EL PAÍS CULTURAL

 

EL ARTE DE CALLAR, de Rodolfo Alonso. Alción Editora. Córdoba (Argentina), 2003. 106 páginas.

 

 

LA OBRA DE RODOLFO ALONSO

 

EL ARTE DE DECIR

 

                                                                                                Alfredo Fressia

                                   

 

            Si hubiera que definir al poeta Rodolfo Alonso (Buenos Aires, 1934), y por más limitado que resulte cualquier tipo de etiquetas, la definición lo señalaría como un definitivo “hombre de letras”. Autor de una obra poética de características autónomas dentro de la poesía argentina, Alonso también se ha dedicado, desde los últimos años ´50, a la traducción literaria. Es casi inevitable señalar que fue el primer traductor de los cuatro heterónimos más conocidos de Fernando Pessoa en 1961, es decir, antes de que Octavio Paz diera a conocer al poeta portugués en México. Pero su obra de traducción incluye autores de literaturas tan diversas como Ungaretti, Pavese, Umberto Saba, Eugenio Montale, Guillaume Apollinaire, Paul Éluard, Jacques Prévert, Marguerite Duras, los modernistas brasileños, entre otros. Su último trabajo de traducción y antología fue Estrella de la vida entera, una selección bilingüe de la obra del poeta brasileño Manuel Bandeira (ver el número 743 de este suplemento, 30 de enero de 2004).

            Además de poeta y traductor, Alonso, el “hombre de letras”, fue editor. Muchos lectores deben recordar las publicaciones de “Rodolfo Alonso Editor” en Buenos Aires, que funcionaron durante todos los años ´70 y hasta mediados de la década siguiente. Publicó más de 250 títulos diferentes. Se sucedieron autores y disciplinas diversos: Sade, Masoch, Bram Stoker, Bierce, Jarry, Fijman, Fourier, Melville, Jakobson, Artaud, Freud, Einstein, Fernández Moreno, y el espíritu disidente pero comprometido de la revista francesa "Arguments", donde comenzaban a manifestarse Edgar Morin, Kostas Axelos, Roland Barthes, Alain Touraine, Herbert Marcuse. Lo mínimo que se puede decir, considerando esos quince años de edición, y la historia colectiva que esos años atravesaron, es que el “impresor de letras” Alonso supo crear un vasto, significativo espacio de divulgación, incluso cuando lo imperante era la censura.

            Finalmente la obra poética de Alonso ―la “letra”  más íntima del hombre de letras―, iniciada con Salud o nada, en 1954, no se ha detenido hasta el presente. Más bien, ese vasto, iluminado discurso compuesto de poemas breves, siempre reveladores, conoce en los últimos años la merecida multiplicación de las reediciones y de las traducciones. Los lectores brasileños, por ejemplo, fueron brindados con una Antologia pessoal, bilingüe, en Thesaurus Editora (Brasilia, 2003), una edición que resulta recomendable incluso para los lectores de lengua española, por incluir Prefacios de ediciones originales hoy agotadas, excelentes artículos críticos, un perfil biográfico con una detallada bibliografía y registros iconográficos. Por su lado, Editorial Argonauta de Buenos Aires publicó en 2004 A favor del viento, su “Poesía reunida 1952-1956”.

            Justamente, leer ahora El arte de callar, de 2003, el más reciente poemario de Alonso, junto a su poesía de los años ´50 reeditada en el 2004, resulta una experiencia conmovedora. El poeta joven, miembro entonces de la revista “Poesía Buenos Aires”, una publicación que iría exactamente de 1950 a 1960, escribe como un inspirado, en un estado que no se niega el universo onírico de varias vanguardias pero se conecta lúcidamente con un mundo que salía entonces de la guerra herido para siempre por Hiroshima. “Poesía Buenos Aires”  se proponía ser una vanguardia (y era una reacción a la generación neorromántica que precediera, suele decir la crítica argentina). Para los miembros de la revista (Raúl Gustavo Aguirre, por ejemplo, que Alonso considera “fundamental” en su vida y obra, como lo será también el surrealista Aldo Pellegrini), el poeta funcionaba como una antena que captaba la realidad y la modificaba a través de la palabra. Se siente en aquellas plaquettes de Alonso (Salud o nada, 1954, Buenos vientos, 1956, El músico en la máquina, 1958, Duro mundo, 1959, El jardín de aclimatación, también de 1959, y Gran Bebé, 1960) la presencia de un poeta iluminado, que escribe por inspiración por el simple, indiscutido motivo de que la palabra es para él un instrumento suficiente para revelar el mundo, denunciarle su lado sombrío y transfigurar en poesía su lado solar.

            El libro del 2003 sorprende desde la paradoja del título. Si callar es un arte ―y dicen que muchas veces lo es―, resulta por cierto el arte que el poeta, por definición, no puede practicar. Sin duda, el silencio en poesía, en el interior de su discurso, suele valer tanto como la palabra, pero la vocación inspirada de Alonso tiende definitivamente a la palabra y no al silencio. El arte de Alonso es sonoro, y no es casualidad que el poeta haya organizado este libro con poemas escritos en estrictos heptasílabos, un metro sabidamente delicado, “musical”, pero más sugestivo que meramente melódico, y sin excluir algunos endecasílabos y hasta algunos versos libres. El octosílabo también comparece pero en los temas de tradición gallega, a lo Rosalía de Castro, un motivo frecuente en la obra de este poeta que se reclama de su origen familiar como hijo de gallegos.

            Con los sugerentes heptasílabos, Alonso vuelve a un tema que le es caro, el de la propia poesía, su naturaleza y su “función”. Y ya no es el poeta inspirado, es un poeta cerebral que se obliga y nos obliga a razonar el malestar de la poesía en una civilización pos-industrial, la de las frías finanzas sin rostro, y esto vivido en la periferia del mundo que es América del Sur, Argentina, Buenos Aires al comienzo del siglo. Los “grandes temas” de la poesía podían asomarse a los abismos humanos, pero “Qué es enfrentarse a eso/ frente al escalofrío/ de un alud financiero,/ el maëlstrom de la Bolsa,/ el rugir del dinero,/ el tifón de la usura/ que te sorbe la médula/ con la fría mirada/ seductora y terrible/ de insaciable Medusa?”. Y el poeta humanista pregunta: “¿Nunca se podrá ser/ lo suficientemente/ humano? (“Rehúsa prosternarse ante Baal”). Los asombros se repiten en preguntas semejantes: “¿El poema es un astro/ condenado a un rincón,// un artista del hambre/ en tiempos de miseria?” (“Hay algo raro en el diario”). “Yo acuso a los presidentes de las multinacionales de haber impedido el desarrollo normal de la poesía”, dice el “J´accuse!” de este poemario que revisa fraternalmente grandes nombres de la literatura, revisita los “Muertos del siglo XX” y vuelve siempre a “El otro 68”, el de Praga, el de la resistencia, el entrañable.

En contratapa, Juan José Saer cierra su presentación citando este dístico, extraído del poemario, y que definitivamente, sin patetismos, resonará en todos sus lectores: “Batallas perdidas ya hace tiempo/ se siguen combatiendo en mi cabeza”. El “hombre de letras” ―hecho de letras―, maestro del decir, solidarizó a sus lectores para siempre.

           

           

 

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