Artículo publicado en la edición correspondiente a la 2a. Quincena de Enero - Número 2 - Año 3

 

¿Puéde mi Hijo ser Gay y Católico?

La reconciliación del Magisterio con la Experiencia 

por Casey Lopata

 

¿Puede Santi ser gay y católico? Esta cuestión me abrumó luego que superé la conmoción y la vergüenza de saber que mi hijo era gay. En tanto María Elena, mi esposa y la madre de Santi, remontaba la culpa, la duda y el dolor de tantas historias de vicisitudes familiares, yo inicié un camino de búsqueda a través del campo minado de la teología. Es lo que haría un aficionado a la teología que lee los documentos del Vaticano en vacaciones pues, entre el pensamiento y el sentimiento, estaría entre los pensadores.

Pero lo dicho por Santi -"Papá, soy gay"- era impensable. Sólo pude preguntarle si estaba seguro. No conocía a ninguna persona gay, o eso creía, y no sabía prácticamente nada sobre homosexualidad. Desde mi vaga comprensión del magisterio de la iglesia, sólo sabía que la homosexualidad era un pecado del cual ni siquiera era posible hablar. Como en un proceso de ósmosis, ese silencio había penetrado mi conciencia con la noción de que ningún pecado era peor que la homosexualidad. Y ahora, como pensador, me sentía obligado a establecer alguna base racional a esta creencia irracional y los sentimientos que la sustentaban. Pues debía saber si Santi podía ser gay y católico.

Mi primer paso lógico fue rememorar cuando yo había decidido que sería homosexual o heterosexual. Nunca había tomado tal elección, como tampoco Santi, ni nadie con quien hubiera conversado sobre este tema. Entonces descubrí que los documentos de la iglesia sostenían que la orientación sexual es un don natural permanente. Los obispos remitían a "aquellas personas para quienes la homosexualidad es una orientación permanente, probablemente irreversible", y la Comisión de Matrimonio y Familia decía: "Generalmente, la orientación homosexual se vive como algo dado, no algo que se escoge".

El conocimiento que Santi no había elegido su homosexualidad fue un primer paso gigantesco. Pero, ¿porqué Santi tenía esa orientación? Rápidamente rechacé esa teoría del siglo pasado que la atribuía al hábito de beber té y la influencia de la ópera italiana. ¡Cuán mal informados habíamos estado! Era comprensible, pues la ciencia inició el estudio de este concepto hacia mediados del siglo XIX, y la iglesia católica, hasta 1975, no admitió públicamente la orientación sexual.

Aunque esto ayudaba, el paso siguiente me metía en problemas: ¿Es pecado la homosexualidad? Para nuestra sorpresa, el Vaticano, sin dar lugar a dudas, declara: "La particular inclinación de la persona homosexual no es pecado". ¡Por supuesto que la orientación homosexual no es un pecado si no es una elección! De hecho, el magisterio de la iglesia dice que la sexualidad es un don, agregando, "La identidad sexual ayuda a definir a las personas únicas que somos y, un componente de nuestra identidad sexual, es nuestra orientación sexual".

Pero, ¿qué debía pensar sobre adónde llevarían estos sentimientos?, ¿y de las relaciones homosexuales? Como lo suponía, el Vaticano dice: "Sólo en la relación conyugal puede ser moralmente recto el uso de la facultad sexual". Y los obispos dicen: "La actividad homosexual, en tanto distinta de la orientación homosexual, es moralmente errónea". Y agregan: "Pero, como las personas heterosexuales, las homosexuales están llamadas a dar testimonio de castidad, evitando, con la gracia de Dios, la conducta que es errónea para ellas, así como las relaciones sexuales extramatrimoniales son erróneas para las heterosexuales". Lo que me afectaba personalmente, quizá porque soy heterosexual, era esa última frase.

Esta frase afirmaba que, si Santi tenía relaciones sexuales fuera del matrimonio, violaba las normas morales establecidas por la Iglesia, del mismo modo que Andi su hermano heterosexual. También Linda, mi hija casada, si tomaba anticonceptivos o, yo mismo, si me masturbase.

Deduje, entonces, que si las leyes de la Iglesia restringen el matrimonio a un hombre y una mujer, las relaciones homosexuales son pecaminosas. El Vaticano dice: "De hecho en un caso determinado pueden haber existido en el pasado o pueden todavía subsistir circunstancias tales que reducen o hasta quitan la culpabilidad del individuo". ¡Caramba! El Vaticano admitiría que las relaciones homosexuales, no siempre y necesariamente, son pecaminosas!

Me vino a la mente el antiguo catecismo de Baltimore. Para cometer un pecado mortal son necesarios tres elementos: 1) el pensamiento, deseo, palabra, acción u omisión debe ser formalmente erróneo; 2) la persona debe saber qué es formalmente erróneo; 3) debe dar el pleno consentimiento. Sólo Dios, realmente, sabe cuán bien informados y libres somos.

Además de esto, aprendí que la Iglesia aconseja un enfoque pastoral. Un teólogo del Vaticano, autor de uno de sus documentos, afirmó en un reportaje: "Cuando tratamos con personas que son definidamente homosexuales y que estarían en serios problemas personales, y quizá sociales, a menos que logren una relación estable en su vida homosexual, sólo podemos aconsejar, a ellas que procuren formar su pareja, y a uno mismo la aceptación de esta relación como lo mejor que pueden lograr en su situación actual". Supe, luego, que esta afirmación estaba fundada en el principio moral que nadie está obligado a hacer lo que le es imposible.

Durante mi jornada, leí que el magisterio de la Iglesia Católica enseñaba que seis textos bíblicos afirmaban, claramente, que la conducta homosexual era inmoral. Pero mi jornada también me condujo a otros autores y comentarios de la Biblia quienes, convincentemente, argumentaban que la Biblia no estaba definida sobre este tema.

En esta etapa de mi tortuosa jornada espiritual de un proceso de catorce años, no en la serie de pasos lógicos aquí presentados, aprendí que la orientación sexual de Santi no era pecado, y que Santi podía ser gay y un fiel católico como cualquiera otro que lucha con las normas morales objetivas establecidas por la Iglesia. Los obispos lo han dicho claramente: "Las personas homosexuales, como cualquiera otra, no deben padecer el prejuicio contra sus derechos humanos básicos. Tienen derecho al respeto, la amistad y la justicia, y deben desempeñar un rol activo en la comunidad cristiana".

En todo este proceso, aprendí que, quienes piensan, también tienen sentimientos. Y, puesto que mi hijo era gay, anhelaría personalmente que las enseñanzas de la Iglesia cambiasen. También supe que esto era correcto, porque ninguna de estas enseñanzas es infalible, lo cual significa que, naturalmente, pueden cambiar. Pero, ¿cuándo?

El cambio surge de tensiones no resueltas. He aquí tres ejemplos.

1. La Iglesia Católica enseña que las personas homosexuales deben permanecer célibes y, asimismo, que el celibato es un don. Pero, ¿han sido todas las personas homosexuales dotadas con la capacidad del celibato?

2. La Iglesia Católica enseña que la orientación homosexual es una desviación sexual, un "desorden". La Iglesia también enseña que no puede existir conflicto entre la fe y la razón. Sin embargo, las asociaciones norteamericanas de psiquíatras y psicólogos consideran una variación sexual natural a la orientación homosexual.

3. Las enseñanza de la Iglesia fue concebida sin la participación de personas públicamente homosexuales y tampoco incorporó la experiencia de personas lesbianas y gays que son auténticos fieles católicos -gente real- hecha a imagen y semejanza de Dios quienes, como todos nosotros, luchan para hacer aquello a lo cual estamos convocados por Dios.

Aunque el cambio en el magisterio es posible, la Iglesia tiende a moverse lentamente, muy lentamente. Entonces, ¿qué debo hacer aquí y ahora?

Esto me condujo a la primacía de la conciencia, una enseñanza de la Iglesia que sorprendería a muchos católicos.

Muy claramente, el Catecismo dice: "El ser humano debe acatar, siempre, al juicio verdadero de su propia conciencia". Enfatizo acatar.

Esto era clarísimo. ¿Significaba que podíamos hacer lo que nos diera la gana? El teólogo Charles Curran respondía concisamente: Debemos obedecer a nuestra conciencia, pero nuestra conciencia podría estar equivocada.

Esto me condujo al concepto de discernimiento moral dentro de la tradición moral católica. La Iglesia sugiere mirar a la experiencia, a la razón (incluso a las ciencias), a la tradición (el magisterio de la iglesia) y a las escrituras. ¿Porqué a las cuatro? Porque las cuatro estuvieron equivocadas.

Tengan en cuenta que la tierra era plana, la experiencia; la teoría que las criaturas provenían, solamente, del varón, la razón; la excomunión de Galileo, la tradición; la esclavitud, las escrituras.

Pero si la enseñanza de la Iglesia y nuestra conciencia están en desacuerdo, ¿qué debemos pensar? El mismo magisterio de la Iglesia afirma que debemos partir de la presunción que la enseñanza de la Iglesia es verdadera. Entonces, teniendo en cuenta las escrituras, la razón y nuestra experiencia, regresamos a la cuestión final: ¿Estamos respondiendo al Dios revelado en Jesucristo?

El obispo Thomas Gumbleton ofreció un ejemplo de equilibrio entre el magisterio de la Iglesia y la conciencia cuando dijo: "No hago otros juicios sobre la conciencia de una persona gay que los que haría sobre el tripulante de un bombardero estratégico o de un submarino nuclear que disparase un arma atómica si se lo ordenasen. Pienso que el magisterio de la iglesia es más claro en ciertas áreas que sobre la homosexualidad y, cualquiera que tuviere intención de usar tales armas está, a mi juicio, en una situación radicalmente perversa. Aún así, no podría juzgar la conciencia de esa persona a quien, si viniese a comulgar, no podría rehusarle la comunión".

Magisterio de la Iglesia, pecado, conciencia, discernimiento. Intelectualmente, comprobé que Santi podía ser gay y católico. Pero este descubrimiento pertenecía a mi mundo de pensador de la teología y la homosexualidad hasta que escuché al obispo Kenneth Untener quien, a un público cuya mayoría eran lesbianas y gays, dijo: "Cuando muramos, y como teólogo moral lo diré muy seriamente, lo único que importará es cómo nos hayamos tratado los unos a los otros".

Al dar este último paso de mi jornada, advertí que había alcanzado a conocer y amar a muchas personas homosexuales fieles católicas quienes, como nuestro hijo Santi, están hechas a imagen de Dios y son amadas por Dios, y aman a Dios y a sus prójimos como a ellos mismos.

Y así fue como supe, realmente, que Santi podía ser gay y católico.

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