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Rodolfo
Alonso Italia
en mí (Respuestas
a una encuesta sobre poesía italiana en Argentina efectuada por el Instituto Italiano de Cultura, Córdoba
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1.
¿Qué importancia atribuye a la influencia italiana en la poesía argentina
contemporánea? Suelo
escapar, acaso instintivamente, y sobre todo en estas lides, de las grandes
generalizaciones que me parecen, no solamente riesgosas, sino incluso
peligrosas. Y, sin embargo, no puedo rehuir un hecho objetivo: siendo la
nuestra una sociedad en gran medida aluvional, constituida por enormes masas
de inmigrantes, se sabe que el aporte italiano fue el más cuantioso desde
un punto de vista numérico. Quiere decir que hay casi una mitad de sangre
italiana circulando por las venas argentinas. Eso explicó sin duda, en su
momento, la vivísima presencia de su idioma, y hasta de sus felices
dialectos, en nuestra propia identidad lingüística, sobre todo en la
inmensa Buenos Aires pero también en Rosario, Mar del Plata y otras muchas
ciudades y ámbitos de nuestro país. Y lógicamente también la presencia
de un dejo, de un toque, de un matiz italiano en nuestras maneras de
comportamiento. Durante largo tiempo vilipendiado cuando no negado, como
ocurrió con el ciego rechazo a otras corrientes inmigratorias no sólo en
los medios supuestamente patricios sino incluso, lo que habla bastante de
nuestros resultados, en muchos de sus propios descendientes, compelidos a
olvidar o negar a sus ancestros, si no la conciencia de su extraordinaria,
luminosa historia cultural y estética, siempre presente en nuestras
inteligencias más activas y despiertas, sí por lo menos el extraordinario
desarrollo político, social y económico de la Italia de posguerra vino a
modificar sin duda favorablemente esa perspectiva, en cuanto hace por lo
menos a una visión macro, hoy con la dolorosa evidencia de que no fuimos
capaces, nosotros mismos, los argentinos, de acompañar o aún emular como
sociedad, como conjunto, tan magnífico ejemplo. Si,
como creo, siguiendo a W. H. Auden, no hubo nunca un gran momento de la poesía
culta, por más alquitarada o elitista que pareciese, que no estuviera
misteriosa pero firmemente ligado, aunque fuera por oscuros meandros, con
una gran lengua viva hablada por una comunidad, por un pueblo, me parece
evidente que esa “italianidad”, incluso la bellamente dialectal, infusa
en nuestro uso de la lengua, en nuestra propia e ineludible manera de
emplear el castellano, no podía dejar de manifestarse en la mejor poesía
escrita aquí. Y no sólo por un contacto profundo con la gran poesía
italiana sino también, intuyo, por ese yacimiento vivo, orgánico, activo
de “italianidad” en nuestra lengua hablada, no sólo escrita. 2.
¿Cuáles son los autores italianos más leídos, traducidos y publicados en
nuestro país?
Nuestra carencia de estadísticas es, de algún modo, sintomática.
Aunque, de todos modos, lo cuantitativo no me parece que deba ser
predominante en estos dominios. Me ha tocado vivir, casi desde niño,
algunos momentos sobre los cuales puedo dar testimonio. A la unánime sombra
comprensiblemente ineludible de Dante, después de la primera guerra mundial
se seguían traduciendo en nuestro medio los poetas italianos, no tan
profusamente ni siempre en la dirección que uno hubiera preferido. Que por
entonces se difundiera acaso más a D’Annunzio que a Leopardi no era menos
sorprendente, pero no menos revelador, que al mismo tiempo circulara por
ejemplo Trilussa, por citar sólo algunos nombres, por mí entrevistos al
azar. Durante
la segunda guerra mundial, ya circulaban aquí más libros memorables del
mejor humanismo italiano, de los cuales recuerdo por ejemplo a Ignazio
Silone y el impar Elio Vittorini. En este último sobre todo, el tratamiento
del lenguaje en su escritura literaria lo acercaba de una manera muy honda,
y al mismo tiempo orgánica, a la intensidad y concentración de la poesía,
que se encontraba asimismo muy presente, y de una manera no menos activa, en
su muy fecunda labor de ensayista y polemista. Y en la posguerra, si había
una vívida presencia en superficie de los narradores neorrealistas,
comenzando por Vasco Pratolini, y también de los grandes realistas,
encabezados sin duda por Alberto Moravia, de enorme repercusión para el
momento, la gran poesía italiana comenzaba a ocupar con firmeza y
solvencia, por su propio peso, un espacio cada vez más significativo,
aunque nunca grandilocuente o estruendoso. No
mucho después, a fines de la década de los cincuenta y comienzos de la década
de los sesenta, se produce por ejemplo una enorme influencia, intelectual y
estética, de Cesare Pavese, que iba a perdurar por bastantes años. Su obra
y su figura vinieron a enriquecer el panorama y las reflexiones de toda una
generación de poetas, escritores e intelectuales argentinos. Casi al mismo
tiempo, pero en realidad desde antes, la acentuada difusión de Ungaretti y
poco después la de Montale, de alcances más profundos, menos evidentes,
pero no menos intensos, contribuyeron a acentuar ese papel de acicate, de
incentivo, que la gran poesía italiana del siglo XX venía ejerciendo también
entre nosotros con peculiar y fecunda densidad, hoy acaso inimaginable en
medio de la confortable barbarie de la planetaria sociedad del espectáculo.
Esa
presencia puede detectarse en libros y antologías, sí, pero también en
revistas y periódicos culturales de la época. De los cuales el gran número
225 de Sur dedicado a las letras italianas (Buenos Aires,
noviembre-diciembre de 1953) constituya, acaso, a la vez una excepción y un
paradigma. Y no sólo por el amplio espacio dedicado a la poesía, sino
también –lo que resulta de algún modo evidente tan significativo como
descriptivo-- por la presencia de una reflexión cabal e iluminadora sobre
la poesía, no sólo en sus criterios estéticos sino directamente
culturales, sociales, humanistas, lingüísticos e incluso, por qué no, políticos
en el mejor sentido. Un sendero por el cual Pier Paolo Pasolini, cada vez más
apreciado entre nosotros, iba a avanzar con decisión, audacia e
inteligencia. 3.
¿Quiénes son a su juicio los traductores que más se han destacado en esa
tarea?
No está en mi naturaleza, y muy especialmente alrededor de estos
asuntos, imaginarme juez y parte. (Sólo me animaría a sugerir que, acompañando
a mi hijo menor que estudia Letras, en estos mismos momentos estoy releyendo
con gusto la digna traducción de La Divina Comedia de Ángel
Battistessa. Y que me he sorprendido volviendo a descubrir qué respetuosa,
qué solvente es la versión de Mitre.) Estoy seguro que los nombres
convocados a esta misma encuesta resultarán de algún modo una respuesta
cabal a esa pregunta. Sólo puedo decir que hubo, hay y sin duda habrá,
desde dentro o en contra de los condicionamientos orgánicos de cada momento
histórico y cultural, apasionados y apasionantes traductores y lectores del
italiano en nuestra literatura. Hoy
quisiera recordar tan sólo a uno, pero qué sintomático, a quien tuve la
enorme fortuna de conocer en mi primera juventud, y que resulta en muchos
sentidos paradigmático. Me refiero a Attilio Dabini, uno de los tantos
luminosos escritores e intelectuales antifascistas italianos que se vieron
obligados a exiliarse aquí, y que fue –como la mayoría de ellos-- un
ejemplo vivo de modestia y entereza, de coraje y lucidez (piénsese por
ejemplo en gente del calibre de Rodolfo Mondolfo). Dabini sobrevivió
traduciendo, con enorme calidad, y también escribiendo y publicando aquí
su exigente obra personal, aunque el destino injusto no le permitió
reintegrarse de pleno a la gran corriente viva de la cultura italiana que
volvió a emerger allá en la posguerra. Una
cultura en la cual la poesía ocupa, prácticamente desde sus comienzos, un
espacio esencial, fundacional. Un día, siendo yo un adolescente, me recibió
en su casa y, probablemente como resultado de alguna tímida alusión mía,
con la misma emoción que supo contagiarme me mostró algunos de sus tesoros
más preciados, las primeras ediciones de ese poeta de la narración que es
sin duda Elio Vittorini, totalmente corregidas de puño y letra por su
autor, como testimonio de una insaciable voluntad de estilo, de una sed por
la belleza que no hubieran sorprendido a Valéry, aunque quizá no dejara de
llamarle la atención que un esteta tan exigente fuera, al mismo tiempo,
indisolublemente, no sólo un gran humanista comprometido sino también
incluso un héroe civil, un dignísimo y lúcido hombre público. 4.
En su condición de traductor y poeta, ¿querría expresar qué ha
significado para usted el acercamiento a los líricos italianos? No
hay en mis venas, que yo sepa, gota alguna de sangre italiana. Y sin
embargo, siempre he sentido una instintiva, orgánica, irresistible e
inefable afinidad con el arte y la vida, con la civilidad y el humanismo de
la bella Italia. De tal modo, con tal intensidad, que me descubrí hablando
y traduciendo el italiano sin haberlo estudiado nunca. Fenómeno de ósmosis,
cuando no de posesión, de empatía más que de aprehensión, si nada llegó
hasta mí por extraños vericuetos desde aquel Reino de las Dos Sicilias
donde las dos penínsulas se confundieron, sólo atino a intuir que en el
aire cosmopolita y políglota de la Buenos Aires que me tocó descubrir,
como hijo mayor de inmigrantes gallegos, el italiano era una lengua viva,
omnipresente, infusa. Y el azar, que es otro nombre de los dioses, puso en
mi camino, ya desde los primeros tramos, algunos momentos privilegiados. Con
Hugo Gola compartí el deslumbrado, apasionado descubrimiento del indeleble
Cesare Pavese, que no mucho después de su trágica muerte iba a concretarse
en la (compartida) selección y traducción de sus bellísimos ensayos, a
los cuales pusimos como título El oficio de poeta (1957), y que iba
a conocer reiteradas reediciones, prueba de su inusitada repercusión. Al año
siguiente me encomiendan un libro de Gillo Dorfles, Constantes técnicas
de las artes (1958). Y poco después, casi simultáneamente, no sólo
una amplia antología de Giuseppe Ungaretti, Poemas escogidos (1962),
también muy reeditada, y cuya factura constituyó para mí, además de una
imborrable experiencia, una auténtica cantera, el mejor de los talleres que
pudiera imaginarse, sino también los dos libros que abren y cierran la
intensa, trágica vida de Pavese: Trabajar cansa, Vendrá la muerte y
tendrá tus ojos, reunidos en un mismo volumen (1961), otra experiencia
clave para mi formación, no apenas estética sino hondamente humana. A
partir de entonces, y a lo largo de toda mi vida, la gran literatura
italiana no iba a dejar de poseerme. Recuerdo, de manera muy especial, a
Campana, a Saba, al Montale indeleble, al Pasolini ineludible. Y a Guido
Cavalcanti, y a Cecco Angiolieri. Y a Biagio Marin. Y a líneas de Leopardi
y de Dante que uno lleva puestas, ya orgánicamente incorporadas. Pero son sólo
algunos. Y una lista de nombres, por queridos e insignes que resulten, no va
a revelar esta extraña, comprensible afinidad, está presencia viva que en
mí siento de la belleza y del humanismo de Italia. 5.
Con anterioridad al siglo que recién ha acabado, ¿qué papel e importancia
tuvo la poesía italiana en nuestra literatura?
He recordado a Mitre, un caso singular pero emblemático. Y podría
mencionar también al poeta Pedro Juan Vignale, que en 1936 ya traducía a
Ungaretti. Pero el azar de la memoria y mis propias lagunas no me librarían
de ser injusto, de caer en dolorosas omisiones. Yo siento a lo italiano como
una presencia viva, orgánica actuante, insisto, no como un mero dato o
recurso bibliográfico. En tal sentido, no deja de preocuparme que, en el
desolado panorama con que la masiva y planetaria sociedad del espectáculo
está ahogando, mucho me temo que en gran medida, las antaño fecundísimas
fuentes creadoras de la cultura europea (¿qué se ha creado de realmente
significativo y original, por ejemplo en francés, después de Marguerite
Yourcenar y el nouveau roman?), no hayan cesado de manar si es que no
están cegadas. Y temo, insisto, que eso le pueda ocurrir incluso a la vivísima
literatura italiana, que conoció tantas grandes estaciones poéticas. Últimamente
me he consolado pensando que todavía, por ejemplo en Portugal y en Grecia
--claro que son países no narcotizados aún por el confort--, se continúa
creando con exigencia y altura. Y mucho más me consuela descubrir, como lo
vengo haciendo con fruición en los últimos tiempos, que en la Sicilia
fecundísima y mestiza, tierra de vida y de lenguaje, después de Pirandello
y Quasimodo, de Lampedusa y Sciascia, podemos encontrarnos aún, ayer nomás
y todavía hoy, con obras tan resplandecientes y hondas, tan sabrosas y
fecundas como las de Gesualdo Bufalino y Vincenzo Consolo, que leo y releo
con encendido placer, por espontáneas y frescas, por maduras y sabias, por
enriquecedoramente contagiosas. 6.
¿No le parece que a algunos lectores puede sorprenderles el hecho de que,
tratándose de una encuesta sobre poesía, usted mencione tan a menudo
narradores o prosistas?
Puede ser. Pero a ellos les diría, precisamente con el lúcido
Vincenzo Consolo, que “Hoy a muy pocos les interesa la poesía. Y ya no me
refiero al género poético, sino a ese elemento indispensable que hacía de
una novela una obra literaria de gran nivel. El público busca aturdirse con
la anécdota y rechaza todo lo poético porque lo pone en contacto con una
realidad más profunda que trata de evitar por todos los medios.” Siempre
he sentido que en el tratamiento del lenguaje como materia, en la escritura
de muchos grandes narradores podía encontrarse mucha más poesía que en
tantos supuestos cultores del género. Y no me es inusual descubrir, aquí o
allá, en el cuerpo vivo de grandes obras literarias en prosa (y no sólo
aquellas que reflexionan a veces con luminosa intensidad sobre este asunto),
líneas que me parecen resplandecientes concreciones de poesía. Cuando
Bufalino dice, por ejemplo, “La luz, ¿qué quiere?”, en su magnífica Perorata
del apestado, a mi modesto entender está mucho más cerca allí
de la poesía que acaso en La amarga miel, su propio libro de poemas,
o en los magníficos, tocantes aforismos de El malpensante, tantas
veces humanísimamente líricos. Como entiendo haber dejado traslucir, mi
idea de la poesía está mucho más cerca de considerarla una experiencia de
vida y de lenguaje, una evidencia, antes que un mero género literario.
Siempre tengo muy presente, cuando me toca reflexionar sobre estos asuntos,
que fue nada menos que Dante quien, en La Divina Comedia, aludió tan
explícitamente a la poesía como “la gloria de la lengua”. Rodolfo
Alonso
Olivos,
5 de septiembre de 2004
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