"Anytime, Anywhere" (6) 13 de Noviembre del 2022.- En sus sueños las palabras que nunca llegó a pronunciar acariciaban sus oídos en momentos de locura. En sus sueños no había un rincón de su ser que no hubiera sido memorizado por sus temblorosas manos. No había soledad, no existía el vacío. Sólo extraños recuerdos que el presente terminaba de sepultar. El miedo de morir sola era parte del pasado. En sus sueños... ahí estaba él. Y en sueños recordó que lo que había visto no era un sueño. El resplandor de un nuevo día se filtraba a través de sus párpados cerrados. Se había dormido a pesar de su esfuerzo por permanecer despierta... ahora no quería abrir los ojos y encontrar las huellas de su vívida quimera. Antes de moverse inhaló profundo, y un simple movimiento vital se convirtió en una experiencia casi religiosa. Su cuerpo se llenó de vida y la esperanza perdida volvió a resurgir como el fénix de entre las cenizas. Su perfecta realidad seguía intacta. Ahora podía abrir los ojos y observarlo detenidamente sin importar que el tiempo volara dejándola atrás. Acariciarlo con la mirada como lo hizo toda la noche antes que el sueño la venciera. Verlo dormir como muy pocas veces tuvo el privilegio. Él se durmió en sus brazos, como si toda la vida hubiera pertenecido allí. Mientras sus dedos se enredaban en su pelo, ella recreó las líneas de su rostro cansado y observó como la amargura de un hombre se desvanecía para dar paso a ese ángel que nunca había visto la luz. Un ángel que perdió sus alas tantas veces, que olvidó que una vez pudo volar. La cama poseía cierto magnetismo que le impedía abandonarla, pero era hora de ponerse de pie. Después de tantas emociones juntas, de atravesar el límite de su propia realidad, necesitaba un chorro de agua bien fría que la hiciera entrar en razón y asimilar todo. El contacto de sus pies descalzos con el piso helado fue su primer choque con la verdad. En un segundo, pasó de la calidez de su cama al frío de su imagen en el espejo. Del paraíso al infierno... sin mirar atrás. Ella vio las líneas del tiempo marcadas en su rostro; el dolor de cada día en su ausencia resumido en unos ojos opacos; las huellas de la sal que dejaron sus lágrimas al secarse con los años. Pero más allá de todo eso, su reflejo se iluminaba por la diminuta llama de esperanza que aparecía esa mañana. Después de tanto tiempo de recorrer el solitario desierto, había encontrado el oasis perfecto... el único tangible entre tantos espejismos. Ahora podía saciar su sed, pero una vez saciada ésta, la marcha debe ser reanudada. Tenía que emprender el camino de nuevo antes de cometer una locura y detenerse en el oasis por siempre. La imagen se estaba tornando borrosa. Esos recuerdos que logró retener por años ahogándolos en un mar de negación, esas memorias de un intento fallido, de imágenes que no se ajustaban a su estricta ciencia; todos los renglones prohibidos del polvoriento ático de su cerebro... todo se proyectaba tan claro como si fuera testigo de la escena. Testigo. Ya hasta pretendía ser ajena a su propio drama. Eso quería, eso trató, pero las mentiras siempre se desgastan y en el fondo sale a relucir la triste realidad. Scully le dio la espalda al espejo, encontrándose justo frente al calendario colgado de la pared. No tenía escapatoria... el número que parecía brillar ante sus ojos encerraba todas las respuestas que no esperaba ni quería recibir. Trece de noviembre. De repente las nubes se dispersaron y la respuesta que se negó a buscar por años ocupaba todos los rincones de su mente. Se vio a sí misma aquella fría mañana de otoño escondiendo sus manos en un abrigo que no cumplía su misión; como si la corriente helada se filtrara a través de la gruesa tela y se alojara en su pecho. Sentada en el más oxidado de los bancos de un parque abandonado, tratando de buscarle en sentido a lo que estaba haciendo. A sus oídos llegaban las teorías de Murdock, que para ella no eran más que ideas abstractas, carentes de lógica. Se esforzó por creer en él así como lo había hecho Mulder, pero solo veía a un hombre preso de su locura. Su actitud escéptica le costó años de culpa. Pasó días y noches torturándose con la idea de que una sola gota de fe hubiera bastado para traer a su compañero de vuelta. Sólo creía en la ciencia, y ésta le había fallado. Ahora la vida le daba una segunda oportunidad. Para creer y atreverse a dar un paso más allá. -Mulder...- le llamó suavemente acercándosse a la cama. - Mulder... despierta- él se movió un poco, buscando el calor de las sábanas; lamentablemente, ella tenía que romper el hechizo. -¿Qué pasa?- susurró medio dormido. -Tienes que levantarte- le dijo retirando las sábanas como si se tratara de una madre despertando a su hijo en su primer día de clases. Él se frotó los ojos y empezó a abrirlos lentamente, ajustándose a la claridad del día; mientras Scully seguía realizando todos sus quehaceres de manera mecánica, evitando mirarlo a la cara o acercársele demasiado. -Scully... -El baño está listo, yo iré preparando el desayuno. Ella abandonó la habitación sin mirar atrás, sin dejar que Mulder tuviera tiempo a formular sus dudas. No podía arriesgarse a echar para atrás después de haber tomado la decisión. Cuando fuera tiempo de hablar, ella hablaría, sin detenerse ni dar vueltas al asunto. Sería una charla de una sola vía. Mulder se quedó mirando hacia la puerta, tratando de formar el torbellino que se estaba formando en su cabeza, intentando en vano detener la jaqueca que veía venir. Empezaba a pensar que llegar hasta la puerta de Scully fue la jugada más estúpida de toda su vida. -¿Qué hice?- se preguntó hundiendo su cabeeza en sus manos. Todo lo había calculado en torno a él, a sus deseos incontrolables; sin pensar en la cadena de eventos que podían arrastrar sus acciones. -Otra vez- dijo a manera de auto reproche. -Otra vez la estoy haciendo sufrir. Desalentado por su eterna carga de culpa, fue hasta el baño y lentamente se acomodó en la tina, dejando que el agua tibia cubriera su piel y se llevase su pesar. Ya estaba ahí... pensar en las malas decisiones de su vida no iba a remediar sus errores; echarse a morir después del tropiezo no era la manera correcta de actuar. Renacer. Ante esta Scully él era la viva imagen de una resurrección. La materialización de un milagro. No podía destruir que ese milagro se destruyera por las nubes grises que amenazaban con tapar los pocos rayos de sol. Si había llegado hasta aquí, si había traspasado las barreras de la ciencia, era por una razón. Su tormenta interior comenzó a disiparse cuando el agua le cubrió por completo. Bajo el agua no podía escuchar, ni pensar... solo sentir como el fuego que consumía su piel se extinguía, como el ayer y el hoy se conjugaban en esos segundos y le hacían embarcarse en la mayor de las promesas. Era hora de detenerse y observar sus huellas en el angosto camino que había trazado. Momento de cambiar las espinas por semillas que algún día retoñaran llevándose la amargura de antaño. Inconscientemente, le daba a aquellos que le rodeaban lo mismo que de niño recibió. Nada. Y ella, la única que permanecía constante sin importar las vueltas que diera la vida, la única que arriesgaba su cordura por salvarle de su locura... ella le amaba sin recibir nada a cambio. No era que no la amara... era que no sabía como amarla. Siempre pensó que sentirlo y guardarlo en lo más profundo de su alma era suficiente. Porque incluso ese sentimiento le hacía sentir culpable. Sintiendo una extraña sensación, él se incorporó lentamente, dejando que las gotas de agua recorrieran su cuerpo hasta abandonarlo. Tal vez había nacido un hombre nuevo después del bautismo. **** Él la encontró en la pequeña mesa de la cocina, entre dos tazas humeantes y una mirada vacía que denotaba gran distancia. Estaba tan sumida en sus pensamientos que sintió la necesidad de respetar su silencio, así que haciendo el menor ruido posible tomó asiento frente a ella y se quedó observándola. -Tenemos que hablar- dijo ella acercándolee una de las tazas. Después tomó una rodaja de pan y empezó a untarle mantequilla. -Hace veinte años, exactamente el cinco de noviembre, el doctor Murdock llegó a nuestra oficina presentando su más preciado y secreto proyecto- hizo una pausa para tomar un sorbo de chocolate. -Para ti, era una de esas oportunidades que se presentan sólo una vez en la vida; para mí, era el límite de lo absurdo. Mulder tuvo que bajar la mirada. Sabiendo lo que estaba por venir le resultaba imposible mirarla a los ojos y enfrentarse a todas las emociones que acompañaban aquellas palabras. -Al día siguiente te marchaste, a pesar dee mi negativa. La verdad- ella sonrió un poco al recordar, -no sé por qué me sorprendía... si en siete años no había podido salvarte de cometer locuras mayores, por qué iba a hacerlo entonces. Ya regresarías con mucho que contar, o tal vez con nada. Ella dejó el pan en el plato por temor a desmenuzarlo, ya que sus manos no podían estar quietas. Recordarlo era tan difícil como vivir el momento. -Pero no regresabas... y Murdock se había esfumado... y nadie sabía decir nada- Mulder trató de decir algo, pero ella lo detuvo con un ademán. -Pasó toda una semana y Skinner no me daba una respuesta. Entonces comprendí que no lo harían... no gastarían sus energías en buscarte. Tal vez por miedo a internarse en tu fascinante mundo; tal vez por desinterés- humedeció sus labios y prosiguió. -Así que decidí trabajar por mi cuenta y esa noche fui hasta el apartamento de Murdock. Todavía puedo oler la humedad del viejo pasillo, y el piso... nada cómodo que digamos- esto llamó la atención de Mulder, tal como ella lo supuso. -Sí- confesó con una triste sonrisa y un parpadeo constante, -me quedé dormida en aquel pasillo, y, ahora que lo pienso, creo que estaba loca. A este punto Mulder ya no sabía qué hacer, qué sentir o qué pensar. Su vista estaba nublada por una cortina de lágrimas que en un momento u otro saldrían, su mano izquierda se enredaba nerviosamente en su cabello, mientras que su mano derecha se arrastraba por la mesa hasta alcanzar las manos de Scully, aferrándose a éstas como si fuera un puerto seguro. -Desperté creyendo que estarías ahí- le coonfesó al sentir el calor de su compañero. -Desperté esperando que todo fuera un mal sueño. Mas lo único que encontré fue la oscuridad y una horrible sensación de...- venganza. Estuvo a punto de decirlo, pero no le pareció justo decirle que lo único que sentía en aquel momento era un odio irracional hacia él. Ahora la estaba apretando fuerte, como si hubiera leído en su mente la palabra que faltaba para completar la oración. Quería mirarlo, tocar su rostro y decirle que todo estaba bien. Quería, pero no podía, ni debía hacerlo. Rápidamente miró el reloj. Ya era hora. -Debemos irnos- le anunció poniéndose de ppie y recogiendo las tazas tan deprisa que estuvo a punto de dejarlas caer. No tenía tiempo para pensar, ya había tomado una decisión y sólo le correspondía actuar. -¿Adónde?- preguntó Mulder casi susurrandoo. -Pronto sabrás- respondió sin mirarlo. Se prometió mirarlo una sola vez, cuando fuera el momento indicado. De lo contrario, daría tres pasos atrás y se condenaría a caminar en un círculo maldito hasta el último día de su existencia. Era la decisión más difícil de toda su vida. También la más sabia.