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Si la poesía tiene todavía algún sentido, en estos
tiempos de miseria, es cuando continúa encarnando, a pesar de todo,
aquello a lo que Dante aludió con tanta nitidez: “la gloria de la lengua”.
La sociedad de consumo, la sociedad del espectáculo, nos han embebido en
su atmósfera estridente y demagógicamente chata, falsa en el doble sentido
de imitadora y deshonesta, que se ha convertido en el aire que respiramos,
en una seudo-cultura populista y no popular producida seductoramente por
los grandes medios masivos de incomunicación. Con sus efectos deletéreos
sobre la espontaneidad creadora de la gente, inclusive del lenguaje,
especialmente del lenguaje.
La cuestión es que si decae el lenguaje humano, decae
la condición humana. Porque no usamos el lenguaje, insisto, somos
lenguaje. Y cuanto menos lenguaje somos, somos menos humanos, menos
hombre. Hemos vivido acaso sin percibirlo una mutación, y ahora estamos
inmersos no sólo en una civilización cuyo centro ya no es el lenguaje sino
que incluso ataca las fuentes del lenguaje. La crisis actual de la poesía
no es entonces quizá tan sólo la de un mero género literario sino que,
algo muchísimo peor, es la manifestación máxima de una carencia muy
profunda en cuanto a la espontánea capacidad creadora de lenguaje por
parte de los hombres.
Cada vez que hubo una gran poesía, por alquitarada y elitista que
pareciera, siempre estuvo secretamente ligada, aunque fuera por oscuros
meandros, con una lengua viva realmente hablada por un pueblo, por una
comunidad. Ante la amenazante posibilidad de extinción de la gran
literatura ¿cada uno de nosotros debería, como ya lo anticipó Ray Bradbury
en su Fahrenheit 451, esconderse para preservar vivo, aprendido de
memoria, el texto de un gran libro? ¿O será suficiente seguir escribiendo
el poema?
Porque “la palabra no sería deliciosa si no
significase una calidad”, ¿no es cierto, Gabriel Miró? Y el hombre que
labra amorosamente el lenguaje que es a la vez suyo y general, íntimamente
propio y al mismo tiempo de la especie, el solitario que cumple después de
todo la más significativa y necesaria función social, pudo ser nítidamente
percibido por Michel Butor, ya a comienzos de la década de los sesenta:
“El poeta es aquel que tiene conciencia de que la lengua, y con ella todas
las cosas humanas, está en peligro.”
Me parece sin duda evidente que la comprensible y
valerosa reacción mundial de los ecologistas (a la cual hemos visto
sumarse hace poco tantos partidarios de la paz) ha logrado, hoy, llamar la
atención sobre las consecuencias deletéreas que la adicción suicida por el
poder global y la riqueza obscena ha tenido sobre la calidad de la vida
humana y de la vida sin más en nuestro planeta, poniendo el acento sobre
los daños geográficos, ambientales, concretos y visibles. Pero me temo que
todavía no se ha percibido la enormidad del daño psíquico, cultural,
estético y esencialmente humano que hemos sufrido para adaptarnos a esta
maquinaria que ha enloquecido, cuyo único y delirante objetivo es hacer
más dinero del dinero, hasta el infinito. Y que, en consecuencia, sería
necesaria también una lucha ecológica a favor de la condición
humana, de la calidad humana de la vida humana. Sin abandonar en absoluto
lo otro, por supuesto. Hay un agujero de ozono pero también un abismo (si
es que no un cáncer) en el espíritu.
Como casi todas las cosas del planeta, la poesía ha
sido hoy completamente desacralizada. Y si tal pudo ser acaso el objetivo
de las vanguardias de comienzos del siglo XX, seguramente no lo fue en el
sentido actual. No creo por ejemplo que la fuente-mingitorio de Duchamp
tenga la misma longitud de onda y la misma orientación de sentido que
tantas “instalaciones” en frío y tanto supuesto “arte conceptual” hoy
extrañamente asumido como neo-academicismo, casi siempre de carácter
oficial y con patrocinadores multinacionales que nada tienen que ver,
ciertamente, por ejemplo con gente como Lorenzo de Medicis. Después de
todo, ya en el siglo XVI, Francis Bacon podía decir que “La verdad surge
más fácilmente del error que de la confusión”. Y sobre todo del error que
es errar, errante. En lo profundo, en lo visceral, cuando nos quedamos a
solas y se acallan los ruidos y se apagan las luminarias, Rimbaud sigue en
cuestión, y cuestionándonos.
Y para concluir, al menos por ahora, enfrentemos
nuevamente aquella misma consabida pregunta, de una inocencia demoledora,
que alguna vez me planteó en público un colega venezolano: “En la época
que vivimos, ¿qué misión le asigna usted al poeta?”. ¿Cómo evitarse decir
que quisiéramos que el poeta fuera capaz con su trabajo a la vez de
realizarse como persona y de ayudar a todos sus hermanos, de enunciar la
palabra necesaria, imprescindible y única, la palabra a la vez tan íntima
y secreta, húmeda todavía del silencio de los orígenes, emergiendo en una
orilla virgen del universo, y a la vez general, compartida, fraterna,
solidaria, no tan sólo ofrecida sino también aceptada por los otros, que
entonces la harían suya y le darían destino, aunque ese destino fuera el
no poco glorioso de volverse saludablemente anónima, ya sin autor ni
tiempo, encarnada en el fluir mismo de la vida y de lo humano? Ni
traicionarse, pues, ni traicionar a los otros; y además, no traicionar la
propia lengua, el propio idioma, el sonido que uno ha venido a traer al
mundo. Y siendo uno ser la especie, tan bellamente bárbara e intuitiva
como trágicamente condicionada por las culturas que se ha hecho o le han
impuesto. Y ser la esperanza de un mañana mejor, la luz de la utopía sin
la cual no merece la pena vivir. Y ser también, al mismo tiempo, la
conciencia de nuestra irrisoria pero desmedida condición. Lo que somos, lo
que podríamos ser, quizá lo que seremos. Pero bien sabemos que, por ahora,
la única gloria honestamente deseable ya no es siquiera ni la de vivir en
el corazón de los otros, de algún otro, sino más humilde y sabiamente el
honor y el placer, la angustia y la ansiedad de haber
escrito, de haber sido capaz del poema, que por nosotros
circuló y ahora está vivo, fragante y tibio, latente carne de lenguaje,
recién amanecido, temblorosamente inclinado, tendido, hacia los otros,
hipócritas o no, semejantes, hermanos.
Rodolfo Alonso. Argentino. Poeta, traductor, ensayista, ex editor.
Premio Nacional de Poesía. A fines de 2002 recibió en Venezuela la Orden
Alejo Zuloaga, máxima distinción que otorga la Universidad de
Carabobo. Premio Konex de Poesía. Sus últimos libros publicados son El
arte de callar (Alción, Córdoba, 2003); La otra vida, antología
(Común Presencia, Bogotá, 2003); Antologia pessoal, bilingüe (Thesaurus, Brasilia, 2003). Sus traducciones más recientes: Estrella
de la vida entera, antología bilingüe de Manuel Bandeira (Adriana
Hidalgo, Buenos Aires, 2003), El banquero anarquista, de Fernando
Pessoa (Emecé, Buenos Aires, 2003); Poemas escogidos, de Giuseppe
Ungaretti (Común Presencia, Bogotá, Buenos Aires); Mensaje, de Fernando Pessoa
(Emecé, Buenos Aires, 2004).
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