El Sagrado Palacio Imperial de Constantinopla.

Autor: Hilario Gómez

 

Mosaico del Palacio de los emperadores.

Paradojas de la Historia, de uno de los más impresionantes recintos palaciegos jamás construidos apenas quedan restos. Nos referimos al Sagrado Palacio o Gran Palacio Imperial de Constantinopla, que fue la sede del poder bizantino desde el siglo IV hasta el XII.

El Gran Palacio se levantaba en un espacio delimitado, al norte, por la plaza del Augusteón y la gran iglesia de la Divina Sabiduría (Hagia Sophia), al oeste por el Hipódromo y al este por el mar. Continuamente ampliado y restaurado por los distintos emperadores, este conjunto palaciego que comprendía -además de los alojamientos imperiales--, salones de recepciones, patios, jardines, almacenes, cuarteles, arsenales, talleres, iglesias, etc., se extendía en el siglo X por una superficie de unas 40 hectáreas (Constantinopla abarcaba unas 13.000).

Alejo I Comneno (1081-1118) trasladó la sede imperial al Palacio Blanquerna (en el distrito del mismo nombre, al norte de Constantinopla, junto al Cuerno de Oro), y el Gran Palacio fue progresivamente abandonado. En el siglo XII era habitado raramente, siendo principalmente empleado como cárcel para prisioneros de categoría. En el siglo XIII, el palacio ya presentaba grandes deterioros, y en el XIV los emperadores carecían de los recursos necesarios para mantenerlo en pie. Para cuando entraron los turcos en Constantinopla en 1453, del Gran Palacio tan sólo quedaban ruinas. Actualmente, en su emplazamiento puede contemplarse la gran mezquita del sultán Ahmed.

Nuestra mejor fuente de información para saber cómo era el Gran Palacio son los testimonios que nos han dejado sus contemporáneos, ya fuesen emperadores (Constantino Porfirogénito), ya visitantes extranjeros (Liutprando de Cremona). Veremos algunos de esos testimonios, que nos hablan de un palacio digno de un cuento de  Las mil y una noches, y visitaremos con la imaginación algunas de sus estancias, tal y como debían ser a mediados del siglo X, en tiempos de Constantino VII.

Como guía visual, emplearemos la reconstrucción que de tal conjunto palaciego realizó C. Vogt en 1935, a partir de los datos contenidos en el Libro de las Ceremonias de Constantino VII Porfirogénito (913-959). El dibujo muestra el aspecto que, según el autor, mostraba el Gran Palacio en el siglo XII. No es esta, desde luego, la única reconstrucción existente ni necesariamente la más exacta, pero sí es de las más vistosas y sugerentes, junto con las maravillosas reconstruciones en 3D que pueden verse en www.byzantium1200.org.


PASEANDO POR EL GRAN PALACIO

Ante todo, vamos a situarnos. Tomaremos como punto de partida el Augusteon (a) la gran plaza porticada de la que partía la Mése, larga avenida que articulaba la geografía urbana de Constantinopla. Al norte del Augusteon tenemos la gran iglesia de Hagia Sophia (b); al este, el edificio del Senado (c) y al oeste, fuera ya de la plaza, el Milion y las antiguas termas de Zeuxipo (d), que en el siglo X daban cobijo a unos talleres de seda. Finalmente, al sur, la conocida como Puerta de Bronce o Puerta Chalke (e), el antiguo acceso monumental al Gran Palacio.

La Chalke fue reconstruida por Justiniano tras el aplastamiento de la revuelta Niká de 532. La gran cúpula que la remataba fue decorada con mosaicos que mostraban a Justiniano y Teodora recibiendo a Belisario tras su triunfal campaña africana. Más tarde, en el siglo X, se instaló sobre la puerta una pequeña capilla.

Una vez traspasada la Chalke nos encontramos con los cuarteles de la guardia palaciega (Scholae), quedando a nuestra izquierda otro famoso edificio, la Magnaura (f) o Magna Aula, el gran salón de audiencias levantado en tiempos de Constantino en el que fue recibido Liutprando de Cremona -embajador de Otón el Grande- en 968 poor el emperador Nicéforo Focas (963-969). Junto a este edificio, se encontraban también el tesoro imperial y los archivos.

Pero continuemos. Tras dejar atrás los alojamientos de la guardia imperial, podemos ver a nuestra derecha otra gran construcción de planta basilical: el Triclinio de los XIX lechos (g), un gran edificio del siglo IV rematado en ábside que se empleaba como comedor de gala. Frente a este edificio, al otro lado de un patio, se levantaba el Gran Consistorio (h), otra gran sala de recepciones.

Nuestra visita prosigue con el conjunto de edificaciones conocidas como Palacio Dafné (i), en las que se encontraban las residencias imperiales propiamente dichas, y sobre las que gravitó la vida de la Corte hasta que Justino II (565-578) construyó el Chrysotriclinio (l), que veremos más adelante. En este sector también podemos ver el Kathisma (j) o palco imperial, desde el que los emperadores asistían a las ceremonias y carreras del Hipódromo (p).

Sigamos adelante y visitemos ahora la gran obra del emperador Teófilo (829-842), un amplio conjunto en el que destaca la Triconque o Triconcha (k), un salón del trono con tres ábsides rematado por una cúpula dorada y con muros recubiertos de mármol. La Triconcha estaba precedida por un gran atrio conocido como el Sigma, en el que existían fuentes de las que manaban vino y agua perfumada durante las recepciones oficiales. Alrededor de este conjunto se disponían otras estancias, como los alojamientos de las princesas, la biblioteca de Constantino Porfirogénito o las residencias de los eunucos.

Llegamos por fin al antes mencionado Chrysotriclinio (l), el suntuoso salón del trono de Justino II. Se trataba de una gran sala octogonal cubierta por una gran cúpula y un amplio ábside en el que se situaba el trono imperial. Recubierto de mármol y mosaicos, las puertas del Chrysotriclinio eran de plata y se dice que en su centro destacaba una gran mesa de oro.

El Chrysotriclinio estaba rodeado por salones, comedores, dependencias de servicio, oratorios, etc. Una de las estancias más impresionantes era el Kainourgion, salón de planta basilical ricamente decorado edificado en tiempos de Basilio I (867-886). Ricamente decorado, el techo del Kainourgion estaba sostenido por 16 columnas de mármol de Tesalia y 8 de ónice, y sus muros estaban cubiertos por mosaicos que representaban los triunfos militares del emperador.

Contiguo al Kainourgion estaba el Koitón, el dormitorio imperial de Basilio, también cubierto de mármol y delicados mosaicos que le mostraban a él y al resto de la familia imperial. Otra de las realizaciones arquitectónicas de este gran emperador (cuya fascinante biografía daría para una buena novela) fue la iglesia Nea (m), cuyas cinco cúpulas estaban recubiertas de bronce.

Salimos ya del gran complejo imperial y nos dirigimos ahora hacia un bello edificio levantado junto al mar: el Palacio Boukoleon (n), también llamada Casa de Justiniano. Este palacete fue muy empleado hasta el siglo XIII, y destacaba en su fachada una gran terraza abierta sobre el mar.

Bien, ya es hora de ir terminando con nuestra visita. Lo haremos dando un paseo por los jardines hasta llegar al Campo de Polo (o), deporte importado de Oriente por al que los emperadores sentían gran afición.
 

TESTIMONIOS LITERARIOS

Para empezar, nada mejor que las palabras del emperador Constantino VII Porfirogénito. Gracias a este culto y refinado monarca conocemos muchos aspectos de la vida en la corte bizantina del siglo X. En El libro de las ceremonias, Constantino nos describe con detalle el ceremonial imperial del período macedónico, que tenía como  marco los salones, oratorios, atrios y corredores del Palacio Imperial:

«La víspera de cada fiesta, los prepósitos acuden a recibir órdenes del Emperador. Estos, según las circunstancias, encargan organizar una procesión o un cortejo [...]. Al día siguiente, los soberanos salen de sus habitaciones [...]. Hacen las primeras devociones delante del mosaico que, en el ábside del Chrysotriclinio, muestra a Jesús sentado. De allí pasan a la Sigma, donde reciben homenaje de los eunucos y barbados de Palacio. Luego van a la capilla de San Esteban de Chalke, donde está la cruz de Constantino. Allí, los servidores cubren al autócrata con el manto resplandeciente y le ciñen la corona. Así engalanados para la procesión, los Augustos y su séquito se sitúan en el pórtico de entrada del Palacio Dafné [...]. Allí se lavan las manos y reciben a las comisiones de procónsules, patricios, senadores y estrategos [...]»

En otra de sus obras Vida de Basilio (biografía de su abuelo, Basilio I), Constantino nos describe el Kainourgion, la lujosa estancia mandada construir por su ilustre predecesor:

«[La nave] se levanta sobre dieciséis columnas en hilera, ocho de piedra verde de Tesalia, seis de oniquita, decoradas por el escultor con formas de viña y en su interior con figuras de varios animales. [...] Desde las columnas hasta la parte superior del techo, así como en la cúpula oriental, todo el edificio ha sido embellecido con mosaicos de oro. Se muestra en él al creador de esta obra sentado en lo alto, escoltado por los generales que lucharon a su lado y que le ofrecen como regalo las ciudades que ha conquistado [...]»

El Koitón, el suntuoso dormitorio de Basilio, es también descrito en detalle. En el pavimento de mármol jaspeado, un mosaico mostraba a un pavo real encerrado en un medallón del que parten adornos radiales de mosaico entre los que había aguilas imperiales. Otros mosaicos en las paredes mostraban a la familia imperial, junto a inscripciones como esta, que acompañaba a las imágenes de los príncipes:

«Te damos gracias, Verbo de Dios, por haber librado a nuestro padre de la pobreza y haberlo ungido como  a David, guardándolo como a nuestra madre y recíbelos en tu gloria»

Ya hemos mencionado anteriormente la fuente del Sigma, de la que manaba vino y agua. Veamos lo que El Continuador de Teófanes nos dice de ella:

«A la hora de las recepciones, la fuente se llenaba con pistacho y almendras, así como piñas, mientras vino picante fluía desde el cono para disfrute de todos aquellos que estaban aquí [...]»

Por último, aquí tenemos un famoso pasaje de Liutprando de Cremona sobre la corte de Nicéforo Focas:

«Delante del trono del Emperador había un árbol de bronce recubierto de oro, cuyas ramas estaban llenas de pájaros de diversas especies de bronce dorado, que emitían diferentes cantos según su especie. El trono del Emperador estaba construido de tal manera que en un momento dado parecía como muy bajo, y en otro momento se elevaba en el aire. Su tamaño era muy grande y estaba defendido por leones de bronce o de madera recubierta de oro, que batían el terreno con sus colas y emitían un rugido con la boca abierta a la vez que movían la lengua»

A la luz de testimonios como este, es evidente que el Gran Palacio de Constantinopla debía ser un lugar fascinante, pero también sorprendente. Lamentablemente, sólo podemos verlo con los ojos de nuestra imaginación.
  


© Hilario Gómez Saafigueroa, 2000
hgomez@inicia.es

 

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