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Para
empezar, veamos --o tratemos de ver-- los hechos concretos. El 25 de Julio
es el Día de Santiago pero, y al mismo tiempo, también es el Día de
Galicia. Y, por decirlo nomás, surgen cuestiones, las que suelen
eludirse.
¿Quién pisó nunca la tierra
donde se funda el mito? En esa faja incierta que corre entre la historia y
la leyenda, en la niebla fundacional de los orígenes (esa misma niebla
que para los gallegos se enciende, a la vez, en misteriosos mares del
Norte y en la saga interminable de los ciclos artúricos), los pueblos,
las comunidades, solían encontrar --o proyectar-- de un modo simbólico,
analógico, las raíces de su memoria, las fuentes de su identidad.
Que no siempre representa
exactamente lo que dice. Un mito es una evidencia viva, pero más
inconsciente que consciente. Ninguna barca de piedra puede sobrenadar las
aguas, salvo en la rotunda realidad del sueño. Ninguna mano de hada
sumergida emergió de pronto desde el fondo de un lago, también
encantado, empuñando nuevamente una espada de destino fabuloso. Si no es
en el misterio, bien concreto, de la leyenda madre.
A través del mito los pueblos
convertían en símbolo verdades de otro tipo que, acaso, habían rozado
sin proponérselo. O en las que se descubrían vivamente reflejados. Bruñida
imagen de miedos y temblores, ese mismo espejo devolvía seguridades y
autoconciencia. Pero, de todos modos, y por supuesto, semejante dominio
siempre estará más cerca de la poesía que de la ciencia, más próximo
al instinto que a la inteligencia. Y, quizá también por eso, al mismo
tiempo, siempre estará igualmente muy cerca de los límites, al borde, en
la inminencia de ser devaluado, manipulado, instrumentado. Con lo cual
perdería irremisiblemente su forma, su halo de mito.
Claro que también la concreta
Compostela es un Campus Stellae, es
decir, literalmente un Campo de Estrellas. En las tierras nunca finalmente
del todo descubiertas de América, que también tenía sus propios mitos y
sabía precaverse entonces de supuestas conquistas, vinieron a germinar
tantas otras Santiago distintas y parientas casi como astros hay en la Vía
Láctea. Y hay aquí pues otros Caminos de Santiago que van y vienen, que
no sólo van sino que vienen. Y hasta que vienen y van entre sí.
Lo quiera la razón o lo
quiera el corazón, Santiago ya no será nunca, apenas, sólo el
Matamoros. Al menos, no en Galicia. La dulce tierra madre ha pulido las
aristas demasiado violentas de uno de los varios rostros del mito. Y,
junto con él, ha convertido a la Catedral de Compostela en poema de
piedra, sí, como todavía suelen repetir antes de pensarlo los guías de
turismo, sin tomar conciencia a veces de lo que están diciendo.
Sobre las grandes piedras
sagradas de los primeros cultos, más bien originales que sólo
primitivos, dicen que se construyeron luego los grandes templos de
Galicia. Pero las piedras sagradas nunca duermen. Y mucho menos pueden ser
asimiladas u ocultadas. Desde la catedral sagrada y consagrada intenta
acaso brotar otra vez, por sus raíces de piedra, el sueño inmortal del
desdichado Prisciliano. Y convertido en nuevo mito puede mostrarse ahora públicamente,
sin riesgo alguno ya, pero también quizá sin trascendencia, en esta
nueva Europa posmoderna, confortable, satisfecha y desacralizada.
Lo que era antaño sagrado
puede correr ahora el riesgo de volverse turismo, lo que fue mito enfrenta
siempre el riesgo de volverse simple, meramente rito, o mera ceremonia,
fuente seca.
Pero esta batalla no es de
ahora ni de ayer. Es de siempre.
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