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El
poema de Rodolfo Alonso es un acto, un acto de ternura irradiante como un
gesto de amor en una luz discreta y refinada. Es en ese acto que se
manifiestan, y se resuelven temporariamente, las contradicciones de las
que toda existencia está animada. En el curso de esta aproximación
activa, siempre inquieta y sin embargo feliz, de una resolución precaria,
los poemas se escriben, casi fortuitamente, según las condiciones del
momento e independientemente de todo proyecto formal. Rodolfo Alonso no es
de aquellos que se sientan a la mesa con intención de “fabricar” un
poema: eso le parecería no solamente ridículo, sino lógicamente
absurdo. Es en la existencia misma y en sus datos inmediatos que las
palabras hallan su fuente, no para traducirlos, sino para clarificarlos,
para elucidarlos. No es inocentemente que Rodolfo Alonso tituló a una de
sus más bellas colecciones Hablar claro 1. Elucidación
a menudo dolorosa, a veces tangencialmente risueña, pero constantemente
aireada como por un sentimiento de alivio, la voz de Rodolfo Alonso se
hace vuelta a vuelta extremadamente breve, a menudo muy lacónica, a veces
más distendida pero siempre de una profunda discreción. Hay pocos
lenguajes, sobre todo en la América hispánica, que sean de una tan
escrupulosa precisión, perfectamente exenta de la menor nota falsa, de la
más mínima importunidad. Ese “porte”, esa elegancia (en el sentido más
elevado del término) no son para nada pretendidos ni apremiados, sino muy
simplemente naturales, y probablemente el efecto de una suerte de timidez
que depende, ella, de la incertidumbre, de la duda, que son lo propio de
todo poeta auténtico. Estoy convencido que Rodolfo Alonso, precisamente
porque lo que escribe es un acto de vida, radicalmente extraño a
toda vanidad de elaborar una obra “literaria” (aunque, de hecho, ella
se haya constituido magistralmente bajo nuestros ojos), ¡fue el primer
sorprendido al descubrir que sus escritos eran eso que se llama poemas!
Quizá fue eso lo que me tocó tan profundamente cuando leí por primera
vez y por otra traduje 2, sus textos. Se trataba especialmente
de El jardín de aclimatación 3. Entre esa obra y las
últimas aparecidas, una evolución se ha producido normalmente que llevó
a Rodolfo Alonso hacia horizontes muy diversos, pero desde esa época
hasta hoy los textos juegan todos el juego extraño, fascinante y sin
embargo con una desconcertante soltura, del instante, y éste, cualquiera
que sea la muy secreta duración de su maduración interior encuentra su
formulación precisa, justa, inevitable, en un texto de apariencia ligera,
que no ofrece a la mirada o al oído más que palabras destacadas con una
parsimoniosa atención en la lengua simple y cotidiana milagrosamente
valorizada. Ocurre en efecto que el poema, rompiendo con toda
discursividad, cabe en muy pocas palabras. Me hace pensar, por ejemplo, en
un trazo de lápiz de Paul Klee que reviste una intensidad poética tanto
más grande cuanto más ligero es el trazo, apenas, de alguna cosa
que pasa, en un momento dado (el instante) entre la vida, el pensamiento,
la sensibilidad, el sueño, la realidad, el yo y el otro, el “yo” y el
mundo, y en fin el lenguaje. Comunicación, por cierto e inclusive
esencialmente, puesto que sin ella el poema no existiría (al menos el de
Alonso), pero comunicación a la vez de una extrema claridad y de una
extrema ambigüedad: perfectamente descifrable en tanto que “signo”
sugerido de una necesidad interior, pero igualmente enigmática en tanto
que creadora de sentido del cual una cierta orientación no limita nunca
la radiante multiplicidad. Mencioné a Paul Klee, pero es Cézanne quien
viene paradojalmente en nuestra ayuda para intentar denominar, no a la
poesía, sino al poema de Rodolfo Alonso. Cézanne escribía a un amigo en
una carta del 23 de octubre de 1905 estas líneas admirables: “Las
sensaciones coloreadas que dan la luz son causa de abstracciones que no me
permiten cubrir mi tela, ni proseguir la delimitación de los objetos
cuando los puntos de contacto son tenues, delicados; de donde resulta que
mi imagen, o cuadro, es incompleto.” El inacabamiento del poema, así
como el de la tela, es inevitable puesto que aquel es fundamentalamente
“abierto”, como lo reconoce el mismo Alonso 4: el poema es trazo
del trayecto cumplido por esos “puntos de contacto” que son
efectivamente, lo hemos visto, tenues y delicados, y si las sensaciones
vitales que los provocan no son coloreadas, no son menos radiantes de esa
singular luz que ilumina aquello que Rodolfo Alonso llama tan justamente
la “conciencia abierta” 5. Por otra parte, no se trata para
nada, en la obra de este último, de abstracciones en el sentido que lo
entendía Cézanne, puesto que en él, como por otra parte en Roberto
Juarroz, el poema crea al contrario un “lo real” más evidente todavía
que el de la realidad común, es decir (por citar nuevamente a Alonso)
“una poesía cotidiana de la vida extrordinaria” 6.
El
poema de Rodolfo Alonso constituye una suerte de transacción dulce, ajena
a todo contrato previo, pero formalmente evidente en eso de que la lengua
se descoyunta para ofrecer pasaje del sentido al nivel, justamente, de
esos puntos de contacto donde se entrecruzan las oposiciones, las
contradicciones del exterior y del interior. Se trata entonces de probar,
en el instante de ese pasaje, lo que ofrece de desconocido, de
imprevisible, esta aprehensión efímera de una cuestión que no puede
aclararse, sin resolverse nunca completamente, más que abriéndose a la
vez sobre sus orígenes y sobre su devenir, sobre la vertiente y sobre la
desembocadura. El poema no se escribe más que para formular esta cuestión
y para que exista su poeta. Maurice Blanchard escribió un día: “El
poema escribe a su poeta”, lo que no reduce en nada la presencia de este
último, al contrario, y sustituye aun al eventual automatismo una gestión
en y por el lenguaje indisociable de lo vivido más sensible, más
profundo. Así la obra de nuestro autor se erige en un espacio
absolutamente presente, donde se sitúan las evidencias vividas y
sensibilizadas en lo concreto del poema, siempre inicial, siempre
recomenzado, siempre ofrecido con una generosidad sin límites, porque lo
que es necesario subrayar, en fin, es que la poesía de Rodolfo Alonso es
antes y por encima de todo, amar, y compartir.
1
Hablar claro, de Rodolfo Alonso. Editorial Sudamericana, Buenos
Aires, 1964.
2
Poèmes, de Rodolfo Alonso. Selección y traducción de Fernand
Verhesen. Editions Le Cormier,
Bruselas, 1961.
3
El jardín de aclimatación, de Rodolfo Alonso. Boa Ediciones,
Buenos Aires, 1959.
4
Poesía: lengua viva, de Rodolfo Alonso. Editorial Libros de América,
Buenos Aires, 1982, pág. 58.
5
Idem, pág. 30.
6
Idem, ibidem.
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