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¿Alguien
recuerda todavía al Ray Bradbury de “Farenheit 451”, ese libro de mediados del siglo pasado que
imaginaba un futuro con bomberos quemando minuciosamente hasta el último
vestigio de las bibliotecas, consideradas fuente de virus altamente
letales para sociedades masificadas hasta el límite? Pues siento mucho
decirles que ya hemos superado (y no sólo cronológicamente) incluso a
“1984”. El rótulo
de una de las metáforas más escalofriantes de ese otro libro-alegato de
George Orwell, aquel Gran Hermano que era allí el rostro
omnipresente de un líder totalitario que, desde las pantallas ubicuas,
controlaba hasta lo más íntimo de una humanidad sometida, hoy ha logrado
ser no sólo expropiado sino vaciado de sentido, trastrocado hasta
convertirlo –no en la ficción, sino en la realidad-- en el paradigma
desolador de un nuevo totalitarismo (el de la banalidad que nos inunda, el
del consumo como único valor), frente al cual se agolpan masas de voyeurs
ávidos de sorprender una intimidad ficticia, ya que sus protagonistas no
son también sino --como quienes los espían-- siervos satisfechos que
consienten.
Todavía
no consigo diferenciar entre historia personal, con minúscula, e Historia
grande, con mayúscula. Ambas historias se entrelazan, para mí, y siempre
me pareció que hasta el (en apariencia) más desentendido poema, de amor
o de misterio, de encantamiento o de arrobo, se da de forma ineludible en
un contexto, que es irremediablemente histórico e íntimo a la vez, al
mismo tiempo personal y colectivo. No es sólo como si fuera un telón de
fondo, es una interrelación, algo que nos habla y se habla. Hay momentos
en que la Historia también puede ser, es de hecho una metáfora. Y por lo
tanto puede resultar a la vez deslumbrante y ambigua. Cuando no terrorífica,
y siniestra.
Nunca
hubo una gran literatura, una auténtica poesía, por culterana, refinada
e incluso cortesana que pareciese que no estuviera, de algún modo, por
oscuros meandros, íntimamente ligada con una lengua viva hablada por una
comunidad, por un pueblo. Mucho me temo que la evidente crisis, no sólo
de circulación sino también de producción, de exigencia, de creación,
que hoy parece estar viviendo, no sólo entre nosotros, lo que seguimos
llamando poesía (es decir, arte de la palabra), no es simplemente el
problema de un género literario sino, mucho peor, acaso consecuencia de
la dolorosa, grave pérdida de espontaneidad creadora de lenguaje sufrida
por los hombres, sometidos a esa avasalladora marea de mediocridad y
masificación producida por la civilización del show, por esta
sociedad del espectáculo, como bien la definió hace ya tiempo Guy Débord.
Y
recordemos, nuevamente, que no usamos el lenguaje, somos
lenguaje. Si la crisis de la poesía (de la literatura como arte),
mucho me temo, es el síntoma de que algo muy grave está afectando la
productividad de lenguaje de la especie, no se trata de un utensilio, de
un instrumento que podemos sustituir por otro. Cuanto menos lenguaje
somos, somos menos mundo, menos hombre. La mala poesía –el
libro-basura-- no resultaría, entonces, lo lamento, tan sólo un problema
estético. Sino el síntoma de algo muchísimo más grave: la pérdida de
espontánea capacidad creadora de lenguaje por parte de los hombres.
Michel
Butor lo dijo muy claramente, a mediados de los sesenta: “El poeta es
aquel que tiene conciencia de que la lengua, y con ella todas las cosas
humanas, está en peligro.” En ese caso, también con la atronadora pérdida
del silencio, que valoriza con su halo a la palabra. Ese silencio que hoy,
en esta sociedad del ruido ensordecedor y ubicuo, se ha vuelto casi
subversivo. Sin silencio no se puede pensar, no se puede juzgar, no se
puede meditar, no se puede oír lo más profundo de uno mismo, lo que es a
la vez individuo y especie, de uno y de todos. Y no se pueden oír tampoco
las voces, la voz de la Naturaleza, de nuestra naturaleza. Es más, me animaría a afirmar que sin
silencio, intuyo, acaso es imposible que pueda haber gran poesía.
O simplemente verdadera literatura, literatura todavía digna de ese
nombre.
Con
gravísimos riesgos que ya pudo prever quizás, hace no pocos años, el más
hondo poeta de nuestra América limpiamente mestiza, ese peruano universal
que fue César Vallejo, cuando llegó a preguntarse, por ejemplo, con
serenísima grandeza: “¿Y si después de tantas palabras / no sobrevive
la palabra?”.
Rodolfo Alonso.
Poeta, traductor y ensayista argentino. Premiado en su país y en España,
Venezuela, Brasil y Colombia. Acaba de publicar dos libros de ensayo: “La
voz sin amo”, con prólogo de Héctor Tizón (Alción, Córdoba,
Argentina, 2006) y “República de viento” (Leviatán, Buenos
Aires, 2007).
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