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El
jueves 13 de marzo de 1856, un poco antes de las cinco de la mañana, al
hacer ruido con un mueble, Jeanne Duval despierta a Baudelaire. A quien el
sueño que acaban de interrumpir le resulta tan raro como para sentir la
irreprimible necesidad de contárselo en detalle a su gran amigo, Charles
Asselineau, en una carta que se pone a escribir de inmediato. Disponemos
así de un documento tan tocante como estremecedor: un sueño con fecha,
narrado por su protagonista. Sería suficiente para volverlo riquísimamente
invalorable, especialmente por tratarse de quien se trata: un autor en
cuya obra los sueños han tenido un rol fundamental. Pero a ello se añade
un contexto no menos estremecedor: recién en ese día que comienza,
Baudelaire iba a recibir ejemplares de su primera obra literaria
publicada, que desde siempre ansiaba ofrecer a su distante y fría madre
como reivindicación de su entero destino. Y ese libro, doblemente sintomático,
Histoires extraordinaires, es
además la primera traducción de Poe, un artista con el cual se sentirá
ineludiblemente identificado, y a quien en el mismo prólogo de esa obra
va a relacionar con el otro gran fantasma de su vida: Gérard de Nerval.
No es por azar que de ese sueño tan misterioso y tan misteriosamente
documentado haya surgido uno de los libros más singulares sobre este
singular autor: Histoire
extraordinaire, de Michel Butor (Gallimard, París, 1961), que se abre
y se entrelaza, enriqueciéndose, en las más diversas pero siempre
concomitantes direcciones, pero autodefiniéndose en forma sintomática
como “ensayo sobre un sueño de Baudelaire”. En testimonio irrefutable
de la hondura con que todo esto caló en la personalidad del gran poeta de
Les fleurs du mal, baste ese
otro indeleble documento de su amigo Catulle Mendès, recordando una
estremecedora noche que pasaron juntos en 1865. Las conclusiones,
inevitables y nunca definitivas, permanecen abiertas.
Rodolfo
Alonso
El
jueves 13 de marzo de 1856, un poco antes de las cinco de la mañana, al
hacer ruido con un mueble, Jeanne Duval despierta a Baudelaire. A quien el
sueño que acaban de interrumpir le resulta tan raro como para sentir la
irreprimible necesidad de contárselo en detalle a su gran amigo, Charles
Asselineau, en una carta que se pone a escribir de inmediato. Disponemos
así de un documento tan tocante como estremecedor: un sueño con fecha,
narrado por su protagonista. Sería suficiente para volverlo
riquísimamente invalorable, especialmente por tratarse de quien se trata:
un autor en cuya obra los sueños han tenido un rol fundamental. Pero a
ello se añade un contexto no menos estremecedor: recién en ese día que
comienza, Baudelaire iba a recibir ejemplares de su primera obra literaria
publicada, que desde siempre ansiaba ofrecer a su distante y fría madre
como reivindicación de su entero destino. Y ese libro, doblemente
sintomático, Histoires
extraordinaires, es además la primera traducción de Poe, un artista
con el cual se sentirá ineludiblemente identificado, y a quien en el
mismo prólogo de esa obra va a relacionar con el otro gran fantasma de su
vida: Gérard de Nerval. No es por azar que de ese sueño tan misterioso y
tan misteriosamente documentado haya surgido uno de los libros más
singulares sobre este singular autor: Histoire
extraordinaire, de Michel Butor (Gallimard, París, 1961), que se abre
y se entrelaza, enriqueciéndose, en las más diversas pero siempre
concomitantes direcciones, pero autodefiniéndose en forma sintomática
como “ensayo sobre un sueño de Baudelaire”. En testimonio irrefutable
de la hondura con que todo esto caló en la personalidad del gran poeta de
Les fleurs du mal, baste ese
otro indeleble documento de su amigo Catulle Mendès, recordando una
estremecedora noche que pasaron juntos en 1865. Las conclusiones,
inevitables y nunca definitivas, permanecen abiertas.
Rodolfo
Alonso
CARTA
A CHARLES ASSELINEAU
Jueves
13 de marzo de 1856.
“Mi
querido amigo,
Puesto
que los sueños le divierten, he aquí uno que, estoy seguro, no le
disgustará. Son las cinco de la mañana, hace mucho calor.
Note que no es sino una de las mil muestras de los sueños por los
cuales soy asediado, y no tengo
necesidad de decirle que su singularidad completa, su carácter general
que es ser absolutamente extraños a mis ocupaciones o a mis aventuras
pasionales, me llevan siempre a creer que son un lenguaje jeroglífico del
cual no tengo la clave.
Eran
(en mi sueño) las dos o las tres de la mañana, y yo me paseaba solo por
las calles. Encuentro a Castille, que tenía, creo, muchas compras que
hacer, y le digo que la acompañaré y que aprovecharé el coche para
hacer una compra personal. Tomamos pues un coche. Yo consideraba como un
deber ofrecer a la dueña de una gran casa de prostitución un libro
mío que acababa de aparecer. Al mirar mi libro, que yo tenía en la mano,
ocurrió que era un libro
obsceno, lo que me explicó la necesidad
de ofrecer esa obra a esa mujer. Además, en mi espíritu, esa necesidad
era en el fondo un pretexto, una ocasión de acostarme, de paso, con una
de las muchachas de la casa: lo que implica que, sin la necesidad de
ofrecer el libro, yo no hubiera osado ir a una casa semejante.
No
digo nada de todo eso a Castille, hago detener el coche a la puerta de esa
casa, y dejo a Castille en el coche, prometiéndome no hacerla esperar
mucho.
Tan
pronto como hube llamado y hube entrado, advierto que mi p... colgaba por
la hendidura de mi pantalón desabotonado, y juzgo que es indecente
presentarme así aún en un sitio semejante. Además, sintiéndome los
pies muy mojados, noto que tengo los
pies descalzos, y que los he posado en un charco húmedo, al comienzo
de la escalera. ¡Bah!, me digo, los lavaré antes de hacer el amor, y
antes de salir de la casa. Subo. A partir de ese momento, ya no se hace
más cuestión del libro.
Me
encuentro en vastas galerías, que comunica entre sí, -- mal iluminadas,
de un carácter triste y ajado, -- como los viejos cafés, los antiguos
gabinetes de lectura o las viles casas de juego. Las muchachas, esparcidas
a través de esas vastas galerías, conversan con hombres, entre los
cuales veo colegiales. Me siento muy triste y muy intimidado; temo que
vean mis pies. Los miro, noto que hay uno que lleva un zapato. Algún
tiempo después, reparo en que hay dos calzados. Lo que me asombra, es que
las paredes de esas vastas galerías están adornadas con dibujos de todas
clases, enmarcados. Todos no son obscenos. Hay incluso dibujos de
arquitectura y figuras egipcias. Como me siento de más en más
intimidado, y no oso abordar a una muchacha, me divierto examinando
minuciosamente todos los dibujos.
En
una parte alejada de una de esas galerías, encuentro una serie muy
singular. En una multitud de pequeños cuadros, veo dibujos, miniaturas,
pruebas fotográficas. Representan pájaros coloreados, con plumajes muy
brillantes, cuyo ojo está vivo. A veces, no hay más que mitades de
pájaros. Representan a veces imágenes de seres extraños, monstruosos,
casi amorfos, como aerolitos. En un rincón de cada dibujo, hay una nota:
la muchacha tal, con años de edad,
ha dado a luz este feto, en tal año. Y otras notas por el estilo.
Se
me ocurre reflexionar que ese género de dibujos es bien poco adecuado
para dar ideas de amor. Otra reflexión es ésta: no hay verdaderamente en
el mundo más que un solo diario, y es El
Siglo, que pueda ser tan bruto como para abrir un prostíbulo, y poner
allí al mismo tiempo un museo de medicina. En efecto, me digo de pronto,
es El Siglo el que ha puesto
los fondos para esta especulación de burdel, y el museo de medicina se
explica por su manía de progreso,
de ciencia, de difusión
de las luces. Entonces, reflexiono que la estupidez y la tontería
modernas tienen su utilidad misteriosa, y que, a menudo, lo que ha sido
hecho para el mal, por una mecánica espiritual, gira hacia el bien.
Admiro
en mí mismo la precisión de mi espíritu filosófico. Pero, entre todos
esos seres, hay uno que ha vivido. Es un monstruo nacido en la casa y que
se mantiene eternamente sobre un pedestal. Aunque vivo, forma parte
entonces del museo. No es feo. Su figura es incluso linda, muy curtida, de
un color oriental. Hay en él mucho de rosa y de verde. Se mantiene
acurrucado, pero en una posición rara y contorsionada. Hay además algo
negruzco que gira muchas veces alrededor de sus miembros, como una gruesa
serpiente. Le pregunto qué es: me dice que es un apéndice monstruoso que
le parte de la cabeza, algo elástico como el caucho, y tan largo, tan
largo, que, si lo enrollara sobre su cabeza como un rodete, sería mucho
más pesado y absolutamente imposible de llevar: que, desde entonces,
está obligado a llevarlo
alrededor
de sus miembros, lo que, por otra parte, causa un efecto más bello.
Converso largamente con el monstruo. Me informa sus fastidios y sus
pesares. Hace muchos años que está obligado a mantenerse en esa sala,
sobre ese pedestal, por la curiosidad del público. Pero su principal
fastidio, es a la hora de comer. Tratándose de un ser vivo, está
obligado a comer con las muchachas del establecimiento, -- de caminar
vacilante, con su apéndice de caucho, hasta el comedor, -- donde tiene
que mantenerlo enrollado a su alrededor, o colocarlo como un paquete de
cuerdas sobre una silla, porque, si lo dejara arrastrar por tierra,
eso
le volcaría la cabeza hacia atrás.
Además,
está obligado, él pequeño y encogido, a comer al lado de una muchacha
grande y bien hecha. Me da por otra parte todas esas explicaciones sin
amargura. No oso tocarlo, pero me intereso en él.
En
ese momento (eso ya no es del sueño), mi mujer hace ruido con un mueble
en el cuarto, lo que me despierta. Me despierto fatigado, roto, molido en
la espalda, las piernas y las caderas. Presumo que dormía en la posición
contorsionada del monstruo.
Ignoro
si todo eso le parecerá tan grotesco como a mí. Al buen Minet no le
sería fácil, supongo, encontrar allí una adaptación moral.
Totalmente
suyo.
CH.
BAUDELAIRE.”
UNA
NOCHE CON BAUDELAIRE (1865)
“De
golpe, pero con una voz contenida, casi no articulada, con una voz de
confidencia: “¿Ha conocido a Gérard de Nerval? – No, le dije.“ Él
continuó: “no estaba loco. Pregúntele a Asselineau. Asselineau le
explicará que Gérard no estuvo nunca loco: sin embargo se ha suicidado,
se ha ahorcado. Usted sabe, a la puerta de un tabuco, en una calle infame.
¡Ahorcado, se ha ahorcado! ¿Por qué eligió, decidido a morir, la
vileza de ese lugar y de un pingajo alrededor del cuello? Hay venenos
sutiles, acariciantes, ingeniosos, gracias a los cuales la muerte comienza
por la alegría, al menos por el sueño...” Yo no decía nada, no osaba
hablar. “¡Pero no, no, continuó él, alzando la voz, casi gritando, no
es verdad, no se ha matado, no se ha matado, se han engañado, han
mentido! ¡No, no, no estaba loco, no estaba enfermo, no se ha matado!
¡Oh!, ¿no es así?, ¡va a decirle, va a decirle a todo el mundo que no
estaba loco, y que no se ha matado, prométame decir que no se ha
matado!” Yo prometí todo lo que quería, temblando, en las tinieblas.
Cesó de hablar. Pensaba en ir a la cama para acostarme, descansar un
poco. No me movía, con miedo de golpear algún mueble, y, también,
esperaba no sé qué. De pronto un sollozo estalló, sordo, contenido,
como de un corazón que revienta bajo un gran peso. Y no hubo más que un
solo sollozo. El miedo me apretó en la inmovilidad.
Estaba quebrado, cerraba los ojos para no ver la sombra, delante de
mí, en el espejo...
Cuando
me desperté, Baudelaire ya no estaba allí...”
CATULLE
MENDÈS
(Traducciones
de Rodolfo Alonso)
CRÍTICOS
DE BAUDELAIRE
Rencores
literarios
graves agravios grávidos
pequeñeces sin sangre
sombra semen sudor
miserables miserias
gigantes de lo bajo
ciegos cerebros torpes
corazón amarillo
resollando en su barro
Plumas de plomo plano
promotores cambistas
urdiendo maniobrando
Un
artista del hambre
sabrá resplandecer
RODOLFO
ALONSO
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