¿Dónde
podía haber ocurrido, sino en el VII Festival Internacional de Poesía y
en Medellín? Jean-Clarence Lambert me invita a colaborar con él en la
traducción de un poeta árabe, con quien ya nos habíamos conocido y que
debe leer esa misma noche. Acepto muy honrado, y no sólo por gusto. En el
cuarto del autor donde, sin proponérselo, como al descuido, relumbra la
belleza de un plato blanco con rotundas uvas negras rociadas con algunas
gotas de agua, que traen algo de frescura a la tarde de calor, trabajamos
intensamente en la traducción de un poema de Ahmad Abdel-Muti Hiyazi.
Mientras él nos observa, Jean-Clarence me da su versión en francés y
escucha mi propia sugerencia en nuestro idioma que, después de múltiples
consultas, agotando entre los tres todas las dudas, todas las
posibilidades, voy pasando al papel para evaluar su forma escrita.
Cae la tarde, lentamente, como suele hacerlo en el trópico. Sin
darnos cuenta, a pura magia de las circunstancias, todos lejos de casa,
quizás estamos reviviendo algo así como un implícito homenaje al espíritu
de la memorable Escuela de Traductores de Toledo. Cada palabra viene y va,
rodando entre su sentido y su sonido, se la paladea y se la interroga, en
un vaivén afín e involuntario, racional e instintivo, de idioma en
idioma, de hombre en hombre. Esa noche, en el vasto anfiteatro emplazado
en lo alto del cerro Nutibara, ante la reiterada multitud de muchos miles
de personas ávidas de compartir poesía, Hiyazi dice el poema original en
su propia lengua con una encendida, incontrastable sensualidad mucho más
que musical, y yo
mismo experimento,
vivamente conmovido --al leer a continuación nuestra
versión al castellano--, el contacto con la corriente viva del lenguaje
encarnado, que nos recorre a todos, en el proscenio o en las gradas.
Recordé cuando, sentados en la misma mesa con
algunos brillantes intelectuales del África negra, usando el francés
como vehículo, Hiyazi había aludido con sutil ironía a su condición de
árabe con aspecto de blanco. El también nos dijo, en otra ocasión, allí
mismo, algo así como que los que habíamos quedado fuera de la
omnipresente globalización debíamos defender, encarnar una imagen de la
poesía que se estaba perdiendo, ligada a la sensualidad del lenguaje
humano y ajena a la seca conceptualización tanto como a la hipertecnología
dominante. Me parece una propuesta excelente.
A mi solicitud, amigos de Medellín me informan que Ahmad Abdel-Muti Hiyazi es uno de los poetas más destacados de Egipto, que
trabaja en el departamento de estudios arábigos de la Universidad de París
y que publicó cinco libros de poesía, entre ellos Ciudad
sin corazón. Pero al año siguiente, en 1998, durante las XXI
Bienales Internacionales de Poesía, en Lieja, tomo contacto con Luc Norin
y Edouard Tarabay, autores de una exigente y lograda Antología
de la literatura árabe contemporánea en tres tomos (Editions
du Seuil, París, 1967), donde se lo incluye. Ellos me introducen en las
dificultades de la trascripción por escrito, en nuestras lenguas, de los
sonoros nombres árabes, cuya fonética cambia no sólo de país en país
sino, incluso, de región en región. También me informan que Hiyazi nació
en 1935, en una pequeña aldea del Delta del Nilo. Que cursó estudios en
una escuela normal. Y que su origen modesto lo hizo muy sensible a la
miseria del pueblo. Con un lógico resultado: se volvió militante
socialista al mismo tiempo que poeta. Otros títulos de sus libros
publicados son Aurés
y No queda sino la confesión.
Y Jean-Clarence Lambert me confirmó en París que nuestro amigo egipcio
ya no reside allí.
El mismo Hiyazi, en cambio, sólo me dijo en Medellín
que podía escribirle al legendario diario Al Ahram, en El Cairo, y me transmitió, sin proponérselo, por
pura ósmosis, como acaso lo lograban los místicos antípodas de nuestras
civilizaciones comunicantes, en los tiempos heroicos, una serena y
profunda inmersión en la poesía como experiencia de vida y de lenguaje.
Eso que, por aquí, hace ya tiempo que --por desdicha--
andamos extrañando.
ESCULTURA
por Ahmad Abdel-Muti Hiyazi
Ese
cuerpo, tú no lo posees.
Tú no
lo eras, ese cuerpo, cuando entraste de pronto
en mi
cuarto, y te sentaste en mi silla.
Tu
cuerpo, esa visita incierta, vino
como
una sombra adornada por tu ropa
y se
desnudó para aislarse en su propio rincón.
Déjalo
en la confusión de los tiempos
y aléjate
quiero
descubrir su secreto
dialogar
con él por medio de mi boca y mis manos
para
que evoque su infancia
la
edad previa a los recuerdos
las
palabras que no fueron pronunciadas
los
torbellinos de sangre alegre de la juventud
olvidando
mañana, su aurora y su tarde.
Si
fuera un tigre hambriento
le daría
una copa de vino
y
encendería fuego en la chimenea.
Si
fuera una yegua desatada
con
sus crines al viento
la
seguiría en el espejismo
y la
buscaría hasta el fin de los tiempos
para
regresar con ella
pero
sin domarla:
¿cómo
atrapar un relámpago?
¿cómo
encadenar la brasa del alma?
Sin
embargo, bailo con ella toda la noche
hasta
el amanecer cuando ella revive
como mármol
despierto,
desligada,
libre,
feliz
en un tiempo eterno,
revelando
su corazón y buscando su deseo
perdido
en las tardes y los jardines solitarios
dibujando
con su desnudez interior
imágenes
que aparecen una tras otra
sobre
sus miembros
como
los velos transparentes de sombra y de luz
que
caen en lluvia de crepúsculo sobre sus hombros
y
hacen como que respiran sobre ese cuerpo al que visten y desvisten.
Cada
vez que el cuerpo extiende una pierna
o
suspira o descubre su blanco pecho
o
acaricia su cabellera negra
el
tiempo se detiene un instante
y
retoma su ritmo
cubriendo
de sombras las frescas colinas
y de
luces las cimas
como
una fuente que corre
se
vuelve transparente sobre los guijarros
y
sombra entre las sombras
haciéndose
espuma
finalmente.
Le he
dicho al cuerpo cuyo ardor se ha calmado durante la noche
y que
se ha vuelto una idea en mi cabeza:
--Vuelve
a ser lo que eras, mi dueño.
Pero
aquello que fue nunca regresa.
(Versión de Jean-Clarence Lambert y Rodolfo Alonso)
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