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Al eterno retorno que
presagia el refrán, “El pueblo que no recuerda su historia está
condenado a repetirla”, acaso podríamos añadirle en nuestro caso el
retoque marxiano: que la historia se reitera como farsa, ya no como
tragedia. Aunque, acaso por eso, no menos dolorosa.
¿Pero
quién podría enumerar, contar literalmente toda la historia? Tal
vez exagerando instintiva, impunemente los dominios de la bellamente
imprecisa sinécdoque, aquí también quizás se espere que la parte pueda
implicar al todo. O que el todo se asome, dé señales, se muestre por la
parte. Como en el poema, que sin habérselo planteado intenta responder a
la innata ambición de decirlo todo sin decirlo, y de una vez y para
siempre, el fragmento (que no es totalmente el ensayo), y a veces hasta la
intervención, la palabra que se concibe participando del acontecimiento,
se ve compelida a señalar, a indicar, incluso a iluminar algunas veces. Y
a hacerlo desde su ambigüedad esencial, si es que no radical.
Y
de improviso nos sorprende una intuición, fugazmente demoledora: acaso
nuestro futuro como país quedó atrás, fondeado en el pasado. Y de
improviso nos aferra una evidencia: sólo para volver a cuando creíamos
estar tan mal como para haber soñado o intentado cambiarlo todo, sólo
para regresar a aquella etapa entonces desdeñada, o más bien
cuestionada, resultaría hoy onerosísimo el costo a pagar. Reducción al
absurdo, oxímoron de tiempo. O sea, de vida.
La
ilegitimidad (es decir, la introspección culpable de una ajenidad tan
supuesta como irrefrenable) y su negación, podrían estar acaso en el
fondo de tantas desdichas sociales argentinas. ¿Cómo explicar, si no,
que en un país poblado por descendientes de millones y millones de
inmigrantes, sus propios hijos y nietos no sólo encubren la conciencia de
su condición, y de sus secuelas, sino que hasta se burlan de sus propios
ancestros? A la violencia externa que los conquistadores infligieron a los
aborígenes, se encima luego esta otra violencia interior, que bien podría
llegar a ser considerada suicida y masoquista.
Y
además está el lenguaje mismo, que encubre vida propia, que no se deja
manejar. Desde la infancia, casi congénito, terror al malentendido,
intento de temblorosa claridad, de fraternidad y de contagio. Y temor al
terror, que siempre fue didáctico. Que se ha interiorizado desde niño. O
nos rodea como el oxígeno. Callar es traicionar. Hablar es traicionarse.
No
escribir, ser escrito. No hablar de la historia, ser la historia.
Volátil
espesor de lo vivido. La verdadera historia es personal.
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