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HABLAR CLARO CON RODOLFO ALONSO por Fernand Verhesen (Bruselas)
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El poema de Rodolfo Alonso es un acto, un acto de
ternura irradiante como un gesto de amor en una luz discreta y refinada.
Es en ese acto que se manifiestan, y se resuelven temporariamente, las
contradicciones de las que toda existencia está animada. En el curso de
esta aproximación activa, siempre inquieta y sin embargo feliz, de una
resolución precaria, los poemas se escriben, casi fortuitamente, según las
condiciones del momento e independientemente de todo proyecto formal.
Rodolfo Alonso no es de aquellos que se sientan a la mesa con intención de
“fabricar” un poema: eso le parecería no solamente ridículo, sino
lógicamente absurdo. Es en la existencia misma y en sus datos inmediatos
que las palabras hallan su fuente, no para traducirlos, sino para
clarificarlos, para elucidarlos. No es inocentemente que Rodolfo Alonso
tituló a una de sus más bellas colecciones Hablar claro
1. Elucidación a menudo dolorosa, a veces tangencialmente
risueña, pero constantemente aireada como por un sentimiento de alivio, la
voz de Rodolfo Alonso se hace vuelta a vuelta extremadamente breve, a
menudo muy lacónica, a veces más distendida pero siempre de una profunda
discreción. Hay pocos lenguajes, sobre todo en la América hispánica, que
sean de una tan escrupulosa precisión, perfectamente exenta de la menor
nota falsa, de la más mínima importunidad. Ese “porte”, esa elegancia (en
el sentido más elevado del término) no son para nada pretendidos ni
apremiados, sino muy simplemente naturales, y probablemente el efecto de
una suerte de timidez que depende, ella, de la incertidumbre, de la duda,
que son lo propio de todo poeta auténtico. Estoy convencido que Rodolfo
Alonso, precisamente porque lo que escribe es un acto de vida,
radicalmente extraño a toda vanidad de elaborar una obra “literaria”
(aunque, de hecho, ella se haya constituido magistralmente bajo nuestros
ojos), ¡fue el primer sorprendido al descubrir que sus escritos eran eso
que se llama poemas! Quizá fue eso lo que me tocó tan profundamente cuando
leí por primera vez y por otra traduje 2, sus textos. Se
trataba especialmente de El jardín de aclimatación 3.
Entre esa obra y las últimas aparecidas, una evolución se ha producido
normalmente que llevó a Rodolfo Alonso hacia horizontes muy diversos, pero
desde esa época hasta hoy los textos juegan todos el juego extraño,
fascinante y sin embargo con una desconcertante soltura, del instante, y
éste, cualquiera que sea la muy secreta duración de su maduración interior
encuentra su formulación precisa, justa, inevitable, en un texto de
apariencia ligera, que no ofrece a la mirada o al oído más que palabras
destacadas con una parsimoniosa atención en la lengua simple y cotidiana
milagrosamente valorizada. Ocurre en efecto que el poema, rompiendo con
toda discursividad, cabe en muy pocas palabras. Me hace pensar, por
ejemplo, en un trazo de lápiz de Paul Klee que reviste una intensidad
poética tanto más grande cuanto más ligero es el trazo, apenas, de
alguna cosa que pasa, en un momento dado (el instante) entre la vida, el
pensamiento, la sensibilidad, el sueño, la realidad, el yo y el otro, el
“yo” y el mundo, y en fin el lenguaje. Comunicación, por cierto e
inclusive esencialmente, puesto que sin ella el poema no existiría (al
menos el de Alonso), pero comunicación a la vez de una extrema claridad y
de una extrema ambigüedad: perfectamente descifrable en tanto que “signo”
sugerido de una necesidad interior, pero igualmente enigmática en tanto
que creadora de sentido del cual una cierta orientación no limita nunca la
radiante multiplicidad. Mencioné a Paul Klee, pero es Cézanne quien viene
paradojalmente en nuestra ayuda para intentar denominar, no a la poesía,
sino al poema de Rodolfo Alonso. Cézanne escribía a un amigo en una carta
del 23 de octubre de 1905 estas líneas admirables: “Las sensaciones
coloreadas que dan la luz son causa de abstracciones que no me permiten
cubrir mi tela, ni proseguir la delimitación de los objetos cuando los
puntos de contacto son tenues, delicados; de donde resulta que mi imagen,
o cuadro, es incompleto.” El inacabamiento del poema, así como el de la
tela, es inevitable puesto que aquel es fundamentalamente “abierto”, como
lo reconoce el mismo Alonso 4: el poema es trazo del
trayecto cumplido por esos “puntos de contacto” que son efectivamente, lo
hemos visto, tenues y delicados, y si las sensaciones vitales que los
provocan no son coloreadas, no son menos radiantes de esa singular luz que
ilumina aquello que Rodolfo Alonso llama tan justamente la “conciencia
abierta” 5. Por otra parte, no se trata para nada, en la obra
de este último, de abstracciones en el sentido que lo entendía Cézanne,
puesto que en él, como por otra parte en Roberto Juarroz, el poema crea al
contrario un “lo real” más evidente todavía que el de la realidad común,
es decir (por citar nuevamente a Alonso) “una poesía cotidiana de la vida
extrordinaria” 6. El poema de Rodolfo Alonso constituye una suerte de
transacción dulce, ajena a todo contrato previo, pero formalmente evidente
en eso de que la lengua se descoyunta para ofrecer pasaje del sentido al
nivel, justamente, de esos puntos de contacto donde se entrecruzan las
oposiciones, las contradicciones del exterior y del interior. Se trata
entonces de probar, en el instante de ese pasaje, lo que ofrece de
desconocido, de imprevisible, esta aprehensión efímera de una cuestión que
no puede aclararse, sin resolverse nunca completamente, más que abriéndose
a la vez sobre sus orígenes y sobre su devenir, sobre la vertiente y sobre
la desembocadura. El poema no se escribe más que para formular esta
cuestión y para que exista su poeta. Maurice Blanchard escribió un día:
“El poema escribe a su poeta”, lo que no reduce en nada la presencia de
este último, al contrario, y sustituye aun al eventual automatismo una
gestión en y por el lenguaje indisociable de lo vivido más sensible, más
profundo. Así la obra de nuestro autor se erige en un espacio
absolutamente presente, donde se sitúan las evidencias vividas y
sensibilizadas en lo concreto del poema, siempre inicial, siempre
recomenzado, siempre ofrecido con una generosidad sin límites, porque lo
que es necesario subrayar, en fin, es que la poesía de Rodolfo Alonso es
antes y por encima de todo, amar, y compartir. 1 Hablar
claro, de Rodolfo Alonso. Editorial Sudamericana, Buenos Aires,
1964. 2 Poèmes, de Rodolfo Alonso.
Selección y traducción de Fernand Verhesen. Editions Le Cormier, Bruselas, 1961. 3 El jardín de aclimatación, de
Rodolfo Alonso. Boa Ediciones, Buenos Aires, 1959. 4 Poesía: lengua viva, de Rodolfo
Alonso. Editorial Libros de América, Buenos Aires, 1982, pág. 58. 5 Idem, pág. 30. 6
Idem, ibidem.
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