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La teoría finalmente sirve para algo. La radio, la sonda
y el radar no están de adorno, y las cartas náuticas no valen simplemente
para enmarcarlas en la pared.
Pero no todo ha de ser trabajo. De vez en cuando se acerca uno, digamos, a una pequeña isla,
y se practica el arte de amarrar un barco grande que se mueve
a una cosa que está quieta (y sin dar golpes, eh).
Y si en esa isla casualmente existe un chiringuito,
se puede complementar la actividad marinera
con una cervecita y unas patatas alioli.
Y luego, de vuelta a bordo. No sin antes comprobar
que las defensas (los flotadores alargados) están bien colocadas. Que el viento
no se está quieto y el barco puede empezar
a golpear con el muelle cosa mala. Listos para zarpar.
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