Los
mil Caminos de Santiago
por
Rodolfo Alonso (poeta argentino de origen gallego)
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Para
empezar, veamos --o tratemos de ver-- los hechos concretos. El 25 de Julio
es el Día de Santiago pero, y al mismo tiempo, también es el Día de
Galicia. Y, por decirlo nomás, surgen cuestiones, las que suelen
eludirse. ¿Quién
pisó nunca la tierra donde se funda el mito? En esa faja incierta que
corre entre la historia y la leyenda, en la niebla fundacional de los orígenes
(esa misma niebla que para los gallegos se enciende, a la vez, en
misteriosos mares del Norte y en la saga interminable de los ciclos artúricos),
los pueblos, las comunidades, solían encontrar --o proyectar-- de un modo
simbólico, analógico, las raíces de su memoria, las fuentes de su
identidad. Que
no siempre representa exactamente lo que dice. Un mito es una evidencia
viva, pero más inconsciente que consciente. Ninguna barca de piedra puede
sobrenadar las aguas, salvo en la rotunda realidad del sueño. Ninguna
mano de hada sumergida emergió de pronto desde el fondo de un lago, también
encantado, empuñando nuevamente una espada de destino fabuloso. Si no es
en el misterio, bien concreto, de la leyenda madre. A
través del mito los pueblos convertían en símbolo verdades de otro tipo
que, acaso, habían rozado sin proponérselo. O en las que se descubrían
vivamente reflejados. Bruñida imagen de miedos y temblores, ese mismo
espejo devolvía seguridades y autoconciencia. Pero, de todos modos, y por
supuesto, semejante dominio siempre estará más cerca de la poesía que
de la ciencia, más próximo al instinto que a la inteligencia. Y, quizá
también por eso, al mismo tiempo, siempre estará igualmente muy cerca de
los límites, al borde, en la inminencia de ser devaluado, manipulado,
instrumentado. Con lo cual perdería irremisiblemente su forma, su halo de
mito. Claro
que también la concreta Compostela es un Campus
Stellae, es
decir, literalmente un Campo de Estrellas. En las tierras nunca finalmente
del todo descubiertas de América, que también tenía sus propios mitos y
sabía precaverse entonces de supuestas conquistas, vinieron a germinar
tantas otras Santiago distintas y parientas casi como astros hay en la Vía
Láctea. Y hay aquí pues otros Caminos de Santiago que van y vienen, que
no sólo van sino que vienen. Y hasta que vienen y van entre sí. Lo
quiera la razón o lo quiera el corazón, Santiago ya no será nunca,
apenas, sólo el Matamoros. Al menos, no en Galicia. La dulce tierra madre
ha pulido las aristas demasiado violentas de uno de los varios rostros del
mito. Y, junto con él, ha convertido a la Catedral de Compostela en poema
de piedra, sí, como todavía suelen repetir antes de pensarlo los guías
de turismo, sin tomar conciencia a veces de lo que están diciendo. Sobre
las grandes piedras sagradas de los primeros cultos, más bien originales
que sólo primitivos, dicen que se construyeron luego los grandes templos
de Galicia. Pero las piedras sagradas nunca duermen. Y mucho menos pueden
ser asimiladas u ocultadas. Desde la catedral sagrada y consagrada intenta
acaso brotar otra vez, por sus raíces de piedra, el sueño inmortal del
desdichado Prisciliano. Y convertido en nuevo mito puede mostrarse ahora públicamente,
sin riesgo alguno ya, pero también quizá sin trascendencia, en esta
nueva Europa posmoderna, confortable, satisfecha y desacralizada. Lo
que era antaño sagrado puede correr ahora el riesgo de volverse turismo,
lo que fue mito enfrenta siempre el riesgo de volverse simple, meramente
rito, o mera ceremonia, fuente seca. Pero
esta batalla no es de ahora ni de ayer. Es de siempre.
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Rodolfo
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