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“La
gloria es un verso recordado”, sugirió José Pedroni. Cuando leo la
poesía de Rodolfo Alonso, no puedo olvidar la voz de mi padre 1
que decía en la noche, en la casa silenciosa, o en una charla de
amigos en el café Amadeus, con
la luz de la plaza en la mañana, un poema de Alonso, que desde entonces
llevo también yo conmigo. Se llama Déjà
vu, y, más allá de la circunstancia personal, creo que es justamente
memorable: “Una mujer se desnuda en mi memoria / mientras afuera
resplandece la ciudad / o llueve y hace frío // Una mujer lava su pelo
negro con el agua de mi infancia / una distancia va formándose // Su piel
es lenta y fresca como la mañana que acaricia / su voz se hace lejana //
Una mujer me alcanza / el primer seno descubierto / el primer seno
acariciado // Mientras adentro resplandece la memoria”. Hace unos meses
lo he recordado con mis alumnos, en unas clases sobre la poesía argentina
de la segunda mitad del siglo XX, y fue uno de los poemas que los
estudiantes eligieron para comentar. No sé si lo entendieron del todo, no
sé si su profesor lo pudo explicar del todo, pero ya sabemos que “ante
la poesía, tanto da temblar como comprender”.
Seguramente
no hace falta presentar a los lectores la labor de Rodolfo Alonso pero,
por las dudas, digamos unas palabras sobre ella. Nacido en Buenos Aires a
fines de 1934, la obra de Alonso incluye más de quince títulos (sin
contar antologías); cinco libros de ensayos; dos de narrativa; numerosas
selecciones de otros escritores (es de destacar su tarea como fervoroso
difusor de la obra de grandes autores de la modernidad) e innumerables
traducciones (Pessoa, Pavese, Ungaretti, Éluard, Prévert, Quasimodo, Valéry,
Murilo Mendes, Bandeira, etcétera). En su juventud fue el “benjamín”
de una revista que en la década del cincuenta congregó y sirvió de vehículo
de expresión a una nueva generación, la que suele denominarse con el
nombre de esa década. Esa revista, Poesía
Buenos Aires (1950-1960), más allá de las naturales diferencias de
los autores que aparecían en ella, no era una publicación demasiado ecléctica,
meramente compilatoria, sino militante, de tendencia. La militancia de
estos jóvenes poetas era por una concepción de la escritura como acto
vanguardista, que en rigor historiográfico debemos llamar
neovanguardista, dado que buscaba renovar el impulso de las llamadas
“vanguardias históricas” de la primera mitad del siglo. En la
Argentina, como se sabe, las vanguardias literarias tuvieron una
manifestación más bien efímera, en la década del veinte y, salvo casos
esporádicos, fueron suplantadas a lo largo de los años treinta y
cuarenta por una poesía que buscaba conciliar tradición y originalidad,
enlazando sus búsquedas con las experiencias de la poesía modernista y
posmodernista. El gran corte con esa tradición vino justamente con la
neovanguardia del ’50. “Nunca dejaremos la vanguardia”, afirmaba uno
de los directores de Poesía Buenos
Aires 2 en los inicios de la publicación. De hecho,
durante casi toda la segunda mitad del siglo XX la poesía argentina no
dejó la vanguardia o, cuanto menos, el tipo de escritura que desde
entonces se identificó con lo nuevo en poesía. En las últimas décadas,
sin embargo, la novedad no sólo se avejentó, sino que también tomó un
carácter masivo, lo cual ha hecho que en los mejores autores se produjera
un redescubrimiento de valores poéticos que habían quedado relegados por
el empuje rupturista: por ejemplo, la atención a la estructuración métrica
y a la construcción del poema como algo más que una sucesión de
fogonazos imaginativos o epigramáticos.
De
este proceso es una muestra cabal la obra de Rodolfo Alonso, aunque su
valor por cierto no se agote en su carácter de “muestra”, sino que
posee una singularidad poética que vale por sí misma. Tanto de esa índole
ejemplar (“en cada tramo del camino el poeta que querría hablar de sí
‘sin olvidar a nadie’ señala el trayecto que todos habían –habíamos--
de seguir”, observaba otro poeta dos generaciones más joven 3),
cuanto de esa singularidad, el lector puede verificar los signos en esta
decantada “antología personal” brasileña bilingüe 4, que
va desde su primer libro, Salud o
nada (1954), hasta el penúltimo, Música
concreta (1954). Tal vez nadie haya visto tan bien y tan pronto como
Carlos Drummond de Andrade el conflicto que recorre como un
estremecimiento la espina dorsal de esta obra poética. Decía el poeta
brasileño en 1969: “Una poesía que no usa las palabras por la
sensualidad que desprenden sino por el silencio que concentran: así es la
de Rodolfo Alonso”. En efecto, hay en toda su poesía una voluntad de
despojamiento, de accesis verbal, que podría tener su enseña en el título
de su último libro: El arte de
callar (2003). Al mismo tiempo, sin embargo, con idéntica
persistencia, la voz de Alonso se ha caracterizado por su tono
celebratorio de los dones de la vida. Un título que está en el centro de
su obra puede ser una síntesis clara de esta disposición: Señora
Vida (1979). Tal celebración no excluye, sin embargo, la percepción
del dolor, ya sea personal, ya sea colectivo, que en los últimos libros
se va extendiendo como una sombra cada vez más oscura en el ánimo del
poeta.
Si
tuviera que señalar
la índole que más valoro en esta poesía, diría que es la inocencia.
Tal vez por momentos ella haya llevado al poeta a cierto candor
ligeramente enfático (“Gal Costa canta / y un argentino / siente siente
siente / desesperadamente / que la vida podría ser bella / que está
prohibido prohibir / que todo es posible / y que el amor la libertad la
poesía / aún rigen al mundo...”), pero también es ella la que permite
unir presencia plena y plena ausencia, nostalgia infinita e infinito
deseo, en un verso como “Una mujer lava su pelo negro con el agua de mi
infancia”, o la que consiente entre oír, sabia y humildemente, Esa
voz, con la cual –como decía Martí-- “el universo habla mejor
que el hombre”: “Realmente / no he venido a la tierra / más que a
oír ese canto del viento / entre las altas hojas / y pasar como él”.
1
Alejandro Nicotra. (N. del E.)
2
Nicolás Espiro. (N. del E.)
3
Daniel Samoilovich. (N. del E.)
4
Traducido al portugués por Anderson Braga Horta, José Jeronymo Rivera y
José Augusto Seabra. (N. del E.)
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