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Nicolás
Pose |
Solo en la
noche
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I
Solo en la noche, despierto bajo el zumbido del saxo del jazz. Camino, vagabundeo, miro a un perro y pienso en la mujer que la última vez llenó mi casilla de e-mail. Sólo un mensaje, era el de ella. Eternamente asombrado, mi gesto frenético se desató en el nerviosismo de fumarse dos cigarrillos al hilo. Luego de dos meses volvía a escribirme. No sé que quería; yo, sexo, gracias. Eso era todo para mí porque no había aprendido a quererla. Cuando aprendí a verla como una mujer y no como una musa sexual, se me cayeron varios libros en la cabeza. El saxo seguía sonando mientras tambaleaba por la acera. Divisé un café, no me metí. Los cafés a la madrugada son tristes; necesitaba un poco de aliento, no un estertor. Las mujeres no me quieren ni un poquito, es lo que vengo pensando desde hace un rato en medio de la caminata. Y mis pasos suenan solos, a lo lejos, en el callejón, me viene a la mente el piano laxo de una melodía de los ‘ 50. Piso baldosas como si fueran teclas de piano, cada baldosa, cada tecla contiene un recuerdo. El fa sostenido me recuerda a Mona, el sol pegado con no me acuerdo que disonante me recuerda a Flavia, y así puedo seguir durante todo el rumbo recordando. Como un monstruo sorpresivo, escucho el tren nocturno que me saca de las melodías del piano abruptamente. Maldigo y me pregunto por qué existen los trenes de la noche. Cruzo las vías férreas, pastizales en todas partes, un cadáver a un costado junto a un charco de sangre. Prosigo el camino: nada detiene a un apenado. El último mail, recuerdo: "Besos, me encantó lo que me escribiste". Temor, se me paraliza el cuerpo, estoy pensando demasiado. Parálisis, pensamiento, dos caras de una misma moneda. Se trata de soledad, amor, no se puede pensar, sonido, cámara, ¡acción!!! Vuelvo sobre mis pasos y me paro a contemplar el cadáver. Es una mujer, rubia, treinta y pico de edad, buen físico. Prendo un cigarrillo y murmuro en la soledad: "Es una pena que se pierdan tantos ángeles por día." Qué ciudad, te altera, te doblega, te resigna, te mata. Sigo caminando, la noche no se hizo para perderse junto a un cadáver. Con el pucho en la mano me tambaleo, veo cosas que no sé si existen o es mi estado. La fiebre aumenta y cada vez que doy un paso me siento terriblemente patético. Pienso en mis amigos, ellos son los únicos que pueden darme una mano. La soledad te deja así, tambaleando en medio de la noche. Nunca quise ser un vampiro que no chupa sangre porque no puede morder a nadie: salgo de noche para ocultarme. Hay veces que te da vergüenza mostrarte solo a cualquier hora del día. Vergüenza de uno mismo, es repulsión lo que uno siente cuando se ve constantemente acompañado por el fantasma feroz de la soledad. Por suerte llega otra vez el sonido del saxo a mis oídos, una nota aguda que me rompe los tímpanos y le devuelve vitalidad a mi cuerpo tambaleante. Tampoco puedo recordar de qué músico es la nota, estoy casi seguro que es de Coltrane cuando tomaba mucha droga y la gente que lo veía en los clubes neoyorquinos se asustaba ante tanta ferocidad, un beatnik de la música, pero un poco más prolijo se podría pensar. Ahora que el tren pasó hace un rato la calma es total, mi cabeza sigue presentándome sonidos, y los sonidos me siguen distorsionando la realidad. Escucho en mi mente melodías, y las imágenes afloran como una bandada de cuervos atropellando el horizonte de un pintor holandés. El agua de los desagües me molesta, su ruido rompe con las melodías que cruzan por mi cabeza. Alguien viene por la vereda opuesta. Sólo veo una sombra por ahora. Sólo veo una sombra que se arrastra y que me corta el fluir erótico del saxo de hace unos segundos. La sombra de a poco se va tornando como una fotografía en blanco y negro por la luz del farol que la tiñe de un color canoso como el pelo de un viejo. La sombra está a dos metros y para mí se transforma en persona, el color epidérmico se hace presente. Una epidermis podrida por la poca iluminación que tienen las calles a esta hora. Pasa por la vereda opuesta como si fuese menos que un perro callejero. La gente nocturna es así, de bajo perfil, nadie se anima a mirar a nadie, la única comunicación que existe a esta hora son los sonidos que provienen desde diferentes ángulos del cuadrado perfecto que forma la manzana de cemento. Esta ciudad es tan aburrida que ni siquiera posee meandros, sólo cuadrados, sólo cuadrados. Me aproximo a una avenida, veo los autos que pasan como estrellas fugaces de baja categoría. El policía que está en el puesto de diarios detiene a una mujer de tres brazos. El hecho me asombra, pero soy perseverante y sigo pensando en el e-mail, en el saxo, las melodías completas, y mis pies, que ya me están doliendo. Me encandila un cartel luminoso que promociona pastillas para no estar triste. Instantáneamente pienso que sería una solución para un depresivo. Quizás yo sea el único depresivo. Me detengo en una cabina telefónica y hago un llamado a una famosa farmacia. Me atiende un contestador. Bueno, si no las compro mañana. Sigo por la avenida que doblé hace un instante. Llego al cruce con otra avenida, aparece otro cartel luminoso desde el cual se desprenden lásers. Promociona robots acompañantes con epidermis deluxe, "la piel es tan suave como la de su esposa cuando tenía 24 años, no desaproveche los productos de sexsoft. Sólo para nostálgicos. ¿Ud. desea dejar de sentir la piel reseca de su pareja? ¿Ud. ya no siente la piel de su pareja como antes, la nota arrugada como un papel crépe? Llámenos, nuestros robots con epidermis deluxe de color piel a su elección satisfacen sus nec...". Dejo de leer el cartel; estoy solo, pero qué le puede quedar al tipo que está en pareja, me pregunto. Doblo por la importante avenida que exhibía el cartel. A mitad de cuadra veo como un pene luminoso penetra una caverna multicolor. Ingreso en el cabaret. Una barra mugrosa con terciopelo espacial adorna todo el costado del lugar. El humo del lugar es impenetrable, no alcanzo a ver lo que sucede. Una columna donde baila una mujer de cincuenta centímetros de estatura, todos se ríen y le tiran las colillas encendidas de los cigarrillos al rostro. La gente apoyada en la barra no para de fumar cigarros de China. Me doy cuenta porque huelen como los cigarrillos más caros, que sólo los huelo cuando aparezco en el casino del shopping. Me apoyo en la barra y un sujeto me pide fuego. Enciendo un fósforo y el tipo se caga de risa. La chica robot que tiene al lado también se burla de mí. El barman saca un encendedor que me encandila y le prende el cigarrillo al tipo desde dos metros de distancia. Dinero, digo dinero. Mientras tanto, la mujer enana se pone a llorar porque le quemaron toda la cara, parece un payaso de los de antes. Viene una chica y se me acerca, no logro percibir si es un travesti, un clon, un robot, o una chica genuina. Trato de concentrarme en la música para adivinar. La música es lo mismo que el ruido de una locomotora. Me pregunta cuántos años tengo, le pregunto qué clase de mujer es. "Ardiente", es la respuesta. Me enfrío porque sé muy bien que ésa no es la respuesta de una prostituta. Inmediatamente sospecho que es un robot deluxe 245/90. No me atrevo a preguntarle qué es. Hoy todo ha cambiado demasiado, uno no logra distinguir nada. La ¿chica? me ofrece fuego. Acepto. Estiro una mano y toco un botón del mostrador, sale un cenicero de color metalizado desde adentro, plegándose y armándose como una de las pocas cosas prácticas que valoro del cabaret. La chica se va, la mujer enana ya ha desaparecido del escenario. Aparece en escena un paralítico desnudo. La gente le tira bebida y puchos encendidos, el paralítico se queja. Comienzo a concluir que el lugar es un desastre. Antes de irme, pregunto si hay mujeres, el barman me dice que están todas ocupadas. ¿Clones? Me dice, que hay uno, acepto. Total, los clones son iguales que las prostitutas de antes, simulan, no sienten en el acto sexual, y cuando te los cogés, hablan sin mostrar identidad. Me traen un clon de una mujer rubia con ojos azules. Le digo que no, quiero una morocha. No, no hay clones morochos, hubo poca producción este año, no están de moda, me contesta el barman. Bueno, me voy a la mierda, acá no hay un carajo... Otra vez solo en la noche. Continúo la travesía por la extensa avenida, los autos ultra-veloces pasan haciendo poco ruido. Observo el panorama y me doy cuenta que no hay prácticamente nadie en la calle. Paso por el parque donde veo a algunos borrachos charlando amistosamente. Me acerco lentamente hacia ellos. Me siento en la fuente, mientras prosiguen con su conversación como si yo fuera invisible. -Las mujeres son fantasmas, nunca se acercan hacia mí, por más que les guiñe un ojo, les haga gestos, les saque la lengua... No puedo conseguir nada muchachos. Todos se ríen a carcajadas, mientras el que hablaba se queda callado sin entender a qué se debe tanta algarabía. -¿Y qué querés? Sos un viejo borracho. Nadie te va a dar bola... -Dale esperanzas a Quique, dale esperanzas-dice un tercero, más viejo que los otros. -¿Esperanzas? Mirá lo que somos Carli, somos peor que los densos. Yo no lo soporto... -¿Los densos? No, ellos son peores. Ni siquiera los dejan estar en las plazas. A nosotros por lo menos, no nos molestan. -¿¡Qué decís!? Nos dejan estar sólo a la noche en las plazas. El otro día estaba a la tarde acá, y vino un comando, y me llevaron, ¿¡por qué!? Ah, todo por mostrarme a la tarde, cuando hay chicos y mujeres bien, y hombres de familia. Y lo peor es que no estaba borracho, pero ellos dijeron, me dijeron, su barba, su ropa, está descuidada, acompáñenos. Yo les dije, no estoy borracho chicos; ¿qué respondieron?, "Ud. parece un borracho, no puede alterar la estética visual que les brinda comodidad a las personas de bien" -Bueno, ya sabés como es todo. No va a ser la primera vez.-dice Carli, que parece no asombrarse de nada. -¡La estética visual! ¿A vos te parece? -Pero si ya sabés como es, ¿de que te quejás, Mono? -¡Y qué querés que haga! ¿Que me cague de risa? -Tendrías que tomártelo con calma, no va a cambiar nada por mucho, mucho tiempo, no luches contra lo imposible. -¡Qué idealista Carli! -Me cago en los idealistas... -Sí, ya veo. -Muchachos, muchachos, no se peleen, beban un trago. Miren lo que tengo para Uds. El cuarto en escena, sube el volumen de una pequeña radio portátil que sostiene en la mano, mientras le alcanza la botella de whisky a Mono. Sale con potencia Sexy Sadie de la radio, y todos se miran desconcertados. Pero de a poco, comienzan a mover sus cabezas, cada uno a su modo; por un instante la charla se calma, y la música cobra la importancia de un remedio. -Eran geniales...-dice el de la radio pidiendo la botella con un gesto. -Idealistas...-dice el Mono. -Qué tiempos, qué tiempos muchachos... -Subíla más por favor-le digo al de la radio, emocionado. Me miran desconcertados, pero amigablemente. El tipo de la radio me hace caso, mientras sale un tango abrumador que nos sume a todos en la nostalgia. -Qué tiempos, muchachos...- repite el de la radio meneando su cabeza. -Nada va a cambiar-dice Carli, escéptico. -No importa, la música está con nosotros-dice el de la radio. -Pero con eso, no vamos a comer-dice el Mono. -A mí me saca el hambre, me dan ganas de bailar.-dice el de la radio.-Qué me importa la comida, con la música estoy bien. -Idealista.-dice Carli. El de la radio, asiente con la cabeza, orgulloso. -¿Vamos a comprar algo de comer, muchachos?-dice un quinto que está tirado contra un árbol, tapado con una vieja frazada. -¿Ahora? -¿Qué hora es, viejo?-me pregunta Carli. -Las cuatro de madrugada. -¿Y adónde vamos a ir?-dice El Mono. -Qué se yo, tengo hambre-dice ahora, el quinto hombre, desperezándose, dejando el árbol, envuelto en la frazada. Es grandote, mide casi un metro noventa, y no es tan viejo como los otros. -Escuchen, escuchen, esta radio está haciendo magia. La música continúa sin interrupción, un Rock & Roll de Elvis se hace escuchar. El tipo de la radio se pone a bailar, agarra dos ramas del árbol, y baila, feliz, sonriente, como si estuviera en una pista de baile. Mueve las ramas con efusión, se menea, ahora deja una de ellas, mientras bebe un trago. -Loco de mierda...-dice Carli. -Un idealista.-dice sonriente El mono, mirándolo bailar. La escena me da aliento, me saca del sopor de la noche. -Adiós, muchachos-les digo mientras me alejo. Es increíble, pero veo a una pareja sentada haciéndose mimos. La realidad es ésta, estoy en el medio del parque fumando. Ventanas oscuras en lo alto del cielo, cables que interrumpen mi visión, algunos gritos que provienen no sé de dónde, y un perro que pasa cerca de mí. Silbo y el animal se acerca. Le acaricio la cabeza y luego le estiro un poquito el pellejo que tiene debajo del cuello. Lo miro, y asombrado, descubro que siento lástima por él, un cariño que no podría sentir por un ser humano tan rápidamente. Me voy con el perro atravesando el parque, sintiéndome poderoso.
II
Sentado en mi casa, ya a salvo de la borrachera nocturna, mientras amanece, y el perro devora con locura un plato con carne picada congelada, agarro un cuaderno. Comienzo a escribir: "Estaban sentados, en el parque, no tenían nada, pero dialogaban, despiertos, bajo la madrugada de un día cualquiera. La tristeza no hacía mella, en ellos, a pesar de tener hambre debajo de la luz del farol. La música provocaba estupor, en ellos, uno bailaba graciosamente, otro tenía hambre, eran geniales..."
© Nicolás Pose
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Nicolás Pose, nació en 1980 en la ciudad de Buenos Aires. Actualmente está a punto de finalizar la carrera de Letras en la U.B.A. En el 2004 obtuvo el primer premio de poesía y narrativa breve en el VIII certamen internacional organizado por la editorial argentina De los Cuatro Vientos. En el 2005, editó un libro de relatos llamado La Performance. "El pintor", es el segundo relato de La Performance. |
Revista Literaria Remolinos