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Poetas peruanos contemporáneos - verso libre por Javier Sologuren y Cecilia Izquierdo. Balada para un caballo de Jorge Pimentel  
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LA VISITA DEL MAR

Javier Sologuren

Soy un cuerpo que huye, sombra que madura
con un murmullo de hojas en tu mirada
igual al mediodía cruel y esplendoroso:
mar, ala perdida, párpados de nieve,
casto sonámbulo entre materias corrompidas,
ola sedosa en que tristemente espejeo.

Toda palabra es mía cuando estoy en la orilla
de tus ojos, mar, todo silencio es mío.

Extraño huésped que me dejas turbado,
instante en que habito sólo lentamente,
dichoso, melancólico, desierto, penetrante.

No estoy en mí, no soy mío, viento son mis ojos,
mar, ahora que se miran, ahora que tu rostro
me alza largamente despierto en el vacío,
blanco corcel yo mismo inmaterial, desnudo.

Pasos furtivos, mar, hacia tí me conducen
cuando la noche es en tí una hoja de palma
y mi cuerpo no es sino blandísima nieve,
llorosa sombra, triunfante peso de oro.

En la altitud de la noche abro una ventana.
En mis ojos el sueño es un juguete de hielo,
una flecha preciosa que no alcanzará a herirme.

(Oído visible de la estrella, registradme).

Mar, desde tu pecho abre sus venas la zozobra,
canta el fuego fugaz de solitarias perlas,
mudo rayo terrestre me quema hasta el cabello.

El aire de la noche, tus dedos ciegos, celestes;
tu profunda seda, mar, ardiendo quietamente.

(La hermoza luz ya viene en unos pies danzando).

Playa pura, final, mar, donde no somos
sino un fantasma entre las flores de la aurora.

	    BALADA PARA UN CABALLO

	          Jorge Pimentel

Por estas calles camino yo y todos los que humanamente
				caminan.
Por esencia me siento un completo animal, un caballo 
				salvaje 
que trota por la ciudad alocadamente sudoroso que va 
				pensando 
muy triste en ti muy dulce en ti, mis cascos dan contra 
				el cemento de las calles.
Troto y todo el mundo trata de cercarme, me lanzan 
				piedras y me lanzan sogas
por el cuello, sogas por las patas me tienden toda clase 
				de trampas en un laberinto
endemoniado donde los hombres arman expediciones 
				para darme caza
armados con perros policías y con linternas y cuando 
				esto sucede
mis venas se hinchan y parto a la carrera a una velocidad 
				jamás igualada
por los hombres; vuelo en el viento y vuelo en el polvo. 
				Visiones maravillosas
aparecen ente mis ojos.  Y vuelo y vuelo.  Mis extremidades 
				delanteras
ejercen presión sobre las traseras y paralelamente a un 
				mismo ritmo
antes de asentarse en el polvo retumban en la tierra.  
				Relincho.  Y mi cuerpo
va tomando una hermosísima elasticidad, me crecen 
				pelos en el pecho
y es un pasto rumoroso el que se ondea y es una música 
				y es un torbellino
de presiones que avanzan y retroceden en mi vuelo.
				Atrás van quedando
millares de kilómetros y sigo libre.  Libre en estos 
				bosques dormidos
que despierto con el sonido de mis cascos.  Piso la mala 
				yerba
y riego mis orines calientes, hirviendo en una como especie
				de arenilla.

Descanso a mis anchas, bebo el agua de los rios, muerdo
				yerba tallos, rumio.
Mis mandíbulas se ejercitan.  Muevo mi larga cola espantando
				a los mosquitos.
Los guardacaballos vigilan desde la copa de los árboles.
				Caen las hojas secas.
Los días se suceden y suelo dar suaves galopes hacia la 
				vida.
En invierno los senderos se hacen tortuosos; el fango
				todo lo invade.
Para el frío utilizo cabañas abandonadas, cuevas en los
				cerros que me resguarden
de las tormentas.  Yo observo la lluvia desde mi cueva.
				Cae la lluvia
y todo lo moja. Con este tiempo suelo galopar poco 
				cuidándome
de algún desgarramiento.  Muchas veces me siento solo
				y llego hasta
los helechos de los ríos para pensar muy dulce en ti
				muy triste en ti
y voy galopando bordeando el río añorando alguna
				yegua que llegó
a correr en pareja conmigo.  A veces los niños que vagan
				sueltos por las campiñas
mientras sus padres realizan tareas de recolección o
				labranza me montan a pelo
y solemos recorrer ciertas distancias, ganando los años,
				aumentándolos.
De ellos sí recibo algún trozo de azúcar.  En el verano el
				sol se pone rojo
y se hace presente con su alegría y los habitantes de
				los bosques y campos
suelen saludarme con el sombrero o con la mano.  Yo les
				contesto con un relincho
parándome en dos patas.  Y con la luz solar que todo lo
				invade suelo dar galopes
hacia la vida.  Allí
donde mi presencia es esperada me hago realidad.  Allí
donde ni un sueño se revela me hago realidad.  Me hago 
				realidad
esos ojos que están cansados de ver las mismas cosas.
				Y es en verano
cuando la vida se enciende y mis cascos recogen la hermosura
				de la tarde
y asciendo a las cumbres donde diviso extensiones de mar
				de cielo de tierra.
Mi figura domina la naturaleza.
Cruza por el cielo un escuadrón de tórtolas.
Cae la noche.
Mi sombra se recobra.
Las ramas crujen.
Y por un instante pensé muy triste en ti muy dulce en ti.
Cae la noche en estos bosques.  Pareciera que la piedra
				se difunde con la noche
se propaga se manifiesta.  Y toda la noche he ido creciendo.
				Y crecía y crecía.
aún más aún más ¿Hasta dónde crecerás?  No tienes miedo.
				No, contesté.
Soy libre.
El día, el nuevo día como algo fresco se anuncia solo.
Por esta época del año suelen cruzar manadas de caballos
				ahuyentados
y en busca de nuevos campos.  Recuerdo que logré darles 
				alcance
y me contaron que lograron salvarse de una cacería
				emprendida contra ellos
para mandarlos a vivir a un potrero y luego de ser sometidos
				al cubo de agua
y a la alfalfa son obligados en los hipódromos a correr
				distancias de 1,000,
2,500, 5,000 mts. y no eres libre de correr sino que te 
				dopan
te colocan descargas eléctricas, te manosean, te latigan
				con una fusta

despellejándote.  Y así durante un buen tiempo mientras
				ves acumuladas
alforjas de oro y plata.  Hasta que llega el momento de ser
				sometido
a la reproducción arrinconándote a una yegua a la vista
				y paciencia de todos
sin intimidad en una mañana de tinieblas y poca luz y
				luego te separarán
de tu yegua y potranco y pasarás tus años inmisericorde
				como padrillo viejo
y cuando manques te dispararán un balazo en la sien.
Ya había galopado un buen trecho con la manada 
				que huía despavorida
y me dijeron que probablemente para el invierno 
				pasarían por aquí
para ir más al norte.  Y se alejaron a la carrera.
Yo sabía lo que le sucede a un caballo en la ciudad.
				Y por ello me mantengo
alejado de ella.  Pero a veces me interno y sucede lo que
				tiene que suceder.
Pero si yo me rebelo y persisto y amo terriblemente mis
				posibilidades
de realizarme en un medio donde la civilización se mata
				y permanecen
odios prefiero ser caballo.  Mojaré
la tierra con mis orines calientes hirviendo con estas
				ganas inmensas de vivir
y me uniré a las manadas para galopar hacia la vida
				para mantenernos
unidos y vencer para no estar solos para volvernos
				verdes-azules
amarillos-anaranjados-rojos y trotar hacia el nuevo
				aire fresco
y el campo sin límites.
Seré libre así y al menos mis guardacaballos cuidarán 
				de mí
y de mi yegua
		y de mi potranco.
	      RETORNO

	Cecilia Izquierdo Rios

	Debemos volver
	llevando alegría
	brindando amor
	y sonriendo
		saludar
		a la yerba
		desde el borde
		de la risa y el llanto
			afirmar
		ante el río enfurecido
		que hoy la luz ha recuperado
		su antigua comarca
		templo de amor redimido
		en la mágica poesía. 

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