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Entusiasmo,
esperanza y certeza por
Ignacio Navarro A favor del vientoPoesía reunida 1952-1956por
Rodolfo Alonso Argonauta,
Buenos Aires, 2004
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Rodolfo
Alonso (Buenos Aires, 4 de octubre de 1934) tiene una larga y prestigiosa
trayectoria como poeta, traductor y ensayista. Sus más de veinte libros han
cosechado numerosos premios. Acaban de otorgarle el Premio Konex.
A favor del viento es una muy cuidada edición que rescata los
seis primeros libros de Alonso, que en su prólogo anota: “Este milagroso
volumen viene a reunir, tan milagrosamente como fueron producidos, entre la
última niñez y la primera juventud, aquellos seis primeros libros de poesía.”
El prólogo es extenso y entusiasta, una interrogación que pretende
aproximarse a ese joven que acaso pueda contestarle al hombre adulto la
pregunta que ahora hace allí: “¿De dónde surge la inclinación por la
poesía?” Nacemos en el lenguaje y como lenguaje; somos lenguaje. Alonso
contesta y no contesta, transcurre: “La lengua venía de la vida, y era
también la vida.” Eso es lo que experimentó el niño que se abría a las
palabras. “Y al mismo tiempo hay que volver atrás. Porque nunca ha podido
decirse nada del todo.” Esto es lo que sabe el hombre que ahora relee
aquellas palabras. Y sin embargo eso no ha desaparecido, ha madurado. Hay un
origen sacral, osado y convencido, una raíz.
Lo que se revela en aquellos seis libros iniciales es una fuerza poética;
hay en ese primer aliento entusiasmo, esperanza y certeza. Así lo expresa
en Salud o nada, el primer libro: “la muerte ha de morir / sabemos
lo que amamos / sobre qué piedra sobre qué raíz / habrá que
aventurarse” (página 43). Y en Buenos vientos, el segundo libro,
se establece un solo pecado original: “Ha malgastado su silencio.” (60).
El tercer libro, El músico en la máquina, revela ya la afinidad
espiritual que Alonso siempre ha tenido con el Camus de Bodas y El
verano (textos que insisten también sobre la infancia y la juventud):
“El árbol crece, la tierra gira y vence: los párpados arden en el
sol.” (74). Y también: “Aire de la mañana, blanco, sorprendido en su
gracia.” (76). (Camus dice: “No es que hayan leído las tediosas prédicas
de los naturalistas... es que están bien al sol.”)
Ya en el cuarto libro, Duro mundo, esas certezas físicas y
lenguajes inmediatos quieren tornarse comunión, necesidad de los otros:
“quisiera hablar de mí / sin olvidar a nadie” (84); “y para recordar
/ sé cuánto pesa la esperanza // la esperanza / tu mano sobre mí”
(85-86). El contacto con la naturaleza también puede abrir hacia los otros;
así, en el quinto libro, El jardín de aclimatación, en la página
105: “Esta noche respira. / Es vida sin usar, silencio abierto, amores que
creímos abandonar. / Mi soledad que cede.” Y en el hermoso poema “Gente
del río”, que es cercano a Alberto Caeiro: “Libres al bajo sol, los
isleños maniobran dulcemente sobre el lomo del agua. / Sus embarcaciones se
nos adelantan con intolerable rapidez. / Sus brazos crecen. Sus cuerpos
cultivados por el tiempo conocen la alegría de estar en el mundo, la única
seguridad. / Nosotros podemos saludarlos de lejos con un gesto.” (112).
El sexto y último libro, Gran Bebé, está hecho de
exhuberancia y de avidez: “Ejerzo la desocupación más definida: no estoy
harto de nada.” (121). “Yo ceno como Dios. Lo siento en la garganta.”
(122). “Gran Bebé acaricia el pan antes de comerlo.” (122). “Gran Bebé
tiene confianza.” (130).
Rodolfo Alonso se proyecta y se seguirá proyectando desde allí, por
ejemplo desde los dos últimos versos de este libro: “Y estas son tus
palabras y tus gestos, tus alabanzas y tus decisiones, lo mejor de ti
mismo.” (133).
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