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la editorial Grijalbo Mondadori decidió publicar las Obras de
Edgar Bayley (Buenos Aires, 1999, 860 pgs.), decidió también encomendar
su prólogo a un amigo, el poeta Rodolfo Alonso. He aquí su texto:
UNA
DIFÍCIL ESPERANZA
por
Rodolfo Alonso |
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¡Viva
la inteligencia! ¡Muera la muerte! Esta
significativa inversión de aquel siniestro apotegma ("¡Muera
la inteligencia! ¡Viva la muerte!") con
que el no menos siniestro general Millán Astray, allá a comienzos de
la sublevación franquista contra la legítima República española,
llegó a provocar en Salamanca la justificada y saludable reacción de
todo un Unamuno, que me hallé silabeando un día casi por azar, llegó
a parecerme luego, además, y sin perder por supuesto aquellas otras
resonancias, casi la más cercana definición, el más claro linaje de
esa vida y esa obra que podemos seguir llamando Edgar Bayley
(1919-1990). Porque
si algo lo caracterizó, como intelectual y como artista, fue el
ejercicio de una meridiana capacidad de raciocinio, de una luminosa
claridad de pensamiento que, casi desde un comienzo, y de una forma quizás
orgánica, constitucional, innata, siempre estuvo vigilada en sus
posibles desbordes, en el entrevisto, imaginado o temido riesgo de sus
posibles carencias y excesos, por un hondo y fundamental apego con la
vida, por una fecunda riqueza existencial. Claro
que a ello deberíamos añadir, si es que quisiéramos ir precisando su
retrato para quienes no lo conocieron en persona, una no menos orgánica
aversión por la solemnidad y la grandilocuencia, por la autosuficiencia
y la falta de sentido del humor, que lo llevaron a manifestarse siempre
y no pocas veces hasta con exceso, pero con dignidad indeclinable,
pagando su precio, como ajeno a toda componenda, a toda manipulación, a
todo conciliábulo. Por eso, ahora, cuando la muerte, como suele
ocurrir, va dejando a las obras cada vez más distantes de la existencia
concreta del autor, va colocando a los textos directamente en primer
plano, alejándolos cada vez más de las anécdotas que pudieron darles
sustento o cauce, espero que se presente para nuestra cultura una
inmejorable oportunidad de acceder, sin prejuicios ni malentendidos, a
la luminosa y fecunda fuente de rigor y candor que representa, en la
historia de la literatura argentina, la personalidad y la palabra de
Edgar Bayley. Cuando
el destino tuvo a bien colocarme, allá en mi primera adolescencia, a
fines de 1951, en contacto con Poesía
Buenos Aires, aquella legendaria revista argentina de vanguardia que
sin su fundador y principal mentor, Raúl Gustavo Aguirre, nunca hubiera
llegado a cubrir con sus treinta números trimestrales la entera década
de los años cincuenta, la presencia de Edgar Bayley se presentaba ya en
aquella constelación, en el grupo más o menos estable que se había
ido conformando, como un astro a la vez central pero con órbita propia.
Si por un lado se aceptaba abiertamente que la aparición, en 1944, del
primer número de la revista Arturo y,
al año siguiente, 1945, la constitución de la Asociación Arte
Concreto-Invención, donde confluyeron los más despojados y rigurosos
exponentes de las artes visuales y del lirismo, los pintores concretos y
los poetas invencionistas, resultaban de algún modo las fuentes de
nuestra genealogía, también es verdad que, al mismo tiempo, la evolución
personal de Bayley y de la gran mayoría de los más asiduos
participantes de Poesía
Buenos Aires, iba a irse alejando por propia maduración, por propia
deriva de su ser más legítimo, de cualquier ortodoxia, del más mínimo
asomo de dogmatismo.
Porque si los concretos y los invencionistas ponían el acento con
riguroso énfasis en la "no
expresión, no representación, ningún significado" pero
también en la"alegría" y
en la "negación
de toda melancolía" (como
reza ya explícitamente la primera página de Invención
2 (1945), en el mismísimo
primer número de Poesía
Buenos Aires –cinco
años después-- es el propio Bayley quien, al concluir un pequeño
suelto denominado precisamente "Invencionismo",
se preocupa por aclarar que esa designación se realiza "sin
insistir demasiado en ello y a título provisorio". Y al
culminar su "Realidad interna y función de la poesía" (ese
texto quePoesía Buenos Aires reimprimió
como folleto el mismo año de su publicación en dos números de la
revista, 1952, y que luego iba a dar título y ocupar el lugar inicial
en su primer libro de ensayos, homónimo, de 1966), decía más que
claramente: "he
querido poner el espíritu crítico al servicio de la inocencia".
Y muchos años después, al reunir nuevamente sus ensayos enEstado de
alerta y estado de inocencia, de 1989 --por otro lado, un título
suficientemente esclarecedor--, seguía afirmando: "No
se gana la poesía desertando de la inteligencia; no se gana la
inteligencia desertando del fervor, de la inocencia, de la poesía
misma." Yo
creo que, aún ahora, y mucho me temo que cada vez más (al menos hasta
que no dé un vuelco en alguna medida favorable la situación que nos
aflige), esos conceptos continúan teniendo espléndida vigencia. Todavía
esas palabras a la vez nos exigen y nos nutren, nos convocan y nos
cimentan, son nuestra esperanza y son, también, al mismo tiempo,
ineludiblemente, nuestro desafío.
Para mí, que tuve la suerte de conocerlo desde muy joven, resulta por
eso y por lo menos inquietante esta oportunidad de presentarlo a otros.
A otros que, si bien son sus legítimos destinatarios, esos apasionados
y exigentes lectores con que él siempre imaginó estar dialogando, para
quienes siempre sintió estar escribiendo, aunque en su vida todavía no
hubieran alcanzado el número merecido, no tuvieron (como quienes
frecuentamos su trato) la oportunidad de ser influidos en la percepción
de su obra por su peculiar estilo, por su inocencia disfrazada de ironía,
por su buen humor jamás exento de inteligencia, por su saludable
desasimiento en suma de toda impostación, pero también por sus
sorpresivas mudanzas de genio o de carácter, por su despierta ironía,
siempre aguda pero jamás agresiva, y mucho menos siniestra.
Y ese combate, esa contienda tal vez consigo mismo pero también con
otros, y con otros valores, implicaba siempre en la irrecusable libertad
del arte una responsabilidad ética, individual y social, de algún modo
inmanente pero que se hacía explícita en gestos concretos. Y que no
siempre fueron percibidos pero que hoy, precisamente, en estos tiempos
de desidia y de desdén, deberían volver a ser calibrados, en primer
lugar por quienes se proponen ser artistas o escritores.
Ya al comienzo de su trabajo sobre Oliverio Girondo, incluido en su
segundo libro de ensayos (1989), Bayley destaca en primer lugar "la
evocación de su jovialidad, de su humor". Es algo que a
quienes lo conocimos no deja de hacernos sonreir, porque de inmediato
nos hace acordar de la propia jovialidad, del humor de Edgar, que era
proverbial y permanente. Un humor que en él rondaba siempre los límites
del escenario, y que no sólo iba a manifestarse en su propia producción
teatral sino, también, en la concreción y en la encarnación de ese
singularísimo y funambulesco personaje, el Dr. Pi, ¿en cierto modo un alter
ego?, cuyas aventuras él se solazaba en representar vívidamente
cuando tenía ocasión de leerlas en público. (Y al pensar en esto no
puedo dejar de citar, aunque por aquel entonces no fuera santo de su
devoción, a Raúl González Tuñón: "que
todo en broma se toma. / Todo, menos la canción.", un límpido
concepto sin duda revelador y que resulta tan justo, tan nítido
precisamente en relación con alguien como Bayley.)
En nuestra literatura ha habido casos de altas personalidades un poco
por suerte fuera de lo común, que a los ojos de la mayoría han sido
enmascarados en su dimensión más honda, en su verdadera dimensión,
incluso por su legítima excentricidad. Hubo, por ejemplo, una época en
que Macedonio Fernández o Juan L. Ortiz no eran recordados sino por sus
anécdotas. Todos sabemos que eso no es nada más que la apariencia. Y
aunque los trascendidos, los sucedidos, las circunstancias sin duda
extraordinarias de la aparente vida cotidiana, son parte fundamental,
importantísima en la existencia de cualquiera, y también por supuesto
en la vida de los artistas, sobre todo de artistas como el que aquí nos
convoca, siento el temor de que con él nos pase también como con
aquellos significativos creadores, y nos quedemos en la mera superficie,
nos quedemos en las anécdotas, por divertidas o significativas que
sean, y no lleguemos a percibir la hondura, la profundidad, la
originalidad, la trascendencia en el mejor sentido, que tiene la
personalidad, la obra y la vida de Edgar Bayley.
Por ese motivo voy a tratar de prescindir de las anécdotas, para ver si
podemos enfocar la cuestión desde otro punto de vista. En la constelación
constituida por el grupo reunido durante la década de los cincuenta
alrededor dePoesía Buenos Aires, como dije, si Raúl Gustavo
Aguirre es el astro fijo que le da coherencia a todo el sistema, Edgar
Bayley constituía una presencia que, sin estar muy cercana, sin ser de
los íntimos que se reunían cada semana, se nos hacía presente
permanentemente aun sin estarlo. El tenía otros círculos, otros
movimientos planetarios, otras elipsis, otras parábolas para
movilizarse, nunca se comportaba digamos de una manera normal, en el
sentido directo, él procedía por alusiones, por entradas imprevistas,
generalmente desde atrás, por apariciones repentinas, por olvidos, por
presencias insólitas, por papeles olvidados que sin embargo para él
eran fundamentales, nunca se comportaba de manera convencional, en el
sentido incluso administrativo del término.
Su capacidad de raciocinio hondísimo, y al mismo tiempo sutilísimo, su
capacidad de predicción, de anticipación, su capacidad de ver antes de
tiempo cosas que iban a ocurrir después, convivían en él, al mismo
tiempo, con una profunda modestia, no sólo personal, sino también
intelectual, artística, una modestia de raza. No es casual, y tampoco
es habitual en nuestra vida artística, que alguien que había llegado a
ser no sólo jefe de escuela sino también el exigente teórico de un
movimiento poético que, como el invencionismo, acentuaba en términos
casi inimaginables la rigurosidad y el desprendimiento de todo lo
accesorio, de todo lo que no fuera esencial para su estricto sentido del
lirismo, se ponga a sí mismo reparos. Y esto es muy importante porque
ya entonces se manifestaban allí esas dos características de Edgar
Bayley que me parecen muy llamativas: su capacidad de razonamiento --muy
profunda-- y, al mismo tiempo, su capacidad humana de ponerle un límite,
humano, a esa rigurosa inteligencia.
Así ocurre cuando, en el último número de Poesía
Buenos Aires, de la cual llegó a ser codirector, publica uno de sus
lúcidos ensayos "Breve historia de algunas ideas acerca de la poesía",
algo así como un balance o un análisis de sus propias teorías, que
van evolucionando a lo largo del tiempo, en el sentido de ser cada vez más
amplias y cada vez menos rígidas ("no creo, en modo alguno, en
la superioridad estética de los caminos insólitos"). Pero, al
mismo tiempo, manteniendo lo que tenían en el fondo de renovadoras, y
sin poner el acento exclusivamente en lo formal, cosa de la cual por
otro lado se había cuidado casi desde un comienzo: se habla allí, con
claridad, de la garantía del "no
poder hacer otra cosa" pero,
también, lúcidamente, "de
la jerarquía de esa forzosidad".
Bayley es sin duda uno de nuestros grandes, de nuestros más límpidos
poetas, pero es también uno de los ensayistas más lúcidos, más
transparentes de la literatura argentina. Reléase por ejemplo Realidad
interna y función de la poesía, y podrá verse la capacidad de
captación que implica, no sólo su conocimiento de la evolución de la
poesía occidental sino también la forma en que logra detectar, dentro
de ese vasto panorama, una serie de momentos precisos, nítidos, lúcidamente
percibidos, que tienen que ver con cierto uso del lenguaje, con la metáfora,
con la imagen, pero también por supuesto con su peculiar intuición del
lirismo, y que si van obviamente hacia sus propias teorías iniciales no
concluyen sin embargo de manera absoluta en ningún dogma.
Yo experimento con respecto a Edgar Bayley, y como me ha ocurrido no
pocas veces en la Argentina, una sensación de derroche. Porque su obra,
una obra que ha sido escudada por él mismo de la estolidez y de la
vulgaridad con esta distancia, con este humor entre blanco y negro, con
esta saludable antisolemnidad, con esta sonrisa sardónica, con esta
autocrítica no diría feroz pero sí firme, permanente (que por otro
lado era como vimos una práctica bastante común entre quienes lo rodeábamos:
no solemnizarse, "no
devenir institución"), en su propio país no ha sido
aprehendida aún en lo que tiene de esencial y de nutricia, no ha sido
digerida, no ha sido vuelta cultura, alimento vivo para todos. Todavía
hoy, legítima victoria, como pudo decir Valéry de Mallarmé, sus
poemas siguen siendo a lo mejor secretamente escandidos por solitarios jóvenes
-o maduros- devotos en cada rincón de nuestra tierra. Y hasta puede
ocurrir que aquella misma barrera autoerigida por él contra la
solemnidad estupidizante conspire aún ahora para que no se tenga, donde
corresponde, mayor conciencia, conciencia clara de la verdadera dimensión
estética e intelectual de Bayley. (Lo cual, por cierto, como siempre, a
él no habría de preocuparlo mucho. El supo siempre que, si bien"nunca
terminará es infinita esta riqueza abandonada", también
existen motivos para confiar en que, finalmente, “otros
verán el mar”.)
Hombre de amplios y profundos intereses, no es desacertado sostener que
la poesía fue, con mucho, el dominio fundamental de su vida y de sus
preocupaciones. Pero no sólo la poesía escrita, en esta y otras
lenguas, y por lo tanto su traducción, sino también la reflexión
sobre ella, ligada siempre con una experiencia particular, concreta ("contigo
estoy / es mi argumento / no puede traducirse"), y no con meras
generalizaciones, y también la poesía del teatro y la del humor, y por
supuesto la poesía de las artes plásticas, de las artes visuales, que
como vimos estuvo unida con sus mismos orígenes, así como una concreta
preocupación por las relaciones entre arte, cultura, sociedad y política,
también ligadas a sus primeros momentos, en el especialísimo contexto
de la lucha mundial contra el fascismo y por la democracia, que de algún
modo continuaron siempre presentes, signándola, a lo largo de su vida.
El tenía una idea tan profunda de la libertad del artista, tan orgánica,
tan visceral, que cada día se vuelve más emocionante y cada día
resulta más deseable imaginarla habitual entre nosotros. Jamás se
presentó a un premio literario, si revisamos su bibliografía veremos
que prácticamente todos sus libros fueron editados en forma ajena al
circuito comercial (muchos de ellos con el sello de Poesía
Buenos Aires y por
inspiración directa de Aguirre, y uno incluso mediante ese embrión de
cooperativa de autores que bautizamos --no por cierto sin firme
ingenuidad-- Fondo de Escritores Asociados), nunca ejerció jamás las
relaciones públicas, nunca permitió que hubiera promoción, ni mucho
menos marketing,
no hubo nada de eso. Pero lo que sí hay, todavía, nada menos, es el
acaso derrochado pero de todos modos disponible, indeleble ejemplo de
una honestidad artística, intelectual y humana que cada vez resulta,
entre nosotros, por desgracia, y aunque silenciosa, más
estruendosamente llamativa.
Partiendo de una inteligencia que como dije era absolutamente meridiana,
desde un comienzo se percibe asimismo una convicción de que la
inteligencia resulta necesaria sí, pero no suficiente, de que la razón
no es suficiente. En las propias palabras de Edgar Bayley podemos
encontrar manifestada una y otra vez esta aparente contradicción entre
esa razón que se sabe luminosa, clarísima, razón sutil y, al mismo
tiempo, también la conciencia de que hay que tener cuidado con esa razón,
que no hay que dejarse manejar totalmente por esa razón, que hay algo más
que esa razón. Si existe alguien a quien Edgar Bayley quiso y admiró
como creador es sin duda, como dije, Guillaume Apollinaire. (Lo cual
era, por supuesto, compartido. No es casual que el título que se eligió
para la colección publicada por el mencionado Fondo fuera La
razón ardiente, una cita del bello poema "La linda
pelirroja".) El talante de Bayley nunca fue magistral, apodíctico,
ejemplarizador, sino más bien todo lo contrario. Si algo nos transmitía
era por ósmosis, por contagio, y me animo a creer que su relación con
Apollinaire era también, en gran medida, similar. Tanto que, a veces,
llegué a pensar si no se había posesionado, en cierto modo, de él.
En muchas de sus cartas personales y de sus dedicatorias, a lo largo de
los años, se reitera una y otra vez esa misma bella y conmovedora
imagen. La "difícil
esperanza"era para Bayley algo vivido y razonado, algo entrañable
y cierto, algo fundamental y hondo que en gran medida venía a resolver,
en iluminadora síntesis, las ricas y generosas tensiones creadoras de
su vida y de su obra. Tensiones que eran su mundo y que resultaban de su
abierta y enriquecedora relación con el mundo.
¿Puede recordarse, sin la más mínima intención de menoscabarlo en
absoluto, todo lo contrario que, como persona, aquel que nació como
Edgar Maldonado Bayley no era para nada dúctil, ni maleable, sino más
bien duro de boca, harto difícil de manejar? Su gentileza y su buen
humor no fueron nunca complacientes Tampoco era muy explícito en
aquello que lo tocaba en lo profundo, en lo íntimo. Porque era
reservado, no distante. Burlón sí, pero discreto.
Hay una evolución en él, como intelectual y como hombre que es
permanente, legítima, producto de su propio existir. Pero que, al
parecer, lo sigue manteniendo siempre alrededor de aquello que
entrevimos ya desde un comienzo: una inteligencia que se quiere
meridiana pero con una actitud de vigilancia con respecto a la misma,
para que no se transforme en un racionalismo, para que no se vuelva algo
que seque las fuentes saludablemente inconscientes, naturalmente orgánicas
de la poesía y de la vida misma, "ese
mundo que, como poeta, no quisiera ver determinado nunca por vía de análisis",
como afirmó tan lúcidamente al concluir ese texto clave que es Realidad
interna y función de la poesía.
Edgar Bayley pertenece a ese linaje de grandes poetas que, como
Baudelaire y Apollinaire, no sólo fueron capaces de reflexionar sobre
la poesía y el arte sino también de descubrir y anunciar nuevos
valores y encabezar nuevos movimientos. Pero no porque se hubieran
propuesto hacer docencia o hacer proselitismo, todo lo contrario, sino
porque han sido artistas de raza, artistas exigidos, artistas de fondo,
que han sentido que el ejercicio apasionado y sin dobleces de su propia
poesía los llevaba, intensa y rigurosamente, a plantearse preguntas a
esas cuestiones que sabían insolubles. Porque, como en tantas otras
cosas, aquí también el camino sigue siendo más importante que la
meta. Y la pregunta invalorablemente más preciosa que ninguna
respuesta. Quizás, en los tiempos difíciles, áridos y ácidos para la poesía que nos toca vivir, esta vida y esta obra se vuelvan cada vez más necesarias para mantener abiertas, fecundantes y fecundas, las esclusas del lenguaje, las dínamos del día. Pero una cosa es segura, esta personalidad y esta escritura constituyen la evidencia de una corriente original dentro del cuerpo de la poesía argentina contemporánea, una tendencia que renunció a la vez al sentimentalismo y la retórica, a la grandilocuencia y al cerebralismo, al formalismo y lo patético, que corrió el riesgo de permanecer fuera de todos los circuitos supuestamente prestigiosos para no ponerse fuera del alcance de la vida y que, aunque no demasiado frecuentada en estos tiempos, aunque hoy aparentemente dejada de lado cuando no obviada u obturada, no cesará de fluir si es que --como lo creo-- está viva, no dejará de ofrecerse, incesantemente, ni desprecio ni rechazo, evidencia del lenguaje y rostro del hermano, razón y corazón, llama temblorosa en la tierra de nadie, "todo el viento del mundo"
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