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Orión - ezine de Divulgación Literaria
Cuentos Escogidos de la Literatura Universal
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BABILONIA REVISITED - segunda parte

Cuento

Scott Fitzgerald

Charlie no puede liberarse del pasado

Despertó sintiéndose feliz. La puerta del mundo estaba abierta otra vez. Hizo planes, trazó panoramas, futuros para Honoria, pero de pronto se entristeció, recordando todos los planes que había hecho con Helen. Ella no tenía planeado morir. Lo importante era el presente: un trabajo que hacer y alguien a quien amar. Pero no amar demasiado, pues Charlie sabía el daño que un padre puede inferir a una hija o una madre a un hijo cuando se apegan demasiado a ellos. Después, cuando se se encuentra en el mundo, el chico busca en el cónyuge la misma ciega ternura y, como es probable que no la halle, se vuelve contra el amor y la vida.
Era otro día luminoso, vigorizante. Llamó a Lincoln Peters al banco en que trabajaba y le preguntó si podía contar con llevarse a Honoria cuando se fuese a Praga. Lincoln admitió que no había motivos para demoras. Una cosa: la tutoría legal. Marion quería conservarla un tiempo más. Todo eso la había trastornado, y todo resultaría más fácil si sentía que tenía la situación en sus manos durante otro año. Charlie aceptó, pues sólo quería a su hija, visible, tangible.
Luego, la cuestión de la institutriz. Charlie, sentado en una lúgubre agencia, conversó con una malhumorada bearnesa y con una rolliza campesina bretona, a ninguna de las cuales habría podido soportar. Había otras, a quienes entrevistaría al día siguiente.
Almorzó con Lincoln Peters en Griffons, tratando de contener su alegría.
-No hay nada como el hijo propio- dijo Linnncoln-. Pero espero que entiendas también lo que siente Marion.
-Se ha olvidado de lo mucho que trabajé alllá, durante siete años -respondió Charlie-. Sólo se acuerda de una noche.
-Una cosa más. -Lincoln vaciló-. Mientras tú y Helen corrían por Europa, malgastando dinero, nosotros nos las arreglábamos apenas para vivir. No me tocó nada de la prosperidad, porque jamás avancé lo bastante para pagar otra cosa que mi seguro. Creo que Marion sintió que había algo de injusticia en eso... tú ni siquiera trabajabas al final, y te enriquecías cada vez más.
-Se fue tan rápido como vino -dijo Charlie..
-Sí, gran parte de eso quedó en manos de los chasseurs y saxofonistas y los maitres; bueno, la gran fiesta ha terminado. Te lo digo para explicarte lo que siente Marion en relación con esos años locos. Si pasas por casa alrededor de las seis, antes que Marion esté demasiado cansada, arreglaremos los detalles allí mismo.
De regreso a su hotel, Charlie encontró un pneumatique que había sido remitido desde el Ritz, donde dejó su dirección con el fin de encontrar a cierta persona.

Querido Charlie:
Te mostraste tan extraño el otro día, cuando te vimos, que me pregunté si había hecho algo que te ofendiera. No tengo conciencia de haberlo hecho. En realidad, pensé mucho en ti, el año pasado, y en el fondo de mis pensamientos estaba siempre la idea de que podría verte si iba allá. Pasamos tan buenos momentos en esa loca primavera, como la noche en que tú y yo robamos el triciclo del carnicero, y la vez que tratamos de visitar al presidente y tú tenías el ala del sombrero y el bastón de alambre. Ultimamente todos parecen tan viejos, pero yo no me siento nada envejecida. ¿No podríamos vernos hoy, en algún momento, para recordar tiempos pasados? Ahora tengo un tremendo dolor de cabeza, pero esta tarde me sentiré mejor y te esperaré a eso de las cinco en el bar del Ritz.
Siempre con cariño,
Lorraine.

Su primer sentimiento fue de horror al pensar que en sus años maduros hubiese podido robar un triciclo y pedalear con Lorraine por la Etoile, entre las últimas horas de la noche y el alba. Retrospectivamente, resultaba una pesadilla. Dejar en la calle a Helen no concordaba con ningún otro acto de la vida, pero el incidente del triciclo, sí; era uno de tantos hechos similares. ¿Cuántas semanas o meses de libertinaje hacían falta para llegar a ese estado de absoluta irresponsabilidad?
Trató de imaginar qué le parecía entonces Lorraine: muy atrayente. Helen se sentía muy desdichada al respecto, aunque no decía nada. La víspera, en el restaurante, Lorraine le había parecido vulgar, borrosa, gastada. Decididamente, no quería verla, y se alegró de que Alix no hubiese revelado la dirección de su hotel. En cambio, resultaba un alivio pensar en Honoria, en domingos pasados con ella, y en decirle buenos días y saber que estaba allí, en casa, por la noche, respirando en la oscuridad.
A las cinco tomó un taxi y compró regalos para todos los Peters: una traviesa muñeca de paño, una caja de soldados romanos, flores para Marion, grandes pañuelos de hilo para Lincoln.
Cuando llegó al departamento vio que Marion había aceptado lo inevitable. Lo saludó como si fuese un miembro recalcitrante de la familia, antes que como un extraño peligroso. Honoria había sido informada de que se iba; Charlie se alegró de que el tacto de la niña la hiciera ocultar su excesiva dicha. Sólo en su regazo le susurró su placer y la pregunta "Cuándo", antes de ir a reunirse con los otros chicos.
El y Marion estuvieron a solas durante un minuto en la habitación, y en un impulso, Charlie habló con osadía:
-Las pendencias de familia son cosas amargggas. No se desarrollan de acuerdo con reglas. No son como los dolores o las heridas; se parecen más a rasgaduras de la piel, que no curan porque no hay material suficiente. Me gustaría que tú y yo tuviéramos mejores relaciones.
-Algunas cosas resultan difíciles de olvidaar -respondió ella-. Es un problema de confianza. -No había respuesta para esa información. Luego ella preguntó: ¿Cuándo te propones llevártela?
-En cuanto consiga una institutriz. Teníaaa pensado irme pasado mañana.
-Es imposible. Tengo que poner sus cosas en condiciones. No podrá ser antes del sábado.
Charlie cedió. Al regresar, Lincoln le ofreció una bebida.
-Tomaré mi whisky del día -dijo Charlie. El ambiente estaba cálido, era un hogar, gente reunida junto al fuego. Los chicos se sentían muy seguros e importantes; la madre y el padre estaban serios, vigilantes. Existían para ellos cosas más importantes que la visita de él. Una cucharada de remedio tenía, al fin de cuentas, más importancia que las tensas relaciones entre Marion y Charlie. No eran gente chata, pero se encontraban presos de la vida y las circunstancias. Se preguntó si no podría hacer algo para sacar a Lincoln de su rutina del banco.
Un largo timbrazo en la puerta de calle; la bonne a tout faire cruzó la sala y siguió por el pasillo. La puerta se abrió junto con otro timbrazo, luego hubo voces y los tres que se encontraban en el salón permanecieron a la expectativa. Lincoln se movió para que el corredor quedara dentro de su campo de visión, y Marion se puso de pie. La criada regresó, seguida de cerca por las voces, que bajo la luz se convirtieron en Duncan Schaeffer y Lorraine Quarles.
Estaban alegres, reían, lanzaban risotadas. Durante un momento Charlie se quedó atónito, incapaz de entender de dónde habían conseguido la dirección de Peters.
-¡Ahhh! -Duncan agitó el dedo picarescamennnte ante Charlie-. ¡Ahhh!
Ambos dejaron otra cascada de risas. Ansioso y desconcertado, Charlie les estrechó la mano con rapidez y los presentó a Lincoln y Marion. Esta saludó con un movimiento de cabeza, casi sin hablar. Había retrocedido un paso, hacia el fuego; su hijita estaba junto a ella, y Marion le pasó un brazo sobre los hombros.
Con un creciente disgusto ante la invasión, Charlie esperó a que los recién llegados se explicaran. Al cabo de un esfuerzo de concentración, Duncan dijo:
-Vinimos a invitarte a cenar. Lorraine y yo insistimos en que tiene que terminar todo este asunto de la cautela y el secreto de tu dirección.
Charlie se acercó a ellos, como para obligarlos a retroceder hacia el corredor.
-Lo siento, pero no puedo, Díganme donde piensan estar y les telefonearé dentro de media hora.
No les produjo impresión alguna. Lorraine se sentó de súbito en el brazo de un sillón y concentrando la mirada en Richard exclamó:
-¡Oh, que chiquillo encantador! Ven aquí... -Richard miró a su madre, pero no se movió. Con un perceptible encogimiento de hombros, Lorraine se volvió hacia Charlie.
-Ven a cenar. Estoy segura de que a tus prrimos no les molestará. Te veo tan poco...
-No puedo -repuso Charlie con sequedad-. Vayan a cenar ustedes, y yo los llamaré.
La voz de ella se volvió desagradable.
-Está bien, nos iremos. Pero recuerdo unaaa vez que golpeaste a mi puerta a las cuatro de la mañana. Fui lo bastante comprensiva como para darte un trago. Vamos Dunc.
Todavía con movimientos lentos, con el rostro vago, colérico, los pasos inseguros, se retiraron por el corredor.
-Buenas noches -dijo Charlie.
-¡Buenas noches! -exclamó Lorraine con énfaasis.
Cuando volvió al salón, Marion no se había movido, sólo que ahora su hijo se encontraba de pie, dentro del círculo del otro brazo. Lincoln continuaba meciendo a Honoria de izquierda a derecha, como un péndulo horizontal.
-¡Qué insolencia! estalló Charlie-. ¡Que enorme insolencia!
Nadie le contestó: Se dejó caer en una butaca, tomó su vaso, lo volvió a dejar y dijo:
-Gente a la cual hace dos años que no veo y que tiene el colosal descaro...
Se interrumpió. Marion había exclamado "¡Oh!" en una veloz y furiosa explosión de sonido; hizo un movimiento brusco con el cuerpo y salió de la habitación.
Lincoln dejó a Honoria con cuidado en el suelo.
-Chicos, vayan y empiecen a tomar la sopa -dijo, y cuando obedecieron continuó, hablando a Charlie-: Marion no está bien, y no puede soportar golpes. Ese tipo de personas la enferman físicamente.
-Yo no les dije que vinieran. Le habrán soonsacado tu nombre a alguien. Deliberadamente...
-Bueno, es una lástima. Eso no ayuda para nada. Perdóname un momento.
A solas, Charlie se quedó sentado, tenso. En la habitación vecina podía oir a los chicos comiendo, hablando en monosílabos, olvidados ya de la escena que se había desarrollado entre los mayores. Oyó un murmullo de conversación en una habitación más lejana y después el tintineo de un tubo telefónico descolgado, y presa de pánico se dirigió al otro extremo de la habitación, para no escuchar.
Un minuto más tarde volvió Lincoln.
-Mira, Charlie, creo que será mejor que nooos olvidemos de la cena de esta noche. Marion se siente mal.
-¿Está enojada conmigo?
-Más o menos -respondió él con rudeza. No es fuerte y...
-¿Quieres decir que ha cambiado de opiniónnn con respecto a Honoria?
-En este momento se siente muy dolorida. No sé. Telefonéame mañana al banco.
-Querría que le explicaras que jamás se me ocurrió que esa gente vendría aquí. Estoy tan enojado como ustedes.
-Ahora no podría explicarle nada.
Charlie se puso de pie. Tomó su sombrero y abrigo, y salió al corredor. Luego abrió la puerta del corredor y dijo con voz extraña:
-Buenas noches, chicos.
Honoria se puso de pie y corrió alrededor de la mesa para abrazarlo.
-Buenas noches, querida -dijo él con tono vago, y luego, tratando de hacer su voz sonara más tierna, tratando de conciliar algo-: Buenas noches, queridos.

V

Fue directamente al bar del Ritz, con la furiosa idea de buscar a Lorraine y Duncan, pero no estaban allí, y se dio cuenta de que, sea como fuere, nada podía hacer. No había tocado su bebida en lo de Peters, y pidió un whisky con soda. Paul se acercó para saludarlo.
-El cambio es grande -dijo con tristeza-. Tenemos la mitad de clientes que antes. He oído hablar de muchos que en Estados Unidos lo perdieron todo, quizá no en el primer colapso de la Bolsa, pero sí en el segundo. Tengo entendido que su amigo George Hardt perdió hasta el último centavo. ¿Usted ha vuelto a Estados Unidos?
-No, estoy trabajando en Praga.
-Oí decir que había perdido mucho dinero enn la Bolsa.
-Sí -y agregó con acento tétrico-, pero desspués, con el auge, perdí todo lo que tenía.
-Vendió todo lo que tenía...
-Algo por el estilo.
Una vez más, el recuerdo de aquellos días lo barrió como una pesadilla: la gente que habían conocido en los viajes, gente que no sabía sumar una columna de cifras o pronunciar una frase coherente. El hombrecito con quien Helen consintió en bailar en la fiesta del barco, y que la insultó a tres metros de la mesa; las mujeres y jovencitas que eran sacadas de lugares públicos, chillando, repletas de bebidas o drogas...
...Los hombres que dejaban a sus mujeres en la nieve, porque la nieve del veintinueve ya no era real. Si uno no quería que fuese nieve, gastaba un poco de dinero y lo lograba.
Se dirigió al teléfono y llamó al departamento de Peters, lo atendió Lincoln.
-Te llamé porque eso me preocupa. ¿Marion ha dicho algo definitivo?
-Marion se siente mal -respondió Lincoln coon laconismo-. Sé que no tienes la culpa del todo, pero no me es posible permitir que quede destrozada por esto. Me temo que tendremos que dejar pasar unos seis meses. No puedo correr el riesgo de que vuelva a caer en este estado.
-Entiendo.
-Lo siento, Charlie.
Volvió a su mesa. Su vaso de whisky estaba vacío, pero sacudió la cabeza cuando Alix lo miró interrogadoramente. Ahora ya no podía hacer gran cosa, salvo enviar a Honoria algunos regalos; mañana le mandaría muchos. Pensó, con cierto enojo, que eso no era más que dinero... había dado dinero a tanta gente...
-No, basta -dijo a otro camarero-. ¿Cuántoo debo?
Algún día volvería; no podían hacerle pagar eternamente. Pero quería a su hija, y aparte de ese hecho no había ninguna otra cosa buena. Ya no era joven, ni tenía una cantidad de pensamientos y sueños que pensar y soñar a solas. Estaba seguro de que Helen no habría querido que se sintiera tan solo. FIN


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