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Primavera
de 1951. Un joven de dieciseis años, llamado Rodolfo
Alonso, estudia en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Ya
conoce a Pablo Neruda y Federico García Lorca, pero admira sobre
todo a César Vallejo. Una tarde, en la librería “Viau”, de la
calle Florida, descubre de pronto un ejemplar de la revista Poesía
Buenos Aires, que dirige Raúl Gustavo Aguirre, con la que de
inmediato se siente “identificado con su espíritu”. Venciendo
su propia timidez le escribe una carta a Aguirre, quien le contesta
rápidamente, citándolo en el “Palacio do Café”, sobre la
avenida Corrientes al 700. Allí se reúnen los hacedores de la
mencionada publicación, Nicolás Espiro, Edgar Bayley, Jorge Móbili,
Francisco Urondo, entre otros. Una fría noche del mes de octubre,
el joven admirador de Vallejo se encuentra con ellos. Lleva en un
bolsillo de su sobretodo un rollo de poemas que, cuando se lo piden,
despliega sobre la mesa.
A
partir de este encuentro, Rodolfo Alonso desarrollará una intensa
actividad creadora que refleja en múltiples libros de poemas,
ensayo y traducciones. Es autor, entre otros, de los libros de poesía
Salud o nada (1954), Buenos
vientos (1956), Gran Bebé
(1960), Hablar claro
(1964), Relaciones (1968),
Hago el amor (con prólogo
de Carlos Drummond de Andrade, 1969), Señora
Vida (1979), Sol o sombra (1981), Alrededores
(1983), Jazmín del país (1988)
y Música concreta
(1994).
En
el año 2003, “en medio del comprensible silencio universal”,
aparecieron sus libros de poesía El
arte de callar, publicado por la editorial cordobesa Alción, Antologia
pessoal -bilingüe- (Thesaurus, Brasilia) y La
otra vida, antología publicada en Bogotá, Colombia. Además
sus versiones de Estrella de
la vida entera, de Manuel Bandeira (Adriana Hidalgo); El
banquero anarquista, de Fernando Pessoa (Emecé), y Poemas
escogidos, de Giuseppe Ungaretti (Común Presencia, Bogotá).
A
continuación, la conversación que mantuvimos con Rodolfo Alonso, a
cincuenta años de la publicación de su primer libro.
¿Recuerda
cuándo y de qué manera se acercó a la poesía?
No
hay una fecha precisa, por supuesto. Y a lo mejor todavía continúo
acercándome a ella, sin lograr alcanzarla. Estas cosas no se
piensan de antemano, se reflexionan después. Porque el primer
asombrado fui yo mismo: a eso de los catorce o quince años, sin
antecedente alguno que lo justificara, me descubro escribiendo, un día
de lluvia, tres líneas ya concisas, concentradas. Y no demasiado
tiempo después, como en un sueño, precisamente la noche antes de
cumplir diecisiete años, me convierto en el más joven de Poesía
Buenos Aires. Y allí continúan los asombros: a partir de 1952,
y más o menos hasta 1957 o 1958, escribo unos poemas (o más bien
unos poemas me escriben), que no menos asombrosamente se convierten
en mis primeros libros, y que aún continúan deslumbrándome. Acaso
porque todavía me recuerdan (o en gran medida continúo siendo como
entonces), aquellos ansiosos, maravillosos años de la última
infancia y la primera juventud, en que la poesía se apoderó de mí.
¿Cuáles
fueron sus lecturas iniciales y de qué autores se sentía más
cerca cuando ingresó a Poesía
Buenos Aires?
Son
días tan vertiginosos, todavía, que todo se me encima. ¿Estos
recuerdos son de antes o después de haber tomado contacto con Poesía
Buenos Aires? En el anaquel de un compañero español, exiliado
republicano, descubro la Antología
de César Vallejo, de Xavier Abril. Que fue una experiencia
reveladora, deslumbrante. De pronto sentí que la poesía era una
intensa, humanísima experiencia de vida y de lenguaje. Y, casi
simultáneamente, en librerías de viejo, descubro también a
Roberto Arlt, por entonces prácticamente desconocido. Fue otra
fulminante revelación. Con los años, preguntándome a mí mismo cómo
se había desencadenado todo esto, he llegado a algunas intuiciones,
a algunas aproximaciones. Hijo mayor de inmigrantes gallegos, el
primero nacido en Buenos Aires, mi infancia fue bilingüe. ¿Nace de
allí el don de lenguas que me convirtió no sólo en poeta sino
también en traductor? Buenos Aires era en aquel momento una auténtica
Babel, donde se hablaban todas las lenguas del mundo. Pero también
está el descubrimiento que tuve que hacer, solo, de la gran ciudad.
Al mismo tiempo que mi infancia se entibiaba con los recuerdos, y
las canciones, y los mitos, de la infancia campesina de mis padres.
¿Nace de allí esa presencia tan viva en mí de la naturaleza, de
los verdes vegetales matizados por la lluvia?
¿Qué
le aportó Poesía
Buenos Aires en lo estético y en lo vivencial?
Fraternidad
y exigencia. Uno podía ser admitido con los brazos abiertos, pero
la poesía era una cosa seria. Y el contacto directo, vivísimo,
casi cotidiano, con gente por lo general entregada a la poesía
“como una manera de vivir” (Tristan Tzara), sin solemnidad
alguna, sin grandilocuencia, con un indomable sentido del humor,
pero también con una necesidad de la excelencia más auténtica. A
través de ellos, junto con ellos, entro de lleno en la gran poesía
del mundo. Pero a la cual íbamos descubriendo todos juntos. Como
experiencia, insisto. Si ellos me mostraron las grandes vanguardias,
los grandes franceses, yo pude acercarles a Macedonio Fernández
(descubierto también en librerías de viejo, otro desconocido para
la época), y a los grandes modernistas brasileños.
Poesía
Buenos Aires,
¿ha marcado un antes y un después en la poesía argentina del
siglo XX?
Mi
pudor, nuestro desdén por la mal llamada “vida literaria”,
incluso mi propio protagonismo, con ser el de un muchacho, me
impiden todavía ver a Poesía Buenos Aires no sólo con
objetividad, sino como objeto. Ellos, y especialmente Raúl Gustavo
Aguirre, el auténtico responsable, se habían propuesto “no
devenir institución”. No anquilosarse, no “triunfar”. No se
colaboraba en suplementos, ni se participaba en premios o concursos,
ni se editaba en sellos prestigiosos. Y no por obligación, por
dogma, sino por empatía, por ósmosis. Aguirre mismo renunció a
seguir escribiendo en Sur. Aunque originalmente de
vanguardia, tampoco fuimos exactamente una escuela, ni siquiera una
tendencia demasiado explícita. La ruptura con el entorno se produjo
por propia decantación, en el contexto de una poesía argentina
todavía asolada por el neoclasicismo y el neorromanticismo, o por
una poesía que se proponía ser “popular” y que apenas
alcanzaba a populista en el momento en que el tango llegaba a su clímax,
y comenzaba a decaer desde un punto de vista creativo. Es evidente
que la poesía argentina cambió a partir de entonces. Pero me
parecen por lo menos exageradas algunas opiniones que le achacan,
incluso, consecuencias de las recientes décadas. Los textos, el
lenguaje mismo, se dan en un contexto, incluso histórico. En
tiempos más auspiciosos, Pedro Henríquez Ureña, el gran humanista
dominicano, dijo que “Cada generación debe traducir a su
Homero.” Acaso no hicimos más que eso. Pero, también, nada menos
que eso. El problema fue cómo lo vivió el contexto. Pero las
consecuencias, y sobre todo las intenciones, me parecen saludables.
La demanda de libertad formal heredada de las vanguardias no se
proponía concluir en un nuevo formalismo. Todo lo contrario.
En
aquellos años frecuentaba a Juan L. Ortiz, ¿qué le generaba la
actitud de este poeta frente a la poesía?
Ese
fue otro de los “regalos” de aquella relación. La amistad con
Paco Urondo me trae los viajes a Santa Fe, la nueva amistad con Hugo
Gola y un Juan José Saer casi niño pero, sobre todo, los cruces en
lanchón a Paraná, sobre el lomo reluciente del gran río, y el
contacto con Juan L. Ortiz, que en aquel entonces era prácticamente
un desconocido. Él fue para mí, ante todo, la evidencia viva de lo
que habíamos estado intuyendo: la poesía como una manera de vivir,
encarnada, apartada de los relumbrones de la vida literaria, sin
otra pretensión, sin otra devoción que ser fieles a una exigencia
raigal, a una “sabiduría de intemperie”. Y no por imposición,
incluso moral, sino por propia deriva de su ser más legítimo.
Siempre recordaré, entre tantas otras cosas, una de las reveladoras
intuiciones que Ortiz me transmitió, prácticamente la primera vez
que nos vimos: “El poeta, cuando habla de una cosa, es
la cosa.” Evidencia de fondo, entonces, no descripción apenas.
Alguna
vez dijo que toda verdadera experiencia poética es una experiencia
de vida y lenguaje.
Las
palabras son maravillosas, pero incompletas. O aproximativas, como
también se me ocurrió decir, en el doble sentido que permiten
intentar comunicarnos pero que nunca acaban por hacerlo del todo.
Pedro Abelardo, el gran humanista medieval, al intentar defenderse
de la Inquisición que terminó condenándolo, recuerda ya un
proverbio muy significativo: “Nada hay tan bien dicho que no pueda
ser mal interpretado.” De allí a Wittgenstein o a Steiner, por
ejemplo, e incluso a Chomsky, la línea de los grandes preocupados
por el lenguaje es tan profusa como intensa. Yo mismo, sin armas
para ello, pero como dije casi obligado a reflexionar sobre el
milagro de haberme descubierto escribiendo poesía, me topé con
algunas intuiciones. Por un lado no “usamos” el lenguaje, somos
lenguaje. Pero también hay un abismo en el lenguaje. Yo intuyo que,
lo que seguimos llamando poesía, no se reduce simplemente a un género
literario, sino que tiene que ver con una actitud original, espontánea,
creadora, de los primeros hombres, del hombre original. Si hay una
carencia en cuanto a la precisión comunicativa del lenguaje humano,
lo que llamamos poesía es entonces, acaso, una forma de convertir a
esa carencia en cantera. Comunicarnos más a fondo, ser más hombre,
más mundo, vivir el lenguaje como experiencia.
La
experiencia con el lenguaje es justamente la tarea del traductor.
En
mi caso particular, es casi simultánea. No mucho después de
descubrirme, yo mismo sorprendido, como ya dije, con un don de
lengua para la poesía, me descubrí también, ya curado de asombro,
con un don de lenguas para la traducción. Si al portugués accedo
probablemente desde el gallego de mi infancia, que son en sus
comienzos la misma lengua, y al francés por un excelente profesor
del Colegio Nacional de Buenos Aires, mi italiano, que nunca estudié
y desdichadamente no cuento en mi linaje, sólo puede deberse,
intuyo, al aire mismo de la Buenos Aires de mi infancia y de mi
adolescencia. Tuve además la suerte de tener inimaginables
comienzos. Con Hugo Gola, en Santa Fe, seleccionamos y traducimos ya
los ensayos de Cesare Pavese: El
oficio de poeta (Nueva Visión, 1957), de quien en 1961 la
editorial Lautaro me encomienda sus poemas completos. Y ese mismo año
aparece mi primera traducción de los cuatro heterónimos de
Fernando Pessoa en castellano: Poemas
(Fabril Editora, 1961), que era también la primera en América
Latina y que Aldo Pellegrini me hizo el honor de pedirme para su
memorable colección Los Poetas. En la cual al año siguiente
incluye también mi versión de Poemas
escogidos, de Giuseppe Ungaretti (Fabril Editora, 1962).
Precisamente Mario Pellegrini, hijo de Aldo, está por darme la
alegría de reeditar en la editorial Argonauta, ambas versiones:
Pessoa y Ungaretti.
Sigue
sosteniendo que la traducción es como una utopía irrealizable;
entonces ¿por qué seguir traduciendo?
Eso
tiene que ver con aquella ambigüedad, con aquella polisemia casi
congénita del lenguaje humano, y de la cual la poesía es a la vez
víctima y esplendor. Ya en el sintomático capítulo sexto del Quijote,
el gran Cervantes afirma lúcidamente que “lo mesmo harán todos
aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua:
que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás
llegarán al punto que ellos tienen en su propio nacimiento.” La
gran poesía, un poema realmente logrado, se han constituido en un
ser vivo, autónomo, de lenguaje. Intentar darle vida en otra
lengua, es una auténtica utopía, de por sí inalcanzable
totalmente. Pero, al mismo tiempo, está en nosotros esa necesidad,
esa sed de intentarlo. No es más que otra de las enseñanzas de Sísifo,
siempre humano, demasiado humano.
¿Qué
es la poesía para Rodolfo Alonso?
No
lo sé. O, mejor, no quisiera saberlo. Nunca supe definirla con
palabras, volverla concepto. Me parecería un sacrilegio, y una
tontería. La poesía es una experiencia, una praxis, no una idea
platónica. Al mismo tiempo, y no sin ruborizarme, siempre tengo
presente que Dante Alighieri aludió a ella, en su Divina
Comedia, como “la gloria de la lengua”.
¿La
poesía está en crisis o lo que está en conflicto es el lenguaje?
Nunca
hubo una gran poesía, por culterana, refinada e incluso cortesana
que fuera que no estuviese, de algún modo, por oscuros meandros, íntimamente
ligada con una lengua viva hablada por una comunidad. Mucho me temo
que la evidente crisis, no sólo de circulación sino también de
producción, de exigencia, de creación, que hoy parece estar
viviendo, no sólo entre nosotros, lo que seguimos llamando poesía,
no es simplemente el problema de un género literario sino, mucho
peor, acaso consecuencia de la dolorosa, grave pérdida de
espontaneidad creadora de lenguaje sufrida por los hombres,
sometidos a esa avasalladora marea de mediocridad y masificación
producida por la civilización del show, por esta sociedad
del espectáculo, como bien la definió hace ya tiempo Guy Débord.
Y recordemos, nuevamente, que no usamos el lenguaje, somos
lenguaje. Si la crisis de la poesía, como temo, es el síntoma
de que algo muy grave está afectando la productividad de lenguaje
de la humanidad, no se trata de un utensilio, de un instrumento que
podemos sustituir por otro. Cuanto menos lenguaje somos, somos menos
mundo, menos hombre. La mala poesía no resultaría, entonces, me
temo, tan sólo un problema estético. Sino el síntoma de algo muchísimo
más grave: la pérdida de espontánea capacidad creadora de
lenguaje por parte de los hombres.
Podríamos
definir su obra diciendo que se trata de una mirada
que abarca todo lo real para dialogar, cuestionar, revelar y
descubrir el mundo. Michel Butor expresó que el poeta es quien da
cuenta de las cosas humanas que están en peligro.
Sí,
Butor lo dijo muy claramente, a mediados de los sesenta: “El poeta
es aquel que tiene conciencia de que la lengua, y con ella todas las
cosas humanas, está en peligro.” Al leerlo, me sentí tan
iluminado, que puse a esas palabras como cita en mi libro Música
concreta (Plus Ultra, 1994). No sé si eso se ajusta a mi obra o
no, ni siquiera sé bien si lo que he hecho, o me ha ocurrido, es
una “obra”. No soy yo quien debe opinar sobre eso. Sólo puedo
decir que me sentiría orgulloso, sí, de haberme mantenido en esa
dirección, de haber contribuido en algo a esa inmensa tarea. No
mucho más se puede, se debe pedir.
¿De
dónde proviene el título de su último libro, El
arte de callar?
Literalmente,
parece haber sido el título de una obra de un abate francés del
siglo XVIII, que descubrí leyendo un artículo de Claudio Magris.
Me sentí tan profundamente llamado que lo sustituí al título
anterior, que era Canto hondo.
Ahora, si me preguntan exactamente a qué creo aludir con eso, no
podría explicitarlo con precisión. Creo que en realidad es el tema
alrededor del cual hemos estado girando. En este caso, también con
la ineludible presencia del silencio, que valoriza con su halo a la
palabra. Ese silencio que hoy, en esta sociedad del ruido
ensordecedor, se ha vuelto casi subversivo. Sin silencio no se puede
pensar, no se puede meditar, no se puede oír lo más profundo de
uno mismo, lo que es a la vez individuo y especie. Y no se pueden oír
tampoco las voces, la voz de la Naturaleza, de nuestra
naturaleza. Es más, me animaría a afirmar que sin silencio,
intuyo, acaso es imposible que pueda haber gran poesía.
El
título encierra una contradicción, sobre todo porque su poesía se
ha tornado cada vez más explícita.
Yo
vengo, como dije, en mis comienzos de una experiencia de vanguardia.
Que, insisto, no se proponía, en absoluto, derivar en ningún dogma
sino, por el contrario, evadirse de ellos, mantenerse disponible. El
arte de callar reúne los poemas escritos en los últimos
nueve años, y si hay algo que no demuestran es, evidentemente,
uniformidad. No me disgusta haber sido fiel, en cada caso, a los
desencadenantes del poema. Y mucho menos me disgusta, más bien todo
lo contrario, no haberme sometido a la monodia de lo “poéticamente
correcto”, que en la actualidad, como en mi adolescencia, pretende
volver tabú a ciertos formas, a ciertos asuntos. Que antaño fueran
unos y hoy sean otros, no hace al fondo de la cuestión. No me avergüenzo
de sentirme conmovido, por ejemplo, ni tampoco –en caso de
lograrlo-- de conmover.
De
eso se trata, tal vez. Precisamente de conmover, incluso de
inquietar. Ni lo que parece explícito es solamente explícito, ni
las palabras dejan de surgir en un contexto, que no es sólo histórico,
sino también verbal, lingüístico. Y, recordemos, que la palabra
humana es ineludiblemente ambigua, polisémica. Esos poemas, ese
libro, ese título, me hablan, me siguen hablando, incluso a mí. Y
todavía no agotan su valor
de cambio, como dijo de la prosa el gran Valéry. Lo que parece explícito
puede surgir de una irresistible potencia del lenguaje, y no de
meros razonamientos. Lo que no lo parece tanto, puede ser una luz
que tantea sus límites, y que no teme a la sombra.
¡Un
arte de callar, entonces? Sí, un arte de valorizar el silencio, de
que el silencio valorice a las pocas, temblorosas palabras que se
animen, que se expongan.
¿Qué
lugar ocupa la historia en su obra?
Todavía
no consigo diferenciar entre historia personal, con minúscula, e
Historia grande, con mayúscula. Ambas historias se entrelazan, para
mí, y siempre me pareció que un poema, de amor o de misterio, de
encantamiento o de arrobo, se da ineludiblemente en un contexto, que
es irremediablemente histórico, personal y colectivo.. No es sólo
como si fuera un telón de fondo, es una interrelación, algo que
nos habla y se habla. Hay momentos en que la Historia también puede
ser, es de hecho una metáfora. Y por lo tanto puede resultar a la
vez deslumbrante y ambigua. Un poeta muy exigente, Alejandro
Nicotra, me lo hizo ver, casi el primero, en correspondencia
privada: “Incide en su poesía –me escribió en 1988--, como una
luz negra, todo el dolor de nuestra época. Esa conjunción de la
historia, la desgracia, y del momento ‘intemporal’ -valga la
paradoja-, edénico, es uno de los caracteres que más seducen en su
obra.” Y seis años después, en 1994, reiteraba: “...en su poesía
he sentido siempre --mejor dicho, en gran parte de su poesía-- una
preciosa conjunción estética de historia y eternidad. Quiero
expresarle, que su aprehensión del esplendor sagrado, de lo
inefable de la vida, está muchas veces aunada a la sugerencia de la
circunstancia histórica." Me ha hecho pensar mucho. Es como si
él pudiera expresar algo que yo solamente vivía. ¿Servirá de
algo recordar que mi infancia se acunó con los relatos heroicos de
la guerra civil española, la legendaria resistencia antifascista
del pueblo republicano, esos milicianos que --como para otros los
griegos--constituyen acaso mi auténtica mitología? ¿O recordar
que mi niñez coincide con la lucha mundial contra el nazismo y
concluye, de algún modo, cuando en el cine Novedades,
de la calle Florida, donde intercalaban documentales con dibujos
animados, mis ojos de niño de nueve o diez años ven, en poco
tiempo sucesivo, las primeras imágenes, apocalípticas, de los
campos de concentración liberados por los aliados o el hongo
leproso de Hiroshima? Ése es el telón de fondo de mis primeros
poemas. Y tal vez sigue siéndolo.
Ha
antologado, prologado y traducido varios libros de poetas y
narradores brasileños; sin embargo, la literatura brasileña no es
muy frecuentada por el lector argentino.
¿A qué se debe este desconocimiento?
Casi
desde que comencé a traducir poesía, me dediqué a difundir a los
grandes modernistas brasileños, comenzando por Carlos Drummond de
Andrade y Murilo Mendes, con los cuales llegué a mantener incluso
correspondencia. Siempre intuí que ese gran momento de las
vanguardias latinoamericanas era sumamente significativo,
precisamente por la relación de auténtica empatía que sentían
con respecto a su propia cultura, a su música, a su paisaje, a su
pueblo. Nada regionalista o descriptivo, todo lo contrario. Lenguaje
encarnado. Que venía de un país que siempre me fascinó, y de una
lengua que allá en sus orígenes era también la de mis ancestros.
Haber coronado, tantos años después, esa devoción, esa tarea,
traduciendo Estrella de la
vida entera, de Manuel Bandeira (Adriana Hidalgo, 2003), como si
se cerrara un círculo mágico, me parece un don de los dioses.
Ahora bien, en mi modesta medida, también me reconforta haber
contribuido a disminuir en algo la incomprensible balcanización, el
absurdo desconocimiento entre nosotros, latinoamericanos. Algo que
sin duda, más allá de la belleza que nos perdemos, no favorece a
nuestros propios intereses colectivos.
¿Cómo
definiría la poesía de Manuel Bandeira?
No
soy bueno para eso. Como bien dijo el gran poeta peruano Emilio
Adolfo Westphalen, “Ocurre que no he logrado ponerme en trance de
escritura.” Escribir no es algo fácil para mí, me cuesta muchísimo,
y de manera especial en estas lides. Manuel Bandeira es uno de los
grandes patriarcas de la poesía brasileña contemporánea, una
figura clave del modernismo (su “San Juan Bautista” , como dijo
Mário de Andrade), pero al mismo tiempo no participó en la
legendaria, fundacional Semana de Arte Moderno que le dio
nacimiento, llevada a cabo en São Paulo en febrero de 1922.
Precisamente su traducción, que implica muchas más dificultades de
las que puede imaginarse una visión simplista, roma de estos temas,
me dio la prueba de que se trata de un escritor muy exigente, que
para nada puede ser estimado simplemente en función del
coloquialismo o del color local. Todo lo contrario. Con la espontánea
vivacidad y colorido del habla del pueblo brasileño Bandeira ha
sabido mantener (tal vez sin proponérselo, de manera espontánea,
natural) una relación de fondo, profunda, en absoluto meramente
superficial o de apariencia. Como después de todo, ha ocurrido con
mucha de la mejor poesía universal: las divisiones entre lo popular
y lo culto, cuando no son auténticas, suelen resultar más bien
maniqueas, cuando no manipuladoras. Cómo se entendería, si no, que
el mismo Manuel Bandeira a quien se intenta percibir apenas como
populista o coloquial haya dedicado uno de sus primeros ensayos a
Mallarmé, o haya podido ser tan agudo como para expresar que “El
modernismo tuvo eso de catastrófico: trayendo a nuestra lengua el
verso libre, dio a todo el mundo la ilusión de que una serie de líneas
desiguales es poema.” Agregaría yo: ¿y por casa, cómo andamos?
¿En
qué libros se encuentra trabajando?
Para
este año 2004, entregué a Ediciones del Copista, de Córdoba, dos
traducciones que me parecen muy significativas: Cartas
sobre la Poesía, de Stéphane Mallarmé, una especial selección
de un conjunto de textos clave parta la poesía moderna, y Diálogo
del árbol, de Paul Valéry. Espero que Alción, también de Córdoba,
publique mi nuevo de reflexiones sobre estos temas, la poesía, el
lenguaje y esta globalización que nos aflige, titulado El pozo
de Babel. Y que la Universidad de Carabobo, en Venezuela, me envíe
los primeros ejemplares de mi antología Canto
hondo, que tiene en prensa. Y corrijo para la editorial
Argonauta, de Mario Pellegrini, A
favor del viento, una milagrosa reedición de aquellos primeros
seis libros míos, que reúne todos mis poemas escritos entre 1952 y
1956, cuando era el más joven de Poesía Buenos Aires.
¿Qué
frase elegiría para resumir su obra poética.?
¿Qué
tal la misma que, hace ya ciertos años, medio en broma y medio en
serio, imaginé en un poema como mi epitafio? “No he terminado en
mí.”
Tomando
la cita de César Vallejo, “¿y si después de tantas palabras no
sobrevive la palabra?”, ¿qué?
Con
esas líneas, indelebles, terminé mi ponencia ante las Bienales
Internacionales de Poesía, en Lieja, en 1992. Yo creo que es
suficiente con plantearse la pregunta. Y planteársela no en un
sentido literal, sino poético, es decir metafórico, que es después
de todo la forma en que ejercemos el lenguaje los humanos. ¿O acaso
alguien habla en estado de diccionario? Esa línea de nuestro padre
Vallejo, el indeleble, tiene ya muchas décadas. ¿Qué hacer al
respecto? Mantengamos abierta la cuestión. Nada menos.
Buenos
Aires, verano de 2004
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