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Tenía
apenas 16 años cuando se integró a la legendaria revista argentina de
vanguardia Poesía
Buenos Aires.
A partir de ese encuentro, desarrolló una intensa actividad en poesía,
traducción y ensayo. Es una de las voces
más reconocidas de la poesía latinoamericana contemporánea.
Publicó,
entre otros, en poesía: Salud
o nada
(1954), Buenos
vientos
(1956), Gran
Bebé
(1960), Hablar
claro
(1964), Relaciones
(1968),
Hago
el amor
(prólogo de Carlos Drummond de Andrade, 1969), Señora
Vida
(1979), Sol
o sombra
(1981), Alrededores
(1983),
Jazmín
del país
(1988), Música
concreta
(1994, Premio Nacional de Poesía), El
arte de callar (Premio
Festival Internacional de Poesía de Medellín, 2003). También ensayo y
algo de narrativa. Primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina
(1961). Tradujo también a muchos otros grandes poetas del francés,
italiano y portugués.
Ediciones
más recientes: El arte de callar
(Alción, Córdoba, 2003), Antologia
pessoal, bilingüe (Thesaurus, Brasília, 2003), La
otra vida, antología (Común Presencia, Bogotá, 2003), Canto
hondo, antología (Universidad Nacional de Carabobo, Valencia,
Venezuela, 2004), Poesía junta, con prólogo de Juan Gelman
(Alforja, México, 2006), La voz sin amo (Alción, Córdoba, 2006),
Poemas pendientes (Universidad Nacional de Colombia, Bogotá,
2006). Traducciones más recientes: Estrella de
la vida entera, de Manuel Bandeira (Adriana Hidalgo, Buenos Aires,
2003); El banquero anarquista,
de Fernando Pessoa (Emecé, Buenos Aires, 2003), Poemas
escogidos, de Giuseppe Ungaretti (Común presencia, Bogotá, 2003), Cartas
sobre la Poesía, de Stéphane Mallarmé (Ediciones del Copista, Córdoba,
2004), Diálogo del Árbol, de Paul Valéry (Ediciones del Copista,
Córdoba, 2004), Mensaje, de Fernando Pessoa, bilingüe (Emecé,
Buenos Aires, 2004), Antología poética, de Fernando Pessoa
(Argonauta, Buenos Aires, 2005), Aforismos y afines, de Fernando
Pessoa (Emecé, Buenos Aires, 2005), Antología, de Carlos Drummond
de Andrade (Arquitrave, Bogotá, 2005), Antología poética, de
Sophia de Mello Breyner Andresen (Arquitrave, Bogotá, 2005), Escritos
autobiográficos, automáticos y de reflexión personal, de
Fernando Pessoa (Emecé, Buenos Aires, 2005), No saciada sed,
antología de Charles Baudelaire (Arquitrave, Bogotá, 2005), La razón
sumergida, de Tabajara Ruas (Emecé, Buenos Aires, 2006).
Distinciones
más recientes: Orden Alejo Zuloaga de la Universidad de Carabobo
(Valencia, Venezuela, 2002), Gran Premio de Honor de la Fundación
Argentina para la Poesía (2004), Palmas Académicas de la Academia
Brasileña de Letras (2005), Premio Único de Ensayo Inédito de la Ciudad
de Buenos Aires (2005), Premio Festival Internacional de Poesía de Medellín
(2006).
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VIVALDO
LIMA TRINDADE: Su poesía ya fue definida más de una vez como una poesía
del silencio. ¿Lo que lo mueve a escribir hoy es lo mismo que lo movía
cuando comenzó su obra poética?
RODOLFO
ALONSO: En gran medida, sí. Nunca me propuse escribir poesía. Es decir,
mis poemas nunca fueron fruto de un proyecto, de una predeterminación,
sino más bien acontecimientos. De los cuales yo era el medio, a la verdad
bastante ansioso e inseguro. La poesía me ocurre, me sucede. Antes, y
ahora. Claro que, con los años, ese instrumento que es uno mismo algo ha
de haber madurado. Y, especialmente en prosa, o también oralmente, la
inseguridad y la ansiedad comienzan ahora a mostrarse en gran medida
manipulables. Aunque nunca del todo, claro. Y la poesía sigue soplando
donde quiere, como bien dijo Murilo Mendes. Y cuando quiere, añadiría
yo. De allí largos intervalos de silencio y a veces, muy pocas veces,
incluso varios poemas al mismo tiempo. Yo me dejo llevar.
V.L.T.:
¿Podría hablar de lo que la revista Poesía
Buenos Aires
significó para usted y para la cultura de su país?
R.A.:
Todavía hoy me resulta arduo separar ambos dominios, el personal y el público.
Es que yo me acerqué milagrosamente a Poesía
Buenos Aires, superando mi
innata timidez, la noche antes de cumplir mis diecisiete años. Con lo
cual vine a convertirme, sin habérmelo propuesto, en su miembro más
joven. Y esa legendaria revista argentina de vanguardia, absolutamente
independiente, cuyos treinta números aparecidos entre 1950 y 1960 sólo
fueron posibles gracias a su verdadero inspirador y artífice, Raúl
Gustavo Aguirre, fue para mí, en plena adolescencia, una auténtica
experiencia de vida y de lenguaje. Y para la poesía argentina moderna, un
hito que, también sin habérselo propuesto, sin compromisos y sin dogmas,
vino a instalar indudablemente un antes y un después. Tanto en lo que
hace a mi propia experiencia personal, como ya a su más amplia
significación cultural y estética, siento que puedo reiterar su alcance
en dos palabras: fraternidad y exigencia. Todos tenemos derecho a
intentarla, pero la poesía es una cosa seria. La más seria, diría.
V.L.T.:
¿Cree que haya mucha diferencia entre vanguardistas y posmodernos? Además,
¿sería posible definir cuáles son las tendencias de la poesía
argentina contemporánea?
R.A.:
Más que diferencia. Intuyo que, desde mediados del siglo pasado, y en
forma por demás creciente, estamos viviendo sin darnos cuenta, estamos
inmersos no en un cambio sino en una mutación. A la sociedad de consumo
vino a sumarse, potenciada por la incesante renovación tecnológica de
los medios de seducción masiva, la que Guy Débord bautizó como sociedad
del espectáculo, y el resultado es una “civilización” donde el
lenguaje ha dejado por supuesto de ser el centro y cuyo objetivo principal
es la formación de consumidores acríticos, cuya ansiedad principal es el
acto de compra, por otro lado fuente ineludible de nueva ansiedad. Una de
sus más deletéreas consecuencias, es la pérdida de espontánea
capacidad creadora de lenguaje por parte del pueblo, de la comunidad. Y,
en consecuencia, una devaluación si es que no una deformación de lo que
se entendía por poesía. Lamento seguir pareciendo apocalíptico (en
medio de este verdadero apocalipsis de la banalidad que nos consume), pero
me resulta imposible discernir tendencias en medio de la enorme masa de
textos que hoy se exhiben. Es decir, precisamente la ausencia absoluta de
tendencias, no sólo en poesía sino prácticamente en todas las artes hoy
asoladas por el avasallador totalitarismo de mercado, me resulta un
alarmante síntoma de estos tiempos. Fue uno de nuestros más grandes
poetas populares, Enrique Santos Discépolo, quien ya en 1935 pudo señalar,
en su indeleble tango Cambalache,
que
“Todo es igual... Nada es mejor...”
Y no mucho después, el gran Manuel Bandeira, un hombre cuya alta poesía
está indisolublemente ligada con el lenguaje del pueblo, podía animarse
a afirmar: “Sin duda no cuesta nada escribir un trozo de prosa y después
distribuirlo en líneas irregulares, obedeciendo tan sólo las pautas del
pensamiento. Pero eso nunca fue verso libre. Si lo fuese, cualquier
persona podría poner en verso hasta el último informe del Ministro de
Hacienda. Esa engañosa facilidad es causa de la superpoblación de poetas
que infecta ahora nuestras letras. El modernismo tuvo eso de catastrófico:
trayendo a nuestra lengua el verso libre, dio a todo el mundo la ilusión
de que una serie de líneas desiguales es poema. Resultado: hoy cualquier
sub-escribiente de municipio con ataque de celos, cualquier niñita
desilusionada del novio, cualquier balzaquiana desubicada en su ambiente
familiar se juzgan habilitados para competir con Joaquim Cardozo o Cecília
Meireles”. ¿Qué podríamos entonces añadir, nosotros, ahora?
V.L.T.:
Dentro de una perspectiva humanista, ¿cuáles son los mayores desafíos
para los intelectuales del siglo XXI?
R.A.:
El primero es continuar siéndolo. Quienes sean capaces de reflexionar críticamente
en medio de esta pesadilla de seductora banalidad universal van a resultar
absolutamente imprescindibles. Por otro lado intuyo que, no sólo a los
supuestos intelectuales sino, en realidad, a cualquier hombre conciente de
su propia condición les va a ser ineludible enfrentarse con gravísimos
problemas de supervivencia. Los límites al desbocado capitalismo salvaje
globalizado ya no serán exigidos por perspectivas de justicia económica,
política o social, sino por elementales razones ecológicas: el planeta
no lo soportará. Y las graves consecuencias ecológicas no se limitarán
a la naturaleza, a nuestro habitat, sino que ya están afectando –y
desde hace mucho tiempo-- a la misma condición humana. Una auténtica
perspectiva ecológica no sólo deberá seguir tomando muy en cuenta los
daños al planeta sino también, al mismo tiempo, el costo que todo ello
ha tenido para nosotros, los seres humanos, en cuanto especie.
V.L.T.:
Y la Internet, ¿no sería un espacio de mayor democratización, de mayor
actuación política e intervención artística?
R.A.:
Me temo que no. No me parece que la Internet sea inocua, incluso en sí
misma. Y, por otro lado, es evidente, está inscripta en el marco general
al que alude mi respuesta anterior. En estos temas, he vuelto a coincidir
con mi admirado y querido amigo Tomás Maldonado, cuya Crítica
de la razón informática (Paidós, Barcelona, 1998), editada
originalmente en Italia y donde prácticamente agota el tema, acabo de
releer: “estimo más probable que un acceso indiscriminado a la
información pueda conducirnos en realidad no a una forma más avanzada de
democracia, sino sólo a una forma más sofisticada de control social y de
homologación cultural”. Como él bien dice, no es que uno se oponga a
los beneficios que las nuevas tecnologías pueden aportarnos, sino que nos
negamos a suspender con respecto a sus consecuencias una permanente
actitud de evaluación crítica. Bien sé que gente incluso
bienintencionada imagina que una sociedad altamente informatizada podría
conducirnos más cerca de una mayor democracia, más directa, más
profunda. Pero no deja de inquietarme por demás, junto con Maldonado, que
“Con el fin de publicitar tal escenario, las grandes multinacionales de
la información y de la comunicación han puesto en marcha una muy
eficiente maquinaria de consenso político-cultural y comercial.” Para
sintetizarlo, con extrema claridad, en una simple nota al pie de página:
“O sea, cómo los propietarios de los medios condicionan los
mensajes.”
V.L.T.:
Usted también se destacó como traductor. ¿Cual poeta le presentó
mayores dificultades y cual le agradó más?
R.A.:
Aunque lo he intentado desde siempre, cosa que por un lado me parece
humanamente irrenunciable, bien sé que la traducción de una gran poesía
lograda en otra lengua será siempre una utopía. Como bien dijo Carlos
Mastronardi: “Todo es traducible, excepto el lenguaje.” Yo sólo puedo
encararlo con poetas y lenguas ante los cuales me siento en empatía
(francés, italiano, portugués). Es decir que, aunque me lo propongan, he
renunciado a Mallarmé o Leopardi, por ejemplo. Me atreví en cambio con
Ungaretti, Baudelaire, Éluard. Me sentí cómodo con Pessoa, Pavese,
Apollinaire, Drummond de Andrade, Prévert, Murilo Mendes, Pasolini.
Internarme en Manuel Bandeira, sólo en apariencia tan accesible, fue
leerlo mejor, más a fondo, por dentro. Cosa que, después de todo, es la
que justifica todo intento legítimo de traducción de poesía.
V.L.T.:
El pasado año usted ganó muchos premios, tanto en Argentina como en
Brasil y Colombia. ¿Cuáles son sus planes para el futuro? ¿Guarda
alguna obra inédita o en curso?
R.A.:
Nunca me ha parecido razonable que la dimensión de una obra se mida
apenas por los galardones que recibe. Sé bien cuanto de azar, de
coincidencia, puede haber en estas cuestiones. Para mí los premios sólo
admiten relevancia cuando se han generado espontáneamente, sin estrategia
y sin astucia. Y de manera especial cuando los producen colegas,
escritores, que uno muchas veces ni conoce. Como bien reiteró Paul Valéry:
“La más grande gloria imaginable es una gloria que permanecerá siempre
ignorada de aquel que la obtiene” o, mejor aún, “La gloria debe
obtenerse como sub-producto.”
En forma más modesta, pero acaso más precisa, también lo anticipó José
Pedroni: “La gloria es un verso recordado.” El generoso, invalorable
reconocimiento de mi querido Brasil ha sido una de las emociones más
grandes de mi vida: un auténtico caso de amor correspondido. Por cierto,
un verdadero escritor siempre ha de tener algo inédito, que no se anima a
publicar. Pero yo necesito que los poemas, por ejemplo, me digan ellos
mismos, me hagan sentir si han adoptado ya forma de libro. Y eso me hace
esperarlos, darles su tiempo. En mi caso particular, por otro lado, hay
además una cierta cantidad de textos en prosa, muchas veces de
circunstancia o de intervención, que me piden no desaparecer con las páginas
de revista o de periódico donde por lo general fueron publicados. Una
parte de ellos han vuelto a tomar recientemente forma de libros: La
voz sin amo es uno, y el otro República
de viento, que ya están en proceso de edición. Me encantaría, y a
la vez me aterra, me paraliza, que hubiera editor para continuar
publicando mi poesía completa, de la cual ya ha aparecido milagrosamente
un primer tomo, que reedita mis seis primeros libros, y cuyo título: A
favor del viento, imagino acaso para todo el conjunto. Me produce una
enorme alegría que antologías de mi poesía sigan apareciendo en
queridos países hermanos: la más reciente en México, y hay dos
previstas en Chile y Venezuela. Dirán los dioses. Yo me dejo llevar.
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