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Rodolfo Alonso: “No usamos el lenguaje. Somos lenguaje.”
Reportaje de
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| Cuando en 1992 Ediciós do Castro publica en La Coruña sus
Poemas escogidos (1952-1990), el poeta encabeza la antología con una frase
de Joseph Conrad: “Un corazón
habla, otro escucha; y la tierra y el mar, el cielo y el viento que pasa,
y la hoja trémula, escuchan también...”. Y es, en verdad, una
frase emblemática para la obra de Rodolfo Alonso: la poesía, ese “vicio absurdo”, convoca al
silencio, es el eje de la existencia de una vida, de todas las vidas, de
las tradiciones, de las rupturas, del universo. Una obra poética que
cumple con los requerimientos de exigencia ética y estética sin los cuales
no sería posible la verdadera poesía. Una obra que acompaña la segunda
mitad del siglo XX, jalonada por su pertenencia al grupo vanguardista de
Poesía Buenos Aires, cuyas
publicaciones aparecieron entre 1950 y 1960; por sus traducciones de
Fernando Pessoa, Cesare Pavese, Giuseppe Ungaretti, Paul Eluard, Guillaume
Apollinaire (¿quién no ha leído a estos poetas en la traducción
inigualable de Alonso?) y tantas otras, y por libros cuyos títulos son
metáforas de su visión personal del mundo, de la vida, del lenguaje (“quizá no sean los hombres quienes hablan sino ese mar orgánico y
fecundísimo del gran lenguaje
humano...” dice en La palabra insaciable), pero también de la poesía
como experiencia vital: Salud o nada (1952-1954), Duro mundo (1954),
Buenos vientos (hacia 1955), El músico en la máquina (hacia 1956), El
jardín de aclimatación (1954-1956), Entre dientes (1956-1958), Hablar
claro (1959-1963), Hago el amor (1963-1969), Guitarrón (1954-1971), Señora
Vida (1968-1979), Sol o sombra (1979-1981), Alrededores (1958-1983),
Jazmín del país (1980-1987), Música concreta (1972-1990). La calidad
estética de su obra no pasa inadvertida, y si bien él piensa, y con razón
que un solo verso, si te deja temblando, alcanza para alimentarte de
poesía toda tu vida, en su caso, podemos elegir entre una serie extensa de
versos que te dejan temblando y
con los que puedes convivir durante mucho tiempo en cualquier momento de
tu existencia. Damos fe. |
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| I-Los
comienzos
¿Cuáles fueron tus orígenes literarios? ¿Cómo te encontraste
con la poesía?
-La verdad... no lo sé. La mía no era una familia de intelectuales.
Soy hijo de inmigrantes. Cuando mi padre vino a la Argentina, no había
terminado la primaria (cosa que hizo aquí, espontáneamente). Sin embargo,
en casa había cinco o seis libros que él había traído de España. Uno de
esos libros era el Quijote, y otro Juan Moreira. Los había comprado en la
estación, en Madrid, y estaba tan posesionado por ellos que nos los
representaba de viva voz, una y otra vez. Y esa intensidad se contagia. Al
mismo tiempo, era una casa bilingüe, donde se hablaba a la vez el
castellano y el gallego. Y eso incluía por supuesto música, canciones,
refranes y poesía. De allí viene quizás un don de lenguas, una atención a
la riqueza y a las relaciones del lenguaje. Y de la vida. Mi infancia fue
descubrirme argentino y, al mismo tiempo, compartir el recuerdo de la
infancia de mis padres. Yo era un tipo introvertido, tímido y, siendo el
mayor de mis hermanos, el primero que tenía que salir del patio familiar
para enfrentarse solo, sin ayuda y sin antecedentes, con esta gran ciudad.
Y eso creo que lo viví como una cosa terrible, algo agresiva y bastante
angustiosa, que se acentuaba por mi carácter. En las mañanas de invierno,
la caricia del primer sol era como una mano amiga para mi soledad. Una de
las primeras percepciones, imborrables, en el libro de lectura de segundo
grado, fueron dos líneas de Rafael Alberto Arrieta: “Sol de la mañana, / gloria del invierno”. De algún
modo sentí que allí estaba encerrada, bellamente, la misma sensación que
yo había experimentado. Y que eso tenía vida propia, resonancia. Mi padre
creía en la educación y eligió para nosotros lo mejor, por ejemplo el
Colegio Nacional de Buenos Aires. Nunca se imaginó que yo iba a abandonar
la Universidad por la poesía. Porque siendo todavía casi un niño, no sé
cómo, me encontré anotando líneas de poesía, a veces muy breves. Y sobre
todo los días de lluvia. Parece que eso tenía mucha relación con los
fenómenos de la naturaleza. La lluvia me cobijaba con una sensación de
intimidad fraternal en la ciudad inhóspita. Mucho tiempo después me
percaté un día de que en Galicia llueve permanentemente, de modo que hay
cosas en mí que son como ancestrales, como esa profunda emoción que me
producen los verdes urbanos en días con humedad y lluvia. -¿A qué edad se conjugaron esos fenómenos de la lluvia y la
poesía?
-Ahora, el descubrimiento de Vallejo, ¿qué produjo en
vos?
-Llama la atención, justamente, ese título y esa cita de Roberto
Arlt. Es decir, que como poeta, hayas tenido un referente tan fuerte en
alguien que es un prosista, y es más: que es considerado un mal
prosista.
-Yo creo que eso tiene que ver con su tratamiento del lenguaje,
porque la poesía para mí no es un género literario sino un trabajo con el
lenguaje, o el lenguaje que trabaja con uno. Yo lo sentí como una relación
muy física, afectiva, no solamente literaria. Lo mismo me pasó poco
después con Pavese y con Camus. Ahora pienso que todos se relacionan,
porque Pavese afirmó tener, como yo, “dos mil años de sangre campesina”. Y la madre de Camus es
española, y su familia muy pobre. También para Camus la guerra civil
española fue un acontecimiento fundamental, fundacional, que lo marcó para
toda su vida. -En todos estos escritores que nombrás hay un compromiso social.
Para vos, ¿esa es una cuestión importante? -Creo que sí, siempre supe de qué lado estaba, pero no de la manera
en que vino a congelarse después esta cuestión. Arlt, Camus, Vallejo,
hasta Pavese, son por ejemplo profundamente antifascistas pero también
casi orgánicamente disidentes. Como ocurrió también con Miguel Hernández
(otro campesino, un pastor de cabras, en cuya palabra de origen
límpidamente popular sigue vivo el Siglo de Oro), me pareció algo
limitativa una lectura exclusivamente partidaria de escritores como ellos.
Si en sus obras están naturalmente incluidas sus opiniones políticas,
sociales o ideológicas, nunca lo hacen de una manera didáctica,
proselitista, ni son obras trascendentes tan sólo por eso. Hay en ellos
mucho más de injusticia vivida, de projimidad compartida sin preconceptos,
que de retórica alguna. Por eso también hubo algunas confusiones con
nuestra propia Poesía Buenos Aires. El maniqueísmo nunca es muy
enriquecedor. Y las cosas nunca son tan lineales. Han corrido ríos de
tinta sobre el tema, pero el mejor libro de poesía sobre la guerra civil
no lo escribió un español, sino que fue el indeleble España, aparta de mí
este cáliz, del cholo Vallejo. Y no lo podés leer solamente desde un punto
de vista ideológico. En todos ellos hay problemas éticos, no sólo
estéticos. Y son, sobre todo, hechos de lenguaje. -¿Qué otros autores que conociste fueron importantes para vos?
-Casi simultáneamente, Macedonio Fernández, cuyo único libro de
poemas (¡editado en México por un paraguayo!) también descubrí en una
librería de viejo, cuando nadie se acordaba de él. Enseguida lo hice
publicar en Poesía Buenos
Aires. Y Paul Eluard. Y Ungaretti. Y Juan L. Ortiz, y Oliverio
Girondo. -Así que tu adscripción a ciertos poetas, quizá más que por una técnica, pasa por una
actitud de estos poetas.
-Primero que no son cosas buscadas, intuyo, sino que ocurren. No
son actitudes estereotipadas, sino que te contagian algo de fondo, que
resuena dentro de uno. Cuando se es introvertido, no interesan las arengas
ni los discursos, ni las grandes tiradas académicas ni declamatorias, así
sean de las posiciones con las que uno está más o menos de acuerdo. En
cambio, se busca instintivamente el contacto con una evidencia que esté
sostenida por algo más hondo, que contagie. No la mera declamación. Es
algo más visceral, más orgánico, donde el lenguaje se manifiesta en todo
su esplendor, con su riqueza ambigua, como “el rayo de la comunicación” de que habla
Jakobson, y que en los mejores momentos nos permite experimentar, sí, una
fraternidad de fondo, una fraternidad exigente. No me interesa la
literatura. Siempre creí que la poesía no tenía nada que ver con la
literatura. -Vos hablabas de vanguardia. Los de Poesía Buenos Aires se
consideraban un grupo de vanguardia.
-Sí, sobre todo al comienzo.
Espiro dice: “Nunca dejaremos la
vanguardia”. Aunque a mí no me satisface del todo el concepto de
vanguardia, demasiado bélico para mi gusto, que probablemente viene de
Marinetti (¡ese vanguardista que pudo llegar a ser académico del
fascismo!), admiré y sigo admirando el bello resplandor, apasionado y
rebelde, de las vanguardias de comienzos de siglo. -¿Y Marechal?
-¿Marechal? Peor. Borges había sido vanguardista en sus
comienzos. Los juicios de la adolescencia iconoclasta no suelen derrochar
matices.
-De nosotros se dice,
no sin razón, que elegimos la tierra de nadie, al margen de los diferentes
espacios de poder, desde la cultura oficial del peronismo gobernante,
decorativamente populista y objetivamente reaccionaria, hasta la otra
cultura oficial de los grandes suplementos literarios, la revista Sur, una Academia que entonces
tenía cierta influencia, y las empresas editoriales, que por aquella época
sólo publicaban literatura, con la cual rompimos o no queríamos tomar
contacto. Y tampoco podíamos comulgar con el mal llamado “realismo socialista”,
autoritariamente regimentado por el partido comunista. Por edad y por
gusto, aún vivían en nosotros rudimentos románticos del poeta maldito, del
artista honradamente pobre y dignamente cuestionador. Claro que, como
después afirmó Umberto Eco, para él no es lo mismo “vanguardista” que “experimental”. El primero no es el
que se propone modificar el arte, sino destruirlo. Mientras que el segundo
se propone crear de una manera diferente para un público nuevo, que
también debe ser creado. Si así fuera, vanguardistas fueron únicamente los
dadaístas, que eran nihilistas. Mientras que Poesía Buenos Aires resultaría
claramente experimental. Ya en uno de los primeros números se dice: “Toda conquista social que tienda a
aumentar el número de los que
pueden ver, a expensas del de los que no pueden ver, es de inmediato una
conquista de la poesía.” Y
eso, es evidente, implica opiniones políticas y sociales. Como ya dije,
muchos de nosotros conservábamos huellas de las luchas contra el fascismo
que fueron la guerra civil española y la segunda guerra mundial. Yo creo
que eso influyó mucho en nuestras posiciones frente al peronismo, que se
encontraba muy cómodo junto a Franco o Stroessner, Trujillo o Pérez
Jiménez. Por otro lado, se había degradado la literatura gauchesca o de
temas patrióticos hasta convertirla en una retórica rimbombante, al mismo
tiempo inflada y cínica. Entonces, en nosotros no aparecía ni la patria ni
el gaucho. Como yo era medio “anarco”, no me costaba mucho. -O sea que seguís siendo un poeta
vanguardista.
-Como me pasó con el surrealismo, no soy digno de investir
el nombre. Si así fuera, sería tolstoiano. Siento visceralmente que no
puedo renunciar ni a la libertad ni a la justicia. Pero no soy capaz de
llegar a su nivel de entrega, de devoción, de fe. Cuando mucho un “anarquista indolente”, como tan
bien se definió el pintor gallego Laxeiro. Pero el anarquismo implica una
idealización de la condición humana en la que ya me resulta difícil creer.
Lo que sí me apasiona es la idea de autogestión, de hacerse cargo de uno
mismo y de los demás, de ser uno con todos, libre y fraternal. Pero creer
que eliminadas todas las restricciones se resuelven todos los problemas,
me temo que no. Como utopía, como proyecto guía, es inmejorable. Pero no
todos somos capaces de estar a su altura. Me gusta imaginar qué hubiera
ocurrido si Bakunin, y aun Marx, hubieran asumido a Freud. -En toda nueva vanguardia hay un
programa. ¿Cuál era el programa de Poesía Buenos Aires?
-Un
programa, no. Lo que había era una tradición que venía del invencionismo.
Ya Edgar Bayley, la figura clave de aquel movimiento, en el primer número
desliza que ése término se podía emplear provisoriamente. Y él mismo, y un
poco todos, fuimos dejando de lado en forma espontánea los riesgos de un
dogmatismo, de un formalismo. Pero ocurrió en forma orgánica, natural, no
teórica, por propio devenir de cada uno, sin habérselo propuesto de
antemano. Si uno recorre Poesía
Buenos Aires a lo largo de
los años no va a encontrar una ortodoxia, como tampoco la hay en mi propia
poesía. Había un clima en común, eso sí, un mismo aire que se respiraba,
casi los mismos amores y los mismos odios, pero cada uno encontraba su
lenguaje, o más bien el lenguaje lo encontraba, a su manera. Y todo eso
incluía no sólo cuestiones estéticas sino también éticas, al mismo tiempo.
Personalmente, aquellas intuiciones que me hizo experimentar el contacto
inicial con el contagioso verbo desnudo de Vallejo o de Arlt, y después la
profunda capacidad de irradiación que Ungaretti o Eluard podían concentrar
en muy pocas palabras, me tocaron antes de que pudiera reflexionar sobre
lo que me había llevado a escribir, o más bien ser escrito, desde un
comienzo, en cierta forma. En medio de las maniqueas discusiones de
aquella época de guerra fría, yo sospechaba, sin animarme a expresarlo,
que los mundos de la realidad y de la materia eran mucho más amplios de lo
que perciben los sentidos. Y que el artista no sólo puede ser el mundo,
sino también darnos mundo, hacernos más mundo. -¿Cómo llegaste a Pessoa, en un momento en que Pessoa era un
desconocido absoluto en nuestro medio? -Desde muy joven me descubrí traduciendo poesía de otros idiomas, entre ellos el portugués, y comenzando por los grandes modernistas brasileños, como Drummond de Andrade o Murilo Mendes, que gracias a eso llegaron a tener contacto conmigo. Fue Aldo Pellegrini, que por entonces dirigía la excelente colección Los Poetas, de Fabril Editora, quien me encargó lo que sería la primera traducción al castellano de los cuatro heterónimos de Fernando Pessoa. Se publicó en 1961, y también fue la primera en América Latina, antes que la de Octavio Paz. Ya el año antes, 1960, en el último número de Poesía Buenos Aires, publico traducciones de Pessoa y todos sus heterónimos. Pellegrini me comentó que fue muy difícil conseguir los derechos. En ese momento, Pessoa era absolutamente desconocido. Recién unas décadas después se convierte en el poeta máximo de Portugal y en una figura universal. El mismo Pellegrini me dio poco después otra gran alegría: traducir a Ungaretti. Y casi de inmediato se me dio, por otra vía, la posibilidad de traducir los poemas completos de mi querido Cesare Pavese.
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RODOLFO ALONSO ®
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