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LA
POESIA: EXPERIENCIA DE VIDA Y LENGUAJE
Alguna
vez dijo que toda verdadera experiencia poética es una experiencia de
vida y lenguaje.
Las
palabras son maravillosas, pero incompletas. O aproximativas, como también
se me ocurrió decir, en el doble sentido que permiten intentar
comunicarnos pero que nunca acaban por hacerlo del todo. Pedro Abelardo,
el gran humanista medieval, al intentar defenderse de la Inquisición que
terminó condenándolo, recuerda ya un proverbio muy significativo:
“Nada hay tan bien dicho que no pueda ser mal interpretado.” De allí
a Wittgenstein o a Steiner, por ejemplo, e incluso a Chomsky, la línea de
los grandes preocupados por el lenguaje es tan profusa como intensa. Yo
mismo, sin armas para ello, pero como dije casi obligado a reflexionar
sobre el milagro de haberme descubierto escribiendo poesía, me topé con
algunas intuiciones. Por un lado no “usamos” el lenguaje, somos
lenguaje. Pero también hay un abismo en el lenguaje. Yo intuyo que, lo
que seguimos llamando poesía, no se reduce simplemente a un género
literario, sino que tiene que ver con una actitud original, espontánea,
creadora, de los primeros hombres, del hombre original. Si hay una
carencia en cuanto a la precisión comunicativa del lenguaje humano, lo
que llamamos poesía es entonces, acaso, una forma de convertir a esa
carencia en cantera. Comunicarnos más a fondo, ser más hombre, más
mundo, vivir el lenguaje como experiencia.
Entonces,
¿qué es la poesía para Rodolfo Alonso?
No
lo sé. O, mejor, no quisiera saberlo. Nunca supe definirla con palabras,
volverla concepto. Me parecería un sacrilegio, y una tontería. La poesía
es una experiencia, una praxis, no una idea platónica. Al mismo tiempo, y
no sin ruborizarme, siempre tengo presente que Dante Alighieri aludió a
ella, en su Divina Comedia,
como “la gloria de la lengua”.
¿La
poesía está en crisis o lo que está en conflicto es el lenguaje?
Nunca
hubo una gran poesía, por culterana, refinada e incluso cortesana que
fuera que no estuviese, de algún modo, por oscuros meandros, íntimamente
ligada con una lengua viva hablada por una comunidad. Mucho me temo que la
evidente crisis, no sólo de circulación sino también de producción, de
exigencia, de creación, que hoy parece estar viviendo, no sólo entre
nosotros, lo que seguimos llamando poesía, no es simplemente el problema
de un género literario sino, mucho peor, acaso consecuencia de la
dolorosa, grave pérdida de espontaneidad creadora de lenguaje sufrida por
los hombres, sometidos a esa avasalladora marea de mediocridad y
masificación producida por la civilización del show, por esta sociedad
del espectáculo, como bien la definió hace ya tiempo Guy Débord. Y
recordemos, nuevamente, que no usamos el lenguaje, somos
lenguaje. Si la crisis de la poesía, como temo, es el síntoma de que
algo muy grave está afectando la productividad de lenguaje de la
humanidad, no se trata de un utensilio, de un instrumento que podemos
sustituir por otro. Cuanto menos lenguaje somos, somos menos mundo, menos
hombre. La mala poesía no resultaría, entonces, tan sólo un problema
estético.
UNA
OBRA PARA DESCUBRIR EL MUNDO
Podríamos
definir su obra diciendo que se trata de una mirada
que abarca todo lo real para dialogar, cuestionar, revelar y
descubrir el mundo. Michel Butor expresó que el poeta es quien da cuenta
de las cosas humanas que están en peligro.
Sí,
Butor lo dijo muy claramente, a mediados de los sesenta: “El poeta es
aquel que tiene conciencia de que la lengua, y con ella todas las cosas
humanas, está en peligro.” Al leerlo, me sentí tan iluminado, que puse
a esas palabras como cita en mi libro Música
concreta (Plus Ultra, 1994). No sé si eso se ajusta a mi obra o no,
ni siquiera sé bien si lo que he hecho, o me ha ocurrido, es una
“obra”. No soy yo quien debe opinar sobre eso. Sólo puedo decir que
me sentiría orgulloso, sí, de haberme mantenido en esa dirección, de
haber contribuido en algo a esa inmensa tarea. No mucho más se puede, se
debe pedir.
¿Qué
lugar ocupa la historia en su obra?
Todavía
no consigo diferenciar entre historia personal, con minúscula, e Historia
grande, con mayúscula. Ambas historias se entrelazan, para mí, y siempre
me pareció que un poema, de amor o de misterio, de encantamiento o de
arrobo, se da ineludiblemente en un contexto, que es irremediablemente
histórico, personal y colectivo.. No es sólo como si fuera un telón de
fondo, es una interrelación, algo que nos habla y se habla. Hay momentos
en que la Historia también puede ser, es de hecho una metáfora. Y por lo
tanto puede resultar a la vez deslumbrante y ambigua. Un poeta muy
exigente, Alejandro Nicotra, me lo hizo ver, casi el primero, en
correspondencia privada: “Incide en su poesía –me escribió en
1988--, como una luz negra, todo el dolor de nuestra época. Esa conjunción
de la historia, la desgracia, y del momento ‘intemporal’ -valga la
paradoja-, edénico, es uno de los caracteres que más seducen en su
obra.” Y seis años después, en 1994, reiteraba: “...en su poesía he
sentido siempre -mejor dicho, en gran parte de su poesía- una preciosa
conjunción estética de historia y eternidad. Quiero expresarle, que su
aprehensión del esplendor sagrado, de lo inefable de la vida, está
muchas veces aunada a la sugerencia de la circunstancia histórica."
Me ha hecho pensar mucho. Es como si él pudiera expresar algo que yo
solamente vivía. ¿Servirá de algo recordar que mi infancia se acunó
con los relatos heroicos de la guerra civil española, la ejemplar
resistencia antifascista del pueblo republicano, esos milicianos que -como
para otros los griegos-constituyen acaso mi auténtica mitología? ¿O
recordar que mi niñez coincide con la lucha mundial contra el nazismo y
concluye, de algún modo, cuando en el cine Novedades,
de la calle Florida, donde intercalaban documentales con dibujos animados,
mis ojos de niño de nueve o diez años ven, en poco tiempo sucesivo, las
primeras imágenes, apocalípticas, de los campos de concentración
liberados por los aliados o el hongo leproso de Hiroshima? Ese es el telón
de fondo de mis primeros poemas. Y tal vez sigue siéndolo.
Tomando
su cita de César Vallejo, “¿y si después de tantas palabras no
sobrevive la palabra?”, ¿qué?
Con
esas líneas, indelebles, terminé mi ponencia ante las Bienales
Internacionales de Poesía, en Lieja, en 1992. Yo creo que es suficiente
con plantearse la pregunta. Y planteársela no en un sentido literal, sino
poético, es decir metafórico, que es después de todo la forma en que
ejercemos el lenguaje los humanos. ¿O acaso alguien habla en estado de
diccionario? Esa línea de nuestro padre Vallejo, el indeleble, tiene ya
muchas décadas. ¿Qué hacer al respecto? Mantengamos abierta la cuestión.
Nada menos.
¿Qué
frase elegiría para resumir su obra poética.?
¿Qué
tal la misma que, hace ya ciertos años, medio en broma y medio en serio,
imaginé en un poema como mi epitafio? “No he terminado en mí.”
*
En
una de las charlas mantenidas con Alonso, hizo mención a la Primera Reunión
de Arte Contemporáneo, organizada por la Universidad Nacional del
Litoral, en Santa Fe, en 1957, en la que Raúl Gustavo Aguirre terminó su
conferencia citando un poema de Saint-John Perse: “Extranjero, sobre
todas las playas de este mundo, sin audiencia ni testigo, lleva a la oreja
del Poniente un caracol sin memoria:// Huésped precario en el umbral de
nuestras ciudades, tú no franquearás la puerta de los Lloyds, donde tu
palabra no tiene curso ni tu oro valor...//
‘Yo habitaré mi nombre’, fue tu respuesta a los cuestionarios
del puerto. Y sobre la mesa del cambista, sólo produces asombro.// Como
esas grandes monedas de hierro exhumadas por el rayo”.
“Actualmente
esta cita de Saint-John Perse –acotó
Alonso- es más útil que nunca.
Además de su belleza estética, el poema es una clara crítica al
totalitarismo del mercado. Saint-John Perse imaginaba que el hombre tenía
dos lámparas de ciego: una era la poesía y la otra la ciencia, que no
tiene que ver con la tecnología dominante que hoy tenemos; es la ciencia,
imaginaba él, relacionada con el viejo humanismo”.
JUANELE:
LA POESIA ENCARNADA
En
aquellos años de “Poesía Buenos Aires”, frecuentaba a Juan L. Ortiz,
¿qué le generaba la actitud de este poeta frente a la poesía?
Ese
fue otro de los “regalos” de aquella relación. La amistad con Paco
Urondo me trae los viajes a Santa Fe, la nueva amistad con Hugo Gola y un
Juan José Saer casi niño pero, sobre todo, los cruces en lanchón a
Paraná, sobre el lomo reluciente del gran río, y el contacto con Juan L.
Ortiz, que en aquel entonces era prácticamente un desconocido. Él fue
para mí, ante todo, la evidencia viva de lo que habíamos estado
intuyendo: la poesía como una manera de vivir, encarnada, apartada de los
relumbrones de la vida literaria, sin otra pretensión, sin otra devoción
que ser fiel a una exigencia raigal, a una “sabiduría de intemperie”.
Y no por imposición, incluso moral, sino por propia deriva de su ser más
legítimo. Siempre recordaré, entre tantas otras cosas, una de las
reveladoras intuiciones que Ortiz me transmitió, prácticamente la
primera vez que nos vimos: “El poeta, cuando habla de una cosa, es
la cosa.” Evidencia de fondo, entonces, no descripción apenas.
Para
todos nosotros Juanele, a quien visitábamos frecuentemente en su casa a
orillas del río Paraná, era la poesía encarnada, por su manera de
vivir. Consideraba que la poesía tenía que estar fuera de todo eso que
se llama “vida literaria”.
EL
ARTE DE CALLAR
¿De
dónde proviene el título de su libro, “El arte de callar”?
Literalmente,
lo descubrí mencionado en un artículo de Claudio Magris en un diario
italiano. (Después de haber publicado mi libro, supe que es el título de
una obra del abate Dinouart, un francés del siglo XVIII.) Me sentí tan
profundamente llamado que lo sustituí al título anterior, que era Canto
hondo. Ahora, si me preguntan exactamente a qué creo aludir con eso,
no podría explicitarlo con precisión. Creo que en realidad es el tema
alrededor del cual hemos estado girando. En este caso, también con la
ineludible presencia del silencio, que valoriza con su halo a la palabra.
Ese silencio que hoy, en esta sociedad del ruido ensordecedor, se ha
vuelto casi subversivo. Sin silencio no se puede pensar, no se puede
meditar, no se puede oír lo más profundo de uno mismo, lo que es a la
vez individuo y especie. Y no se pueden oír tampoco las voces, la voz de
la Naturaleza, de nuestra
naturaleza. Sin silencio, intuyo, es imposible que pueda haber gran poesía.
El
título encierra una contradicción, sobre todo que su poesía se ha
tornado cada vez más explícita.
De
eso se trata, tal vez. Precisamente de conmover, incluso de inquietar. Ni
lo que parece explícito es solamente explícito, ni las palabras dejan de
surgir en un contexto, que no es sólo histórico, sino también verbal,
lingüístico. Y, recordemos, que la palabra humana es ineludiblemente
ambigua, polisémica. Esos poemas, ese libro, ese título, me hablan, me
siguen hablando, incluso a mí. Y todavía no agotan su valor de cambio,
como dijo de la prosa el gran Valéry. Lo que parece explícito puede
surgir de una irresistible potencia del lenguaje, y no de meros
razonamientos.
“POESIA
BUENOS AIRES”: FRATERNIDAD Y EXIGENCIA
Rodolfo
Alonso participó de la revista “Poesía Buenos Aires”, aparecida
entre 1950 y 1960 (treinta números), que se constituyó en uno de los
hechos más singulares de la historia de la poesía argentina de la
segunda mitad del siglo XX en lo que respecta a publicaciones literarias.
Dirigida por Raúl Gustavo Aguirre, esta revista nucleó también, junto
al muy joven Alonso, a poetas como Mario Trejo, Edgar Bayley, Francisco
Urondo, Francisco Madariaga, Jorge Carrol, Osmar Bondoni, Nicolás Espiro,
entre otros.
“Estas
situaciones en que nos sigue colocando la poesía... Produce una sensación
de vértigo pensar que se cumplen cincuenta años del número inaugural de
una revista que nunca se propuso tener semejante influencia”,
es lo primero que dice Rodolfo Alonso al cumplirse medio siglo de la
aparición del primer número de la revista “Poesía Buenos Aires”,
allá por la primavera de 1950.
En
1951 Alonso tenía 16 años, era alumno del Colegio Nacional de Buenos
Aires y un entusiasta lector de la poesía de Pablo Neruda, César Vallejo
y Federico García Lorca y ya había empezado a despuntar el vicio de
escribir poemas.
Una
tarde de primavera ingresa a la librería Viau, en la calle
Florida, con la intención de espiar algunos libros pero le llama la
atención la tapa del número cinco de “Poesía Buenos Aires”. “Fue
un amor a primera vista, me sentí identificado con el espíritu de la
revista”, recuerda. Venciendo su timidez, les envía una carta cuya
respuesta no se hace esperar. Lo citan en el Palacio do Café,
ubicado en la avenida Corrientes al 700, justo al lado de la casa de Raúl
Gustavo Aguirre, su director.
El
frío de la noche del 3 de octubre de 1951, justo un día antes de su
cumpleaños diecisiete, no amedrentó al joven poeta para llegarse hasta
el mencionado café y conocer a los que hacían esa revista que tanto le
había impactado. Allí estaban, alrededor de Aguirre, Nicolás Espiro,
Daniel Saidón y Wolf Roitman.
Alonso
disfrazó su timidez contando que pertenecía a un grupo de muchachos
amantes de la poesía, que en realidad no existían, y cuando le
preguntaron si había traído sus poemas sacó del bolsillo del sobretodo
un enorme rollo que desplegó sobre la mesa.
En
ese momento Alonso comenzó a sentir una sensación muy particular:
“al
mismo tiempo que me aceptaban con total libertad y sin preguntarme nada,
sentía una enorme exigencia”.
De esa noche recuerda precisamente el preciso comentario que le hiciera
Nicolás Espiro sobre sus poemas. “Me
dijo con mucha claridad que en mis poemas había algunas palabras que
estaban muy manoseadas, que ya poseían una historia y que no se podían
usar sin tomar conciencia”. “Al mismo tiempo que nos tratábamos como
iguales –agrega-, lo hacíamos
con mucha exigencia. Algo que se podría definir como una exigencia
fraternal”.
¿Qué
le aportó “Poesía Buenos Aires” en lo estético y en lo vivencial?
Fraternidad
y exigencia. Uno podía ser admitido con los brazos abiertos, pero la poesía
era una cosa seria. Y el contacto directo, vivísimo, casi cotidiano, con
gente por lo general entregada a la poesía “como una manera de vivir”
(Tristan Tzara), sin solemnidad alguna, sin grandilocuencia, con un
indomable sentido del humor, pero también con una necesidad de la
excelencia más auténtica. A través de ellos, junto con ellos, entro de
lleno en la gran poesía del mundo. Pero a la cual íbamos descubriendo
todos juntos. Como experiencia, insisto. Si ellos me mostraron las grandes
vanguardias, los grandes franceses, yo pude acercarles a Macedonio Fernández
(descubierto también en librerías de viejo, otro desconocido para la época),
y a los grandes modernistas brasileños.
¿Podríamos
afirmar que “Poesía Buenos Aires” nucleó a la vanguardia de los
’50 y por eso se la suele ubicar como “movimiento”?
Creo
que deberíamos situar a “Poesía Buenos Aires” dentro de un contexto
histórico y social en relación a la década en que se editó. La década
del ’50 es muy significativa en la vida social y política del país,
partida al medio por la Revolución Libertadora, cuya primera mitad
presenta el apogeo del gobierno peronista y su posterior decadencia. Después
de 1955 se inicia un gran cambio cultural con la puesta en marcha de la
Reforma Universitaria y aparece la figura de José Luis Romero. En 1958 se
postula Arturo Frondizi para la presidencia del país, contando con el
apoyo de la mayoría de la intelectualidad argentina. Frondizi aparecía
como un hombre de izquierda y con una posición antimperialista muy firme.
Ahora conocemos la historia de Frondizi... La década concluye con la
Revolución Cubana en 1959.
En
cuanto al contexto estético... La primera gran vanguardia argentina es el
martinfierrismo, a mediados de los años ’20, con Oliverio Girondo, Xul
Solar, Macedonio Fernández, Jacobo Fijman, a quienes considero sus
figuras más importantes. La segunda vanguardia comienza a mediados de los
años ’40 y se manifiesta en las artes plásticas a través de los
pintores concretos y en la poesía con el movimiento invencionista, el
primero encabezado por ese gran intelectual que es el entonces artista plástico
Tomás Maldonado, y el segundo por su hermano, el poeta Edgar Bayley, un
teórico de primera. De este movimiento invencionista proviene el linaje
de “Poesía Buenos Aires”, que arranca desde posiciones de extrema
vanguardia.
El
contexto cultural que había en esos años no es el que existe en la
actualidad. Existía la gran Guerra Fría, no sólo en lo político sino
también a nivel ideológico y cultural; con tendencias y movimientos
apasionados y comprometidos con lineas estéticas, sociales, culturales y
políticas. A esto se le sumaba un oficialismo del gobierno, y un
oficialismo del poder intelectual ligado a ciertos sectores.
Creo
que durante la década del ‘50 se manifiestan dos movimientos de
vanguardia en poesía: por un lado, “Poesía Buenos Aires” que aunque
viene del invencionismo se va alejando a lo largo de su proceso de todo
dogmatismo, sin perder las exigencias y, por otro, el movimiento
surrealista encabezado por Aldo Pellegrini.
La
revista se convirtió en un espacio de reflexión acerca del quehacer poético
a través de la publicación de ensayos y fundamentaciones teóricas.
Exactamente.
Se le dio muchísima importancia a lo teórico porque los grandes
movimientos de vanguardia siempre han contado con manifiestos y
teorizaciones. Había una tradición, no de manifiestos sino del análisis,
y esto se lo retoma aún sabiendo que nunca se puede llegar a definir
totalmente la poesía. Edgar Bayley sostenía (con razón) que no se puede
llegar a la poesía exclusivamente por vía de análisis.
¿Una
anécdota que recuerde muy especialmente?
Hay
tantas... Las dos funciones que hicimos en 1952 de una obra de teatro de
Edgar Bayley llamada “Burla de primavera”, que dirigía Paco Urondo.
Algunos de nosotros éramos los actores. A mí me tocó hacer de Capitán
Tancredo. También recuerdo que Rubén Vela le estaba sirviendo vino a
Oliverio Girondo y le pregunta: “¿Toma, Oliverio?, “Sí mi amigo y a
veces demasiado”, le respondió.
¿Qué
le dejo a usted como persona y como poeta haber sido partícipe del grupo
“Poesía Buenos Aires”?
Yo
no sería el que soy si no hubiera conocido a este grupo. Esa experiencia
estuvo tan ligada a m adolescencia en lo más profundo, en lo afectivo y
en lo intelectual, que es casi inimaginable desprenderse. No sólo me hizo
la participación en la revista sino también esa convivencia en un clima
de fraternidad, alto sentido del humor y de la autocrítica. Me permitió
saber que lo estético está unido a lo ético y que la poesía es “una
manera de vivir”, como bien dijo Tristan Tzara. Entendí que a la poesía
no se la proclama sino que se la practica; y que no es una entelequia sino
una experiencia. Espero que sigamos siendo los mismos, y que todavía
no seamos historia.
ALONSO
TRADUCTOR
La
experiencia con el lenguaje es justamente la tarea del traductor.
En
mi caso particular, es casi simultánea. No mucho después de descubrirme,
yo mismo sorprendido, con un don de lengua para la poesía, me descubrí
también, ya curado de asombro, con un don de lenguas para la traducción.
Si al portugués accedo probablemente desde el gallego de mi infancia, que
son en sus comienzos la misma lengua, y al francés por un excelente
profesor del Colegio Nacional de Buenos Aires, mi italiano, que nunca
estudié y desdichadamente no cuento en mi linaje, sólo puede deberse,
intuyo, al aire mismo de la Buenos Aires de mi infancia y de mi
adolescencia. Tuve además la suerte de tener inimaginables comienzos. Con
Hugo Gola, en Santa Fe, seleccionamos y traducimos ya los ensayos de
Cesare Pavese: El oficio de poeta
(Nueva Visión, 1957), de quien en 1961 la editorial Lautaro me encomienda
sus poemas completos. Y ese mismo año aparece mi primera traducción de
los cuatro heterónimos de Fernando Pessoa en castellano: Poemas
(Fabril Editora, 1961), que era también la primera en América Latina y
que Aldo Pellegrini me hizo el honor de pedirme para su memorable colección
Los Poetas. En la cual al año siguiente incluye también mi versión de Poemas
escogidos, de Giuseppe Ungaretti (Fabril Editora, 1962), que
precisamente, como ya hizo magníficamente con la de Pessoa, está por
reeditar Mario Pellegrini, su hijo, en la editorial Argonauta.
Sigue
sosteniendo que la traducción es como una utopía irrealizable; entonces
¿por qué seguir traduciendo?
Eso
tiene que ver con aquella ambigüedad, con aquella polisemia casi congénita
del lenguaje humano, y de la cual la poesía es a la vez víctima y
esplendor. Ya en el sintomático capítulo sexto del Quijote,
el gran Cervantes afirma lúcidamente que “lo mesmo harán todos
aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por
mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al
punto que ellos tienen en su propio nacimiento.” La gran poesía, un
poema realmente logrado, para serlo se han constituido en un ser vivo, autónomo,
de lenguaje. Intentar darle vida en otra lengua, es una auténtica utopía,
de por sí inalcanzable totalmente. Pero, al mismo tiempo, está en
nosotros esa necesidad, esa sed de intentarlo. No es más que otra de las
enseñanzas de Sísifo, siempre humano, demasiado humano.
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