UN ATISBO A LA LITERATURA ARGENTINA (DESDE 2001)

 

por Rodolfo Alonso

 


 

 

         Al parecer, Raymond Aron dijo hace ya mucho tiempo que la Argentina resultaba “la gran desilusión del siglo XX”. Sin duda es un grave diagnóstico. Y que debería preocuparnos igualmente, a nosotros, los argentinos, aunque lo calibráramos desde su evidente perspectiva eurocéntrica. Pero, si así fuera, qué comparación podría tener eso con la frase, desesperada y lapidaria, que Ricardo Piglia afirmó haberle escuchado en 1959 a Ezequiel Martínez Estrada, sin duda uno de los más concernidos y poco complacientes grandes intelectuales argentinos: “La Argentina se tiene que hundir. Se tiene que hundir y desaparecer, no hay que hacer nada para salvarla, si lo merece volverá a reaparecer y si no lo merece es mejor que se pierda”.

Palabras que hoy, más de cinco décadas después, no dejan de conmocionarnos incluso aún más, acaso con el mismo rabioso y despechado amor, cuando habiendo podido atinar con el diagnóstico preciso, ya estamos en camino de salir, de recuperarnos. El único “milagro” que habíamos podido concretar los argentinos era, contrariamente a las Bodas de Caná, el de haber permitido, el de haber logrado que volvieran miserable a un país tan insoslayablemente rico. (Milagros de adentro y de afuera, por supuesto.) Pero bien podemos alegrarnos ahora de que esos tiempos hayan quedado atrás.

         Por eso, debo advertir que escribí estas líneas muy cerca de Buenos Aires, el 8 de febrero de 2002, en pleno reventón de una de las crisis políticas, sociales y económicas más profundas que haya vivido mi desdichado país. Y a pedido de un gran diario portugués que, gracias a la efectiva mediación de ese brillante escritor y artista que fue el entonces embajador José Augusto Seabra, precisamente en esos mismos momentos y con un carácter decididamente solidario, quiso dedicarle a la literatura argentina todo un número de su prestigioso suplemento cultural. Se trata de un gesto que no pude sino apreciar en toda su magnitud pero que, al mismo tiempo, en lo que hace a mis modestas capacidades, no deja de atraerme tanto como me inquieta. Perdóneseme, entonces, teniendo en cuenta que fueron escritas para lectores de otro país y en momentos de alta tensión emocional, la escasamente académica factura de estas páginas. Que acaso se justifica, precisamente, por aquellas circunstancias.

         En efecto, ¿cómo es posible intentar transmitir a lectores de otras playas, por agudos y fraternales que sean, eso en gran medida tan palpable como indefinible que constituye la identidad y la personalidad, la sal y la gracia de una literatura? Y, al mismo tiempo, ¿cómo dejar de hacerlo, ante una tan cálida y generosa invitación? Así como acepto de hecho la especificidad del texto literario, su vida propia y sus propias leyes internas, que han de culminar cuando logra convertirse en un organismo latente, y sin recaer absolutamente en aquellos maniqueísmos de fondo y forma, de forma y contenido, de mensajes explícitos cuando no de consignas más o menos demagógicas, también me resulta imposible negar (hasta por experiencia propia) que la polisémica ambigüedad del lenguaje humano no deja de estar teñida o por lo menos enmarcada por los acontecimientos privados o públicos en que fue gestada. Que si el texto es autónomo, digamos, no hay texto sin contexto, individual e histórico. Hasta el poema de amor más desentendido y hasta la más ardua especulación metafísica no dejan de cobrar, además del propio, otro u otros sentidos cuando ubicamos la fecha en que fueron escritos y las circunstancias, particulares o sociales, que rodeaban su gestación.

         No en el mismo sentido, pero acaso en similar dirección, hoy resulta quizás igualmente imposible que los textos literarios argentinos, a la luz de esta hoguera en que arden nuestras ilusiones y nuestras esperanzas, dejen de encarnar por lo menos en algo sus reflejos, no vean modificada en algo su valoración, su aprehensión. Cosa que por otro lado ha ocurrido a lo largo de toda nuestra historia.

        

         Los textos fundamentales de nuestra literatura, aquellos libros de quienes podemos considerar los padres fundadores de nuestras letras (me refiero sobre todo a El matadero, de Esteban Echeverría; el Facundo, de Domingo F. Sarmiento; La excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla; y el Martín Fierro, de José Hernández) presentan para mí características muy singulares. Todos nacieron por lo general de una profunda inquietud política y social (los dos primeros son directamente panfletos contra Rosas) pero, también, al mismo tiempo, lo que me resulta doblemente significativo, ninguno de ellos se presenta estrictamente constreñido a un género. Ni El matadero es simplemente un relato, ni el Facundo es tan sólo un ensayo, ni Ranqueles es apenas una crónica de viaje. Y el mismísimo Martín Fierro, que en tantos sentidos se erigió como prototípico, como bien susurró Borges quizás es más bien una novela en verso que estrictamente un poema lírico.

         De lo cual surgen, al menos para mí, algunas otras inferencias. Los libros fundamentales de la literatura argentina no fueron concebidos, estrictamente, como una pieza literaria destinada a intentar llevar a su culminación un género. Sino que como la misma naturaleza todavía en gran medida salvaje que los rodeaba, se trata de palabras brotadas más bien del instinto y de la pasión. Y en cuyo lenguaje, surgido acaso a borbotones, algo había que intentaba manifestarse y que no era tan sólo, al menos, por lo menos, la manifiesta intención política o contestataria de cada autor. Yo intuyo que había allí una realidad y un lenguaje, un lenguaje y una realidad tan fuertes, tan dramáticamente vitales e impulsivos, que quizá emergían a través de los textos, en la escritura, a sabiendas o no de su creador.

         Para ello dispongo de algunas pruebas. Habiéndose visto empujado por Rosas a Montevideo, y encontrándose por lo tanto en un medio donde no sólo era usual sino preferible lanzar diatribas contra el dictador, quizá por haber experimentado él mismo que en esas palabras había surgido y palpitaba, inquietante, mucho más de lo que había supuesto proponerse, Echeverría no se decidió a publicar El matadero en tan favorables circunstancias. Cosa que no ocurriría sino mucho después, tras de su muerte, casi contemporáneamente con la aparición del Martín Fierro y por expresa iniciativa de ese brillante intelectual que fue Juan María Gutiérrez. Así como es usual percibir ahora en el Facundo, donde Sarmiento se tiraba a fondo contra Rosas (lanzado, ya desde el subtítulo2, que con leve pero sintomática deformación el uso iba a

2 Facundo; ó, civilización i barbarie en las pampas arjentinas (sic).

convertirle en el sintomático y premonitorio lema de “Civilización o barbarie”, que iba a hacer historia), una oculta y probablemente inconsciente seducción del autor por la figura tan antípoda y no menos legendaria del caudillo que, a sabiendas, se había propuesto denigrar.

         Yo intuyo que ambas emergencias, la de una realidad chúcara que no se resigna a aceptar “civilizarse” y, al mismo tiempo, la de un lenguaje no menos cimarrón y legítimo, que no se propone para nada someterse a los mandatos de un género, y que por el contrario se manifiestan mutuamente, como buscando y siendo su propia forma al mismo tiempo, representan de alguna manera la verdadera, legítima “tradición” de una literatura que, como su propio país, nunca terminó de encontrar su forma. Al menos todavía.

 

         Sé que algunos dirán, tal vez, y casi de inmediato, “Pero, ¿y entonces, Borges?” Porque la canonización aparentemente planetaria  en que ha venido a devenir su obra pareciera convertirlo, sobre todo desde una perspectiva europea, casi en una proyección sudamericana de esa misma cultura, maestro de una inteligencia y un lenguaje hechos de precisión e ingenio, de refinamiento y regodeo, supremamente “civilizado”. Y sin embargo... Y sin embargo basta leer  a Borges desde su propia tierra, desde sus propias playas, e incluso sin recurrir a aquellos primeros libros rabiosamente nacionales (como El tamaño de mi esperanza) que él mismo se ocupó de silenciar en su madurez, para experimentar la sensación de que, sí, también a él, paradigma del civilizado, había “barbaries” que no dejaban de seducirlo. No basta leer tan sólo ese relato ejemplar, “El Sur”, patentemente autobiográfico, o limitarse a la modesta proporción de asesinos, guapos, compadritos y cuchilleros que anidan entre sus personajes, sino percibir incluso motivaciones más profundas, que le venían de su pasado de algún modo localmente patricio pero también ineludiblemente ligado con la entreverada historia, de muerte y de sangre, que cubre estas tierras aparentemente, sólo aparentemente sosegadas. Y recuerdo especialmente ese otro relato no menos ejemplar donde dos hermanos, apasionados de la misma mujer, terminan por asesinarla a dúo para que no interfiera en su “amistad”.

         Sí, también en Borges, refinado y sensibilísimo, y quizá por eso mismo, se manifiestan pulsiones, tensiones, conflictos, tan colectivos como personales, a la vez personales y también colectivos, que si han sido macerados y manufacturados por una inteligencia (por una escritura) superior, no dejan, no pueden sin embargo dejar de estar afectados, ellos también, oh dioses, por la ineludible polisemia, por la rica y destinada ambigüedad del lenguaje humano.

 

         Junto con aquellas peculiares características que hemos atisbado más arriba en los libros de los padres fundadores de la literatura argentina, hay otra que también se me hace acaso palpablemente evidente. Y es la aparición en casi todos ellos, así como también en La cautiva del romántico Echeverría, de lo que ya vimos constituiría la metáfora fundacional de nuestra cultura: el desierto. Fruto probable de la enorme extensión y de la escasa población de la República Argentina, convertida desde un comienzo en el lema-guía que debía inspirarnos: “Gobernar es poblar”, por otro de los hombres clave de nuestros orígenes, Juan Bautista Alberdi, escritor, jurisconsulto, constitucionalista, músico, dramaturgo, que no por casualidad debió pasar prácticamente toda su vida en el exilio (volveremos sobre esto), ella inspiró sin duda el inmenso proyecto social de convocar a millones de inmigrantes que nos convirtieron en una “sociedad aluvial”, como bien dijo José Luis Romero, pero no por eso dejó de constituir siempre, simultáneamente, al menos para mí, aunque no creo ser el único, algo más que un problema territorial y demográfico a resolver para convertirse en una espléndida metáfora, a través de esa inquietante pero ineludible seducción con que la inmensidad y la belleza de los grandes espacios deshabitados y yermos logran todavía conmovernos.

         Si alguna vez, por fin, el general-presidente Roca creyó haber concretado “la conquista del desierto” al ocupar militarmente las inmensas regiones de la no menos todavía legendaria Patagonia, sobre la cual nuestros indios nómades --perfectamente adaptados al caballo que abandonaron aquí los primeros conquistadores españoles-- se habían movido con tan veloz como cómoda libertad, hoy bien podríamos preguntarnos, ante el país devastado y desguarnecido, ante las provincias y los campos empobrecidos y abandonados, ante los miles de argentinos que hoy intentan irse del país, y ante ese otro yermo no menos invencible, el íntimo, el espiritual, si en realidad no ha sido el desierto quien nos conquistó.

 

         Como aludí al mentar a Alberdi, otro de los signos reiterativos que parece presentar la compleja realidad argentina es el del exilio. No sólo el tremendo y desgarrador exilio de tantos miles de compatriotas que trajo como consecuencia por ejemplo la última dictadura militar, sino también otros exilios históricos, por otros motivos, sobre todo políticos y sociales, pero también el no menos doloroso y desolador exilio interior, el exilio en el propio país, aludido quizá durante mucho tiempo en el siempre revelador lenguaje popular con el llamativo mote de “ninguneo”, aludiendo a los desaparecidos de la opinión pública, a los “borrados”, a aquellos de quienes ya no se habla, que tanto ha de tener que ver acaso con aquella bárbara espontaneidad de nuestro suelo y de nuestras costumbres como con el cegador y deslumbrante resplandor de espejismo con que el desierto original, no menos fundacional, intenta siempre anonadarnos, tan seductora como ineludiblemente.

 

         Todo eso vive en nuestra literatura, y de todo eso vive asimismo nuestra literatura. Al menos, en aquellos escritores que (a mi modesto entender) valen la pena. Por eso imaginé que, convidado ahora tan magnánimamente, y en tan difíciles circunstancias, a presentar ante los sagaces lectores portugueses la literatura actual de mi país, por otro lado tan vasta y tan compleja, sería absurdo pretender hacerlo de una manera apenas enumerativa o estadística, hilvanando una mera ristra de títulos, autores o fechas. Y mucho menos aludiendo a textos de los cuales no se cuenta acaso todavía con traducción portuguesa, cuando –insisto-- cada texto es para mí la única fuente legítima, ineludible y personal, de acceso a una presencia literaria.

         Así me descubrí sintiendo, ante esta oferta, ante esta tentación, que mediante una pequeña antología 3 de “fragmentos”,

3 Ver Apéndice I.

de textos no sólo literarios sino también de intervenciones o alusiones significativas, de autores significativos, podía arrimar a los lectores europeos algunas brasas activas, capaces de encender un fuego contagioso, de aquella literatura argentina que me parece estar viva, latente, por su propia densidad específica pero también por lo profundo y no menos denso de la realidad que en ellas o a través de ellas ha alcanzado a manifestarse. Y que convierte a sus autores, entonces, no sólo en redactores de una pieza literaria sino en instrumentos de una experiencia de vida y de lenguaje.

 

         En todo lo cual nunca deja de entrar el no menos ineludible enfoque personal. A la ambigüedad del lenguaje corresponde la idéntica y no menos constitucional ambigüedad humana, en el autor y en el lector. Hasta que se logre encender la chispa, hasta que se logre aquel “rayo instantáneo de la comunicación” que Roman Jakobson percibe no sólo en estas lides sino también, coincido plenamente, hasta en el más aparentemente simple y cotidiano intercambio coloquial. Algo vive en el lenguaje que quiere ser dicho. Algo dice, y a lo mejor se dice, en lo que decimos, o creemos decir.

         Yo lo experimente al descubrir por ejemplo el preciso y luminoso “Brindis a Marinetti”, del inefable Macedonio Fernández, ese presocrático argentino sin el cual no existiría Borges, y donde él, que en algún momento se asumió como “anarquista spenceriano y místico”, supo refutar en público y en persona, durante su visita a Buenos Aires en 1925 (como el mismo Pessoa en su magnífico “Marinetti, académico”), la absurda incongruencia de haber sido a la vez padre del futurismo y académico fascista. O lo percibí también en la modulada y fecunda brevedad, de tan sabrosa riqueza estilística, en que vino a convertirse felizmente la escritura de ese auténtico hombre de izquierda que sigue siendo Andrés Rivera, cuando en su breve pero intensísima novela El farmer, donde alude magníficamente al otro exilio, final, e inglés, de ese autócrata criollo que fue Juan Manuel de Rosas, que a tantos argentinos envió al exilio, se anima a proponer, no sin audaz coraje, un teorema que puede ser a la vez, ferozmente, denuncia y desafío: el poder “podrá contar, siempre, con la cobardía incondicional de los argentinos.”

         Así como en cualquier antología de Ricardo E. Molinari, uno de los más altos y más lúcidos líricos argentinos, también canonizado en su momento como métrico perfecto y como paisajista metafísico, acaso para reducirlo a una jaula dorada, él mismo no dejó de incluir nunca su indeleble “Oda a un soldado”, donde la sangre y el barro, la injusticia y la miseria brotan también de su límpido idioma, como ya lo había hecho en otra línea ejemplar, y que tanto quisieran esquivarle: “La patria es linda y de algunos.” O en el no menos desafiante prólogo de Los lanzallamas, magnífica segunda parte de su por tantos motivos también fundacional novela Los siete locos, donde Roberto Arlt, ese “mal” escritor que fue capaz sin embargo de crear un lenguaje tan personal como tocante, en medio de una crisis económica, política y social acaso tan trágica como la actual, se animaba a confiar en que “el Futuro diga”.

 

         Ya en la primera línea del Facundo, Sarmiento se anima a invocar una “sombra terrible”. Y en el cuerpo del Santos Vega, de Rafael Obligado, ese bello y delicado poema donde nuestra gauchesca deviene límpidamente lírica, “cruza una sombra doliente / sobre la pampa argentina”. Algo me dijo, y me sigue diciendo, que entre esos dos blasones, una sombra terrible y una sombra doliente, y a pesar de los anonadamientos impuestos por el posmodernismo globalizado y la industria “cultural”, las consignas deletéreas del mercadeo y del exhibicionismo, la permanente cháchara insustancial que parece rodearnos y el narcotizante parpadeo de las mesmerizadas pantallas de la invasora epidemia virtual, entre la sociedad del consumo autoritario y la omnipresente sociedad del espectáculo, busca la dimensión de su silencio la palabra humana, sigue girando la rueda del destino de la gran literatura argentina.

 


 

Apéndice

 (MUY) BREVE PANORAMA DE LA LITERATURA ARGENTINA MODERNA

 

 Selección de Rodolfo Alonso

  

Brindis a Marinetti

. . .

         En materia política soy adversario vuestro (quizá esto no se sabe en todos los continentes), pues mientras parecéis pasatista en cuanto a teoría del Estado, lo que impresiona contradictorio con vuestra estética, y creéis en el beneficio de las dictaduras, provisorias o regulares, yo no conservo de mi media fe en el Estado, más que la mitad, por haberla repartido con nuestro fundador Hidalgo, a quien debemos vuestra presencia aquí. Me quedó una cuarta parte de fe estatal, la indispensable para no confundir dos cosas fiscales: los faroles con los buzones, al confiar a éstos la redacción de mis cartas.

         Como todos los hombres de carrera intelectual os estoy agradecido por la consagración de vuestra vida a la emancipación de un error de debilidad, de tontería, de preocupación, de cálculo: la veneración del pasado.

         Pero la verdad es, señor Marinetti, que me privé del placer de acompañaros porque aún no se había decidido vuestra visita como exenta de propósito político, y habría tenido que molestar con salvedades un ambiente de cordialidad. Con vuestra presencia aquí mostráis que no os hace mezquino la separación parcial de ideas ante la vocación común del arte.

. . .

         Otra coincidencia, que induce sinceridad en ambos, pero que muchos deploran, es la brotación tardía, en vos como en Lugones, de una fe en el Estado que apena a cuantos creíamos que la superior Beldad Civil era: El Individuo Máximo en el Estado Mínimo. Ilustres como sois, en el mundo; naciendo dictaduras en toda Europa; mostrándose aún en los Estados Unidos frenesíes estatales de democracias y congresos dictadores con leyes de ingerencia en los hábitos, creencias, placeres, viciosos o no, del individuo -prohibiciones del alcohol, del juego, imposiciones de higiene privada, etcétera-, hay que confesar, insigne futurista, que el pasado no ha muerto, y no le falta un parecido de porvenir.

        

Diario de vida e ideas

         La argentinidad es hoy el caso de mayor felicidad de tipo humano nacional. Las características ibéricas vienen acentuándose (lo que garante la perduración de la actitud de “grandeza-individual”, camino más cierto, y menos expuesto a uso de crueldad, del bien universal que el humanismo organizante de los alemanes) sin la solitariedad y con la religiosidad pura y segura como ninguna de los españoles pero más amorosa que respetuosa, mejor por tanto como es nuestro hogar. Concluyo que esta Nación Argentina es el grupo nacional con más feliz aptitud para desnacionalizar a la humanidad si pudiera suceder, y por acción de cordialidad. Para lo cual deberá previamente presentar en su seno el ejemplo de la gran paz: la paz Trabajo-Capital en la que hay todavía que gastar mucha buena justicia.

Macedonio Fernández (1874-1952)

 

  

El escritor argentino y la tradición

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         Por eso repito que no debemos temer y que debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los temas, y no podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos: porque o ser argentino es una fatalidad y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino es una mera afectación, una máscara.

         Creo que si nos abandonamos a ese sueño voluntario que se llama la creación artística, seremos argentinos y seremos, también, buenos o tolerables escritores.

Jorge Luis Borges (1899-1986)

  

Los lanzallamas

. . .

         En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.

         De cualquier manera, o como primera providencia, he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático, entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:

         “El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc.”

         No, no y no.

         Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”.

         El porvenir es triunfalmente nuestro.

         Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero... mientras escribo estas líneas, pienso en mi próxima novela. Se titulará “El amor brujo” y aparecerá en agosto del año 1932.

         Y que el Futuro diga.

Roberto Arlt (1900-1942)

 

Oda a un soldado

. . .

A veces la patria duele tristemente, igual a una veste sucia y ardida;

la juventud es lo útil,

lo entrañable ofrecido al error.

Otros son los que llevan las hierbas, el humo de la historia,

los laureles, el orgullo de las familias.

Por allí, quedará alguna madre tirando

de la pobreza. Aguaitando por una puerta.

¡Ninguna razón vale un hombre muerto!

 

Yo me entiendo con mis enemigos bebiendo un vino,

u oyéndoles cantar. ¡No quiero la sangre de un congénere!,

ni su pobre tierra, su ropa trabajada, ni su mujer, que se quedan

                                          /mirando tanta luna, el gran espacio y

                                          /siempre olvido.

 

Los otros recibieron los campos y pusieron estacas,

los árboles espinosos, los alambres,

y marcaron las haciendas chúcaras, y los demás, el abandono, las 

                                                        /voces deshechas y los perros.

Y en las salas llenas de ancianas damas que hablan de la patria,

                                         /del honor, de la gran estancia que es

                                         /la nación, arrogantes,

que nunca limpiaron una venda, ni lloraron a los degollados tirados

a un bañado, al cangrejal hambriento,

pasan la vida.

A los argentinos nos gustó la sangre, terminar pronto y llevar los

                                                                          /ojos al horizonte,

a la infinita sombra del ocaso,

a la limpieza de estar vivos todavía,

y apagamos la llama de los fogones con la bota,

y la flor maldita con la montura.

 

Y allá en Dolores, quedó la cabeza de Castelli, volteando en el

                                                                                            / vacío,

y el viento trotaba por los cuartos perdidos, silbando.

En la plaza de Tucumán hay una piedra y unas letras, allí estuvo la

                                                                        /de Marco Avellaneda,

con la noche acantilada en sus cabellos, aturdida y sola.

  Ricardo E. Molinari (1898-1996)

  

Veinte poemas para ser leídos en el tranvía

. . .

         ¿Un éxito eventual sería capaz de convencernos de nuestra mediocridad? ¿No tendremos una dosis suficiente de estupidez, como para ser admirados?... Hasta que uno contesta a la insinuación de algún amigo: “¿Para qué publicar? Ustedes no lo necesitan para estimarme, los demás...”, pero como el amigo resulta ser apocalíptico e inexorable, nos replica: “Porque es necesario declararle como tú le has declarado la guerra a la levita, que en nuestro país lleva a todas partes; a la levita con que se escribe en España, cuando no se escribe de golilla, de sotana o en manga de camisa. Porque es imprescindible tener fe, como tú tienes fe, en nuestra fonética, desde que fuimos nosotros, los americanos, quienes hemos oxigenado al castellano, haciéndolo un idioma respirable, un idioma que puede usarse cotidianamente y escribirse de “americana”, con la “americana” nuestra de todos los dias...” Y yo me ruborizo un poco al pensar que acaso tenga fe en nuestra fonética y que nuestra fonética acaso sea tan mal educada como para tener siempre razón... y me quedo pensando en nuestra patria, que tiene la imparcialidad de un cuarto de hotel, y me ruborizo un poco al constatar lo difícil que es apegarse a los cuartos de hotel.

Oliverio Girondo (1891-1967)

 No, no es posible...

 

No, no es posible.

Hermanos nuestros tiritan aquí, cerca, bajo la lluvia.

 

¡Fuera la delicia del fuego, con Proust entre las manos,

y el paisaje alejado como una melodía

bajo la llovizna

en el atardecer perdido del campo!

 

Fuera, fuera, Brahms flotando sobre los campos!

 

No, la muerte mágica de la música,

ni la turbadora sutileza

mientras bajo la lluvia

hombres sin techo y sin pan

parados en los campos,

vacilan al entrar a la noche mojada!

Juan L. Ortiz (1895-1978)

 

 

Luz de provincia

. . .

Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre;

sus costas están solas y engendran el verano.

Quien mira es influido por un destino suave

cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado.

 

La conozco agraciada, tendida en sueño lúcido.

Da gusto ir contemplando sus abiertas distancias,

sus ofrecidas lomas que alegran este verso,

su ocaso, imperio triste, sus remolonas aguas.

Carlos Mastronardi (1900-1976)

  

Requiem

 

Olores de amarillo.

Aliso de silencios

cual colgaduras tiesas

en la flor negra de mi estancia.

 

Sonrisa azul y blanca.

Gritos desesperados de los trenes

que doblan imprevistos horizontes

de lluvias y de fríos.

 

Otoño-

taburete desolado;

tabaquera de días rubios,

lánguidos y descalzos

y oscuras tardes de Rosario.

 

Un rebullir de sillas me despierta;

sabor de infancia; olores de amarillo.

Jacobo Fijman (1898-1970)

 

 

El poeta político

 

El poeta era también político. Se interesaba por los problemas pequeños y grandes de las gentes y era capaz de encontrar y aplicar soluciones. Su generosidad era eficiente. Podía sostener una empresa. Podía dominar los pequeños detalles. Podía enunciar, exponer. Su elocuencia había superado la impostura, y entre las gentes sencillas y buenas el poeta había logrado ser uno más. Pero si el poeta atendía a las cosas del mundo, más allá de la palabra, sintiéndose simplemente vivir, también sentía la urgencia de la palabra misma. También experimentaba la necesidad de demorarse, de interrumpir la fluencia entre el mundo y él. Entonces el poeta empezaba a hablar para sí mismo en un intento de hablar mejor, más hondo a todos los hombres. Y perdía su voz y rompía su instrumento. Así era, así será siempre.

Edgar Bayley (1919-1990)

  

 

Los árboles

. . .

Ahora digo

limpio de corazón, los ojos puros,

el nombre de los árboles de la tierra que habito,

su alta serenidad, su lenta sombra

y su resina cristalina y triste.

 

Yo voy a la madera y de ella vengo

doblado en luz, quemado en arenales,

con una sombra más entre los brazos

como quien se recuerda con el alma del aire.

Manuel J. Castilla (1918-1980)

 

  

 

Voces

 

La verdad tiene muy pocos amigos y los muy pocos amigos que tiene son suicidas.

 

Mi pobreza no es total: falto yo.

 

Si yo fuese como una roca y no como una nube, mi pensar, que es como el viento, me abandonaría.

Antonio Porchia (1886-1969)

 

 

Los poetas oficiales

 

¿Amoldáis vuestra esfera a lo más íntimo del porvenir?

 

Perros enanos entecos, tenéis a vuestro servicio los escribientes

nacionales, pajarracos de la patria.

 

Canasteros de los frutos del odio, no estoy arrepentido de tener a

mi servicio las joyas y los frutos del deseo.

 

Principitos destronados de toda sangre de composición en la

naturaleza.

 

Eugenios, Equis, Clauditos, perritos de ceniza.

Francisco Madariaga (1927-2000)

 

  

Misión

 

Estos pantanos, estos yermos,

nos pertenecen, son nuestra heredad:

también nuestro destino.

 

No los maldigas, joven

Laertes. No maldigas

las puertas inseguras,

la indigente morada,

los soles de los tuyos.

 

¡Ah, sobrevive y desespera!

Sabes

que morirás aquí,

que justamente por tus méritos

no serás relevado.                    

Raúl Gustavo Aguirre (1927-1983)

  

El farmer

 

. . .

         Urquiza, que aprendió  ser estanciero a mi lado, en una carta que puso lágrimas en mis ojos, aquí, en tierras de otros, y que dirigió a Your Excelency, general Rosas, promete a Your Excelency, general Rosas, la devolución de su rango, de sus bienes, de la patria.

         Miré, digo, como nunca miré, la cobardía de los porteños. No la vi, ni siquiera el 6 de diciembre de 1829, cuando fui electo, por primera vez, gobernador de Buenos Aires, para ejercer el mal sin pasión.

         Demoré una vida en reconocer la más simple y pura de las verdades patrióticas: quien gobierna podrá contar, siempre, con la cobardía incondicional de los argentinos.

Andrés Rivera (1928)

 

Incompletamente

 

las aguas de tu vientre cantan al fondo del país/

así estás hecha/

hoy que la lluvia duele

en todo el mundo te posás/

 

¿dónde escribís tus estaciones?/

¿las trémulas de tu candor?/

¡panadera!/

 

¡brillás para que nadie sufra!/

¡amigás compañías que empiezan en tu piel!/

¡como penumbras del furor!/

 

¡así a tus pechos viene el ido!/

¡el que pasaba por tus jugos contra

la olvidación!/

¡apretando los huesitos prestados!/

Juan Gelman (1930)

 

Lo nacional es la infancia

 

         Esta observación empírica es también de orden político. Lo nacional, separado de la experiencia individual, consiste en una serie de abstracciones propias del léxico de los poseedores. Es la traducción, en el plano ideológico, de una suma de intereses. Como todo absoluto, se autodetermina como valor supremo, ante el que deben inclinarse todos los otros. ¿Quién encarna lo nacional? El poder político. Las contradicciones más groseras pretenden siempre justificarse con el comodín de lo nacional. Yo pienso, como Samuel Johnson, que la patria, en tanto que abstracción, es el último refugio del sinvergüenza.

         Nos la presentan como absoluto, pero es por excelencia contingente. Del lugar en que nacemos no brota ningún efluvio telúrico que nos transforme automáticamente en deudores. No hay ni lugar ni acontecimiento predestinados: nuestro nacimiento es pura casualidad. Que de esa casualidad se deduzca un aluvión de deberes me parece perfectamente absurdo.

. . .

         Y sin embargo estamos constituidos en gran parte por el lugar en donde nacemos. Los primeros años del animalito humano son decisivos para su desarrollo ulterior. La lengua materna lo ayuda a constituir su realidad. Lengua y realidad son a partir de ese momento inseparables. Lengua, sensación, afecto, emociones, pulsiones, sexualidad: de eso está hecha la patria de los hombres, a la que quieren volver continuamente y a la que llevan consigo donde quiera que vayan. La lengua le da a esa patria su sabor particular.

         Por lo tanto, la patria pertenece a la esfera privada. Los que la invocan como un imperativo abstracto incurren, como en tantas ocasiones, en un abuso de confianza.

Juan José Saer (1937-2005)

  

Crítica y ficción

 

         Yo estaba en quinto año del secundario y Martínez Estrada vino a Mar del Plata, donde tenía parientes. Fuimos a verlo y me impresionó encontrarlo tan enfermo y tan frágil, se sostenía de las paredes con la palma de la mano para caminar. Se conversó mucho, toda una tarde, pero yo sólo recuerdo nítidamente una frase: “La Argentina se tiene que hundir. Se tiene que hundir y desaparecer, no hay que hacer nada para salvarla, si lo merece volverá a reaparecer y si no lo merece es mejor que se pierda”. Era en 1959.

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         La calidad literaria es algo tan raro y difícil de encontrar que nos hemos acostumbrado a buscarla allí donde la crítica y el mercado niegan los textos o los silencian.

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         (Pareciera que “Sur” solamente ha influido a los escritores que formaban parte del grupo, pero esa influencia quizás deba atribuirse a Borges, lo que es otra cuestión.) En lo que podemos llamar los años de mi formación yo buscaba y leía otras revistas, en especial “Contorno”, pero también “Centro”, “Poesía Buenos Aires”. Comparada con esas publicaciones (o incluso con otras anteriores como “Martín Fierro” o “Claridad”) se ve que la marca de “Sur” es el eclecticismo: en sus páginas circulaban textos diversos, de calidad e interés muy desparejos. Por lo demás el carácter “antológico” de “Sur” ya fue criticado por el mismo Borges.

Ricardo Piglia (1941)

 

 

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generación dos mil gente de arte  2012