|
Ven a mi pecho, alma sorda y cruel, tigre adorado, monstruo de aire indolente; quiero enterrar mis temblorosos dedos en tu espesura .
Sepultar mi cabeza dolorida en tu lecho colmado de perfume y respirar, como una ajada flor, el relente de mi amor extinguido.
�Quiero dormir! �Dormir m�s que vivir! en un sue�o, como la muerte, dulce, estampar� mis besos sin descanso por tu cuerpo pulido como el cobre.
Para ahogar mis sollozos apagados, s�lo preciso tu profundo lecho; el poderoso olvido habita entre tus labios y fluye de tus besos el Leteo.
Mi destino, desde ahora mi delicia, como un predestinado seguir�; condenado inocente, m�rtir d�cil cuyo fervor se acrece en el suplicio.
Para ahogar mi rencor, apurar� el nepentes y la cicuta amada, del pez�n delicioso que corona este seno el cual nunca contuvo un coraz�n.
A mis costados, sin cesar, se agita el Demonio; flota alrededor m�o como un aire impalpable; lo aspiro y siento que abrasa mis pulmones y los completa de un deseo eterno y culpable. A veces toma (conoce mi gran amor por el Arte) la forma de la m�s seductora de las mujeres y, bajo especioso pretexto de aburrimiento, acostumbra mis labios a filtros infames. Me conduce as� lejos de la mirada de Dios, jadeante y rendido de fatiga, en medio de las llanuras del Hast�o, profundas y desiertas, y lanza a mis ojos invadidos de confusi�n �vestidos manchados, heridas abiertas y el parto sangriento de la Destrucci�n |
|