|
DOS POEMAS DE: Yolanda Westphalen
MARINA
El amanecer se agiganta sobre el bosque de mástiles.
La hierba húmeda palpita de nostalgia
en un silencio oscuro y miserable
Tu cuerpo es una larga figura geométrica
absurdamente azul.
Redes gigantes se despedazan sobre la playa.
Gritas.
Tu voz se diluye como un náutico espejismo
sobre el mar.
XX
Laureles encendidos
acarician
las estrellas
Un coral viene y vá
como pétalo en el mar.
¿De dónde serás tú hoy
presencia
dulce niebla
hondo olvido?
Desde el ayer crecido entre la bruma
se agiganta el dolor de la distancia.
El eco del mar, se vuelve espuma.
Y tú ¿Por qué camino de viento
irás creando
catedrales absurdas
poliedros sin aristas
arcángeles sin alas?
DOS POEMAS DE: Armando Arteaga
S.E.ú O.
Cruzo la calle
de siempre
i todavía
estoy en mi calle
donde te ausentas o me esperas, donde
se puso a sonreir
la tarde con la música, la tristeza
i esa ilusión
de gentes
cuyos sueños se han muerto o se han ido
de pronto
a guardarse en roperos, oh moronda
quién te viera, mi borrasca
eh bandolera
a distancia
mientras
cae la lluvia
cae la lluvia
i otra vez el silencio, el desierto
el invierno
soy un pop singer
i eres mi hit
mi blend de amor contra la guerra, el gong
el bip bop
mi bosquejo
de la noche
i oh mis dedos tecleando una rémington
i Sylvia Plath i Anne Sextón
tecleando una rémington
i Erika Jong tecleando una rémington
nk nk nk nk
nk estallar, estallar, la ciudad va a estallar:
(echemos abajo la estación del tren, Los Saicos)*
descubrir mil bellezas lingüisticas
zas, diaforético, mis alergias
i mis tentaciones
suben
i bajan escaleras
o me tumbo
a la cama vacía
i este minuto
que no pasa enciende
un cigarrillo i se detiene:
"vieja y neurótica, mi profesora.
Probablemente nacida en Nueva York"
(C.F.: Lawrence Ferlinghetti)
11:35 p.m./o esta vibración que me trae
solitariamente
a mi calle
i además hace frío.
Diciembre, 1974
* Los Saicos, Conjunto de rock peruano en boga desde fines de la década de los 60s hasta fines de los 70s.
DE UNA MUCHACHA
(A LA MANERA DE KENNETH KOCH)
Estabas vestida con tu blusa de percal a cuadros
Y en cada uno de los cuadros en que tu blusa estaba dividida
había un retrato de César Vallejo
Tus cabellos eran negros y estabas bella. Me preguntaste:
¿Es que
la mayoría de los muchachos creen que casi todas las chicas
son malas?
Sentí el olor a perro muerto de tu casa en el 6to. piso
de la Residencial San Felipe y en tus
cabellos
adornados por una vincha metálica que bien podría ser de
Georgette
habían alondras.
Eras un daguerrotipo "No,
No", dije: "Son las chicas que creen que los muchachos
son malos".
Hubo confusión. El fontanero llamó a la puerta
y luego hojeamos un Vogue juntos
Y empezamos a dar vueltas en el baño, tantas, que ensucié
mis zapatos de gamuza
mientras el Boby movía la cola
y ladraba tras un esférico de básquet.
Tu mamá se paseaba por la sala de estar, tarareando un tango
de Gardel
y arreglando un florero.
Esperamos un poco desde la terraza y luego nos unimos a ella
en la cocina
para tomar el té en tazas pintadas
por la hermana de Sérvulo Gutierrez. Tu papá entró
esquizofrénicamente
hablando
con sus anteojos a lo Martín Adan: "Qué tal
un trago todos?...
otro trago, una mosca, una mosca en busca de miel...
Fue entonces que empezamos a aburrirnos
Te dije: "Bajemos a caminar afuera un rato" "o tirémonos por
la ventana".
En la calle, echamos a caminar hacia el supermarket
y te compraste un Billiken
un chicle
un lapicero. Oh, de eso hace ya bastante tiempo.
Agosto, 1975.
LA ESTACION DE NUESTRO AMOR
I
Jorge Espinoza Sánchez
Dormías como un suspiro perdido en el espacio
retozando en las playas de océanos viejos y
/desconocidos
jugando con la brisa
que aquella tarde era un amor lejano
querías para tus recuerdos como en los cuentos
que escuchabas de niña
urnas de cristal en medio de algún bosque
/encantado
el pasado extendía para ti sombras cada vez
/más lejanas.
Gemías cuándo tus sueños juveniles
despeinaban dulcemente tus cabellos
querías flotar en el tiempo de la Atántida
coronada en algún reino mítico
3,000 años antes del dolor
y avanzabas batiendo rítmicamente
tu cuerpo de gacela perdida en los reinos de
/Enrique IV.
No querías recordar pero tus cabellos
mecidos por el silencio
lloraban al compás de una melodía de Joan Báez
te perseguían cinco continentes extasiados
pero nadie osaba tocarte
una noche mi ilusión te hizo fulgurar
en el cielo más lejano allá donde no alcanza mi
/mirada
muchas noches de desesperación acabaron por gritarme en pleno rostro
como el corcho indiscreto de una íntima champaña
/francesa
muchos siglos mis sueños durmieron
como un poema escrito en la playa
allá donde no pueden alcanzar las olas.
Sólo el continente de tu mirada
osaba despertarme de tarde en tarde.
DOS POEMAS DE: Porfirio Mamani Macedo
EXTRANJERO
Como ayer, no haz de esperar a nadie,
viejo caminante del desierto.
Mirarás el espejismo de tu propio laberinto
y nadie, en la dudosa noche,
ni siquiera el viento dispersará
el polvo que en tus ojos ya reposa.
Lejos están los valles, lejos los ríos
que una vez guiaron tu llegada.
No habrá ruidos ni sombras
en los prados de la noche.
Sólo tú, entre las rocas,
una puerta buscarás para salvarte,
y nada encontrarás en el vacío
que a tus ojos ofrecerá el cielo.
Volverás como vuelven
las aves a posar su vuelo en las orillas.
Sentirás el aire descompuesto
que inunda las ciudades.
Querrás encontrar lo que soñabas
mas nadie oirá tu llanto peregrino,
ni la voz que derramando vas por el camino.
Tan profundas son las noches en tus sueños,
tan profundas son las noches en tus ojos,
tan inmenso es el camino,
que con dolor te falta recorrer.
No me busques, extraño caminante,
pues nada ofrecerte podría si me encuentras.
Ciegos están mis ojos, ciega mi memoria.
Yo, como tú, busqué una piedra para cobijar mi soledad;
nadie en esta tierra abrió sus brazos para estrechar
mi corazón, mi viejo corazón desconocido.
Mas veo que tercamente sigues,
rodando en el silencio tu palabra;
cruzando parques y jardines y ríos
que sólo tú, caminante, miras,
como yo miro aquella indescifrable nube,
que pesadamente arrastra el viento,
sin saber dónde abandonarla.
Se incendiará la noche una vez más,
con el reflejo que de tus lágrimas,
te dará la desventurada,
aurora que no verás pasar,
cuando tú pases como Angel solitario.
El sudor que de tus sienes
verterás en el desierto,
humedecerán tal vez,
las palabras que entre dunas,
vas sembrando sin saber,
el destino que a cada una de ellas les espera.
Tan estrechos son estos caminos,
tan amplia tu palabra,
raro caminante,
que en la bruma del tiempo no te pierdes.
Todo el que mira tu silencio,
mira también los pasos que das en el desierto.
Qué podría darte yo,
amigo de la noche,
hoy cuando te acercas a mi lado.
Nada conservé en este viaje,
tan solitario como el tuyo.
Sólo podré heredarte mi palabra,
mas no sé que podrás hacer con ella,
si cobijar no podrán jamás,
tu silencio y tu dolor.
París 5/5/01
VOZ A ORILLAS DE UN RIO
1
Elementales las palabras y mis ojos:
transparentes a la lluvia y al olvido.
Y mi piel como costra que malogra
las rayas imborrables del tiempo:
el tiempo que soy yo afuera.
Palabras que no volverán a ver mis ojos negros.
Sueño que vuelve como río sin destino.
2
Ostensible todo
se borra con tus ojos.
Una lluvia amarga
invade nuestros pechos.
Nada nos devuelve el calor
mas no el tiempo.
Los caminos nos unen
y también extrañamente nos separan.
El ayer se distancia con nosotros.
El ayer se suma también a nosotros.
3
El calor, el aire muerto y la mañana,
puertas que nos sugieren laberintos:
piedras que dejan polvo en mis manos.
Invento una noche para comprender mi nombre.
Ya no espero a los que se han ido.
Estirando mis manos hacia el agua,
me pierdo.
Queriendo vencer mi sueño, me vence
el tiempo, verdugo de mi cuerpo.
|