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Frescura
inalterable Rodolfo
Alonso, A favor del viento (poesía
reunida 1952-1956) Argonauta, Buenos Ares, 2004
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Leo
a Rodolfo Alonso como la primera vez, hace ahora más de cuarenta años,
y también como siempre, con un placer sin descanso, así como surgen
sus poemas, de antes o de hoy, en su frescura inalterable. Digo frescura
en el sentido de que cada palabra se ofrece al término de un transcurso
muy breve o muy largo, pero siempre fuera de los carriles y de los
surcos previos. Un poco como el mar que se retira y vuelve sobre sí
mismo, dejando sobre la arena ripple-marks siempre semejantes e
infinitamente diferentes, huellas-poemas. Es así porque, me parece, los
textos que se han reeditado con razón no están acabados y hacen
percibir una misma tonalidad paradójicamente otra que se prolonga y se
prolongará sin fin como cada uno de sus poemas, a la vez cumplidos e
interminables. Todos siguen libres, aptos para devenir, sin peso y sin
embargo cargados de sentido. Un sentido que conserva la luminosidad que
reencuentro con una suerte de ternura en sus primeros poemas. Comprendo
bien lo que me había seducido en ellos desde el comienzo, una suerte de
discreto resplandor en su misma claridad, que ellos atravesaban con una
extrema sutileza para delinear allí lo que de otro modo hubiera sido
para siempre ilegible. Y esta tan extraña pero sin duda también
natural precisión de la palabra (se trata de verdaderos poemas) se liga
con nuestra vivencia secreta pero esencial. Es por lo cual, en él como
en Jean Tortel que cito, los instantes de lo vivido son, siempre y
profundamente, recalificados. Su
prefacio es bello, con esa honestidad franca tan ajena a todo eso que
vivimos en este momento, y dice con inteligencia, eso va de suyo pero no
está mal subrayarlo, y simplicidad, lo que solamente él puede decir.
Pero da también mucho para reflexionar y el encaminamiento hacia el
poema, que no ha de justificarse sino ser, e inscribirse desde un
momento dado en un “proceso sin fin”. Es importante, entre otras,
que diga (página 21) que nunca tuvo “la intención” de escribir un
poema. Esa “intención” falsearía todo, seguramente, sin resolver
sin embargo el inmenso problema de todas las “fuentes” del poema
(“Regreso a las fuentes” de René Char no es para nada una regresión,
una integración de la infinita riqueza del prelenguaje). Es
con emoción que reconozco la presencia de todos esos amigos, entre
nosotros, y pienso primero en Raúl Gustavo Aguirre, pero también en
Bayley, en todos los de Poesía Buenos Aires. Y por supuesto en
Char, en Ramos Rosa, en René Ménard a quien igualmente he conocido
bien, en Murilo Mendes, etc., etc. Lo que dice de César Vallejo es
importante, y queda a mis ojos, como uno de los más fulgurantes enigmas
de la poesía moderna. Y
es lo que importa: mi profunda amistad, y por supuesto mi admiración
por una obra poética y crítica de primera importancia, la de Rodolfo
Alonso. Fernand
Verhesen
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RODOLFO
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