Pedrito.

–No te burles, huevón.

El humo, impelida por el viento, les golpeó los rostros. Agustín hizo un gesto de asco.

–Apestan feo tus compañeros de armas, ¿no?

–A mí entiérrame, por favor, chino Méndez. Si quieres, cavo mi tumba antes que me fusiles.

–Cuando estés frío, ya veré qué hago contigo.

Los antiguos amigos se miraron. Gruesas gotas de sudor perlaban la frente del prisionero.

–Creo que te daré una última oportunidad, Agustín.

En el maltratado rostro del prisionero se dibujó una tenue sonrisa.

–Pero, eso sí, la próxima no seré tan compasivo contigo y te mataré como a un miserable perro comunista.

–Tendré cuidado de no volverme a cruzar en su camino, teniente Lobo.

El teniente desató al prisionero.

–Puedes irte, Agustín.

–Gracias, promoción. Te debo la vida.

–No me agradezcas mucho y lárgate ya antes que me arrepienta.

El prisionero echó a correr. El teniente sacó su pistola y apuntó al hombre que estaba a punto de cruzar el río Pampas.

Huamanga, enero del 2007

 

 

© Harol Gastelú Palomino

 

 

 

Harol Gastelú Palomino, nació el 6 de junio de 1968. Vivió sus primeros años en Ayacucho. Estudió Arte y Literatura en La Cantuta. El 2004 obtuvo el Premio Horacio en cuento. El 2005 fue finalista en novela en este mismo concurso. Ha publicado el libro de cuentos "Historias urbanas" (edición de la Derrama Magisterial, 2005). Actualmente está escribiendo una novela sobre Edith Lagos.

Atrás

Revista Literaria Remolinos