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Cèsar Vallejo ha muerto |
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por
Rodolfo Alonso Como él
mismo lo dijo, por anticipado, en un poema tan legítimamente memorable como
visionario: Piedra negra sobre una piedra blanca, falleció
en París pero sin aguacero, y no un jueves sino un viernes santo. A las 9 y
20 horas del 15 de abril del 2002 se cumplieron sesenta y cuatro años de su
muerte. Y sin embargo, cuánta vida nos ha seguido dando. Mi descubrimiento
personal, hondo e íntimo, de César Vallejo (1892-1938), fue para mí un
acontecimiento extraordinario. No sólo porque me ocurrió en plena
adolescencia -alrededor de los quince años- sino también porque, no
disponiendo en aquel entonces de ningún antecedente intelectual, literario
o académico de ningún tipo, mi primera percepción de su enorme, profundísima
poesía fue absolutamente inocente, sin posibilidad concreta de prevención
o preconcepto alguno. Y también aislada, individual, como lo son todos los
grandes descubrimientos primigenios. (¿Está de más reiterar aquí que
algo muy similar me aconteció, casi contemporáneamente, con Roberto Arlt?)
Durante mucho tiempo intuí, sin haber
reflexionado sobre el punto, que esa revelación conmocionante se debía a
un fulmíneo contacto con la evidencia -en el sentido de Husserl:
vivencia de la verdad- en que su uso de la palabra convertía a un poema.
Había allí algo encarnado en lenguaje que iba más allá del lenguaje,
humanísimo lenguaje humano. Y el sentimiento, bien de fondo, se contagiaba
sin posibilidad alguna de retórica, latente en su palabra, viva. Que ello
se diera entrañablemente vinculado con dos acontecimientos que también se
me volvieron legendarios, siquiera en forma infusa, es decir la guerra civil
española, la lucha de aquellos humildes milicianos, los heroicos
voluntarios que defendieron a la República, vivida como
una personal mitología,
y el
hecho de
que en su sangre se mezclaran --todavía de manera inconsciente para
mí-- lo ibérico y lo indígena, no dejaba de incluirse oscuramente en
aquel impacto original. De
tal impronta nace acaso que, todavía hoy, me resulte a veces casi doloroso
releer a Vallejo. Como si ese contacto desollado, visceral con una verdad
insoslayable, con una hominidad ineludible que resulta entre otras cosas su
poesía, no haya dejado nunca, así sea de modo irracional, de aludirme muy
personalmente. Con los años, por supuesto, otros ingredientes se fueron añadiendo,
y de eso me siento obligado a hablar ahora. Junto con aquella adolescencia
fueron creciendo también las búsquedas de la propia identidad. Ser
argentino, y por lo tanto latinoamericano, como lo soy por nacimiento, no
dejó nunca de enhebrarse con mi condición de hijo de inmigrantes, lo que
me unía por mi sangre también con otros mundos. Que, como bien dijo Paul
Eluard, "están en éste". Y
fue hace ya varios años, en ocasión de una amplia muestra itinerante
organizada por el gobierno autonómico gallego, bajo el significativo título
de Galicia en América, que otros elementos se agregaron a esta pequeña
historia. Allí confirmé algo que sólo había atisbado antes como leyenda
y que, como toda leyenda, no había alcanzado nunca la suficiente precisión.
La madre de César Vallejo se llamó María de los Santos Mendonza
Gurrionero ("de pecho en pecho hacia la madre unánime”), y era hija
del sacerdote gallego Joaquín de Mendonza y la india chimú Natividad
Gurrionero. Pero no sólo eso. También su padre, Francisco de Paula Vallejo
Benítes ("Mi padre, apenas, / en la mañana pajarina, pone / sus
setentiocho años, sus setentiocho / ramos de invierno a solear”), no sólo
era hijo de otro sacerdote gallego, José Rufo Vallejo, sino que su propia
madre también era otra india chimú, Justa Benítes.
Y aunque uno intente resistirse, no hay
casi modo de evitarlo. César Vallejo nació en 1892 en una Compostela
indoamericana, la peruanísima Santlago de Chuco. Y en su sangre conviven,
se confunden, se unifican, por obra del amor o de la pasión que van más
allá de toda inhibición, pero no de toda culpa, la morriña insoslayable
del gallego trasplantado con la melancolía indeleble del indio sometido. Y
los entresijos de la mitología católico-cristiana, ineludiblemente
entrelazados con verdaderas, auténticas historias de amor, junto con todo
lo que arrastra haber nacido de sangre indígena en el mismísimo meollo del
Perú de los Incas. ¿Es
posible olvidar, hablando de estos temas, la insoslayable significación que
tiene el hecho de que la paradigmática Rosalía de Castro, símbolo vivo
pero también históricamente la iniciadora --con la aparición de sus Cantares
gallegos-- del resurgimiento cultural del idioma (y con él del pueblo)
de Galicia, haya sido también hija natural de un sacerdote? Ese desacomodo
existencial, social, incluso cultural, con sus impensadas perspectivas, ese
pecado original --a la vez seductor y repelente, pero de cualquier manera
marca de los dioses-- ¿puede no ser vincular, fundamental, inquietante? Y
así se lo intente mantener oculto porque, dentro de uno, nada puede
volverse más manifiesto que lo latente. ¿De
dónde sale sino la "Dulce hebrea" de Los heraldos negros
(1918) a la cual se le pide "Desclávame mis clavos oh nueva madre
mía!", de dónde la amada que se ha "crucificado I sobre los dos
maderos curvados de mi beso"? ¿O, incluso, "un viernesanto más
dulce que ese beso”? Por supuesto que del lenguaje. (Pero no sólo del
lenguaje.) De donde surgió también ese magnífico TriIce que, desde
Trujillo, en 1922, agota de antemano muchas de las futuras experiencias de
las vanguardias europeas. O aquel que a mí me parece el libro más hondo y
tocante -y logrado- que haya producido la guerra civil: España, aparta
de mí este cáliz, mucho más que póstumo, y no por casualidad escrito
por un hijo de América ("¡Niños del mundo, está I la madre España
con su vientre a cuestas!"). Y alrededor del cual la misma agonía del
poeta, casi encarnada en la lumbre del mito, vueltos uno solo destino
personal y momento histórico, se vuelve asimismo luminosa evidencia, verbo
vivo.
(Según otro poeta, su amigo Juan Larrea, las últimas palabras de
Vallejo fueron: "Me voy a España". Refiriéndose, por supuesto, a
la España republicana, que estaba desangrándose también --al mismo
tiempo-- en su “agonía mundial”. En la Clínica Arago, donde falleció,
los médicos no atinaban a explicar la verdadera causa de su muerte. Pero al
año siguiente, 1939, al editarse por fin sus indelebles Poemas humanos,
escritos probablemente entre 1930 y 1937, pudieron conocerse estas otras
palabras tan suyas, no sólo premonitorias: “En suma, no poseo para
expresar mi vida sino mi muerte.” )
¿De dónde salen, digo? De la lengua
humana, empapada de vida y también fuente de vida, vida ella misma,
instintiva y orgánica, cargada de los humus nutricios de la pequeña
historia y de la gran historia, pero también de los instintos y los sueños,
de las ansiedades y los deseos de los hombres. De un hombre capaz de ser, a
la vez, él mismo y todo lo humano, lo más humano de lo humano, de ser único
y general, al mismo tiempo, entre todos los hombres, junto a todos los
hombres. La de César Vallejo no es una voz unánime, sino prójima, íntimamente
próxima. (Qué otro, sino un gran poeta como él, podía habernos dejado
por ejemplo esa sucinta clase –magistral-- de economía política:
"la cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre...". )
Me enorgullezco limpiamente de saber que
el primer hombre que me hizo descubrirme latinoamericano llevó en sus venas
la sangre de mis antepasados campesinos, y también la noble sangre de los
primeros hijos de la América primera, la aborigen, la indígena. Como la
lengua, como la vida, toda sangre es espléndidamente mestiza. Sólo la
muerte es pura.
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RODOLFO ALONSO ®
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