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Rodolfo
Alonso:
Me
gustaría muchísimo llegar a saber, no sólo quien soy, sino en realidad quien es ése que desde hace tanto
tiempo se cubre con mi nombre. Después de todo, quizá por eso me descubrí
escribiendo, o siendo escrito, desde los tiempos de mi temprana
adolescencia, precisamente aquel momento de cada vida en que (como bien se
ve por lo que citas) los torbellinos internos y/o externos comienzan a
inquietarnos, a cuestionarnos, a asediarnos, definitivamente quebrada la
supuesta edad de oro de la niñez. Porque si he sentido siempre, más
visceral que intelectualmente, que soy un devenir, una corriente o la rama
que lleva la corriente, un río que fluye o el río que me fluye, también
tengo cierta inquietante certeza de que lo que seguimos llamando (como si
nada hubiera pasado, ¡hoy!) poesía es una experiencia. O sea ”una manera de vivir”, como nos
dejó espléndida, indeleblemente grabado en la piel, junto con la
cicatrices del alma y de la historia, incluso desde aquellos tiempos
iniciales de revelación e incertidumbre, el sintomático Tristan
Tzara.
F. M.: En una entrevista con el nicaraguense
Julio Valle-Castillo, él menciona un carácter elitista, excluyente, del
artista (“Si hay algo antidemocrático es la condición de artista, la naturaleza de artista”). Recuerdo la máxima de Lautréamont, de que la poesía debe ser
hecha por todos, y un sin
número de equívocos en su lectura. Me gustaría que me hablases un poco de
tu disciplina poética.
R. A.: A la poesía podemos
aludir, todavía, no sin envidiable omnipotencia en nuestros tiempos de
miseria, como a aquella “gloria de
la lengua” que tan bien acuñó Dante en su Comedia. O también, no sólo
cronológicamente un poco más cerca de nosotros, recordar que Wallace
Stevens la vio como “la alegría (la
dicha) del lenguaje”. Ese mismo lenguaje cotidiano, ancestral,
orgánico, que nos constituye y que no sólo usamos, sino que somos, en el
cual sin duda ya desde los tiempos del venerable hombre primitivo,
original, podemos tratar de decir lo más oculto, lo más íntimo, lo más
individual de cada uno de nosotros pero que, al mismo tiempo, en forma
ineludible, no puede dejar de ser dicho con un instrumento o por medio de
un instrumento que es insoslayablemente social.
Después de todo, fue nada menos que Immanuel Kant
quien pudo percibir que en nuestra mismísima condición humana anidan dos
tendencias por lo menos contrapuestas: la de ser plenamente individuos y
la de integrarnos en comunidad. Porque “el conflicto es el hombre”, como
bien dijo el luminoso Heráclito, y ese tipo de tensiones, esa tensión es
precisamente lo que podemos llamar nuestra condición. Qué de extraño
entonces que el arte más alto de la palabra humana incluya al mismo tiempo
la exigencia de lo más alto de la persona y lo más amplio de la
fraternidad. Yo no llamaría a eso antidemocrático sino, más bien,
fraternidad exigente, o exigencia fraternal, como gustéis. Y siento que,
después de todo, lo que conmueve a un auténtico artista es lo mismo que
puede conmover a cualquier otro hombre: la hondura y la amplitud, la rica
ambigüedad de nuestro lenguaje, el lenguaje que como nuestra mismísima
condición nos permite (¿o nos obliga?) a ser al mismo tiempo persona y
especie, individuo y sociedad, espíritu e instinto.
La democracia no puede ser la masificación. Eso
parece más bien la demagogia, travestida hoy como sociedad de consumo
globalizada por los mesmerizantes medios tecnocráticos. La verdadera
democracia implica el derecho de las mayorías al mismo tiempo que el
respeto por las minorías. Y no hay aristocracia posible en cualquier
oligarquía. Cada hombre lleva un sol en su frente, logró ver D. H.
Lawrence, que no era solamente el hijo de un minero pero que, también, era
el hijo de un minero. Y René Char, el hombre que fue capaz de capitanear
el maquis de Cereste enfrentándose a la peste nazi, y también
autolimitarse de cualquier vanagloria posterior por ello supo asimismo
susurrarnos: “Libertad,
desigualdad, fraternidad”.
Porque “la
palabra no sería deliciosa si no significase una calidad”, ¿no es cierto,
Gabriel Miró? Y el hombre que labra amorosamente el lenguaje que es suyo y
general, el solitario que cumple después de todo la más significativa y
necesaria función social, pudo ser nítidamente percibido por Michel Butor,
ya a comienzos de la década de los sesenta: “El poeta es aquel que tiene conciencia de que la lengua, y con
ella todas las cosas humanas, está en peligro.”
F. M.: En tu artículo
sobre Ricardo E. Molinari, te refieres a “los fantasmas que, a mi modesto entender
constituyen, de una manera también visceralmente orgánica, los blasones
de nuestra cultura”.
¿Cuáles serían esos fantasmas?
R. A.: Todo lo que puede tomar
en mi boca apariencia de opiniones no son en realidad sino vislumbres,
intuiciones que pueden desmentirse de inmediato a sí mismas, frente a
cualquier nueva comprobación, en absoluto dogmas o respuestas que se
imaginen definitivas. No está en mi naturaleza proceder así. Pero tampoco
puedo eludir la tentación de compartir de inmediato los relámpagos que me
deslumbran. En la primera línea de uno de los libros fundadores de nuestra
literatura argentina, su Facundo, Sarmiento alude a la “sombra terrible” que se propone
evocar, o más bien convocar. Y en un bello texto lírico, el Santos Vega de Rafael Obligado,
que me emocionó ver paladear de memoria nada menos que a Juan José
Arreola, “cruza una sombra doliente / sobre la pampa argentina”. Cuando
a uno se le encarna en el hueso y en el alma la historia argentina vuelta
cuerpo, hecha cuerpo, donde el horror de la violencia y la tragedia que
parecen venir desde nuestros mismísimos hontanares se manifiesta, acaso
inconscientemente, como si emergieran en forma espontánea de sus textos,
ya en los padres fundadores de la literatura nacional, cierta aquerenciada
melancolía rioplatense puede constituir, acaso, de algún modo, supongo, la
elaboración -en sentido psicoanalítico- de esos duelos. De donde,
entonces, supongo, esos dobles blasones, que intuyo, de la “sombra terrible” y de la “sombra doliente”, latentes al
mismo tiempo sobre y desde nuestra literatura.
F. M.: En una entrevista de Rubén
Plaza, tú afirmas que “la poesía
argentina no volvió a ser la misma después de Poesía Buenos Aires”. Para que tal afirmación no sea vista
con una cierta exageración, ¿podrías fundamentar su alcance? El momento de
Poesía Buenos Aires es también
el de actuación de aquella perspectiva surrealista difundida por Aldo
Pellegrini. ¿No le cabría a este poeta una importancia similar a la de
Raúl Gustavo Aguirre en el sentido de una renovación de aires y conceptos
de la poesía en la Argentina de aquella época?
R. A.: Ahora que lo escucho de
tus labios, y fuera de contexto,
experimento con terror la horrible sensación de ser sorprendido en
pecado de soberbia, presuntuoso y hasta acaso arrogante. Pero no era ésa
en absoluto mi intención. La perspectiva de los años vividos me permite
coincidir, en esta primavera del 2000, cuando celebramos los cincuenta
años del primer número de Poesía Buenos Aires, con todos
aquellos que han ido expresando después, públicamente, esa misma
sensación. Había que haber vivido por ejemplo en Buenos Aires a comienzos
de la década de los cincuenta para poder visualizar cómo, sin habérselo
propuesto, desde una publicación absolutamente independiente y dedicada en
forma exclusiva a la poesía, que sólo tiraba quinientos ejemplares, de
carácter prácticamente artesanal, y que cumplió al pie de la letra su
propósito de “no devenir
institución”, se cambiaron de forma y de fondo los modos de escribir y
de vivir la poesía en la Argentina.
Con el mayor respeto por el movimiento surrealista local, como bien
dices orientado por Aldo Pellegrini, con quien hemos compartido tantas
bellas aventuras y tantos grandes amigos, fue quizás la ortodoxia de ese
movimiento sin embargo subversivamente heterodoxo la que no sólo me
impidió, insisto por respeto, aceptarme a mí mismo como surrealista,
sintiéndome sin embargo tan cercano a muchos de sus postulados y tan
conmovido por su legítima leyenda, sino que, intuyo, también influyó en
las posibilidades de su irradiación. Tuvieron que pasar algunas décadas
para que figuras como Enrique Molina y Francisco Madariaga fueran
ampliando en forma naturalmente orgánica la trayectoria de sus
evoluciones. Por el contrario, los principales referentes de Poesía Buenos Aires, sin abandonar lo
esencial de sus convicciones habían ido evolucionando por su propio
devenir para alejarse de cualquier ortodoxia o dogmatismo, asumiendo en la
práctica una exigente libertad. Que, me parece algo objetivo, ha logrado
milagrosamente ser atendida. En la primavera del 2000, como dije, se ha
cumplido medio siglo de la aparición de su primer número, y eso hizo que
pudiéramos comprobar (todos) que todavía se la sigue considerando como una
fuerza activa.
Si aceptamos aunque sólo sea en principio aquella caracterización
de Umberto Eco en el sentido de que “típico del movimiento de vanguardia es
la decisión provocadora, el querer ofender socialmente a las instituciones
culturales con productos que se
manifiesten como inaceptables”, mientras que en cambio “lo que caracteriza sociológicamente al
arte experimental es la
voluntad de hacerse aceptar”, por supuesto que siempre dentro de un
marco de profunda modificación y cambio, bien podríamos sugerir que en un
primer momento ambos grupos coincidieron en la primera opción mientras que
luego, poco a poco, Poesía Buenos Aires fue derivando natural y
espontáneamente, de manera orgánica, no programática, a la segunda. Lo
que, de algún modo, explicaría quizás la posibilidad y perduración de su
influencia posterior.
F. M.: ¿En qué resultó la
experiencia de creación de un sello editorial, que llegó a producir 250
títulos? Por allí se editó a Alfred Jarry, Oscar Wilde, Bram Stoker,
Jacques Prévert, Sade, Freud, Valéry, tantos autores. ¿Cuál es el balance
posible de esa aventura y lo que exactamente la inviabilizó?
R. A.: Para bien y para mal, y
porque de alguna manera eso está en mi naturaleza, mi editorial tuvo
siempre un carácter artesanal: todas las responsabilidades de cualquier
tipo recayeron sobre mí. Así pude comprobar en persona que el libro no era
sólo un producto cultural y/o espiritual, sino también (si es que no
primordialmente) un producto industrial y comercial. La comencé imaginando
que podía llegar a mantener a mi familia haciendo lo que me gustaba. Y la
suspendí, después de haber soportado la censura y la asfixia económica de
nuestra última dictadura militar, cuando me di cuenta que los libros que a
mí me gustaban no se vendían, y que en cambio sí se vendían los que a mí
no me gustaban. Hoy, no sin cierto melancólico y hasta irónico orgullo,
descubro que aquellas aventuradas ediciones se han convertido, no sólo en
mi propio país, prácticamente en un objeto de culto para las jóvenes
generaciones. Me alegro, claro, pero también me hubiera gustado que
hubieran estado allí cuando todavía la tenía en ejercicio, cuando hubieran
podido ayudarme a continuarla. Hoy, por desdicha, las cosas han cambiado
de raíz, las multinacionales nos gobiernan con su ácida dulzura y una
empresa unipersonal y bohemia como fue la mía mucho me temo que resulta
inviable. Aunque por otro lado también se hace cada vez más necesaria, por
las mismas razones.
F. M.: Hablamos de Aldo
Pellegrini. Tienes un libro preparado conjuntamente con él, dedicado al
Surrealismo. Pellegrini se refería al Surrealismo como una “mística de la rebelión”, una “sistematización del inconformismo”.
¿Cuál es tu entender a ese respecto?
RR.
A.: Aldo Pellegrini fue desmedidamente
generoso conmigo. De él recibí los primeros elogios para mis textos fuera
de Poesía Buenos Aires. Y él me
confió en plena juventud dos traducciones que luego resultaron memorables:
la primera versión al
castellano de los cuatro heterónimos de Fernando Pessoa, y también una
amplia antología de Giuseppe Ungaretti. Ya desde mis comienzos mantuve una
muy afectuosa relación con el grupo de los surrealistas argentinos (Aldo,
Molina, Madariaga, Vasco, Latorre, Llinás), que fue paralela a mi más
activa colaboración con Poesía Buenos Aires, los dos movimientos de
vanguardia en la poesía argentina de los años cincuenta.
También para mí adolescencia aquella refulgente y
contagiosa edad de oro de los primeros años de la revolución surrealista
formó parte de mis propios mitos. Pero fue justamente por respeto a la
integridad de sus convicciones éticas y estéticas, tan arduamente
defendidas por Breton, que nunca acepté ser llamado surrealista. No estaba
en mi forma de ser entregarme completamente, de fondo, a ninguna
ortodoxia, así fuera (como en este caso) subversivamente heterodoxa. Lo
cual no quita que comparta muchas, la mayoría de sus banderas, y que
admire profundamente a poetas como Eluard, Char, Prévert, Desnos,
Schehadé, Césaire, Daumal o la presencia inmolada de Artaud, un hombre
cuya temperatura nunca lograremos alcanzar. De alguna manera mis opiniones
sobre este tema están contenidas en mi trabajo “Vida y pasión del surrealismo”, incluido en mi libro
“No hay escritor inocente”
(Librería del Plata, Buenos Aires, 1985).
F. M.: Al escribir sobre
ti, Cristina Piña hace mención al “curioso e injusto vacío crítico”
existente en relación con tu obra. Naturalmente que ésa ha sido la
lamentable tónica de toda la gran poesía en la América Hispánica. ¿Qué
providencia acreditas viable hoy para combatir ese vacío crítico?
R. A.: Ante todo, creo que los dos
estamos pensando no en gacetilleros o comentaristas a sueldo sino en los
grandes creadores de la crítica, en personalidades que encaran la crítica
como un género ampliamente humanista, de vastas miras y honda exigencia.
Se trata de un tipo de creadores que, mucho me temo, hoy no son ya
posibles, o por lo menos no demasiado usuales. Los efectos deletéreos
producidos sobre nuestra vida cultural por la sociedad de consumo y del
espectáculo instalada planetariamente a través de los grandes medios
audiovisuales de difusión a partir de 1945, no sólo han logrado
desacralizar el mundo sino también el lenguaje y la escritura. Pensemos
solamente que en la misma en otros tiempos fecundísima literatura
norteamericana, después de Edmund Wilson y acaso Lionel Trilling no ha
aparecido otra figura semejante o que alcance similar repercusión. Y la
crítica universitaria norteamericana no sale hoy de sus reductos, donde es
archivada con objetivos meramente burocráticos, sin alcanzar el dominio
público. Algo similar ocurre en Francia (¿quién se acerca hoy a un
Valéry?) y acaso en toda Europa. ¿Qué crítico que pueda comparársele
apareció en el Viejo Continente después de Walter Benjamin?
Uno no elige la época en que le toca vivir. Pero sí
puede, y hasta diría que debe, elegir la forma en que se propone vivir y
manifestarse en su propia época. Después de todo, ya Rimbaud prefirió el
silencio. Pero no estoy seguro de que su huida al desierto, como los
grandes profetas, alcanzara hoy la misma resonancia.
F. M.: En un notable
artículo hablas de “una profunda
mutación cultural” por la
cual estaría pasando la humanidad, y luego te refieres a una pérdida
“tan acelerada como acentuada del
uso del lenguaje”. A su
vez, Ernesto Sábato afirma que “llegamos a la ignorancia por medio de la razón”,
observando además que “la sacralización
de la inteligencia nos empujó hasta el borde del precipicio, y el
logos, una vez dominado el
mundo, en vano pretendió responder
aquello que sólo se sustenta como
enigma o como llanto”. Tú propones una “ecología de la condición humana”. ¿Cómo aplicarla?
R. A.: Sinceramente, no lo
sé. No sé cómo podría viabilizarse. Lo único que puedo hacer es compartir
mis intuiciones, alertar a los otros. Me parece sin duda evidente que la
comprensible y valerosa reacción de los ecologistas ha logrado, hoy,
llamar la atención sobre las consecuencias deletéreas que la adicción
suicida por el poder global y la riqueza obscena ha tenido sobre la
calidad de la vida humana y de la vida de nuestro planeta, poniendo el
acento en los daños geográficos, ambientales, concretos y visibles. Pero
me temo que todavía no se ha percibido la enormidad del daño psíquico,
cultural, estético y esencialmente humano que hemos sufrido para
adaptarnos a esta loca máquina globalizadora, cuyo único y delirante
objetivo es hacer más dinero del dinero, hasta el infinito. Y que, en
consecuencia, sería necesaria también una lucha ecológica a favor de la
condición humana, de la calidad humana de la vida humana. Sin abandonar en
absoluto lo otro, por supuesto. Hay un agujero de ozono pero también un
abismo (si es que no un cáncer) en el espíritu.
F. M.: Has traducido de
innumerables otros idiomas. Ricardo Herrera dijo cierta vez que la
principal preocupación de un traductor era hacer de su actividad “un intercambio de dones y no una hipoteca de las propias
esencias”. ¿Cómo te relacionas con ese ejercicio de la
traducción?
R. A.: Traduje desde muy joven, es
verdad, con avidez y con pasión. Ese fue mi verdadero taller, mi auténtica
escuela como escritor. Y no logro imaginar algo mejor. Adentrarse en el
interior mismo de las cuestiones con el lenguaje de un auténtico creador,
y de manera muy especial cuando se lo admira profundamente, resulta una
experiencia fascinante. Uno percibe allí la apasionante ambigüedad y
riqueza de las lenguas, esa incapacidad de decirlo todo con nítida
precisión y al mismo tiempo de sugerirlo todo, de contagiarlo todo, de la
cual probablemente haya nacido la necesidad de la poesía. Me descubrí
desde muy joven con algo así como un don de lenguas, que me permitió
aprender algunos idiomas sin necesidad de estudiarlos. Probablemente el
bilingüismo de mi casa, cuando era niño, me debe haber abierto a las
riquezas y a las personalidades de las lenguas del mundo, sobre todo a las
de nuestra familia latina. Y creo que también mucho de eso tiene que ver
con la poesía.
La poesía que Dante aludió como “la gloria de la lengua”. De cada
lengua. Y por lo tanto, desde un punto de vista absolutamente
intraducible. Aunque al mismo tiempo nos contagie también la irreprimible
tentación de intentarlo. Y allí comienza el incierto y exigente oficio.
Que no debería ejercer aquel que no tenga muy claro lo que dijo, hace ya
varias décadas, el lúcido Paul Valéry: “El poema - esa vacilación prolongada
entre el sonido y el sentido”.
F. M.: Has sido un incansable difusor de la poesía brasileña en la América
Hispánica. Ya tradujiste, entre otros, a Dante Milano, Cecília Meireles,
Joao Cabral de Melo Neto, Murilo Mendes. Ahora mismo estás por traducir
varios libros de Carlos Drummond de Andrade. ¿Qué especie de diálogo se
mantiene entre Brasil y Argentina, en el ámbito de un mercado
editorial?
R. A.: Es verdad. Mi
identificación con la gran poesía modernista brasileña ha sido muy fuerte,
muy extensa, y desde muy joven. Además del placer y el honor de
traducirlos, junto con muchos otros, eso me produjo una invalorable
recompensa: la amistad de Carlos Drummond de Andrade y de Murilo Mendes,
que fueron muy generosos y gentiles conmigo. Después de todo, puede ser
que esa riqueza ya viniera en mi sangre. Mi infancia fue bilingüe, soy
hijo de dos inmigrantes gallegos, y en tiempo de los indelebles trovadores
y de Alfonso el Sabio esas lenguas eran la misma: el galaicoportugués.
Por otro lado, al asumirme dolorosa y orgullosamente
como latinoamericano, ¿cómo podría no amar al Brasil, a su identidad, a su
pueblo y a su cultura, tan ricamente mestizas, tan vitalmente contagiosas?
Sería como negar la mitad de uno mismo. Y esa evidencia viva de belleza y
de vida que es la música popular brasileña, el samba y la bossa nova, obra de grandes
músicos y poetas, me conquistó desde siempre. Soy devoto también de
Dorival Caymmi, Joao Gilberto, Baden Powell, Gal Costa, Maria Bethania,
Caetano Veloso y tantos otros talentos sensibles y humanos.
Ahora bien, pese a mi voluntad y a mis deseos, hay
algo que no cuaja desdichadamente del todo entre nosotros, y que no se
resolverá por la vía burocrática, administrativa o geopolítica. La
balcanización de nuestros pueblos iberoamericanos no nos favorece. Y sólo
podrá ser superada desde abajo, desde la inteligencia y desde el corazón.
Y eso no es hoy la especialidad de los mercados editoriales, manipulados
directamente por las grandes multinacionales de la industria cultural Ya
en un libro que publiqué en Galicia (“Liturgias de una lengua”, Ediciós
do Castro, Sada, A Coruña, España, 1989) aludía como “Contiguos dominios” a esa utopía
de reunir o al menos relacionar los universos de tres lenguas fraternas:
el portugués, el brasileño y el gallego. Sin olvidar, por supuesto, a su
primo hermano el castellano, muy especialmente con sus infinitas riquezas
y variaciones hispanoamericanas.
F. M. : Al escribir sobre Juan L. Ortiz, el
brasileño Haroldo de Campos opone la poética del argentino a “una
retórica jugosa, resplandeciente y resonante, de sucesivos sedimentos
metafóricos, dispositivo nerudiano que resultó profundamente arraigado en
la dicción poéica hispano-americana”. Si pensamos
en la gran poesía escrita en la América Hispánica -Gerardo Deniz, Carlos
Martínez Rivas, Enrique Lihn, Carlos Germán Belli, Jorge Gaitán Durán,
Alfredo Silva Estrada, Amanda Berenguer, Pedro Shimose, José Kozer,
Alberto Girri-, no veo donde insertar ese lugar común de la óptica del
brasileño. Tal observación, en el fondo es fruto de un brutal
desconocimiento acerca de las reales afirmaciones estéticas de esa poesía.
¿Qué te parece el asunto?
R. A.: No me siento con ganas
de polemizar con Haroldo (¡gracias postergadas por Noigandres 1!), ni siquiera por
interpósito amigo. Además, esa frase que citas debe tener un contexto que
sería necesario conocer para captar su completo sentido. De todos modos,
me parece que hace ya mucho tiempo que lo que él llama “dispositivo nerudiano”, para bien
y para mal ha dejado de ser predominante en la poesía hispanoamericana. Y
que, por desgracia, como me ha tocado comprobar, la poesía de Juan L.
Ortiz no es todavía lo suficientemente leída y conocida en nuestros países
hermanos. A mí mismo, que me tocó ser uno de aquellos jóvenes que
cruzábamos en lanchones sobre el ancho río para ir a verlo en su natural
retiro de la ciudad de Paraná, todavía me cabe llevar adentro mío la
impresionante metáfora viva que era él mismo en persona, imponiéndose
acaso a su propia lectura. En nuestra primera juventud, y para algunos de
nosotros, Juan L. Ortiz representó (y en gran medida todavía sigue
representando) al poeta alejado orgánicamente de todas las miserias de la
vida literaria y entregado con todas sus potencias, con todas sus
exigencias, al diálogo más profundo del lenguaje y la naturaleza,
incluidos por supuesto los hermanos hombres. Juan L. Ortiz era el poeta
que venía a mostrarnos en vivo aquello que había expresado tan bien
Tristan Tzara: “La poesía es una
manera de vivir”, y que se
había convertido en algo así como nuestra divisa. Todavía hoy, no puedo
leerlo sin desprenderme de ese impacto, inicial y perdurable. Que, por
supuesto, ya no podrán experimentar aquellos que sólo pueden conocerlo a
través de su lectura.
F. M. : En un diálogo con el venezolano
Eugenio Montejo, te refieres a la limitación del vocablo pos-vanguardia
cuando se pretende “superar o esclarecer las ambiguedades y
contradicciones que ya el concepto de vanguardia, creado a comienzos de
siglo, llevaba consigo desde entonces”. Hay una endemia de las
clasificaciones. Basta pensar en la obsesión escolástica con que se
pretende establecer una estética neobarroca en la región del Plata. A
despecho de esa agonía clasificatoria, ¿qué te parece ser hoy
absolutamente moderno (Rimbaud) en la poesía que se hace en
tu país?
R.
A.: Escapo casi orgánicamente de las
definiciones. Tengo temores, ansiedades, algunas dudas. Quizás porque no
consigo ver las cosas aisladas, de una en una, sino en perspectiva, en su
contexto, que hoy imaginan globalizado. Imaginarse ahora “absolutamente moderno”, incluso
sólo pretender serlo, puede correr el riesgo de ser considerado arcaico.
Pero nunca dejó de haber una íntima, acaso honda relación entre la
bienaventurada poesía moderna y el pensamiento del hombre primitivo,
original. Así como la hubo entre el arte moderno y el gran arte negro.
Como casi todas las cosas del planeta, la poesía ha sido hoy completamente
desacralizada. Y si ese pudo ser acaso el objetivo de las vanguardias de
comienzos del siglo XX, seguramente no lo fue en el sentido actual. No
creo por ejemplo que la fuente-mingitorio de Duchamp tenga la misma
longitud de onda y la misma orientación de sentido que tantas
“instalaciones” en frío y tanto supuesto “arte conceptual” hoy
extrañamente asumido como neo-academicismo, casi siempre de carácter
oficial y con sponsors
multinacionales que nada tienen que ver, ciertamente, por ejemplo con
Lorenzo de Medicis. Después de todo, ya en el siglo XVI, Francis Bacon
podía decir que “La verdad surge
más fácilmente del error que de la confusión”. Y sobre todo del error
que es errar, errante. En lo profundo, en lo visceral, cuando nos quedamos
a solas y se acallan los ruidos y se apagan las luminarias, Rimbaud sigue
en cuestión, y cuestionándonos.
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