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Leo
a Rodolfo Alonso como la primera vez, hace ahora más de cuarenta años, y
también como siempre, con un placer sin descanso, así como surgen sus
poemas, de antes o de hoy, en su frescura inalterable. Digo frescura en el
sentido de que cada palabra se ofrece al término de un transcurso muy
breve o muy largo, pero siempre fuera de los carriles y de los surcos
previos. Un poco como el mar que se retira y vuelve sobre sí mismo,
dejando sobre la arena ripple-marks siempre semejantes e
infinitamente diferentes, huellas-poemas. Es así porque, me parece, los
textos que se han reeditado con razón no están acabados y hacen percibir
una misma tonalidad paradójicamente otra que se prolonga y se prolongará
sin fin como cada uno de sus poemas, a la vez cumplidos e interminables.
Todos siguen libres, aptos para devenir, sin peso y sin embargo cargados
de sentido. Un sentido que conserva la luminosidad que reencuentro con una
suerte de ternura en sus primeros poemas. Comprendo bien lo que me había
seducido en ellos desde el comienzo, una suerte de discreto resplandor en
su misma claridad, que ellos atravesaban con una extrema sutileza para
delinear allí lo que de otro modo hubiera sido para siempre ilegible. Y
esta tan extraña pero sin duda también natural precisión de la palabra
(se trata de verdaderos poemas) se liga con nuestra vivencia secreta pero
esencial. Es por lo cual, en él como en Jean Tortel que cito, los
instantes de lo vivido son, siempre y profundamente, recalificados.
Su
prefacio es bello, con esa honestidad franca tan ajena a todo eso que
vivimos en este momento, y dice con inteligencia, eso va de suyo pero no
está mal subrayarlo, y simplicidad, lo que solamente él puede decir.
Pero da también mucho para reflexionar y el encaminamiento hacia el
poema, que no ha de justificarse sino ser, e inscribirse desde un momento
dado en un “proceso sin fin”. Es importante, entre otras, que diga (página
21) que nunca tuvo “la intención” de escribir un poema. Esa
“intención” falsearía todo, seguramente, sin resolver sin embargo el
inmenso problema de todas las “fuentes” del poema (“Regreso a las
fuentes” de René Char no es para nada una regresión, una integración
de la infinita riqueza del prelenguaje).
Es
con emoción que reconozco la presencia de todos esos amigos, entre
nosotros, y pienso primero en Raúl Gustavo Aguirre, pero también en
Bayley, en todos los de Poesía Buenos Aires. Y por supuesto en
Char, en Ramos Rosa, en René Ménard a quien igualmente he conocido bien,
en Murilo Mendes, etc., etc. Lo que dice de César Vallejo es importante,
y queda a mis ojos, como uno de los más fulgurantes enigmas de la poesía
moderna.
Y
es lo que importa: mi profunda amistad, y por supuesto mi admiración por
una obra poética y crítica de primera importancia, la de Rodolfo Alonso.
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