Rodolfo Alonso

Poemas por la Tierra que sufre








Pachamama

Toco la tierra pongo
mi corazón mi mano
sobre la tierra negra
gris roja fértil
reseca zumbadora
marrón de viva carne
color del elemento
materia sol sonido
vibraciones caricia

Piso la tierra toco
lo que tengo soy sé

tierra por descubrir
tierra que nutre
madre tierra hasta el fin
tierra que entierra

Sobre la tierra desde
la tierra un paso
una mirada una canción
que celebre el encuentro
de un hombre con su hembra





La canción de las hojas

Voz del añoso mundo
con que el viento se enciende.
¿qué me dices, si dices,
para mí, para todos?

Vida que se desvive
por vivir, vida viva,
maravilla sedienta
coronada de ecos.

Cada murmullo late
atento a cada hoja,
silencio suspendido
por una boca eterna.

El cielo se susurra
canciones de festejo,
música a solas, sol,
aire, luz, agua, hierba.

Son que ilumina hondo,
incesante milagro:
yo que me siento oír,
la voz que hace memoria.

El árbol en la tierra,
la canción bajo el sol,
las hojas en el cielo,
el viento entre las hojas.

Colmada de frescura,
mi sangre reconoce
ese freír alado:
no hay más que un universo.

(De Sol o sombra, 1981)





Arroyo Tiú Mayú

Días enterosa lomos de la tierrafiera frescuraCon el acuerdode la arisca bellezatorcaza y cieloDías macizosen eso cae la nochey se derramaLos dioses borranbárbara cortesíala hiel de la urbePorque esto somospie desnudo en el aguaarena limpia





Razón de ozono

“Vivi tu, vivi, o santa 
natura?”

Leopardi

El fénix del oxígeno
hace la altura azul

¿Quién iba a imaginar
el cielo asesinado?

El mar intoxicado
la pradera oxidada

Ni los príncipes locos
mataban su caballo

No hay vida inalterable
no hay verde inalterable

El bruto tecnológico
orina hacia los astros

Soberanos suicidas
somos reo y verdugo

La acidez de la lluvia
es nuestro patrimonio

¿Fuimos hechos para esto
somos esto que hicimos?

¿No hay ganas de vivir
en la barbarie técnica?

Son nuestras propias manos
las salvajes culpables

Civilizadamente
masacramos la gracia

El desierto era bello
y no hay ciudad alegre

Asesinos de árboles
enemigos del pájaro

Ni graves animales
ni fieras emblemáticas

En nuestras catacumbas
exquisitos venenos

Con la infancia del mundo
comenzamos a erguirnos

La liana fue siempre
cordón umbilical

Hicimos arcos flechas
dólmenes y papiros

Maquinamos la máquina
domamos el vapor

Y los dulces nativos
vilmente inoculados

con los virus letales
de las pestes del alma

El indio el afro el bárbaro
víctimas escogidas

sabían acompañar
la cadencia del mundo

Nuestra cabeza es hoy
el agujero negro

A la placenta atmósfera
le criamos un cáncer

Quemamos nuestras naves
cortamos nuestras anclas

La tierra devastada
será nuestra memoria

Refugiados en urbes
presos de nuestra prisa

somos fáciles presas
de nuestra propia plaga

apresuradamente
apretujadamente

Las ruinas del planeta
son también nuestra ruina

Los gatos desconfían
con razón de nosotros

Y la bella ballena
no ha podido esquivarnos

No hay islas ni tesoros
la aldea es planetaria

El comercio insaciable
tiene un rígido límite

¿De qué sirve ser rico
en la tierra arrasada?

Íbamos a ir al orbe
caemos del universo

Nuestra carrera al cosmos
terminó en el vacío

Aquí yacen los mares
que crearon al hombre

Nuestra pobre codicia
nuestra rica miseria

devoraron el oro
de la límpida vida

Nuestro miedo culmina
envenenando arroyos

Deshecho entre desechos
el hombre se agoniza

¿Quién dijo que el sendero
llevaba a alguna parte?

Las montañas resisten
el cielo cae encima

Los insectos nos miran
con inquieta paciencia

¿Heredarán lo árido?

(De Música concreta, 1994)





Gauguin recuerda a Francia
en Mururoa


“¿Te dejé por Tahití, triste madrastra,
para morir soñándote, pintando
tu nevada Bretaña? Al color libre
y salvaje huí, a adormecerme
en los senos cobrizos de Tehura,
al resplandor del tamarindo, lejos
de tus gendarmes. Pero estabas allí:
jueces, archivos, sables, mercaderes.
¿Morí una vez, lejos de ti, ajeno,
y he de verme morir en Mururoa?
¿Volveré a ver morir lo que admiraba
por obra tuya nuevamente, madre
mortal? ¿Qué puede un maorí, qué pueden
brujos sabios contra el hechizo blanco,
seco, ácido, letal, inexorable?
La dulce vida no será la misma.
¿Libertad, igualdad, fraternidad?
La gracia huye espantada, suicidándose,
a arrojarse en el mar. En sus abismos
que alguna vez creímos insondables.
Bajo el altar del atolón, el cáncer
de coral su misa negra extiende. 
Francia, nodriza cruel, si quieres luz
cría vida. Si sueñas con abismos
que sean tus abismos, no los de otros,
sino en tu propio suelo. ¿Te arrastrarás,
así, tú misma al muro? ¿Ya ni en la paz
de los abismos crees, reina árida?”






A la sombra de Malthus

Sabios anuncian,
con discreta emoción
y sopesando datos,
de manera siniestra,
irreprochables,
que en el Tercer Milenio
más hombres tendrán sed.

(De hacerlo, no serán,
como se ve,
lo suficientemente
originales:
todos los siglos
consiguieron tener
sed de justicia,
libertad y belleza.)

Ahora, por fin, parece
-miserable milagro,
cruel consumación,
irrisorio destino
final-, que los humanos
tendrán por suerte
matar muriendo
(cazando lluvias,
en oasis blindados,
cercando ríos,
encerrando al mar)
por una simple, serena, 
saludable y letal
sed clarísima de agua.





J'accuse!

a Emile Zola,
que conoció otros tiempos

¿Tiene sentido, todavía, una pregunta tonta, una simple pregunta? ¿Tienen todavía sentido las preguntas? ¿De dónde fluye la poesía, de dó
nde venía, como un agua de todos, cuando manaba con rabiosa inocencia?
En lo alto de la infancia, mientras las tardes eran tardes, y sobre el cielo abierto de las plazas que no habían cegado aún de cemento podí
a esperarse que madurara lerdamente, con tiempo de dejarlo crecer, un atisbo de crepúsculo, en la mágica intimidad que horadaba el autismo ya creciente de la urbe, las niñas saltaban sobre sí
mismas a la cuerda y, como derviches danzarines en el momento justo, dejaban oír las mismas rondas infantiles que habían venido viviendo en el idioma desde siglos atrá
s, nacidas en un tiempo y en un lugar preciso aunque desconocido, pero esparcidas por los vientos del mundo sobre los más diferentes rincones del planeta y de los años. Y en el atardecer que volvían sagrado, la moneda corriente del lenguaje, el canto rodado que era flor de la lengua, más humana que nunca, en cada una y en todas esas niñas madres de las canciones, alumbraban el fuego secreto, dejaban flamear sin proponérselo y a fondo el fénix restaurador de la poesía.
Nadie se daba cuenta, quizás, pero eso ocurría, entonces. Y era tan esencial y nutritivo como el oxígeno que desprendían las hojas de los á
rboles, también sagrados en su vida fecunda y generosa.
Cuando un hombre nacía, cuando era echado al mundo, por más pobre que fuera, su primer refugio en la desnudez desolada de lo abierto eran los brazos de una madre, y su primer contacto con la vida, todaví
a instintivo, era el olor, el calor, el amor animal de la hembra que le llegaban por la piel, por el instinto, por la nariz, por los oídos, por los ojos, por el tacto y contacto de una voz que sin propó
sitos de lucro, de industria o de mensaje le transmitía el contagio feliz de la empatía, la tibieza de un rescoldo lejano, el calor de la tribu junto a los fuegos de la especie, la materia del mundo y de la vida, el terror y el temblor de la palabra humana, el sonido sentido, el sonido del sentido, de los sentidos, flagrante y contagioso, puro sonido aú
n, puro sentido, contagio de lo tibio y lo turbio y lo vivo y lo caliente, de un puro seno vivo de mujer, de una voz que acunaba, contra el terror del mundo, para civilizarnos, con salvaje inocencia, para traspasarnos de lenguaje y el lenguaje no apenas como un instrumento, una herramienta, un ú
til, sino como un mar que nos envuelve y que nos constituye.
Yo acuso. Yo acuso a los presidentes de las multinacionales que han hecho sofocar la canción de las hojas de los árboles del mundo y a los pájaros que había en ellos.
Yo acuso a los presidentes de las multinacionales que han desacralizado el cuerpo del planeta, que han convertido el aire en mercancía, la luz en precio, el ocio en industria.
Yo acuso a los presidentes de las multinacionales que han entronizado contra natura una imagen anafrodisíaca de la hembra, que han envilecido el misterio del sexo, el milagro del tiempo y del espacio.
Yo los acuso de haber impedido el desarrollo normal de la poesía, que no fluye de las academias ni de las bibliotecas ni de ningún estrado de marfil (¡oh Dylan!), sino casi seguramente de las rondas infantiles y las canciones de cuna que mantenían encendida y encendían en cada cachorro humano la posibilidad de la música del mundo.
Y me acuso sobre todo a mí mismo de no haber hecho nada para impedirlo, de no haber sido capaz, en absoluto, de impedirlo, de impedir ese maldito crimen de lesa poesía.
Quieran los dioses tenérnoslo en cuenta, cuando llegue el momento, si es que llega.

(De El arte de callar, 2003)

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