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veces basta una línea, en otras apenas unas pocas palabras: “Miraba sin
entusiasmo al hombre ancho y oscuro como si lo estuviera soñando así,
construido con sustancia de tedio y absurdo.” Pero cuando nos encontramos
ante un escritor de raza, no es difícil descubrir un temple, un temblor,
percibir en las palabras escritas un sonido de fondo, un rumor más que
expresivo, un retumbo de latir percibido por dentro: desde el cuerpo, en
el cuerpo. Mucho más que habilidad o don, mucho más que los supuestos
límites de un género: una experiencia encarnada de vida y de lenguaje.
Después de Faulkner y de Arlt, pero también después de Shakespeare
y casi al mismo tiempo que Borges, acaso antes que Borges, el singular
uruguayo Juan Carlos Onetti, con un pie en su Montevideo natal y otro en
la Buenos Aires que nunca dejó de acunarlo, tal vez sin proponérselo, como
emergencia orgánica, revela un dominio que se intuye propio, a la vez
irremediable y leve, incierto y troquelado. Así como existe un envidiable
mundo del Caribe, y otro cálidamente brasileño, en realidad varios mundos
brasileños, siento que en la cultura latinoamericana hay una cuenca
rioplatense, que nos hermana con el Uruguay, y que emite un clima, un
matiz propio, al mismo tiempo preciso e impreciso, brumoso y nítido. Una
huella, señales.
Pero que en un escritor se da en lenguaje. Quizás a algo así aludía
certeramente el crítico uruguayo Ángel Rama cuando afirmó que, al leer a
Onetti, es como si se sintiera el trasfondo de una respiración animal. Hay
un aliento allí, un gran aliento (“Narrar es como nadar”, señaló el lúcido
Cesare Pavese), pero también una presencia orgánica, cálida y de fondo,
barrosa –como el barro de los orígenes, oscuro y nutritivo-- y oscuramente
viva, inquieta y contagiosa. Si alguna vez me pregunté públicamente por
qué no había un Juan L. Ortiz del Río de la Plata, ahora puedo intentar
contestarme que tal vez no era posible para nosotros. Y que es en algunos
narradores de raza donde esa poesía (por supuesto mucho más que un género)
ha logrado asomarse. Y consumarse.
Sin resquicios para olvidar de qué estamos hablando: “un mundo
hecho, administrado por hombrecitos imbéciles”, “un mundo normal y
astuto”, leyendo a Onetti, comulgando en Onetti no es difícil percibir,
como en los grandes, en el cuerpo de su texto –que en tanto música del
sentido es totalmente lírico-- la plena irrupción de la palabra poética,
precisa e irradiante: “entro en el temblor del cuerpo, amo la crueldad y
la alegría“. Como bien dijo Valéry, la prosa agota su valor de cambio. Y
la poesía es aquello que, precisamente, no puede terminar de traducirse.
“Arrastró los pies en la frescura de las baldosas yendo hacia la sombra de
la casa, hacia la fluctuante gruta de concordia, destierro y autonomía que
excavaba en la sombra el ronquido acuoso, desligado, de la mujer
dormida...” ¿De qué otra manera es posible, honestamente, aludir a la
palabra, tocante y tensa, huidiza e invasora, neta y temblorosa, de Juan
Carlos Onetti? Y él mismo nos responde, sabio indolente: “tengo que darles
capacidad de olvido, entrañas y rostros inconfundibles”?
(Al recibir esta bienvenida reedición de Juntacadáveres --con portada de un
blanco deslumbrante-- que, como se lo merece, mantiene su obra indeleble
en circulación, no pude evitar ir a mi biblioteca y palpar otra vez
aquella primera, modesta, entrañable edición de la editorial Alfa,
Montevideo, diciembre de 1964, que con tamaña dignidad encaraba uno de
tantos exiliados republicanos en estas playas, el español Benito Milla. El
peso latente de ese pequeño volumen, favorecido con benevolencia por la
muy uruguaya Comisión del Papel, siempre me lo hará sentir, como en
aquella primera ocasión, físicamente cerca.)
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