El bulgaroctonos.
A esta altura del año 1004 la guerra ya estaba prácticamente ganada por Bizancio; de esto da cuentas por ejemplo la traición de Dirrachium, que se pasa al bando bizantino en 1005, porque sabían que no tenían oportunidad de vencer del lado de Samuel.
La guerra planteada por el emperador estuvo muy alejada de las costumbres de los anteriores jefes bizantinos, pues estos solían atacar en las estaciones cálidas y volver en invierno a Constantinopla, un poco para controlar los acontecimientos siempre impredecibles de la corte y la nobleza y otro poco para descansar y darse fuerzas para proseguir en cuanto el tiempo lo permitiera.
Basilio II no dudó en estar cuatro años en el campo de batalla, cuatro inviernos completos antes de volver, porque se había trazado un plan y no cesó en su esfuerzo hasta cumplirlo, con una determinación envidiable, una inteligencia prodigiosa para desarmar a su enemigo en los puntos vitales y una energía incomparable que no hizo caso de las inteligentes movidas de Samuel, ni de su conocimiento del terreno, ni de las maniobras tácticas de distracción que el zar búlgaro utilizaba con gran arte y suma audacia.
Sin lugar a dudas, el ejército bizantino superaba en orden, disciplina y técnica al ejército búlgaro; además la movilidad que le dieron sus comandantes fue fundamental, y los itinerarios recorridos rápidamente y siempre impredecibles, las técnicas de asedio a las plazas fuertes más importantes y la moral alta de los soldados dispuestos a seguir a su gran líder hasta el límite que este marcara, fueron fundamentales en esta guerra.
Los siguientes diez años de guerra encontraron a Samuel resistiendo en distintas zonas que más o menos dominaba, pero su imperio era ya un simple recuerdo; su resistencia, a base de una gran movilidad y de permanentes escaramuzas, no dio lugar a ninguna gran batalla hasta el año 1014, donde en Julio el ejército bizantino lo acorrala en un pasaje de la cadena montañosa del Clidion en la región de Strymon.
Allí su ejército es masacrado por los bizantinos, pero Samuel huye en situación desesperada hasta Prilep, que todavía conservaba.
Basilio II, ahora más seguro que nunca de su victoria total, tiene un verdadero ataque de crueldad, tal vez motivado por la dilación del término de una guerra que le había costado buena parte de su vida, y es cuando ordena que la gran cantidad de prisioneros búlgaros (según Skylitzes: 15.000, según Kekaumenos: 14.000, aunque ambas puedan ser un tanto exageradas) sean cegados, menos uno de cada cien, que harán de guías para llevarlos a Prilep.
Esta crueldad era el broche final para una guerra que ya le había sido favorable hacía mucho tiempo, y confirmó el apodo que ya hacía tiempo se había ganado el emperador: matador de búlgaros, el bulgaroctonos.
Samuel, que era un gran soldado pero no había podido hacer otra cosa que resistir como podía al emperador durante todos estos años, seguramente amaba a los búlgaros; cuando vio venir a los contingentes de ciegos que llegaban a Prilep sufrió un desmayo que lo hizo caer al suelo.
Dos días después moría el gran zar búlgaro, el 6 de Octubre de 1014.
Sin embargo, sus sucesores se empeñaron en seguir el curso de la guerra; su hijo Gabriel Radomir fue víctima con su mujer y su cuñado Juan Vladimiro de un atentado que les costó la vida en 1015, y el instigador del asesinato, su primo Juan Vladislav se hace coronar zar y continúa las hostilidades.
El ejército bizantino fue tomando parte por parte el territorio que todavía dominaba Vladislav, que con su muerte al intentar atacar Dirrachium marca el fin definitivo de la guerra.