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Por
supuesto que todos nos congratulamos por este nuevo y merecido galardón:
Juan Gelman recibió el Premio Cervantes. Pero esa misma
circunstancia, tocante y feliz por cierto, que como bien fue dicho se
honra por honrarlo, volvió a acercarme alguna vieja reflexión. Me sigue
pareciendo, por ejemplo, que cuando a un poeta le toca convertirse (aún
sin proponérselo) en hombre público, no deja de correr sus riesgos. El
peor de los cuales, en estas lides, a mi modesto entender, siempre será
el malentendido. Pero, haciendo como siempre caso omiso de las razones del
mercado y de la buena conciencia, Juan Gelman continúa entregándose a la
poesía con feroz fidelidad.
Y si bien es verdad que, ya desde su
mismísimo primer título: Violín y otras cuestiones (1956), su
innegable lirismo surge ineludiblemente confundido con sus nada
conformistas opiniones políticas y sociales, también es cierto que desde
allí mismo comienza a hacerse acaso patente la mutua honestidad que ya lo
constituye desde entonces y que no le iba a permitir convertirse para
nada, en absoluto, apenas en un módico transmisor de consignas.
Desde hace ya mucho tiempo pero cada
vez quizá en forma más acusada, Juan Gelman nos va ofreciendo como poeta
(sin duda en forma inconsciente) otra gran lección. Que la poesía no
surge apenas tironeando de la mera exterioridad del compromiso, así sea
conceptual, ni de la mera retórica formal, así sea vanguardista. El
poema logrado resulta aquel que logra convertir en cuerpo a su palabra,
que logra volverse un ser soberano y autónomo de lenguaje vivo. Porque
las recetas, desdichadamente, no engendran milagros.
Cuando ya se han olvidado o simplemente
no se perciben las potencias de verdad y fervor que había además
en las grandes creaciones de las vanguardias poéticas de comienzos del
siglo pasado, y cuando se olvida también la ineludible presencia de
sentimientos y pasiones en formas tradicionales que sólo se alcanzan a
ver como retóricas, Gelman devuelve a la poesía su extrema, a la vez
humilde y ambiciosa condición de experiencia de vida y de lenguaje. Con
todo lo que ello implica de inacabamiento, sí, de mestizaje e incluso de
angustiosa ansiedad, pero también –como sólo un alto poeta logra
hacerlo-- transmitiéndonos esa grandeza doblemente trágica del canto
humano y de nuestra humana condición.
Esa tensión, fecunda como tantas
otras, entre su doble fidelidad a la poesía y a sus ideas, no se ha
manifestado apenas en lo superficial, en lo aparente, en el concepto y,
por tratarse de un escritor de raza, se ha trasladado como aliento vivo al
cuerpo mismo de su propia escritura, la cuestiona y la sostiene, la
inquieta y la alimenta. Y si una prueba de fondo de su autenticidad en tal
sentido la manifiesta su absoluta imposibilidad, casi visceral, orgánica,
para aprovechar su propia historia, en tantos sentidos trágica, como
muchos otros tan diferentes de él manejan hoy sus relaciones públicas o
su marketing, si todo nos asegura que la resonancia obtenida ha
sido totalmente espontánea, inocente, fruto maduro de las circunstancias
y nunca de su voluntad, hay otra prueba más reciente en el mismo sentido.
Y es el hecho de que su propia escritura haya ido ahondando legítimamente
su experiencia, en el sentido de lo raigalmente humano e incluso metafísico
pero, como debe ser, por el libre fluir de su propia espontaneidad
creadora, sin artimañas ni dobles intenciones.
Quiero decir que en el merecido éxito
de Gelman como poeta, que ha de incluir probablemente también sus
vicisitudes de hombres público, que allí se entremezclan en gran medida,
el hecho de que él mismo haya ido abandonando ciertas temáticas
demasiado evidentes para profundizar en otros sentidos, tal vez menos
redituables desde el punto de vista del negocio editorial, no me parece
sino otra prueba de aquella doble honestidad a que antes hacía
referencia. Y que lo digan si no esos libros ejemplares, en ese y otros
sentidos, que son Dibaxu (1994) e Incompletamente (1997). Y
que acaba de confirmarnos plenamente con su reciente e indeleble Mundar
(2007).
Por una vez, al menos, me fue
dado coincidir con lo que afirma un editor en contratapa. Cuando en aquel
libro en prosa de Juan Gelman: Miradas (Seix Barral, Buenos Aires,
2005) se alude a su autor como “Gelman, lector apasionado”, recordé
de inmediato aquella oportunidad en que volvimos a encontrarnos
personalmente, corriendo 1994, en el marco del legendario Festival de
Medellín, y pude comprobar que en su mesa de luz lo esperaba un
voluminoso tomo de ensayos de Montale.
De
Paul Celan a George Grosz, entre muchos otros que aparecen en Miradas,
de Daniil Kharms a Nikolai Erdman, de Imre Kertész a Gunter Kunert, de
Mandelstam a Meyerhold, de André Chénier a Primo Levi, todos ellos
investidos con la cruz de su tiempo, artistas que no sólo dan, sino que son
testimonio por su belleza y su dolor, por su tragedia y por su arte, acaso
es posible leer además, por debajo de cada una de sus vidas, también la
historia y la vida de quien entonces los evocaba, el poeta Juan Gelman,
comprometido como siempre, sí, pero acaso esta vez con la amarga y
saludable dignidad de la experiencia propia, con la dolorosa y fecunda
lucidez de lo experimentado en carne propia: “un hecho que para muchos
pasa inadvertido: la ideología de un escritor es sólo una parte de su
subjetividad, de su experiencia y su vocación expresiva.”
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