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Alberto
Luis Ponzo me invita a opinar sobre la “Situación de la poesía en el
mundo actual”. Más allá de las bellas intenciones, pensé de
inmediato, proponerse reflejar un panorama tan vasto puede llegar a
hacernos parecer, al mismo tiempo, irrisorios y utópicos. Desde un punto
de vista apenas estadístico, resulta absolutamente imposible. En cuanto a
una presumible conceptualización, si queremos que no se convierta en un
mero divagar, tendríamos que precisar el significado de algunos términos.
Por ejemplo: ¿de qué estamos hablando cuando decimos “poesía”?, ¿a
qué se puede aplicar, hoy, con cierta exactitud, el concepto “mundo
actual”?
Para
no caer --por lo menos en forma desprevenida-- dentro de esas redes casi
inexorables, aclaro que intentaré referirme a lo que podríamos definir
como poesía escrita, tal como
ella se ha venido desarrollando a lo largo de varias centurias en la
llamada cultura occidental. Y que el marco dentro del cual pretendo imaginármelo
no ha de ser otro sino el contraste, por eludido no menos evidente, entre
un sector del planeta ultradesarrollado tecnológicamente, dueño del
poder (que hoy incluye la información y la inventiva), y otro espacio
mucho más amplio donde conviven --es
un decir-- vastos sectores directamente por debajo de los niveles
elementales de subsistencia, junto con distintos grados de semi, sub o
cuasi desarrollo.
Desde
un punto de vista cultural (si es que eso tiene todavía algún sentido),
lo que aparenta haberse impuesto sobre el planeta, desde aquel denominado
Primer Mundo, no es sólo la sociedad de consumo sino, por vía de los
omnipotentes y seductores medios masivos de comunicación, una civilización
del espectáculo, una seudocultura light,
donde hasta el dolor más íntimo o la tragedia más flagrante terminan
por volverse show. En ese
contexto, que no es sólo el de la nueva religión del shopping
sino también el del auge atronadoramente ensordecedor de los hits
del audio y del video, me temo que sin habernos dado cuenta se ha ido
produciendo ante nuestros ojos, en las últimas décadas, primero
lentamente y luego en forma cada vez más acelerada, una verdadera y
profunda mutación cultural: la desaparición del lenguaje como centro de
la civilización. Y esa visceral conmoción no se manifiesta tan sólo en
los estratos más elevados, donde anida el poder, que ya no es sólo político-económico
sino directamente tecno-idolátrico, y donde la publicidad ha sustituido
al orador, el videoclip al
creador de imágenes, el marketing
a la aventura incluso comercial, la ingeniería genética al milagro
espontáneo de la vida. Sino que ha alcanzado --aquella grave mutación
cultural regresiva de que hablábamos-- a las fuentes del lenguaje humano
que, por serlo, es la fuente misma de la hominidad. Y me estoy refiriendo
a la devaluación más deletérea:
la del lenguaje, que es el umbral mismo de la condición humana.
Hoy,
incluso en las grandes ciudades del mundo hiperdesarrollado, cada vez son
menos los vocablos con que se maneja una persona. Y, por otro lado, quizás
como causa o consecuencia, ya no es por lo general el pueblo, una
comunidad con su uso cotidiano la que renueva y da vida (como debería
ser, como fue siempre), a un idioma, a una lengua.
Si
tal fuera la situación, como creo
que lo es, la crisis actual de la
poesía --que no es sólo de consumo o difusión sino de esencia y de
forma--, no podría entenderse con claridad y hondura sino en función de
esta violencia prácticamente universal sobre el lenguaje humano. Nunca,
ni aún en los momentos más exquisitos y más alquitarados, pudo haber
una gran poesía que no tuviera siempre su raíz, así fuera secretamente,
por oscuros meandros y aún sin huellas patentes a la vista, en su
contacto con una lengua viva. Es decir con un idioma orgánicamente
hablado por un pueblo, orgánicamente empleado para su vida cotidiana por
una comunidad. La crisis cada vez más agudizada que hoy va asediando a la
poesía en sus aspectos estéticos y socioculturales, no es (a mi modesto
entender) por supuesto apenas el problema de un género literario o de un
tipo de artista en particular. Eso ya ha ocurrido otras veces, y ha habido
momentos de esplendor y otros de repliegue, ha habido especies
desaparecidas y también rejuvenecimientos y hasta renacimientos. Pero
nunca se había afectado de raíz, en sus mismos orígenes, al lenguaje
humano como se lo está afectando
en estos tiempos.
Por
eso, no es la primera vez que me pregunto: ¿no habrá llegado el momento
de plantearse también una ecología del espíritu, de la condición
humana? ¿No será precisamente a consecuencia de los mismos defectos de
esta civilización llamada occidental, en la práctica apenas tecnolátrica
y consumista, que estamos enfocando los daños ecológicos que ella
produce solamente en sus aspectos geográficos, económicos, materiales, y
no estamos tomando en consideración cuánto le cuesta, qué precio ha
tenido todo este maravilloso y a la vez devastador proceso, donde el
conflicto no es por supuesto con la mera inventiva científico-técnica
sino con su manipulación, en relación con el espíritu del hombre? ¿Qué
poesía puede haber, entonces, si se secan las fuentes del lenguaje vivo?
(De
La voz sin amo, 2006)
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