Cinderella Man
El prodigioso “cóctel”
formado por la calidad interpretativa de Russell
Crowe, el gusto narrativo de Avika
Goldsman y la originalidad del
cineasta Ron Howard situó a este equipo de lujo y a su aclamada “Una
mente brillante” en un lugar muy alto y difícil de superar. El
reencuentro de la tripleta para el rodaje de “Cinderella Man” había
suscitado muchas interrogantes. Sobre
todo, había expectación por ver
el salto del afamado trío desde un mundo donde se respiraban aires científicos
hasta otro mundo donde el protagonista, lejos de los círculos docentes, es un
legendario icono del boxeo americano.
“Cinderella Man” es una
historia de interés humano conducida por un humilde obrero de los puertos que
lucha contra los avatares para sacar a su familia de la pobreza. Es
una historia de superación personal y como sucede con el cuento de la cenicienta,
conocemos su final, pero son los pequeños detalles los que marcan la
diferencia. La recreación de la época
es exquisita, realzada con encuadres fotográficos en semipenumbras y
tonalidades ocres que ayudan a describir la realidad del momento.
Siendo fidedignos con esa
realidad, los productores de “Cinderella
Man” no han escatimado medios para reproducir la dureza de la gran
depresión. La rigurosa suntuosidad
de los decorados imitando los escenarios del hambre y la pobreza, después de
todo, no deja de ser una paradoja.
La elegancia es la otra gran
protagonista en “Cinderella Man”, como resultado del apropiado lucimiento de
la ternura, la humanidad y el dramatismo, sin caer en la sensiblería y el
melodrama.
La plétora interpretativa de Russell
Crowe es inagotable, aunque el actor ha asegurado que los principales
factores que han contribuido a su éxito han sido la disciplina y la suerte. Crowe
también ha asegurado que ha tratado de ser mejor en cada nueva película,
poniendo mucha voluntad y disciplina en cada faceta de su carrera cinematográfica,
como una forma de corresponder a tanta suerte. Ha
descrito la oportunidad de trabajar nuevamente con Howard
como un hecho basado en la confianza profesional entre ambos. Por su parte, Howard ha
puntualizado que trabajar con Russell
Crowe es como rodar en una isla paradisíaca, encantado con el lugar, pero
teniendo que lidiar con el clima. En
el fondo, la poética referencia de las cualidades interpretativas del actor
corrobora el compromiso de Crowe con
la vida.
No sólo necesitó Crowe de los consejos de
veteranos ex boxeadores; también debió someterse a un exhaustivo y rutinario
entrenamiento.
Nuestro
héroe debió instruirse en el cross, el uppercut, el swing, el jab y otras técnicas
clásicas, además de adquirir una excepcional forma física, siempre
supervisada por un entrenador personal.
No
tuvo mucho tiempo nuestro Capitán Jack de lucir
su rubio pelambre por los mares de la fama. Cuando todavía
sonaban las trompetas del estreno de Master & Commander, el polifacético
Crowe ya lucía una cabellera azabache de época, para adentrarse de
lleno en el rodaje del hombre cenicienta.
Una
cualidad que define el temperamento singular de Crowe es su entrega
absoluta a los personajes que interpreta. Por un lado, derrocha un exceso
de confianza a su físico marcado
por la contundencia. Por otro, es característica su tozudez a querer
valerse por si mismo, en las escenas de riesgo. Así, no sorprende
en absoluto, el dislocamiento de hombro que sufrió durante uno de los
entrenamientos previos.
Esto le supuso una intervención artroscópica seguida
de una intensa fisioterapia y el retraso de varios meses en el comienzo del
rodaje. Ya este hombro le había dado algunos serios problemas y
arrastraba secuelas desde el rodaje de Gladiator.
Y
sin ninguna
magia, oráculo o poción, solo con la ayuda de una
estricta dieta alimenticia y el entrenamiento dirigido, consiguió Crowe
modelar un cuerpo mas fibroso y espectacular, capaz de emular al mítico James
J. Braddock
DESDE
EL PUGILATO ANCESTRAL HASTA LA PORFÍA DE CINDERELLA MAN
El boxeo no es un deporte moderno, muy al contrario,
imprecisas trazas del arte del
pugilato, lo sitúan en la
vertiente norte del continente africano, hacia 6000-5000 AC. Ciertas
habilidades pugilísticas, hipotéticamente de carácter festivo o lúdico,
fueron localizadas en concentraciones humanas a lo
largo del valle del Nilo, hasta
Mesopotamia y La India.
Descubrimientos arqueológicos de reliquias pugilísticas
halladas en la actual Irak, prueban que en 1550 AC se celebraban
acontecimientos pugilísticos de atracción de masas. Homero, en su obra “La
Iliada” hace
referencia al boxeo, un arte llegado a la antigua Grecia desde
Egipto, para más tarde, hacia el 688 AC, convertirse en disciplina olímpica
y deparar al primer campeón olímpico de la historia: Onomastes de Esmirna.
El Imperio Romano incorporó el deporte
heleno a su cultura hacia el 27 AC, pero paulatinamente lo fue desprendiendo de
sus características originales, convirtiéndolo finalmente en una atracción de
gladiadores, hasta que en el 40 DC, la profusión del cristianismo hizo
desaparecer toda forma de boxeo en el continente europeo.
La
primera reseña, tras este largo
intervalo, hace referencia a un combate organizado en 1681en Inglaterra
por el Duque de Albermarle. De este modo volvió a renacer el
pugilismo, en que dos contrincantes a puño descubierto, se enfrentaban entre
si.
Entonces
los encuentros
se organizaban por dinero, empleándose muchas veces, tácticas de juego
sucio. De esta etapa sobresale la figura mítica del inglés James
Figg, que nunca perdió un
combate, consiguiendo de la gente un cambio de mentalidad, a la vez que ganaba más
adeptos para el mundo del boxeo.
Fue
a partir de 1743 cuando el pugilismo empezó a perder el carácter
antideportivo. La reglamentación de John Broughton - considerado
como el padre del boxeo moderno - supuso entre otros avances, la eliminación de
los golpes bajos y en general, todos aquellos que recibiera el contrincante en
desventaja, dándole la posibilidad de recuperarse en treinta segundos.
Paulatinamente,
los luchadores fueron definiendo sus estilos, al tiempo que se
establecieron clasificaciones de categorías por pesos y se introdujo el
uso del guante. Las normas del Marqués de Queensberry de 1872
fueron el inicio del boxeo reglamentado, perfilándose la duración de los
combates, el descanso entre cada asalto, la cuenta de protección de diez
segundos y toda una serie de normas, para convertir a esta confrontación en una
moderna disciplina de combate.
Paradójicamente,
los enfrentamientos pugilísticos no gozaban del apoyo de las leyes inglesas de
la época, por lo cual muchos boxeadores europeos decidieron emigrar a Estados
Unidos en busca de mayores logros y recompensas en el ámbito
profesional.
Así
una humilde familia se sintió seducida por la ilusión del sueño americano,
estableciendo entonces su nuevo hogar en una tierra muy diferente a su querida Irlanda.
La fuerza bruta era el signo característico de los Braddock,
exigencia necesaria para que el chaval Jim pudiera defenderse en las
calles de Hell´s Kitchen de su personal
existencia.
La
vida de este fulgurante boxeador le asestó los más duros golpes, pero un día
su amiga la mala suerte se distrajo y entonces surgió un campeón. Consiguió
mantenerse en la cúspide durante 24 meses, desde 13-06-1935 hasta 22-06-1937,
no demasiado tiempo si lo comparamos con el record mundial establecido en 140
por su compatriota Joe Louis, pero
no cabe duda que su trayectoria meteórica en el mundo del pugilismo fue
espectacular.
Hubo
una vez un deseo alimentado en los fogones y braseros de la gran depresión,
donde Braddock soñaba con ser invitado al gran baile real,
danzar el vals de la mano del príncipe del triunfo y llevar una vida mas
digna, entre los mejores campeones americanos de ascendencia irlandesa.
Entretanto,
la eventualidad de su madrastra se
adornaba de una aparente subsistencia,
acaparando conveniencias para tan regio baile.
Mientras
soñaba entre los hollines del crack económico que sumió a muchas familias en
la precariedad, las hermanastras de Jim derrochaban opulencia y lujosos y
placenteros flirteos entre los grandes pesos de la aristocracia pugilística.
Un
día, al son de la varita mágica, el hada madrina apareció envuelta por un
destello de oportunidad, transformándole su bata verde de ilusiones y su trébol
blanco, en bello carromato tirado
por majestuosos caballos de esperanza.
Cuando
llegó al palacio Madison Square Garden Bowl aquella noche del 13 de
Junio de 1935, el baile estaba a punto de comenzar y el contundente Max Baer
lucía una espectacular reputación entre la corte de las cuatro cuerdas.
La
multitud congregada disfrutaba las apuestas tan desiguales de diez a uno, a
favor de Max Baer, el príncipe del máximo
peso, mientras chismorreaba la astucia del recién llegado.
La
belleza que el obrero de los muelles empleaba en su táctica ofensiva, dejó
perplejo al poderoso príncipe pegador, quien no pudo resistirse al hechizo de los quince rounds de atractiva estrategia.
Finalmente,
Baer vería como se le tambaleaba la corona, al tiempo que Braddock
se convertía en el héroe popular de la Gran Depresión. El
prototipo de ídolo boxeador - conocido por el sobrenombre “cinderella man” que le diera el destacado escritor Damon
Runyon - permanece desde entonces como pieza de imitación para todos
aquellos que esperan, en el fogón de los sueños, la visita del hada madrina.
Después
de dos años de estancia romántica en el gran salón, el reloj de palacio
comenzó a sonar, advirtiendo del brusco abandono de la fiesta: cuando firmaba
contrato para defender su título ante el boxeador alemán Max Schmeling,
resonó la primera campanada.
Su
manager - en defensa de las organizaciones judías que veían al boxeador
germano como a un ciudadano de la Alemania Nazi -
rehusó el contrato, para a
continuación firmar un compromiso con Joe Louis y
disputar el título mundial. El 22 de Junio de 1937 se produjo
la mayor atracción deportiva del momento, al tiempo que el reloj de
palacio avanzaba en la cuenta.
Cuando
sonaba la octava campanada, el aspirante Louis dejaba fuera de combate a “cinderella
man”. Lo bueno es que la reputación de Braddock nunca sufrió menoscabo por su señalada derrota, a pesar de que ya
se escuchaban las últimas campanadas en el reloj del gran salón.
Mientras
abandonaba apresuradamente el palacio y su cortejo se desvanecía por el camino,
advirtió que había perdido una efímera zapatilla de cristal, reconociendo por
el sendero de regreso, haber soportado más castigo entre el cuarto y octavo
asalto que todo el que había recibido en su carrera deportiva.
Ya
en casa, mientras realizaba otras faenas, soñaba con los ojos abiertos,
esperando que un día se presentara un recadero de palacio y le calzara la
zapatilla perdida en el gran baile.
Después
del combate que ganó a Tommy Farr el 21 de Enero de 1938, fue animado
por su esposa Mae para
abandonar definitivamente el mundo del boxeo, retirándose con un
registro de 52 victorias de 84 combates, incluyendo 28 victorias por fuera de
combate y 21 derrotas, pero fue en 1964 cuando el mensajero real apareció en su
casa, calzándole la zapatilla de la celebridad,
permaneciendo desde entonces en el Boxing Hall de la Fama.
Don
Parker,
periodista del New York Daily Mirror escribió acerca de Jim Braddock
y su histórico destronamiento: “la
exhibición de valor que el galante anglo-irlandés exhibió antes de que el
rayo final le golpeara la mandíbula, despertó la admiración y la compasión
en los corazones de toda la multitud”. Bella
alegoría que rubrica el sentimiento popular de admiración y cariño hacia el
hombre que una vez asistió a palacio sin ser invitado, y bailó toda la noche
con el príncipe de la fama.
Nació
el 6 de Diciembre de 1905 en Nueva York. Dejó el colegio a los
catorce años para ponerse a trabajar. Su hermano Joseph que ya
conocía el boxeo en el terreno profesional, le animó para que se adentrara en
el mundo pugilístico.
De
esta manera, a los diecisiete años se estrenó en el boxeo amateur con la
supervisión de su hermano, ganando más de cien campeonatos amateur. Ya
en el mundo profesional, nunca fue derrotado en sus primeros treinta y ocho
combates, siendo destacadas sus victorias sobre Pete Latzo en 1928 y Jimmy
Slattery en 1929, pero su declive se inauguró el 18 de Julio de 1929,
cuando desafió al campeón Tommy Loughram en el Yankee Stadium,
siendo derrotado fácilmente.
Entonces
comenzó a cosechar hasta 1933 una serie de derrotas superiores en número al de
combates ganados, por lo que su nombre fue desapareciendo de las listas de
popularidad.
En
un combate celebrado el 25 de Septiembre de 1933 contra Abe Feldman sufrió
una severa lesión en ambas muñecas. El árbitro no tuvo mas remedio que
detener la desigual contienda, a
pesar de la bravura y pundonor de Braddock, por considerar inhumano el
pelear en estas condiciones. Como
su solvencia económica no le permitió someterse a la operación que necesitaba
para continuar boxeando, tuvo que abandonar el mundo del boxeo.
Mientras
tanto, había contraído matrimonio en 1930 con Mae Fox, con la que tuvo
tres hijos. Fueron momentos muy difíciles, puesto que los desastres de Wall
Street se ensañaron con las familias más humildes. Para alimentar a
su familia, ejerció varias profesiones como jornalero, camarero o estibador en
los muelles de Hudson.
Cuando
la sombra del desempleo le azotaba, recurría
tanto a la ayuda de conocidos, como a la beneficencia. Desgraciadamente,
estos momentos difíciles han sido vividos por muchos púgiles, especialmente
después de su retirada del ring.
Mas
tarde Braddock decidió su vuelta al boxeo, habida cuenta además que se
había curado de la lesión. El 14 de Junio de 1934 dejó anonadada a
toda la multitud que había acudido a Long Island City a presenciar un
disputado encuentro contra John Griffin.
A
partir de aquí su carrera deportiva se colocó en lo mas alto del ranking,
ganando sucesivas confrontaciones, la primera contra John Kenry Lewis el
16 de Noviembre de 1934 y la siguiente contra Art Lasky el 22 de Marzo de
1935, ambas celebradas en Nueva York.
El
13 de Junio de 1935 fue una fecha importante en la vida de Braddock,
proclamándose campeón mundial de los pesos pesados, al vencer en Long
Island City al anterior entorchado Max Baer.
Su
reinado no fue largo - marcado por un ascenso asombroso y una caída también rápida
- pero lleno de constantes desafíos en uun interminable combate contra las duras
condiciones de vida impuestas por la gran depresión.
Así,
el 22 de Junio de 1937 en Chicago, perdía ante Joe Louis su
preciado galardón, no así los 500.000 dólares que le habían sido
garantizados si perdía el combate, mas el diez por ciento de los beneficios
derivados de la promoción de su adversario en los siguientes diez años.
Después
de disputar un combate contra Tommy Farr en Nueva York el
21 de Enero de 1938 y más tarde, otro contra Clarence Burman el 26 de
Marzo de 1941 en Charlotte, se
retiró definitivamente del pugilismo.
Perdió
la fortuna que le había deparado el boxeo, después de haber regentado varios
negocios fallidos. Una vez más, Nueva York frenó sus
dificultades económicas, acogiéndole como digno trabajador, pero esta vez como
engrasador de la maquinaria empleada en el puente Verrazano.
Murió
el 29 de Noviembre de 1974, y a pesar de que se le considera un boxeador
modesto, es una figura popular del boxeo. Sin
duda, la oportuna caracterización de Russell Crowe ha propiciado que el
nombre de Jim Braddock
se haya incorporado al estrellato de los filmes pugilísticos
Ya
los pioneros del cine mostraron sus primeros pasos en el mundo del boxeo, ofreciéndonos
imágenes, desde la más grotesca parodia hasta la más trágica realidad en la
componenda de resultados.
Particularmente
la década de 1940 marcó un hito en la industria
cinematográfica, filmándose las mejores películas de boxeo: “Gentleman
Jim”
(1942) con Errol Flynn en el papel del púgil James
J. Corbett; “El ídolo de Barro“ (1949) caracterizando Kirk
Douglas a un ambicioso y cínico boxeador; etc.
Después
tuvimos la oportunidad de ver la cara oculta del boxeo a través de Humphrey
Bogart en la notable cinta “Mas
dura será la caída“ (1956).
Paul Newman también tuvo la oportunidad de encarnar a Rocky Graciano
en “Marcado por el odio” (1956).
La
irrupción del rockero Elvis Presley, con su extraña mezcla de puños y
baladas en “Piso de lona” (1962),
dejó atónitos a muchos aficionados. Más tarde, un casi desconocido Sylvester
Stallone saltó a la fama con su popular saga “Rocky” (1976) dejando atrás papeles secundarios en
diversas producciones.
También
Robert de Niro aportó su contribución en “Toro
Salvaje” (1980) dando vida a Jake La Motta. Incluso Denzel
Washington, quien fuera compañero de Crowe en el reparto de “Virtuosity”
(1995) dio vida en la pantalla a Reuben Carter con la cinta “Huracán Carter” (1999).
La
alianza entre la meca del cine y el pugilismo ha tenido igualmente otra razón
de peso pesado; así Cassius Clay fue inmortalizado en la pantalla por el
actor Will Smith en la obra testimonial “Ali”
(2001).
Un
día Clint Eastwood se sintió
fascinado por la lectura de un guión cinematográfico, esta vez de una heroína
del ring, y pensó que era una buena historia para llevarla a la gran pantalla. El
drama de “Million dollar baby” (2004) utiliza el pretexto del boxeo
para mostrar la soledad y la melancolía, y cuando suena la campana del ring,
comienza el enfrentamiento de la protagonista con otra realidad, transformando
su sueño millonario en controversia.
Así llegamos hasta “Cinderella Man” (2004) donde Russell Crowe brilla
en espectacularidad, emulando el perfil presionador de James J. Braddock, con
su habitual carga de dinamita.
No cabe duda que la preparación física y la comida
saludable y sin alcohol, han proporcionado a Crowe un cuerpo de campeón.
Por otra parte, la chispa voluptuosa de Renée Zellweger nos
cautiva en una sensual estampa frente a las reacciones viscerales del fornido
actor: A la vez, es el elemento
equilibrador de la trama y el deseo interior por el éxito en forma de belleza.
Nos vuelve a sorprender Crowe con su
deslumbrante interpretación. Su gesto visual irradia la vida de película
de un hombre, cuyo espíritu guerrero le enfrentó a un sinfín de desdichas y
calamidades.
Había una vez una extraordinaria vivacidad
interpretativa de Crowe, idónea para robustecer la fascinante vida de un
hombre sencillo, simpático y honrado. Esa capacidad natural desprendía
el aroma del éxito desde el primer fotograma, mientras una nebulosa estela de
gratos recuerdos se apoderaba de nuestro sentimiento y hacía aparición un
placentero sabor de los locos años
treinta.
Al tiempo, nos sentíamos cómplices con el hombre que
alcanzó el profesionalismo del boxeo de una manera no convencional, celebrando
su triunfo y llorando su derrota. Obviamente, nos dimos cuenta de que,
como también ha ocurrido en muchas películas, tuvo un final feliz. Al
fin y al cabo, lo que importa es que “Cinderella
Man” tiene varias lecturas posibles. Si todavía alguien cree
que “todos fueron felices y comieron
perdices”, tal vez en eso no esté muy descaminado.
El final de cualquier historia llevada al cine, no siempre va acompañado
de tracas y multicolores destellos en el firmamento. La satisfacción de los
espectadores no se mide por los finales apoteósicos, sino por el trabajo
intenso de los actores que se identifican con el personaje que interpretan. La
emulación de Jim Braddock es genial y
nos trae gratos recuerdos del decidido Jeffrey
Wigand (The Insider), del
desafiante Maximus (Gladiador),
del catedrático John
Nash (A Beautiful Mind) y del intrépido Jack Aubrey (Master
& Commander), por citar los personajes mas carismáticos. No
es necesario prender fuego a la mecha de los fuegos artificiales; la fiesta de Russell Crowe no ha terminado y lo veremos nuevamente interpretando
personajes que logran imponerse a la adversidad, bien porque tiene una gran
similitud con ellos o porque tal vez, sea su destino.
Evangelos*