"Anytime, Anywhere" (4) La cena terminó antes de lo esperado. Ella no podía entrar y compartir un rato más junto a Skinner... no tendría éxito cuando intentara decirle que todo estaba bien. La expresión en su rostro la delataría. De la forma más cortés posible, Scully se excusó y se despidió de su jefe. Ahora estaba en un taxi rumbo al encuentro con las penumbras de su departamento. Tal parecía que nunca encontraría la paz que tanto anhelaba... el fantasma de Fox Mulder la perseguiría. Y su confusión era grande que no podía responder la pregunta que venía repitiéndose en su cabeza desde la visión que tuvo en el restaurante. ¿Estaba todo en su mente o era real? La imagen de su padre apareció ante ella justo en el instante en que había fallecido, así que no podía cerrarse a esa posibilidad; pero no podía comprender por qué ahora, por qué después de tantos años, por qué no consiguió verlo aquellas noches en que se conformaba con un segundo de su presencia. Él venía para atormentarla. Él creyó que su memoria se desvanecía. Ella era feliz ahora que lo había olvidado por completo. Scully tuvo que colocar una mano sobre su boca para calmar las ganas de gritar que le provocaban sus pensamientos. Claro que no lo había olvidado. Era prácticamente imposible, además no deseaba olvidarlo. Tan sólo deseaba aprender a vivir con su recuerdo, porque era lo único que quedaba de él. Al fin había llegado a casa. El deseo de llegar y refugiarse entre las únicas paredes que la comprendían aceleraron su marcha... sin embargo, cuando la puerta apareció frente a ella, ese deseo de esfumó. Los verdaderos fantasmas estaban ahí dentro; ella los había creado para no sentirse sola. Sin pensarlo mucho, ella entró. Lo primero que hizo fue ir hasta la cocina y preparar algo de café. Pasaría la noche trabajando; si eso significaba adelantar el trabajo de toda una semana o un mes, lo haría. Ya encontraría que hacer después. Taza en mano, Scully avanzó a paso lento hacia su habitación. Se quitó el abrigo, los zapatos y se acomodó en la cama recostándose sobre la cabecera. No se molestó en encender la lampara de su mesita de noche. No necesitaba luz para inhalar el narcótico aroma del café y dejar que su mente la llevase a algún lugar apartado de la realidad. Mientras menos vieran sus ojos, mucho mejor. Dejarse consumir por la oscuridad se estaba convirtiendo en un pasatiempo peligroso. Si su esceptismo no fuera una parte tan esencial de su ser, podría verse practicando viajes astrales para alejarse de sí misma y de su propio dolor. Pero para lograrlo había que creer, y ella no tenía esa virtud. O tal vez era el miedo lo que opacaba su secreto lado curioso. Nunca lo sabría, porque no se permitiría intentarlo. Eso sería convertirse en Mulder; profanar terrenos sagrados. Sobresaltada, ella abrió los ojos e intentó enfocar algún objeto entre la penumbra. Llegar tan dentro de su propio ser le daba pánico, así que necesitaba algo que la llevase de vuelta a la realidad. No quería descubrirse más, ni ser sorprendida por alguna nueva faceta. ¿Había pasado toda una vida pretendiendo ser lo que no era o era tan solo que Fox Mulder se había metido en sus huesos poseyéndola? "Estás muy vieja para regresar a la adolescencia", pensó. "Ya no es tiempo de estar buscando el verdadero yo". Dejando el café a un lado, se incorporó y fue hasta la sala. La cama ya no era el santuario donde se rendía ante los brazos de Morfeo y recuperaba energías perdidas. Ahora era sinónimo de sopor, vueltas y recuerdos que adornaban una noche sin fin. "Te has convertido en él", le recordó su conciencia mientras aterrizaba en el sofá. Ella no podía refutarlo. Era tan cierto que al mirarse en el espejo no era capaz de reconocerse. Tan solo quedaban sombras de la ejemplar Agente Scully. -Déjame vivir- le suplicó a la única que esscuchaba sus palabras: la noche. -Déjame al menos sentir que el aire entra en mis pulmones. *** El número de la puerta que tenía enfrente se estaba volviendo borroso. De seguro había pasado media hora, y el valor para dejar que su puño chocara contra la madera no aparecía. Ella estaba ahí dentro... Dana Scully estaba ahí dentro. No había margen de error. La había seguido sigilosamente desde que abandonó el restaurante... la había visto subir apresuradamente hasta su departamento... y después dudar un par de minutos antes de entrar. Ahora era él quien dudaba. La experiencia que estaba a punto de tener era el expediente x más grandioso de toda su existencia. Por eso le costaba tanto terminar de una vez por todas con todo esto. Él era el protagonista, no el espectador. Tantos años de trabajo no podían ayudarle a resolver su propio enigma. Su cabeza empezó a dar vueltas. Con tantas cosas en que pensar se le olvidaba respirar. Tenía que terminar con esto, era necesario aclarar todo y buscar una manera de regresar a su realidad. Empezó a contar hasta diez... y cuando llegó al diez quiso seguir hasta el veinte. Pero no. Ya era hora. *** El sonido de la puerta la hizo abrir los ojos. -No ahora- dijo sin caer en cuenta de las ppalabras que salían de su boca. Maldiciendo entre dientes por haber sido... no despertada, mas bien, sacada de unos minutos de relajación, se dirigió a la puerta. Cuando tenía el pomo en su mano, se detuvo en seco. -Deja vú- susurró. Todo este tiempo había pensado que al otro lado de la puerta encontraría al Mulder entusiasta y aventurero vistiendo una de sus mejores sonrisas con el fin de convencerla y sacarla de casa a altas horas de la madrugada. Sintiendo un vacío en su estómago, ella abrió la puerta. Estaba tan deprimida que no le importaba quien pudiera aparecer frente a ella. "Quizá sea el fin de mis problemas", pensó frotándose los ojos. "Quizá sea un ladrón y me dispare ahora mismo sin saber que me hace un gran fa-..." Pero su mente no pudo completar la idea, porque lo que tenía frente a sus ojos captaba la atención de cada una de sus células y neutralizaba sus otros sentidos. Él. Mulder. Fox Mulder. El mismo Mulder que había desaparecido dos décadas atrás con media sonrisa en sus labios y la promesa de contar muchas historias fantásticas. El mismo Mulder enérgico y joven... con excepción de sus ojos cansados y la sombra de barba. Ahora podía afirmar que se había vuelto completamente loca. Estaba dispuesta a internarse voluntariamente en un sanatorio antes de que su comportamiento se tornase peligroso. Sólo podía sentir lástima de que todo terminara de esta forma, de que esa fortaleza de la que tan orgullosa se sentía no fuera más que una máscara para sobrevivir en un mundo que no perdona las debilidades. Era débil. Y en algún momento tenía que caer. -Scully... Ella cubrió sus oídos con sus manos, como si una bomba acabara de estallar y el sonido taladreara sus tímpanos. Presionó con tanta fuerza que apenas pudo escuchar su propia voz al gritar. -¡Tú no eres real! -Scully... soy yo...- él trató de tocarla, pero ella retrocedió de inmediato. Lo último que necesitaba era saber que su tacto también había sido afectado. -Vete. Más que al Mulder que tenía enfrente, se lo decía a sí misma. A esa mente enferma capaz de crear imágenes tan dolorosas. -Scully... -¡Vete!- gritó tratando de cerrar la puertaa. Pero esa visión también tenía la fuerza suficiente para impedir que ella lo lograra. Y sin darse cuenta cómo sucedió, dos manos fuertes ahora la sujetaban... era demasiado real... demasiado concreto para ser el aire. Inhalar esa esencia que por tantos años buscó entre las camisas olvidadas de su compañero, fue lo que terminó de debilitar sus defensas y hacer que se rindiera ante el mejor de los espejismos. Cuando se apoyó contra su pecho comprendió lo bien que se sentía tenerlo tan cerca. Entonces supo por qué veinte años no era tiempo suficiente para aceptar su partida. Ella se aferró un poco más a él, pensando que en algún momento abriría los ojos y encontraría sus puños sujetando el aire. Pero el destino estaba siendo muy bueno con ella y le dejaba disfrutar un poco más de su mentira. Se sentía tan bien que no valía la pena invitar su lado científico. En cuestiones espirituales la ciencia sale sobrando. Siempre lo arruina todo. Y no estaba dispuesta a sacrificar un segundo de gloria por una respuesta lógica que destruiría la magia. Sentiría igual que un niño cuando se entera que Santa Claus no existe. Pero ella era Scully. Racional, escéptica, científica. Y su personalidad intachable pesaba más que los deseos de un corazón desesperado. Las emociones eran su peor enemigo. Hacían tambalear su objetividad. Justo lo que le estaba pasando. Así que las preguntas empezaron a llover, llenando poco a poco su acelerado cerebro y amenazando con causar una tremenda inundación en sus sentidos. Necesitaba respuestas, pero no sabía por donde empezar. -¿Cómo?- preguntó temerosa de alejarlo con el sonido de su voz. Él se apartó unos centímetros y tomando el rostro de ella entre sus manos, la miró con esa intensidad y esa pasión que sólo sus ojos verdes eran capaces de emanar. No iba a hablar por ahora. Había hecho un voto de silencio y ella pudo descifrarlo en su mirada. Las palabras no eran el fuerte de su relación, ahora no lo serían tampoco. Y para Mulder, el simple hecho era mucho más importante que su explicación. Si vivía un milagro, ¿para qué molestarse en buscar las razones que llevaron a que ocurriese? Sus ojos se cerraron inconcientemente cuando Mulder comenzó a acariciar su rostro con ternura. Se sintió viva, joven, lista para emprender una nueva aventura a su lado. La valentía que no tenía antes empezaba a apoderarse de ella. Ahora las cosas tenían otro punto de vista... ahora un segundo podía significar toda una vida. Estaban cada vez más cerca y al mismo ritmo que sus pulsos se aceleraban, los recuerdos empezaban a cobrar vida y a impulsarlos a dar el último paso. Era extraño... más que extraño. Sus labios chocaron y fue como si la tierra se abriera debajo de ellos, arrastrándolos hacia un abismo. Pero caer era placentero, y esa sensación de vacío los hacía acercarse más por temor a perder aquel momento cuando abrieran los ojos. No hubo espacio para la timidez. Si alguna vez habían compartido un beso, ya no eran capaces de recordarlo. Esto era más que el encuentro de unos labios sedientos de una pasión que se ocultaba tras los muros del miedo. Era un pacto sellado entre dos almas que compartían un sentimiento capaz de traspasar las barreras del tiempo. Por primera vez, Scully se convenció de que este Mulder era tan real como el que dos décadas atrás se había esfumado de su vida. -No puedo creerlo...- le susurró Scully cuaando se separaron. -Pensé que nunca más... -Shh- le interrumpió él con un beso fugaz. -Olvida el ayer. -¿Cómo olvidar el pasado? Es imposible. -Viviendo este presente. Una pequeña sonrisa se formó en su rostro. Tenía tanto tiempo sin sonreír que se sentía extraña. -Mulder... -Dime. Ella apoyó su frente contra la de él y se tomó unos segundos. -Tan solo quería decir tu nombre y escucharr que en verdad me respondes. Después de escuchar esas palabras, Mulder no necesitó descripción de lo que en su ausencia Scully había vivido. Y la culpa se alojó en su pecho, mordiendo su corazón y amenazando con opacar el instante de felicidad que disfrutaba. Esta no era la forma en que todo debía terminar. Ni siquiera merecía que Dana Scully le tuviera un lugar tan importante en su corazón. No después de haber convertido su vida en un infierno. -Perdóname- le suplicó sin darse cuenta de las lágrimas que escapaban de sus ojos. -Por favor, Scully. No pedía perdón únicamente por esta última aventura. En un simple verbo, él trataba de abarcar cada día de angustia que Scully tuvo que vivir a su lado, cada locura que tuvo que soportarle, cada pelea sin sentido y todas las veces que se mantuvo en silencio cuando en realidad quería gritar su propia verdad. Justo no era la palabra que mejor definía la forma en que se había comportado con ella. -Perdóname- repitió mientras en su corazón se formaba por primera vez una oración a ese Dios en que Scully creía con tanta devoción. "Permíteme regresar y enfrentarme a mis errores". Continuará...