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Palabra
de Rodolfo Alonso
por Pablo Montanaro
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(Desde Neuquén especial para Fijando Vértigos)
Conocí
a Rodolfo Alonso en julio de 1990, precisamente un viernes 13 (la fecha
aparece escrita en la dedicatoria que me hizo de su libro Señora Vida).
Este primer encuentro sucedió en una oficina de que el poeta ocupaba en
la sede del Centro Gallego, en la ciudad de Buenos Aires. Hasta allí había
llegado yo con la intención de conversar con él –mejor dicho
escucharlo- acerca de la poesía. Fueron pocos minutos, los necesarios
para saber de la pasión por el arte que emergía en cada una de las ideas
y reflexiones de Alonso. A ese inicial y breve
encuentro, le sucedieron otros, muchos de ellos reflejados en reportajes
publicados en revistas culturales. A pedido de Fijando Vértigos he
seleccionado algunos pasajes de esas conversaciones, que tienen la
característica de ser una fuente de luz para los lectores de la obra de
Rodolfo Alonso, o bien para aquellos que se asomen a ella por primera vez.
EL CAMINO DE LA POESIA ¿Recuerda cuándo y de qué manera se acercó
a la poesía?
No hay una fecha precisa, por supuesto. Y a lo mejor
todavía continúo acercándome a ella, sin lograr alcanzarla. Estas cosas
no se piensan de antemano, se reflexionan después. Porque el primer
asombrado fui yo mismo: a eso de los catorce o quince años, sin
antecedente alguno que lo justificara, me descubro escribiendo, un día de
lluvia, tres líneas ya concisas, concentradas. Y no demasiado tiempo
después, como en un sueño, precisamente la noche antes de cumplir
diecisiete años, me convierto en el más joven de “Poesía Buenos
Aires”. Y allí continúan los asombros: a partir de 1952, y más o
menos hasta 1957 o 1958, escribo unos poemas (o más bien unos poemas me
escriben), que no menos asombrosamente se convierten en mis primeros
libros, y que aún continúan deslumbrándome. Acaso porque todavía me
recuerdan (o en gran medida continúo siendo como entonces), aquellos
ansiosos, maravillosos años de la última infancia y la primera juventud,
en que la poesía se apoderó de mí.
¿Cuáles fueron sus lecturas iniciales y de
qué autores se sentía más cerca cuando ingresó a “Poesía Buenos
Aires”?
Son días tan vertiginosos, todavía, que todo se me
encima. ¿Estos recuerdos son de antes o después de haber tomado contacto
con “Poesía Buenos Aires”? En el anaquel de un compañero español,
exiliado republicano, descubro la Antología
de César Vallejo, de Xavier Abril. Que fue una experiencia
reveladora, deslumbrante. De pronto sentí que la poesía era una intensa,
humanísima experiencia de vida y de lenguaje. Y, casi simultáneamente,
en librerías de viejo, descubro también a Roberto Arlt, por entonces prácticamente
desconocido. Fue otra fulminante revelación. Con los años, preguntándome
a mí mismo cómo se había desencadenado todo esto, he llegado a algunas
intuiciones, a algunas aproximaciones. Hijo mayor de inmigrantes gallegos,
el primero nacido en Buenos Aires, mi infancia fue bilingüe. ¿Nace de
allí el don de lenguas que me convirtió no sólo en poeta sino también
en traductor? Buenos Aires era en aquel momento una auténtica Babel,
donde se hablaban todas las lenguas del mundo. Pero también está el
descubrimiento que tuve que hacer, solo, de la gran ciudad. Al mismo
tiempo que mi infancia se entibiaba con los recuerdos, y las canciones, y
los mitos, de la infancia campesina de mis padres. ¿Nace de allí esa
presencia tan viva en mí de la naturaleza, de los verdes vegetales
matizados por la lluvia?
LA POESIA: EXPERIENCIA DE VIDA Y LENGUAJE
Alguna vez dijo que toda verdadera
experiencia poética es una experiencia de vida y lenguaje.
Las palabras son maravillosas, pero incompletas. O
aproximativas, como también se me ocurrió decir, en el doble sentido que
permiten intentar comunicarnos pero que nunca acaban por hacerlo del todo.
Pedro Abelardo, el gran humanista medieval, al intentar defenderse de la
Inquisición que terminó condenándolo, recuerda ya un proverbio muy
significativo: “Nada hay tan bien dicho que no pueda ser mal
interpretado.” De allí a Wittgenstein o a Steiner, por ejemplo, e
incluso a Chomsky, la línea de los grandes preocupados por el lenguaje es
tan profusa como intensa. Yo mismo, sin armas para ello, pero como dije
casi obligado a reflexionar sobre el milagro de haberme descubierto
escribiendo poesía, me topé con algunas intuiciones. Por un lado no
“usamos” el lenguaje, somos lenguaje. Pero también hay un
abismo en el lenguaje. Yo intuyo que, lo que seguimos llamando poesía, no
se reduce simplemente a un género literario, sino que tiene que ver con
una actitud original, espontánea, creadora, de los primeros hombres, del
hombre original. Si hay una carencia en cuanto a la precisión
comunicativa del lenguaje humano, lo que llamamos poesía es entonces,
acaso, una forma de convertir a esa carencia en cantera. Comunicarnos más
a fondo, ser más hombre, más mundo, vivir el lenguaje como experiencia.
Entonces, ¿qué es la poesía para Rodolfo
Alonso?
No lo sé. O, mejor, no quisiera saberlo. Nunca supe
definirla con palabras, volverla concepto. Me parecería un sacrilegio, y
una tontería. La poesía es una experiencia, una praxis, no una idea platónica.
Al mismo tiempo, y no sin ruborizarme, siempre tengo presente que Dante
Alighieri aludió a ella, en su Divina
Comedia, como “la gloria de la lengua”.
¿La
poesía está en crisis o lo que está en conflicto es el lenguaje?
Nunca hubo una gran poesía, por culterana, refinada
e incluso cortesana que fuera que no estuviese, de algún modo, por
oscuros meandros, íntimamente ligada con una lengua viva hablada por una
comunidad. Mucho me temo que la evidente crisis, no sólo de circulación
sino también de producción, de exigencia, de creación, que hoy parece
estar viviendo, no sólo entre nosotros, lo que seguimos llamando poesía,
no es simplemente el problema de un género literario sino, mucho peor,
acaso consecuencia de la dolorosa, grave pérdida de espontaneidad
creadora de lenguaje sufrida por los hombres, sometidos a esa avasalladora
marea de mediocridad y masificación producida por la civilización del
show, por esta sociedad del espectáculo, como bien la definió hace ya
tiempo Guy Débord. Y recordemos, nuevamente, que no usamos el lenguaje, somos
lenguaje. Si la crisis de la poesía, como temo, es el síntoma de que
algo muy grave está afectando la productividad de lenguaje de la
humanidad, no se trata de un utensilio, de un instrumento que podemos
sustituir por otro. Cuanto menos lenguaje somos, somos menos mundo, menos
hombre. La mala poesía no resultaría, entonces, tan sólo un problema
estético. UNA OBRA PARA DESCUBRIR EL MUNDO
Podríamos definir su obra diciendo que se
trata de una mirada que
abarca todo lo real para dialogar, cuestionar, revelar y descubrir el
mundo. Michel Butor expresó que el poeta es quien da cuenta de las cosas
humanas que están en peligro.
Sí, Butor lo dijo muy claramente, a mediados de los
sesenta: “El poeta es aquel que tiene conciencia de que la lengua, y con
ella todas las cosas humanas, está en peligro.” Al leerlo, me sentí
tan iluminado, que puse a esas palabras como cita en mi libro Música concreta (Plus Ultra, 1994). No sé si eso se ajusta a mi
obra o no, ni siquiera sé bien si lo que he hecho, o me ha ocurrido, es
una “obra”. No soy yo quien debe opinar sobre eso. Sólo puedo decir
que me sentiría orgulloso, sí, de haberme mantenido en esa dirección,
de haber contribuido en algo a esa inmensa tarea. No mucho más se puede,
se debe pedir.
¿Qué lugar
ocupa la historia en su obra? Todavía no consigo diferenciar entre historia
personal, con minúscula, e Historia grande, con mayúscula. Ambas
historias se entrelazan, para mí, y siempre me pareció que un poema, de
amor o de misterio, de encantamiento o de arrobo, se da ineludiblemente en
un contexto, que es irremediablemente histórico, personal y colectivo..
No es sólo como si fuera un telón de fondo, es una interrelación, algo
que nos habla y se habla. Hay momentos en que la Historia también puede
ser, es de hecho una metáfora. Y por lo tanto puede resultar a la vez
deslumbrante y ambigua. Un poeta muy exigente, Alejandro Nicotra, me lo
hizo ver, casi el primero, en correspondencia privada: “Incide en su
poesía –me escribió en 1988--, como una luz negra, todo el dolor de
nuestra época. Esa conjunción de la historia, la desgracia, y del
momento ‘intemporal’ -valga la paradoja-, edénico, es uno de los
caracteres que más seducen en su obra.” Y seis años después, en 1994,
reiteraba: “...en su poesía he sentido siempre -mejor dicho, en gran
parte de su poesía- una preciosa conjunción estética de historia y
eternidad. Quiero expresarle, que su aprehensión del esplendor sagrado,
de lo inefable de la vida, está muchas veces aunada a la sugerencia de la
circunstancia histórica." Me ha hecho pensar mucho. Es como si él
pudiera expresar algo que yo solamente vivía. ¿Servirá de algo recordar
que mi infancia se acunó con los relatos heroicos de la guerra civil española,
la ejemplar resistencia antifascista del pueblo republicano, esos
milicianos que -como para otros los griegos-constituyen acaso mi auténtica
mitología? ¿O recordar que mi niñez coincide con la lucha mundial
contra el nazismo y concluye, de algún modo, cuando en el cine Novedades, de la calle Florida, donde intercalaban documentales con
dibujos animados, mis ojos de niño de nueve o diez años ven, en poco
tiempo sucesivo, las primeras imágenes, apocalípticas, de los campos de
concentración liberados por los aliados o el hongo leproso de Hiroshima?
Ese es el telón de fondo de mis primeros poemas. Y tal vez sigue siéndolo. Tomando su cita
de César Vallejo, “¿y si después de tantas palabras no sobrevive la
palabra?”, ¿qué? Con esas líneas, indelebles, terminé mi ponencia
ante las Bienales Internacionales de Poesía, en Lieja, en 1992. Yo creo
que es suficiente con plantearse la pregunta. Y planteársela no en un
sentido literal, sino poético, es decir metafórico, que es después de
todo la forma en que ejercemos el lenguaje los humanos. ¿O acaso alguien
habla en estado de diccionario? Esa línea de nuestro padre Vallejo, el
indeleble, tiene ya muchas décadas. ¿Qué hacer al respecto? Mantengamos
abierta la cuestión. Nada menos. ¿Qué frase elegiría para resumir su obra
poética.?
¿Qué tal la misma que, hace ya ciertos años,
medio en broma y medio en serio, imaginé en un poema como mi epitafio?
“No he terminado en mí.”
* En una de las charlas
mantenidas con Alonso, hizo mención a la Primera Reunión de Arte
Contemporáneo, organizada por la Universidad Nacional del Litoral, en
Santa Fe, en 1957, en la que Raúl Gustavo Aguirre terminó su conferencia
citando un poema de Saint-John Perse: “Extranjero, sobre todas las
playas de este mundo, sin audiencia ni testigo, lleva a la oreja del
Poniente un caracol sin memoria:// Huésped precario en el umbral de
nuestras ciudades, tú no franquearás la puerta de los Lloyds, donde tu
palabra no tiene curso ni tu oro valor...//
‘Yo habitaré mi nombre’, fue tu respuesta a los cuestionarios
del puerto. Y sobre la mesa del cambista, sólo produces asombro.// Como
esas grandes monedas de hierro exhumadas por el rayo”. “Actualmente esta cita de Saint-John Perse –acotó Alonso- es
más útil que nunca. Además de su belleza estética, el poema es una
clara crítica al totalitarismo del mercado. Saint-John Perse imaginaba
que el hombre tenía dos lámparas de ciego: una era la poesía y la otra
la ciencia, que no tiene que ver con la tecnología dominante que hoy
tenemos; es la ciencia, imaginaba él, relacionada con el viejo
humanismo”. JUANELE: LA POESIA
ENCARNADA
En aquellos años de “Poesía Buenos
Aires”, frecuentaba a Juan L. Ortiz, ¿qué le generaba la actitud de
este poeta frente a la poesía?
Ese fue otro de los “regalos” de aquella relación.
La amistad con Paco Urondo me trae los viajes a Santa Fe, la nueva amistad
con Hugo Gola y un Juan José Saer casi niño pero, sobre todo, los cruces
en lanchón a Paraná, sobre el lomo reluciente del gran río, y el
contacto con Juan L. Ortiz, que en aquel entonces era prácticamente un
desconocido. Él fue para mí, ante todo, la evidencia viva de lo que habíamos
estado intuyendo: la poesía como una manera de vivir, encarnada, apartada
de los relumbrones de la vida literaria, sin otra pretensión, sin otra
devoción que ser fiel a una exigencia raigal, a una “sabiduría de
intemperie”. Y no por imposición, incluso moral, sino por propia deriva
de su ser más legítimo. Siempre recordaré, entre tantas otras cosas,
una de las reveladoras intuiciones que Ortiz me transmitió, prácticamente
la primera vez que nos vimos: “El poeta, cuando habla de una cosa, es
la cosa.” Evidencia de fondo, entonces, no descripción apenas.
Para
todos nosotros Juanele, a quien visitábamos frecuentemente en su casa a
orillas del río Paraná, era la poesía encarnada, por su manera de
vivir. Consideraba que la poesía tenía que estar fuera de todo eso que
se llama “vida literaria”. EL ARTE DE CALLAR
¿De dónde proviene el título de su libro,
“El arte de callar”?
Literalmente,
lo descubrí mencionado en un artículo de Claudio Magris en un diario
italiano. (Después de haber publicado mi libro, supe que es el título de
una obra del abate Dinouart, un francés del siglo XVIII.) Me sentí tan
profundamente llamado que lo sustituí al título anterior, que era Canto
hondo. Ahora, si me preguntan exactamente a qué creo aludir con eso,
no podría explicitarlo con precisión. Creo que en realidad es el tema
alrededor del cual hemos estado girando. En este caso, también con la
ineludible presencia del silencio, que valoriza con su halo a la palabra.
Ese silencio que hoy, en esta sociedad del ruido ensordecedor, se ha
vuelto casi subversivo. Sin silencio no se puede pensar, no se puede
meditar, no se puede oír lo más profundo de uno mismo, lo que es a la
vez individuo y especie. Y no se pueden oír tampoco las voces, la voz de
la Naturaleza, de nuestra naturaleza. Sin silencio, intuyo, es imposible que pueda
haber gran poesía.
El título encierra una contradicción,
sobre todo que su poesía se ha tornado cada vez más explícita.
De eso se trata, tal vez. Precisamente de conmover,
incluso de inquietar. Ni lo que parece explícito es solamente explícito,
ni las palabras dejan de surgir en un contexto, que no es sólo histórico,
sino también verbal, lingüístico. Y, recordemos, que la palabra humana
es ineludiblemente ambigua, polisémica. Esos poemas, ese libro, ese título,
me hablan, me siguen hablando, incluso a mí. Y todavía no agotan su
valor de cambio, como dijo de la prosa el gran Valéry. Lo que parece
explícito puede surgir de una irresistible potencia del lenguaje, y no de
meros razonamientos.
“POESIA BUENOS
AIRES”: FRATERNIDAD Y EXIGENCIA Rodolfo
Alonso
participó de la revista “Poesía
Buenos Aires”, aparecida entre 1950 y 1960 (treinta números), que
se constituyó en uno de los hechos más singulares de la historia de la
poesía argentina de la segunda mitad del siglo XX en lo que respecta a
publicaciones literarias. Dirigida por Raúl Gustavo Aguirre, esta revista
nucleó también, junto al muy joven Alonso, a poetas como Mario Trejo,
Edgar Bayley, Francisco Urondo, Francisco Madariaga, Jorge Carrol, Osmar
Bondoni, Nicolás Espiro, entre otros. “Estas situaciones en que nos sigue colocando la poesía...
Produce una sensación de vértigo pensar que se cumplen cincuenta años
del número inaugural de una revista que nunca se propuso tener semejante
influencia”, es
lo primero que dice Rodolfo Alonso al cumplirse medio siglo de la aparición
del primer número de la revista “Poesía Buenos Aires”, allá por la
primavera de 1950.
En 1951 Alonso tenía 16 años, era alumno del
Colegio Nacional de Buenos Aires y un entusiasta lector de la poesía de
Pablo Neruda, César Vallejo y Federico García Lorca y ya había empezado
a despuntar el vicio de escribir poemas. Una tarde de primavera ingresa a la librería Viau,
en la calle Florida, con la intención de espiar algunos libros pero le
llama la atención la tapa del número cinco de “Poesía Buenos
Aires”. “Fue un amor a primera
vista, me sentí identificado con el espíritu de la revista”,
recuerda. Venciendo su timidez, les envía una carta cuya respuesta no se
hace esperar. Lo citan en el Palacio do Café, ubicado en la
avenida Corrientes al 700, justo al lado de la casa de Raúl Gustavo
Aguirre, su director. El frío de la noche del 3 de octubre de 1951, justo
un día antes de su cumpleaños diecisiete, no amedrentó al joven poeta
para llegarse hasta el mencionado café y conocer a los que hacían esa
revista que tanto le había impactado. Allí estaban, alrededor de
Aguirre, Nicolás Espiro, Daniel Saidón y Wolf Roitman. Alonso disfrazó su timidez contando que pertenecía
a un grupo de muchachos amantes de la poesía, que en realidad no existían,
y cuando le preguntaron si había traído sus poemas sacó del bolsillo
del sobretodo un enorme rollo que desplegó sobre la mesa. En ese momento Alonso comenzó a sentir una sensación
muy particular: “al mismo tiempo que me aceptaban con total libertad y
sin preguntarme nada, sentía una enorme exigencia”. De esa noche recuerda
precisamente el preciso comentario que le hiciera Nicolás Espiro sobre
sus poemas. “Me dijo con mucha
claridad que en mis poemas había algunas palabras que estaban muy
manoseadas, que ya poseían una historia y que no se podían usar sin
tomar conciencia”. “Al mismo tiempo que nos tratábamos como iguales
–agrega-, lo hacíamos con mucha exigencia. Algo que se podría definir como una
exigencia fraternal”. ¿Qué le aportó “Poesía Buenos Aires”
en lo estético y en lo vivencial?
Fraternidad y exigencia. Uno podía ser admitido con
los brazos abiertos, pero la poesía era una cosa seria. Y el contacto
directo, vivísimo, casi cotidiano, con gente por lo general entregada a
la poesía “como una manera de vivir” (Tristan Tzara), sin solemnidad
alguna, sin grandilocuencia, con un indomable sentido del humor, pero
también con una necesidad de la excelencia más auténtica. A través de
ellos, junto con ellos, entro de lleno en la gran poesía del mundo. Pero
a la cual íbamos descubriendo todos juntos. Como experiencia, insisto. Si
ellos me mostraron las grandes vanguardias, los grandes franceses, yo pude
acercarles a Macedonio Fernández (descubierto también en librerías de
viejo, otro desconocido para la época), y a los grandes modernistas
brasileños.
¿Podríamos afirmar que “Poesía Buenos Aires”
nucleó a la vanguardia de los ’50 y por eso se la suele ubicar como
“movimiento”? Creo
que deberíamos situar a “Poesía Buenos Aires” dentro de un contexto
histórico y social en relación a la década en que se editó. La década
del ’50 es muy significativa en la vida social y política del país,
partida al medio por la Revolución Libertadora, cuya primera mitad
presenta el apogeo del gobierno peronista y su posterior decadencia. Después
de 1955 se inicia un gran cambio cultural con la puesta en marcha de la
Reforma Universitaria y aparece la figura de José Luis Romero. En 1958 se
postula Arturo Frondizi para la presidencia del país, contando con el
apoyo de la mayoría de la intelectualidad argentina. Frondizi aparecía
como un hombre de izquierda y con una posición antimperialista muy firme.
Ahora conocemos la historia de Frondizi... La década concluye con la
Revolución Cubana en 1959. En
cuanto al contexto estético... La primera gran vanguardia argentina es el
martinfierrismo, a mediados de los años ’20, con Oliverio Girondo, Xul
Solar, Macedonio Fernández, Jacobo Fijman, a quienes considero sus
figuras más importantes. La segunda vanguardia comienza a mediados de los
años ’40 y se manifiesta en las artes plásticas a través de los
pintores concretos y en la poesía con el movimiento invencionista, el
primero encabezado por ese gran intelectual que es el entonces artista plástico
Tomás Maldonado, y el segundo por su hermano, el poeta Edgar Bayley, un
teórico de primera. De este movimiento invencionista proviene el linaje
de “Poesía Buenos Aires”, que arranca desde posiciones de extrema
vanguardia. El contexto cultural que había
en esos años no es el que existe en la actualidad. Existía la gran
Guerra Fría, no sólo en lo político sino también a nivel ideológico y
cultural; con tendencias y movimientos apasionados y comprometidos con
lineas estéticas, sociales, culturales y políticas. A esto se le sumaba
un oficialismo del gobierno, y un oficialismo del poder intelectual ligado
a ciertos sectores. Creo que durante la década
del ‘50 se manifiestan dos movimientos de vanguardia en poesía: por un
lado, “Poesía Buenos Aires” que aunque viene del invencionismo se va
alejando a lo largo de su proceso de todo dogmatismo, sin perder las
exigencias y, por otro, el movimiento surrealista encabezado por Aldo
Pellegrini. La revista se convirtió en un espacio de reflexión
acerca del quehacer poético a través de la publicación de ensayos y
fundamentaciones teóricas. Exactamente. Se le dio muchísima
importancia a lo teórico porque los grandes movimientos de vanguardia
siempre han contado con manifiestos y teorizaciones. Había una tradición,
no de manifiestos sino del análisis, y esto se lo retoma aún sabiendo
que nunca se puede llegar a definir totalmente la poesía. Edgar Bayley
sostenía (con razón) que no se puede llegar a la poesía exclusivamente
por vía de análisis. ¿Una anécdota que recuerde muy especialmente? Hay tantas... Las dos
funciones que hicimos en 1952 de una obra de teatro de Edgar Bayley
llamada “Burla de primavera”, que dirigía Paco Urondo. Algunos de
nosotros éramos los actores. A mí me tocó hacer de Capitán Tancredo.
También recuerdo que Rubén Vela le estaba sirviendo vino a Oliverio
Girondo y le pregunta: “¿Toma, Oliverio?, “Sí mi amigo y a veces
demasiado”, le respondió. ¿Qué le dejo a usted como persona y como poeta
haber sido partícipe del grupo “Poesía Buenos Aires”? Yo no sería el que soy si no hubiera conocido a
este grupo. Esa experiencia estuvo tan ligada a m adolescencia en lo más
profundo, en lo afectivo y en lo intelectual, que es casi inimaginable
desprenderse. No sólo me hizo la participación en la revista sino también
esa convivencia en un clima de fraternidad, alto sentido del humor y de la
autocrítica. Me permitió saber que lo estético está unido a lo ético
y que la poesía es “una manera de vivir”, como bien dijo Tristan
Tzara. Entendí que a la poesía no se la proclama sino que se la
practica; y que no es una entelequia sino una experiencia. Espero
que sigamos siendo los mismos, y que todavía no seamos historia. ALONSO
TRADUCTOR La experiencia con el lenguaje es justamente
la tarea del traductor.
En mi caso particular, es casi simultánea. No mucho
después de descubrirme, yo mismo sorprendido, con un don de lengua para
la poesía, me descubrí también, ya curado de asombro, con un don de
lenguas para la traducción. Si al portugués accedo probablemente desde
el gallego de mi infancia, que son en sus comienzos la misma lengua, y al
francés por un excelente profesor del Colegio Nacional de Buenos Aires,
mi italiano, que nunca estudié y desdichadamente no cuento en mi linaje,
sólo puede deberse, intuyo, al aire mismo de la Buenos Aires de mi
infancia y de mi adolescencia. Tuve además la suerte de tener
inimaginables comienzos. Con Hugo Gola, en Santa Fe, seleccionamos y
traducimos ya los ensayos de Cesare Pavese: El
oficio de poeta (Nueva Visión, 1957), de quien en 1961 la editorial
Lautaro me encomienda sus poemas completos. Y ese mismo año aparece mi
primera traducción de los cuatro heterónimos de Fernando Pessoa en
castellano: Poemas (Fabril
Editora, 1961), que era también la primera en América Latina y que Aldo
Pellegrini me hizo el honor de pedirme para su memorable colección Los
Poetas. En la cual al año siguiente incluye también mi versión de Poemas escogidos, de Giuseppe Ungaretti (Fabril Editora, 1962), que
precisamente, como ya hizo magníficamente con la de Pessoa, está por
reeditar Mario Pellegrini, su hijo, en la editorial Argonauta.
Sigue sosteniendo que la traducción es como
una utopía irrealizable; entonces ¿por qué seguir traduciendo?
Eso tiene que ver con aquella ambigüedad, con
aquella polisemia casi congénita del lenguaje humano, y de la cual la
poesía es a la vez víctima y esplendor. Ya en el sintomático capítulo
sexto del Quijote, el gran
Cervantes afirma lúcidamente que “lo mesmo harán todos aquellos que
los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho
cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que
ellos tienen en su propio nacimiento.” La gran poesía, un poema
realmente logrado, para serlo se han constituido en un ser vivo, autónomo,
de lenguaje. Intentar darle vida en otra lengua, es una auténtica utopía,
de por sí inalcanzable totalmente. Pero, al mismo tiempo, está en
nosotros esa necesidad, esa sed de intentarlo. No es más que otra de las
enseñanzas de Sísifo, siempre humano, demasiado humano.
Nota: Los fragmentos publicados pertenecen a entrevistas
realizadas por el periodista Pablo Montanaro al escritor Rodolfo Alonso,
incluidas en las revistas “Lea” (número 12, abril de 2001) y
“Generación Abierta a la Cultura” (número 40, septiembre de
2004), y de charlas mantenidas en septiembre y noviembre de
2000.
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RODOLFO
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