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¿Qué
significa escribir poesía en esta época?
Rodolfo
Alonso: No es fácil generalizar,
especialmente en estos temas. Desde un punto de vista personal, acaso sea
un destino, e incluso un atavismo. Pero desde una perspectiva más amplia,
cultural, social, en estos tiempos en que la omnipresente sociedad de
consumo ha devenido una invasora civilización del show, me animaría
a hablar de resistencia. Escribir poesía, hacer de la poesía
“una manera de vivir” (como dijo Tristan Tzara), es una forma de
oponerse a las fuerzas oscuras que conspiran contra una imagen
resplandeciente del hombre. En lo específico, en lo desdichadamente
actual, es luchar contra la degradación y la banalización del lenguaje.
Y el lenguaje, como ya dije muchas veces, no es apenas un instrumento que
podemos sustituir por otro. El lenguaje es lo que somos, lo que nos
constituye como condición humana. Y lo que afecta al lenguaje nos afecta
en lo íntimo, en lo esencial. Cuanto menos lenguaje, menos hombre.
¿Cómo
llegó a El arte de callar?
Si
la pregunta se refiere al libro, fue de poema en poema. Yo nunca me he
propuesto armar un libro con una estructura a priori, como un
proyecto. Los poemas me ocurren, cuando surgen en mí, espontáneamente,
por uno u otro motivo. O desencadenante, como yo le llamo. Yo no tengo un
estudio, no me siento a un escritorio. Incluso pueden pasar largos meses
sin que sienta la necesidad de escribir nada. Lo que sí hay es una
costumbre que arrastro desde un comienzo: anoto la fecha de cada poema,
que luego se incluye en el sumario, y se van ordenando en forma cronológica.
Con el tiempo, misteriosamente, nunca de la misma manera, se convierten en
un conjunto, manifiestan relaciones entre sí, un tono, una densidad, un
ritmo. Algo en común, que no tiene por qué ser la anécdota o los temas.
Al menos, no sólo eso. Lo mismo ocurrió con éste recientemente
aparecido: El arte de callar. Llegó un punto en que lo sentí
maduro. Aunque nunca estoy totalmente en seguro en estas decisiones, salvo
muy rara vez, y este libro todavía no se ha apartado totalmente de mí,
todavía me inquieta, hasta me angustia. Quizás me he desnudado demasiado
en estas páginas.
Horacio
Salas se refirió al tema en su presentación. ¿Qué significa para usted
el silencio? ¿Cómo lo trabaja dentro de su poesía?
Sobre
estos asuntos no es fácil razonar. ¿No es un flagrante contrasentido
tratar de hablar sobre el silencio? El mismo silencio ya es en sí lo
suficientemente expresivo. Por otro lado, me resultaría sumamente
complicado intentar aludir al “trabajo” con respecto a mis poemas. Lo
hay, por supuesto, pero no tan sólo en un sentido exterior, artesanal. Más
bien siento que uno es como una lengua disponible, y que es desde adentro
hacia fuera que se produce la gestación. Uno es preñado, y escribe. O es
escrito. Pero la elaboración, el “trabajo” se hace al mismo tiempo,
íntima y concretamente. En poesía, al menos como yo la siento, las
palabras no son solamente un medio, sino también un fin. Nadie lo dijo
mejor que Paul Valery: el poema es “una prolongada oscilación entre
sonido y sentido”. El poema logrado, el gran poema, es palabra viviente,
verdad y belleza, confesión e invención. Pero también silencio. Ése
que debe envolver, enmarcar, dar su aura a la palabra honda, de fondo (a
toda palabra, no sólo al poema), para que se cargue de su intensidad, de
su resplandor. Pero también el silencio, el callar de la ética, de una
ética orgánica, humanísima, palpitante. Y el de aquel desafío que nos
dejó el que fue sin duda uno de los últimos grandes filósofos del siglo
XX: Ludwig Wittgenstein, cuando se animó a decir: “Lo que no se puede
decir, no debe ser dicho.”
¿Algo
más, para concluir?
Hay
una carencia en la palabra humana: el lenguaje no es evidentemente un
instrumento preciso de comunicación. Nadie puede decirle a otro
claramente lo que piensa, lo que siente. Pero la gran poesía puede
convertir a esa misma carencia en una cantera. Con otros medios, otros
hallazgos, intenta superar esa fractura, comunicarse a fondo. Allí, en
esa grieta, trabajan los poetas, los hondos, los verdaderos. Y sus
problemas no son solamente los de un mero género literario, sino los de
la especie. Hace ya varias décadas que Michel Butor supo decir: “El
poeta es aquel que tiene conciencia de que la lengua, y con ella todas las
cosas humanas, está en peligro.”
NOTICIA
“El
arte de callar”, poemas de Rodolfo Alonso (Alción Editora, Córdoba,
2003, 120 pgs.) Con prefacio de Juan José Saer.
Fue
presentado por la editorial el jueves 12 de junio, a las 20, en Libros
del Mármol, sita en los altos de Un gallo para Esculapio,
Uriarte 1795, Buenos Aires. Se refirieron a la obra el editor, Juan Carlos
Maldonado, el escritor Horacio Salas (que al mediodía había asumido como
flamante Director de la Biblioteca Nacional) y el autor, que también leyó
varios poemas.
Dentro
de la numerosa concurrencia, que excedió largamente los ámbitos del salón
previsto, se destacaban personalidades de las letras, el arte y la
cultura. Entre ellos, Sonia Henríquez
Ureña (viuda del pintor Alfredo Hlito), los escultores María Juana Heras
Velazco y Carlos Boccardo, Carlos Manuel Graña Drummond (nieto del gran
poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade), el músico Edgardo Cantón
(París), Élida Manselli (viuda del poeta Francisco Madariaga), los plásticos
Isaías Nougués, Walter Jac, Juan López Taetzel y Alonso Barros Peña,
los escritores José Ignacio García Hamilton, Julio Llinás, Pablo
Ingberg, Héctor Maldonado, Mario Goloboff, Carlos Dámaso Martínez,
Santiago Sylvester, Esteban Moore, Delia Pasini, Lía Rosa Gálvez, Carlos
Begue, Cristina Berbari y Alejandra Correa, Marta Santalla (viuda del
poeta Raúl Gustavo Aguirre), el psicoanalista Isidoro Vegh, el cineasta Víctor
Berbari, y muchos otros.
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