"Anytime, Anywhere" (3) Después de cinco años de haberle perdido, su vida había tomado cierto equilibrio. El trabajo la absorbió por completo y la obsesión por los Expedientes X que sentía Mulder se adueñó de ella. Sin embargo, los años pasaban dejando huellas y la fortaleza se esfumaba poco a poco. Ya no era la joven entusiasta de seguir cada camino que a Mulder se le ocurriese para buscar pruebas concretas y representar la ciencia, no tenía la misma energía ni las ganas para seguir sola. Sin Mulder ella no podía ser Scully. Tan simple como eso. La decisión final la tomó el día que asignaron un compañero a su lado. No tenía la menor idea de que alguien la esperaría esa mañana en el sótano y, al verle allí, se sintió invadida e inútil. Sólo ella y Mulder sabían el contenido de cada uno de los archivos, cada caso, cada fecha... y ahora un extraño tendría acceso a esa información, probablemente para burlarse y no darle el valor que merecen tantos años de búsqueda. Con la misma determinación con que había prometido abandonar los Expedientes si alguien más se unía, ella fue hasta la oficina de Skinner y presentó su renuncia. La carta estaba hecha desde el día que aceptó que Mulder no regresaría, sólo faltaba el momento indicado. Pero esa renuncia se convirtió en su pasaporte a un ascenso que nunca buscó, y al tiempo que Skinner se convertía en director, Scully ocupó el puesto de asistente del director, teniendo bajo su control los agentes responsables de varias secciones, entre estas, los Expedientes X. Y entre papeleos, reuniones, sermones, así pasaron los años sin tener tiempo para meditar sobre el rumbo que tomaba su vida. Sin embargo, no se quejaba. Era más fácil mantener la mente lo suficientemente ocupada, así evitaría sentir la soledad. Lincoln Suites Washington, D.C. 8 de noviembre del 2022 El reloj que colgaba en la pared de la pequeña recepción avisaba que faltaban par de minutos para la seis. ¿Las seis de qué?, se preguntó Mulder por un instante, pero luego de recordar que la luna le había acompañado en todo su trayecto y que apenas empezaba a haber claridad, concluyó que eran las seis de la mañana. Entonces recordó que había estado caminando sin cesar desde el encuentro con su propia tumba en el cementerio. Ahora sentía el dolor punzante en sus pies y lo seca que estaba su garganta. -¿Me consigue un vaso de agua, por favor? La joven que estaba tras el mostrador se le quedo mirando como si se tratase de un mendigo asqueroso. No debía estar muy lejos de esa facha después de doce horas de caminata por D.C. -Quiero una habitación- dijo mientras hurggaba los bolsillos de su pantalón. Ella siguió mirándolo, hasta que los dólares estuvieron en sus manos -Aquí tienes. -Habitación 23. Mire su llave, señor. -Gracias. En cuanto entró al cuarto, la imagen de Scully vino a su mente, haciéndolo salir del estado de trance en que estaba sumergido todas estas horas. No fue la Scully vestida de negro del cementerio la que vio, sino la Scully que había dejado en el buró, diciéndole una vez más que había perdido la razón, que no se precipitara, que pensara en las consecuencias. Consecuencias. Veinte años después ella seguía llorando a los pies de una tumba que a lo mejor estaba vacía, cargando con la culpa de no haber sido lo suficientemente fuerte para prohibirle rotundamente que formara parte de tal locura. Su primer instinto fue tirarse en la cama y dormir hasta borrar todas esas imágenes que se agolpaban en su mente; pero un buen baño ya se hacía necesario. Lentamente se fue deshaciendo de cada pieza de ropa, mientras sus pies se arrastraban con pereza hasta la pequeña ducha. Al abrir la llave sintió hielo en sus dedos... el agua estaba helada. La sensación de sudor pegajoso le dio el impulso que necesitaba para terminar de meterse bajo la llave. Un gemido se le escapó al sentir todo el frío sobre su piel, y en cuestión de segundos empezó a despertar y a ver la luz del sol. Oficinas del FBI Washington, D.C. Por estas fechas nada era normal, ni siquiera después de dos décadas. Algo diferente surgía en su agenda... alguna hora se alteraba, algún informe quedaba incompleto... algo se le escapaba de sus manos y no encajaba en su listado de trabajos perfectos. Esta mañana había llegado a la oficina dos horas antes. Había pasado la noche en vela como era costumbre cada semana que alojaba el aniversario de la desaparición de su compañero. Su cuerpo no se lo reprochaba, ya estaba acostumbrado a ese desarreglo anual. Este año las cosas eran un poco más extrañas que antes. Tenía unos cuantos días sintiendo una fuerte presión en el pecho que por momentos la ahogaba y le pegaba un gran susto. Pensó visitar al médico y aceptar que a su edad ciertos achaques ya eran comunes. Pero para qué engañarse si conocía a la perfección que sus dolencias no eran más que una somatización de sus conflictos emocionales. Ella nunca aceptó la ayuda de un profesional. No era propio de Dana Scully aceptar sus debilidades y enfrentarlas. La fortaleza era su máscara preferida. -Scully Era esa voz de nuevo. Aquella voz tan familiar que había sobrevivido el paso de los años sin cambiar en lo más mínimo su matiz y su fuerza característica. -Buenos días, señor- a pesar de las circunnstancias, él seguía siendo 'señor'. Al menos dentro de los límites del Hoover. -¿No está algo temprano? La misma pregunta. -Mucho papeleo. La misma respuesta. Ambos conocían las reglas del juego, así que debían quedar conformes y evitar lastimar viejas heridas sin cicatrizar. Skinner también llevaba una llaga en la piel, no tan grande como la de Scully pero allí estaba y, al igual que ella, había aprendido a vivir con eso. -La invito a comer. Siempre lo hacía. El ritual empezaba con un almuerzo ordinario en el que sólo se escuchaba el sonido de los platos y el murmullo de las demás personas del lugar. A la hora del postre las palabras empezaban a salir con la lentitud de un suero de miel... pero salían y se iban uniendo hasta formar una cadena, y esa cadena tomaba forma de una historia cuyo principal objetivo era mantener vivo un recuerdo. -Mejor vamos a cenar- le dijo Scully levanntando la mirada por primera vez. Esta vez ella tenía mucho que contar. Limelight Restaurant Washington, D.C.- El día fue duro, pero tantas actividades hicieron que pasara rápido. La ventaja es que no te das cuenta de todo lo que haces porque no tienes tiempo de asimilarlo, pero cuando terminas el cuerpo te pasa la cuenta y el cansancio arremete de golpe. Skinner pudo ver toda esa tensión en el rostro de Scully. Sin embargo, le daba cierto alivio porque no había rastro de esa aflicción que comúnmente la acompañaba. Las labores del día lograron mantenerla tan ocupada que impidieron que el dolor la envenenara un poquito más. -Me gusta este lugar- dijo ella moviendo lla cabeza de un lado a otro y aplicando un ligero masaje a su cuello. Al parecer su cabello no permanecería mucho tiempo atado. Él esbozó una sonrisa ante la imagen que tenía delante. Una Scully en plan de relajarse se veía con la frecuencia que se ve un cometa. Sin lugar a dudas la noche sería interesante; apenas iban con el aperitivo y ya las palabras hacían acto de presencia. -Ahora entiendo lo que significa ser respoonsable por unos cuantos- prosiguió la agente, -y aprovecho para pedirle disculpas por las veces que fui un callo en su pie. Los dos rieron al unísono al tiempo que sus mentes se trasladaban a aquellos años revoltosos. -Pero si era la chica buena- dijo Walter ssirviendo el vino que acababan de traer. -No era más que cómplice de las travesurass de Mulder. Él tenía una especie de imán especial que me hacía caer, porque ahora que lo analizo, muchas cosas no tenían ningún sentido; sin embargo, yo le seguía... adonde fuera necesario; hasta el fin del mundo- su sonrisa no podía ocultarse. Era como si contara una de esas anécdotas de su niñez, sonrojándose por dejar un poco de su corazón al descubierto. -Y no me arrepiento de haberlo hecho. Finalmente había tocado la tecla prohibida. Indirectamente. Skinner sabía muy bien que ella no se arrepentía, así como sabía invertir la frase y encontrarse con la fuente de toda su desgracia. Ella no lo siguió en su última loca misión... nunca se lo perdonaría. -No se preocupe, Skinner. Esta noche no vooy a culparme y llorar como Magdalena. Ya no tengo más lágrimas. -Eso es un consuelo. Su sonrisa no se había esfumado y Skinner terminó contagiándose. Él trató de relajarse, estaba tan acostumbrado a que las cosas terminaran mal que sus sentidos estaban demasiado alertados y no le permitían disfrutar el momento. -Todos los años le digo que siento algo diiferente, que las cosas cambiarán y nunca es así. Hoy me atreveré a repetir lo mismo, sin embargo tengo la certeza de que así será. Yo... nunca había sentido su presencia... desde que se fue. Y hace dos días puedo jurar que... siento sus ojos sobre mí. Skinner apartó el vino y se inclinó un poco hacia delante, colocando el mentón sobre sus manos entrelazadas. Escuchar una confesión de este tipo era más grande que cualquier Expediente X que Mulder le hubiera presentado en siete años. -Quizá no ha logrado descansar en paz. -Quizá es su ángel de la guarda- opinó Skiinner. *** Cada movimiento de sus labios, cada gesto de sus manos... todo quedaba registrado en su memoria y se comparaba automáticamente con lo que ya estaba guardado. Nada había cambiado. Sus ojos irradiaban la misma luz, él podía percibirlo a pesar de la distancia. Verla junto a Skinner en aquel restaurante le atormentó nuevamente. Él no podía saber lo que pasaba entre ellos dos, pero lucían bastante relajados, incluso sonrientes. Sin lugar a dudas eran amigos... muy amigos. Tal vez algo más. -No- dijo sin darse cuenta de que pronunciiaba la primera reacción de su corazón. Sus pies tomaron vida propia y en unos segundos estaba a escasos metros de Scully. Ya no tenía dominio de sus actos, su presencia lo hipnotizaba. *** Las palabras de Skinner seguían rodando en su cabeza cuando un escalofrío atravesó todo su cuerpo. Esto no estaba bien, le estaba dando demasiado espacio a su imaginación, dejando que las emociones la controlaran e hiciesen que sus pensamientos más profundos fueran expresados. Una fría corriente de aire le golpeó el rostro y la desvió de sus reflexiones. Ella miró hacia la ventana que tenía a su derecha para cerrarla, pero ya estaba cerrada. Entonces se percató de que alguien la miraba... eran esos mismos ojos que tenían el poder de estremecerla. -¿Scully? -Pensé que estaba abierta- dijo tratando dde excusarse e inmediatamente regresó su vista hacia la ventana. Ya no estaba, se había ido. No entendía bien lo que ocurría pero algo tenía que hacer. -Ahora regreso. *** Su corazón estaba a punto de salir de su pecho. Si no se calmaba pasaría. Había sobrepasado el límite. El riesgo era demasiado alto y él se dejaba llevar por el impulso de tenerla cerca. Pero ya que importaba... esta no era la vida que le correspondía a ambos; él sólo formaba parte de un experimento y ella era la víctima de su juego. Scully merecía saber la verdad. No había nada que perder. Él volvió su atención a la mesa donde Skinner y Scully cenaban, pero ella ya no estaba. -¿Dónde se habrá metido?- se preguntó empeezando a preocuparse seriamente. La respuesta estaba tan cerca que podía percibir su perfume. -Oh Dios mío- susurró al verla allí... a escasos centímetros, buscando algo... o alguien. Era la oportunidad perfecta... el momento que tanto había perseguido. Ahora que descansaba en la palma de sus manos tenía miedo de dar el paso y alterar todo el curso de aquella historia paralela a su realidad. Su lado racional se despertó por primera vez, erigiendo una muralla que impedía que avanzara y que, por tanto, ella lo volviera a ver. Continuará...