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UN ATISBO A LA LITERATURA ARGENTINA (DESDE 2001)
por Rodolfo Alonso
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Al parecer, Raymond Aron dijo hace ya mucho tiempo que la Argentina resultaba “la gran desilusión del siglo XX”. Sin duda es un grave diagnóstico. Y que debería preocuparnos igualmente, a nosotros, los argentinos, aunque lo calibráramos desde su evidente perspectiva eurocéntrica. Pero, si así fuera, qué comparación podría tener eso con la frase, desesperada y lapidaria, que Ricardo Piglia afirmó haberle escuchado en 1959 a Ezequiel Martínez Estrada, sin duda uno de los más concernidos y poco complacientes grandes intelectuales argentinos: “La Argentina se tiene que hundir. Se tiene que hundir y desaparecer, no hay que hacer nada para salvarla, si lo merece volverá a reaparecer y si no lo merece es mejor que se pierda”. Palabras que hoy, más de cinco décadas después, no dejan de conmocionarnos incluso aún más, acaso con el mismo rabioso y despechado amor, cuando habiendo podido atinar con el diagnóstico preciso, ya estamos en camino de salir, de recuperarnos. El único “milagro” que habíamos podido concretar los argentinos era, contrariamente a las Bodas de Caná, el de haber permitido, el de haber logrado que volvieran miserable a un país tan insoslayablemente rico. (Milagros de adentro y de afuera, por supuesto.) Pero bien podemos alegrarnos ahora de que esos tiempos hayan quedado atrás.
Por eso, debo advertir que escribí estas líneas muy cerca de
Buenos Aires, el 8 de febrero de 2002, en pleno reventón de una de las
crisis políticas, sociales y económicas más profundas que haya vivido
mi desdichado país. Y a pedido de un gran diario portugués que, gracias
a la efectiva mediación de ese brillante escritor y artista que fue el
entonces embajador José Augusto Seabra, precisamente en esos mismos
momentos y con un carácter decididamente solidario, quiso dedicarle a la
literatura argentina todo un número de su prestigioso suplemento
cultural. Se trata de un gesto que no pude sino apreciar en toda su
magnitud pero que, al mismo tiempo, en lo que hace a mis modestas
capacidades, no deja de atraerme tanto como me inquieta. Perdóneseme,
entonces, teniendo en cuenta que fueron escritas para lectores de otro país
y en momentos de alta tensión emocional, la escasamente académica
factura de estas páginas. Que acaso se justifica, precisamente, por
aquellas circunstancias.
En efecto, ¿cómo es posible intentar transmitir a lectores de
otras playas, por agudos y fraternales que sean, eso en gran medida tan
palpable como indefinible que constituye la identidad y la personalidad,
la sal y la gracia de una literatura? Y, al mismo tiempo, ¿cómo dejar de
hacerlo, ante una tan cálida y generosa invitación? Así como acepto de
hecho la especificidad del texto literario, su vida propia y sus propias
leyes internas, que han de culminar cuando logra convertirse en un
organismo latente, y sin recaer absolutamente en aquellos maniqueísmos de
fondo y forma, de forma y contenido, de mensajes explícitos cuando no de
consignas más o menos demagógicas, también me resulta imposible negar
(hasta por experiencia propia) que la polisémica ambigüedad del lenguaje
humano no deja de estar teñida o por lo menos enmarcada por los
acontecimientos privados o públicos en que fue gestada. Que si el texto
es autónomo, digamos, no hay texto sin contexto, individual e histórico.
Hasta el poema de amor más desentendido y hasta la más ardua especulación
metafísica no dejan de cobrar, además del propio, otro u otros sentidos
cuando ubicamos la fecha en que fueron escritos y las circunstancias,
particulares o sociales, que rodeaban su gestación.
No en el mismo sentido, pero acaso en similar dirección, hoy
resulta quizás igualmente imposible que los textos literarios argentinos,
a la luz de esta hoguera en que arden nuestras ilusiones y nuestras
esperanzas, dejen de encarnar por lo menos en algo sus reflejos, no vean
modificada en algo su valoración, su aprehensión. Cosa que por otro lado
ha ocurrido a lo largo de toda nuestra historia.
Los textos fundamentales de nuestra literatura, aquellos libros de
quienes podemos considerar los padres fundadores de nuestras letras (me
refiero sobre todo a El matadero, de Esteban Echeverría; el Facundo,
de Domingo F. Sarmiento; La excursión a los indios ranqueles,
de Lucio V. Mansilla; y el Martín Fierro, de José Hernández)
presentan para mí características muy singulares. Todos nacieron por lo
general de una profunda inquietud política y social (los dos primeros son
directamente panfletos contra Rosas) pero, también, al mismo tiempo, lo
que me resulta doblemente significativo, ninguno de ellos se presenta
estrictamente constreñido a un género. Ni El matadero es
simplemente un relato, ni el Facundo es tan sólo un ensayo, ni Ranqueles
es apenas una crónica de viaje. Y el mismísimo Martín Fierro,
que en tantos sentidos se erigió como prototípico, como bien susurró
Borges quizás es más bien una novela en verso que estrictamente un poema
lírico.
De lo cual surgen, al menos para mí, algunas otras inferencias.
Los libros fundamentales de la literatura argentina no fueron concebidos,
estrictamente, como una pieza literaria destinada a intentar llevar a su
culminación un género. Sino que como la misma naturaleza todavía en
gran medida salvaje que los rodeaba, se trata de palabras brotadas más
bien del instinto y de la pasión. Y en cuyo lenguaje, surgido acaso a
borbotones, algo había que intentaba manifestarse y que no era tan sólo,
al menos, por lo menos, la manifiesta intención política o contestataria
de cada autor. Yo intuyo que había allí una realidad y un lenguaje, un
lenguaje y una realidad tan fuertes, tan dramáticamente vitales e
impulsivos, que quizá emergían a través de los textos, en la escritura,
a sabiendas o no de su creador.
Para ello dispongo de algunas pruebas. Habiéndose visto empujado
por Rosas a Montevideo, y encontrándose por lo tanto en un medio donde no
sólo era usual sino preferible lanzar diatribas contra el dictador, quizá
por haber experimentado él mismo que en esas palabras había surgido y
palpitaba, inquietante, mucho más de lo que había supuesto proponerse,
Echeverría no se decidió a publicar El matadero en tan favorables
circunstancias. Cosa que no ocurriría sino mucho después, tras de su
muerte, casi contemporáneamente con la aparición del Martín Fierro
y por expresa iniciativa de ese brillante intelectual que fue Juan María
Gutiérrez. Así como es usual percibir ahora en el Facundo, donde
Sarmiento se tiraba a fondo contra Rosas (lanzado, ya desde el subtítulo2,
que con leve pero sintomática deformación el uso iba a 2
Facundo; ó, civilización i barbarie en las pampas arjentinas
(sic). convertirle en el
sintomático y premonitorio lema de “Civilización o barbarie”, que
iba a hacer historia), una oculta y probablemente inconsciente seducción
del autor por la figura tan antípoda y no menos legendaria del caudillo
que, a sabiendas, se había propuesto denigrar.
Yo intuyo que ambas emergencias, la de una realidad chúcara que no
se resigna a aceptar “civilizarse” y, al mismo tiempo, la de un
lenguaje no menos cimarrón y legítimo, que no se propone para nada
someterse a los mandatos de un género, y que por el contrario se
manifiestan mutuamente, como buscando y siendo su propia forma al mismo
tiempo, representan de alguna manera la verdadera, legítima “tradición”
de una literatura que, como su propio país, nunca terminó de encontrar
su forma. Al menos todavía.
Sé que algunos dirán, tal vez, y casi de inmediato, “Pero, ¿y
entonces, Borges?” Porque la canonización aparentemente planetaria en que ha venido a devenir su obra pareciera convertirlo,
sobre todo desde una perspectiva europea, casi en una proyección
sudamericana de esa misma cultura, maestro de una inteligencia y un
lenguaje hechos de precisión e ingenio, de refinamiento y regodeo,
supremamente “civilizado”. Y sin embargo... Y sin embargo basta leer
a Borges desde su propia
tierra, desde sus propias playas, e incluso sin recurrir a aquellos
primeros libros rabiosamente nacionales (como El
tamaño de mi esperanza) que él mismo se ocupó de silenciar
en su madurez, para experimentar la sensación de que, sí, también a él,
paradigma del civilizado, había “barbaries” que no dejaban de
seducirlo. No basta leer tan sólo ese relato ejemplar, “El Sur”,
patentemente autobiográfico, o limitarse a la modesta proporción de
asesinos, guapos, compadritos y cuchilleros que anidan entre sus
personajes, sino percibir incluso motivaciones más profundas, que le venían
de su pasado de algún modo localmente patricio pero también
ineludiblemente ligado con la entreverada historia, de muerte y de sangre,
que cubre estas tierras aparentemente, sólo aparentemente sosegadas. Y
recuerdo especialmente ese otro relato no menos ejemplar donde dos
hermanos, apasionados de la misma mujer, terminan por asesinarla a dúo
para que no interfiera en su “amistad”.
Sí, también en Borges, refinado y sensibilísimo, y quizá por
eso mismo, se manifiestan pulsiones, tensiones, conflictos, tan colectivos
como personales, a la vez personales y también colectivos, que si han
sido macerados y manufacturados por una inteligencia (por una escritura)
superior, no dejan, no pueden sin embargo dejar de estar afectados, ellos
también, oh dioses, por la ineludible polisemia, por la rica y destinada
ambigüedad del lenguaje humano.
Junto con aquellas peculiares características que hemos atisbado más
arriba en los libros de los padres fundadores de la literatura argentina,
hay otra que también se me hace acaso palpablemente evidente. Y es la
aparición en casi todos ellos, así como también en La
cautiva del romántico Echeverría, de lo que ya vimos
constituiría la metáfora fundacional de nuestra cultura: el desierto.
Fruto probable de la enorme extensión y de la escasa población de la República
Argentina, convertida desde un comienzo en el lema-guía que debía
inspirarnos: “Gobernar es poblar”, por otro de los hombres clave de
nuestros orígenes, Juan Bautista Alberdi, escritor, jurisconsulto,
constitucionalista, músico, dramaturgo, que no por casualidad debió
pasar prácticamente toda su vida en el exilio (volveremos sobre esto),
ella inspiró sin duda el inmenso proyecto social de convocar a millones
de inmigrantes que nos convirtieron en una “sociedad aluvial”, como
bien dijo José Luis Romero, pero no por eso dejó de constituir siempre,
simultáneamente, al menos para mí, aunque no creo ser el único, algo más
que un problema territorial y demográfico a resolver para convertirse en
una espléndida metáfora, a través de esa inquietante pero ineludible
seducción con que la inmensidad y la belleza de los grandes espacios
deshabitados y yermos logran todavía conmovernos.
Si alguna vez, por fin, el
general-presidente Roca creyó haber concretado “la conquista del
desierto” al ocupar militarmente las inmensas regiones de la no menos
todavía legendaria Patagonia, sobre la cual nuestros indios nómades
--perfectamente adaptados al caballo que abandonaron aquí los primeros
conquistadores españoles-- se habían movido con tan veloz como cómoda
libertad, hoy bien podríamos preguntarnos, ante el país devastado y
desguarnecido, ante las provincias y los campos empobrecidos y
abandonados, ante los miles de argentinos que hoy intentan irse del país,
y ante ese otro yermo no menos invencible, el íntimo, el espiritual, si
en realidad no ha sido el desierto quien nos conquistó.
Como aludí al mentar a Alberdi, otro de los signos reiterativos
que parece presentar la compleja realidad argentina es el del exilio. No sólo
el tremendo y desgarrador exilio de tantos miles de compatriotas que trajo
como consecuencia por ejemplo la última dictadura militar, sino también
otros exilios históricos, por otros motivos, sobre todo políticos y
sociales, pero también el no menos doloroso y desolador exilio interior,
el exilio en el propio país, aludido quizá durante mucho tiempo en el
siempre revelador lenguaje popular con el llamativo mote de
“ninguneo”, aludiendo a los desaparecidos de la opinión pública, a
los “borrados”, a aquellos de quienes ya no se habla, que tanto ha de
tener que ver acaso con aquella bárbara espontaneidad de nuestro suelo y
de nuestras costumbres como con el cegador y deslumbrante resplandor de
espejismo con que el desierto original, no menos fundacional, intenta
siempre anonadarnos, tan seductora como ineludiblemente.
Todo eso vive en nuestra literatura, y de todo eso vive asimismo
nuestra literatura. Al menos, en aquellos escritores que (a mi modesto
entender) valen la pena. Por eso imaginé que, convidado ahora tan magnánimamente,
y en tan difíciles circunstancias, a presentar ante los sagaces lectores
portugueses la literatura actual de mi país, por otro lado tan vasta y
tan compleja, sería absurdo pretender hacerlo de una manera apenas
enumerativa o estadística, hilvanando una mera ristra de títulos,
autores o fechas. Y mucho menos aludiendo a textos de los cuales no se
cuenta acaso todavía con traducción portuguesa, cuando –insisto-- cada
texto es para mí la única fuente legítima, ineludible y personal, de
acceso a una presencia literaria.
Así me descubrí sintiendo, ante esta oferta, ante esta tentación,
que mediante una pequeña antología 3 de “fragmentos”, 3
Ver Apéndice I. de
textos no sólo literarios sino también de intervenciones o alusiones
significativas, de autores significativos, podía arrimar a los lectores
europeos algunas brasas activas, capaces de encender un fuego contagioso,
de aquella literatura argentina que me parece estar viva, latente, por su
propia densidad específica pero también por lo profundo y no menos denso
de la realidad que en ellas o a través de ellas ha alcanzado a
manifestarse. Y que convierte a sus autores, entonces, no sólo en
redactores de una pieza literaria sino en instrumentos de una experiencia
de vida y de lenguaje.
En todo lo cual nunca deja de entrar el no menos ineludible enfoque
personal. A la ambigüedad del lenguaje corresponde la idéntica y no
menos constitucional ambigüedad humana, en el autor y en el lector. Hasta
que se logre encender la chispa, hasta que se logre aquel “rayo instantáneo
de la comunicación” que Roman Jakobson percibe no sólo en estas lides
sino también, coincido plenamente, hasta en el más aparentemente simple
y cotidiano intercambio coloquial. Algo vive en el lenguaje que quiere ser
dicho. Algo dice, y a lo mejor se dice, en lo que decimos, o creemos
decir.
Yo lo experimente al descubrir por ejemplo el preciso y luminoso
“Brindis
a Marinetti”, del inefable Macedonio Fernández, ese presocrático
argentino sin el cual no existiría Borges, y donde él, que en algún
momento se asumió como “anarquista spenceriano y místico”, supo
refutar en público y en persona, durante su visita a Buenos Aires en 1925
(como el mismo Pessoa en su magnífico “Marinetti,
académico”), la absurda incongruencia de haber sido a la vez
padre del futurismo y académico fascista. O lo percibí también en la
modulada y fecunda brevedad, de tan sabrosa riqueza estilística, en que
vino a convertirse felizmente la escritura de ese auténtico hombre de
izquierda que sigue siendo Andrés Rivera, cuando en su breve pero intensísima
novela El farmer,
donde alude magníficamente al otro exilio, final, e inglés, de ese autócrata
criollo que fue Juan Manuel de Rosas, que a tantos argentinos envió al
exilio, se anima a proponer, no sin audaz coraje, un teorema que puede ser
a la vez, ferozmente, denuncia y desafío: el poder “podrá contar,
siempre, con la cobardía incondicional de los argentinos.”
Así como en cualquier antología de Ricardo E. Molinari, uno de
los más altos y más lúcidos líricos argentinos, también canonizado en
su momento como métrico perfecto y como paisajista metafísico, acaso
para reducirlo a una jaula dorada, él mismo no dejó de incluir nunca su
indeleble “Oda a un soldado”, donde la sangre y
el barro, la injusticia y la miseria brotan también de su límpido
idioma, como ya lo había hecho en otra línea ejemplar, y que tanto
quisieran esquivarle: “La patria es linda y de
algunos.” O en el no menos
desafiante prólogo de Los lanzallamas,
magnífica segunda parte de su por tantos motivos también fundacional
novela Los siete locos,
donde Roberto Arlt, ese “mal” escritor que fue capaz sin embargo de
crear un lenguaje tan personal como tocante, en medio de una crisis económica,
política y social acaso tan trágica como la actual, se animaba a confiar
en que “el Futuro diga”.
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Apéndice
(MUY) BREVE PANORAMA DE LA LITERATURA ARGENTINA MODERNA Selección
de Rodolfo Alonso
Brindis
a Marinetti
.
. .
En materia política soy
adversario vuestro (quizá esto no se sabe en todos los continentes), pues
mientras parecéis pasatista en cuanto a teoría del Estado, lo que
impresiona contradictorio con vuestra estética, y creéis en el beneficio
de las dictaduras, provisorias o regulares, yo no conservo de mi media fe
en el Estado, más que la mitad, por haberla repartido con nuestro
fundador Hidalgo, a quien debemos vuestra presencia aquí. Me quedó una
cuarta parte de fe estatal, la indispensable para no confundir dos cosas
fiscales: los faroles con los buzones, al confiar a éstos la redacción
de mis cartas.
Como todos los hombres de carrera intelectual os estoy agradecido
por la consagración de vuestra vida a la emancipación de un error de
debilidad, de tontería, de preocupación, de cálculo: la veneración del
pasado.
Pero la verdad es, señor Marinetti, que me privé del placer de
acompañaros porque aún no se había decidido vuestra visita como exenta
de propósito político, y habría tenido que molestar con salvedades un
ambiente de cordialidad. Con vuestra presencia aquí mostráis que no os
hace mezquino la separación parcial de ideas ante la vocación común del
arte. .
. .
Otra coincidencia, que induce sinceridad en ambos, pero que muchos
deploran, es la brotación tardía, en vos como en Lugones, de una fe en
el Estado que apena a cuantos creíamos que la superior Beldad Civil era:
El Individuo Máximo en el Estado Mínimo. Ilustres como sois, en el
mundo; naciendo dictaduras en toda Europa; mostrándose aún en los
Estados Unidos frenesíes estatales de democracias y congresos dictadores
con leyes de ingerencia en los hábitos, creencias, placeres, viciosos o
no, del individuo -prohibiciones del alcohol, del juego, imposiciones de
higiene privada, etcétera-, hay que confesar, insigne futurista, que el
pasado no ha muerto, y no le falta un parecido de porvenir.
Diario
de vida e ideas
La argentinidad es hoy el caso
de mayor felicidad de tipo humano nacional. Las características ibéricas
vienen acentuándose (lo que garante la perduración de la actitud de
“grandeza-individual”, camino más cierto, y menos expuesto a uso de
crueldad, del bien universal que el humanismo organizante de los alemanes)
sin la solitariedad y con la religiosidad pura y segura como ninguna de
los españoles pero más amorosa que respetuosa, mejor por tanto como es
nuestro hogar. Concluyo que esta Nación Argentina es el grupo nacional
con más feliz aptitud para desnacionalizar a la humanidad si pudiera
suceder, y por acción de cordialidad. Para lo cual deberá previamente
presentar en su seno el ejemplo de la gran paz: la paz Trabajo-Capital en
la que hay todavía que gastar mucha buena justicia. Macedonio
Fernández (1874-1952) El
escritor argentino y la tradición
.
. .
Por eso repito que no debemos temer y que debemos pensar que
nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los temas, y no podemos
concretarnos a lo argentino para ser argentinos: porque o ser argentino es
una fatalidad y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino
es una mera afectación, una máscara.
Creo que si nos abandonamos a ese sueño voluntario que se llama la
creación artística, seremos argentinos y seremos, también, buenos o
tolerables escritores. Jorge Luis Borges
(1899-1986)
Los
lanzallamas
.
. .
En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en
serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las
horas de sus días y sus noches.
De cualquier manera, o como primera providencia, he resuelto no
enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos.
¿Con qué objeto? Para que un señor enfático, entre el estorbo de dos
llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas
honorables:
“El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo
gusto, etc., etc.”
No, no y no.
Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de
trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de
literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la
violencia de un cross a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que
los eunucos bufen”.
El porvenir es triunfalmente nuestro.
Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes,
frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras
hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero... mientras
escribo estas líneas, pienso en mi próxima novela. Se titulará “El
amor brujo” y aparecerá en agosto del año 1932.
Y que el Futuro diga. Roberto Arlt (1900-1942)
Oda
a un soldado
.
. . A
veces la patria duele tristemente, igual a una veste sucia y ardida; la
juventud es lo útil, lo
entrañable ofrecido al error. Otros
son los que llevan las hierbas, el humo de la historia, los
laureles, el orgullo de las familias. Por
allí, quedará alguna madre tirando de
la pobreza. Aguaitando por una puerta. ¡Ninguna
razón vale un hombre muerto! Yo
me entiendo con mis enemigos bebiendo un vino, u
oyéndoles cantar. ¡No quiero la sangre de un congénere!, ni
su pobre tierra, su ropa trabajada, ni su mujer, que se quedan
/mirando tanta luna, el gran espacio y
/siempre
olvido. Los
otros recibieron los campos y pusieron estacas, los
árboles espinosos, los alambres, y
marcaron las haciendas chúcaras, y los demás, el abandono, las
/voces deshechas y los perros. Y
en las salas llenas de ancianas damas que hablan de la patria,
/del honor, de la gran estancia que es
/la nación, arrogantes, que
nunca limpiaron una venda, ni lloraron a los degollados tirados a
un bañado, al cangrejal hambriento, pasan
la vida. A
los argentinos nos gustó la sangre, terminar pronto y llevar los
/ojos al horizonte, a
la infinita sombra del ocaso, a
la limpieza de estar vivos todavía, y
apagamos la llama de los fogones con la bota, y
la flor maldita con la montura. Y
allá en Dolores, quedó la cabeza de Castelli, volteando en el
/
vacío, y
el viento trotaba por los cuartos perdidos, silbando. En
la plaza de Tucumán hay una piedra y unas letras, allí estuvo la
/de
Marco Avellaneda, con
la noche acantilada en sus cabellos, aturdida y sola. Ricardo
E. Molinari (1898-1996)
Veinte
poemas para ser leídos en el tranvía
.
. .
¿Un éxito eventual sería capaz de convencernos de nuestra
mediocridad? ¿No tendremos una dosis suficiente de estupidez, como para
ser admirados?... Hasta que uno contesta a la insinuación de algún
amigo: “¿Para qué publicar? Ustedes no lo necesitan para estimarme,
los demás...”, pero como el amigo resulta ser apocalíptico e
inexorable, nos replica: “Porque es necesario declararle como tú le has
declarado la guerra a la levita, que en nuestro país lleva a todas
partes; a la levita con que se escribe en España, cuando no se escribe de
golilla, de sotana o en manga de camisa. Porque es imprescindible tener
fe, como tú tienes fe, en nuestra fonética, desde que fuimos nosotros,
los americanos, quienes hemos oxigenado al castellano, haciéndolo un
idioma respirable, un idioma que puede usarse cotidianamente y escribirse
de “americana”, con la “americana” nuestra de todos los dias...”
Y yo me ruborizo un poco al pensar que acaso tenga fe en nuestra fonética
y que nuestra fonética acaso sea tan mal educada como para tener siempre
razón... y me quedo pensando en nuestra patria, que tiene la
imparcialidad de un cuarto de hotel, y me ruborizo un poco al constatar lo
difícil que es apegarse a los cuartos de hotel. Oliverio Girondo (1891-1967)
No,
no es posible... No,
no es posible. Hermanos
nuestros tiritan aquí, cerca, bajo la lluvia. ¡Fuera
la delicia del fuego, con Proust entre las manos, y
el paisaje alejado como una melodía bajo
la llovizna en
el atardecer perdido del campo! Fuera,
fuera, Brahms flotando sobre los campos! No,
la muerte mágica de la música, ni
la turbadora sutileza mientras
bajo la lluvia hombres
sin techo y sin pan parados
en los campos, vacilan
al entrar a la noche mojada! Juan L. Ortiz (1895-1978)
Luz
de provincia
.
. . Un
fresco abrazo de agua la nombra para siempre; sus
costas están solas y engendran el verano. Quien
mira es influido por un destino suave cuando
el aire anda en flores y el cielo es delicado. La
conozco agraciada, tendida en sueño lúcido. Da
gusto ir contemplando sus abiertas distancias, sus
ofrecidas lomas que alegran este verso, su
ocaso, imperio triste, sus remolonas aguas. Carlos Mastronardi (1900-1976)
Requiem
Olores
de amarillo. Aliso
de silencios cual
colgaduras tiesas en
la flor negra de mi estancia. Sonrisa
azul y blanca. Gritos
desesperados de los trenes que
doblan imprevistos horizontes de
lluvias y de fríos. Otoño- taburete
desolado; tabaquera
de días rubios, lánguidos
y descalzos y
oscuras tardes de Rosario. Un
rebullir de sillas me despierta; sabor
de infancia; olores de amarillo. Jacobo Fijman (1898-1970)
El
poeta político
El
poeta era también político. Se interesaba por los problemas pequeños y
grandes de las gentes y era capaz de encontrar y aplicar soluciones. Su
generosidad era eficiente. Podía sostener una empresa. Podía dominar los
pequeños detalles. Podía enunciar, exponer. Su elocuencia había
superado la impostura, y entre las gentes sencillas y buenas el poeta había
logrado ser uno más. Pero si el poeta atendía a las cosas del mundo, más
allá de la palabra, sintiéndose simplemente vivir, también sentía la
urgencia de la palabra misma. También experimentaba la necesidad de
demorarse, de interrumpir la fluencia entre el mundo y él. Entonces el
poeta empezaba a hablar para sí mismo en un intento de hablar mejor, más
hondo a todos los hombres. Y perdía su voz y rompía su instrumento. Así
era, así será siempre. Edgar Bayley (1919-1990)
Los
árboles
.
. . Ahora
digo limpio
de corazón, los ojos puros, el
nombre de los árboles de la tierra que habito, su
alta serenidad, su lenta sombra y
su resina cristalina y triste. Yo
voy a la madera y de ella vengo doblado
en luz, quemado en arenales, con
una sombra más entre los brazos como
quien se recuerda con el alma del aire. Manuel J. Castilla (1918-1980)
Voces
La
verdad tiene muy pocos amigos y los muy pocos amigos que tiene son
suicidas. Mi
pobreza no es total: falto yo. Si
yo fuese como una roca y no como una nube, mi pensar, que es como el
viento, me abandonaría. Antonio Porchia (1886-1969)
Los
poetas oficiales
¿Amoldáis
vuestra esfera a lo más íntimo del porvenir? Perros
enanos entecos, tenéis a vuestro servicio los escribientes nacionales,
pajarracos de la patria. Canasteros
de los frutos del odio, no estoy arrepentido de tener a mi
servicio las joyas y los frutos del deseo. Principitos
destronados de toda sangre de composición en la naturaleza. Eugenios,
Equis, Clauditos, perritos de ceniza. Francisco Madariaga (1927-2000)
Misión
Estos
pantanos, estos yermos, nos
pertenecen, son nuestra heredad: también
nuestro destino. No
los maldigas, joven Laertes.
No maldigas las
puertas inseguras, la
indigente morada, los
soles de los tuyos. ¡Ah,
sobrevive y desespera! Sabes que
morirás aquí, que
justamente por tus méritos no
serás relevado.
Raúl Gustavo Aguirre (1927-1983)
El
farmer
.
. .
Urquiza, que aprendió ser
estanciero a mi lado, en una carta que puso lágrimas en mis ojos, aquí,
en tierras de otros, y que dirigió a Your
Excelency, general Rosas, promete a Your
Excelency, general Rosas, la devolución de su rango, de sus bienes,
de la patria.
Miré, digo, como nunca miré, la cobardía de los porteños. No la
vi, ni siquiera el 6 de diciembre de 1829, cuando fui electo, por primera
vez, gobernador de Buenos Aires, para
ejercer el mal sin pasión.
Demoré una vida en reconocer la más simple y pura de las verdades
patrióticas: quien gobierna podrá contar, siempre, con la cobardía
incondicional de los argentinos. Andrés Rivera (1928)
Incompletamente
las
aguas de tu vientre cantan al fondo del país/ así
estás hecha/ hoy
que la lluvia duele en
todo el mundo te posás/ ¿dónde
escribís tus estaciones?/ ¿las
trémulas de tu candor?/ ¡panadera!/ ¡brillás
para que nadie sufra!/ ¡amigás
compañías que empiezan en tu piel!/ ¡como
penumbras del furor!/ ¡así
a tus pechos viene el ido!/ ¡el
que pasaba por tus jugos contra la
olvidación!/ ¡apretando
los huesitos prestados!/ Juan Gelman (1930)
Lo
nacional es la infancia
Esta observación empírica es también de orden político. Lo
nacional, separado de la experiencia individual, consiste en una serie de
abstracciones propias del léxico de los poseedores. Es la traducción, en
el plano ideológico, de una suma de intereses. Como todo absoluto, se
autodetermina como valor supremo, ante el que deben inclinarse todos los
otros. ¿Quién encarna lo nacional? El poder político. Las
contradicciones más groseras pretenden siempre justificarse con el comodín
de lo nacional. Yo pienso, como Samuel Johnson, que la patria, en tanto
que abstracción, es el último refugio del sinvergüenza.
Nos la presentan como absoluto, pero es por excelencia contingente.
Del lugar en que nacemos no brota ningún efluvio telúrico que nos
transforme automáticamente en deudores. No hay ni lugar ni acontecimiento
predestinados: nuestro nacimiento es pura casualidad. Que de esa
casualidad se deduzca un aluvión de deberes me parece perfectamente
absurdo. .
. .
Y sin embargo estamos constituidos en gran parte por el lugar en
donde nacemos. Los primeros años del animalito humano son decisivos para
su desarrollo ulterior. La lengua materna lo ayuda a constituir su
realidad. Lengua y realidad son a partir de ese momento inseparables.
Lengua, sensación, afecto, emociones, pulsiones, sexualidad: de eso está
hecha la patria de los hombres, a la que quieren volver continuamente y a
la que llevan consigo donde quiera que vayan. La lengua le da a esa patria
su sabor particular.
Por lo tanto, la patria pertenece a la esfera privada. Los que la
invocan como un imperativo abstracto incurren, como en tantas ocasiones,
en un abuso de confianza. Juan José Saer (1937-2005)
Crítica
y ficción
Yo estaba en quinto año del secundario y Martínez Estrada vino a
Mar del Plata, donde tenía parientes. Fuimos a verlo y me impresionó
encontrarlo tan enfermo y tan frágil, se sostenía de las paredes con la
palma de la mano para caminar. Se conversó mucho, toda una tarde, pero yo
sólo recuerdo nítidamente una frase: “La Argentina se tiene que
hundir. Se tiene que hundir y desaparecer, no hay que hacer nada para
salvarla, si lo merece volverá a reaparecer y si no lo merece es mejor
que se pierda”. Era en 1959. .
. .
La calidad literaria es algo tan raro y difícil de encontrar que
nos hemos acostumbrado a buscarla allí donde la crítica y el mercado
niegan los textos o los silencian. .
. .
(Pareciera que “Sur” solamente ha influido a los escritores que
formaban parte del grupo, pero esa influencia quizás deba atribuirse a
Borges, lo que es otra cuestión.) En lo que podemos llamar los años de
mi formación yo buscaba y leía otras revistas, en especial
“Contorno”, pero también “Centro”, “Poesía Buenos Aires”.
Comparada con esas publicaciones (o incluso con otras anteriores como
“Martín Fierro” o “Claridad”) se ve que la marca de “Sur” es
el eclecticismo: en sus páginas circulaban textos diversos, de calidad e
interés muy desparejos. Por lo demás el carácter “antológico” de
“Sur” ya fue criticado por el mismo Borges. Ricardo Piglia (1941)
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Rodolfo
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