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POEMAS
por
Rodolfo
Alonso
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Querido
Rodolfo Alonso:
Sus palabras de amistad me resultan preciosas proviniendo de un hombre que
me parece dar tanto valor a la Poesía como para no disolverla en el
discurso y la efusión gratuita, sino por el contrario asirla y respetarla
en su estado de revelación, comprender lo que ella tiene a la vez de
pudoroso y de violento, y saber no traducir sino su grito sin añadirse
indebidamente a ella. Creo que esa es la única manera de acceder a la
dignidad de respirar también un día con lo que esa Poesía guarda de
calma sagrada y de efusión eterna. Tratarla, como usted lo hace, en el
honor de su simplicidad y de su apartamiento frente a lo que no son más
que accidentes en el mundo, le asegura proseguir durante largo tiempo su
camino con esta grande y quizás única real Compañera. Yo se lo deseo de
todo corazón y le envío mis votos de coraje cotidiano, sabiendo cuánto
la vida en Poesía reclama de abnegación y de energía mental. Desde todo
punto de vista, estamos siempre en condiciones de morir, y toda presencia
se gana en la sangre y el sudor del alma. Pero usted es un verdadero
combatiente.
René
Ménard
25 de octubre de 1964
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Poderes
de la lluvia
Me
madrugan las gotas
cantándose en el techo.
Maimará se despierta
con calles vueltas ríos.
Rodando en la quebrada
roncan las rocas madres.
Y hay pájaros que ensayan
en las ramas mojadas
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El
peso de tu paso
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¿Pasas
sin darte peso
cuando pasas, belleza,
inquieta certidumbre,
la joven nuca erguida
avanzando en la sombra,
levemente indecisa,
tendido hacia el futuro
el filo de ese cuello
inefable y letal?
¿O pisas, al hacerlo,
temible adolescente,
el peso de tu paso,
el paso de tu cuerpo
gloriosamente incierto
entre niña y muchacha?
¿El tiempo te contiene
o es tiempo lo que luces,
resplandor que se sabe
preso en su resplandor,
madurez inminente
livianamente espléndida
que firme se presagia,
dorado atardecer
todavía en su mañana?
¿Te ves tú como vemos,
o al verte cambiarías?
Arriesgada inocencia,
¿lo que de luz te colma
escondes o te esconde?
¿Sólo al verte no verte
te veremos, belleza?
¿En otros? ¿En nosotros?
¿No es la belleza verte
saber que no te sabes
mediodía inmortal?
¿Y anidas, sin embargo,
tu huevo de serpiente?
No temas, todavía,
no es nostalgia o deseo
percibir tu milagro
de presente huidizo,
de futura memoria.
Somos lo que sabemos
ver, lo que nos hace ver,
siendo somos lo sido,
seremos lo que sé,
lo que sé ser: ser sed.
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Bajo
la paz del tilo
Da
tinte al tiempo con su temple el tilo,con tanto tino, con ternura tanta,
que todo se estremece, toma aliento.
Titila el tilo, tras de la tormenta.
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A
la sombra de Malthus |
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Sabios
anuncian,
con discreta emoción
y sopesando datos,
de manera siniestra,
irreprochables,
que en el Tercer Milenio
más hombres tendrán sed.
(De hacerlo, no serán,
como se ve,
lo suficientemente
originales:
todos los siglos
consiguieron
tener
sed de justicia,
de libertad, belleza.)
Ahora, por fin, parece
-miserable milagro,
cruel consumación,
irrisorio destino
final-, que los humanos
tendrán por suerte
matar muriendo
(cazando lluvias,
en oasis blindados,
cercando ríos,
encerrando al mar)
por una simple, serena,
saludable y letal
sed clarísima de agua.
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| Da,
genitor |
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“Da jungere dextram,da,
genitor, teque amplexu
ne subtrahe nostro.”
Virgilio
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Tiende
tu mano, padre.
Hoy ya puedo decírtelo.
Dame ahora esa mano
que tanto te negaste.
Porque el dármela hubiese
despertado a otra mano:
la que tu propio padre,
allá en sus altos años,
como garra aferrada
contra el pecho labriego
que la tierra hizo roca,
mal cruzados los mares,
los lares confundidos,
divididos los hijos,
nunca supo dejarte.
Sé que tú la esperabas
aunque no lo dijeses,
como yo te esperaba
sin dejarme soñarlo.
Esa mano desciende
de otra mano y de otra
mano y de otra mano
y otras manos de antes,
que en la sombra se pierden
de los lares del tiempo,
hasta volverse una
junto al fuego primero,
la tibieza inicial,
el rescoldo del hombre.
Tiende esa mano, ahora,
desde el alto en que callas
dale aliento a esta brasa,
extiéndeme tu mano
para que pueda darla
a las luces que vienen,
a los que sin decirlo
me la piden callados
como si sólo fueras
un lazo de la especie,
una sombra de sangre:
las manos que se dieron
los que no se la daban.
Como si yo no fuera
el padre de mi padre
y el hijo de mis hijos.
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El
pájaro a destiempo
El
pájaro del sol
canta con lluvia.
¿Quién es el más confuso
de nosotros?
El pájaro del alba
está en la luna.
¿Y quién más confundido entre los dos?
Canta si se le canta
o cuando cuadra.
Pájaro del azar
y de su antojo.
Pájaro despistado
pero cantor.
¿Quién de nosotros vuela, quién de los dos?
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